Luz de invierno, una ciudad en cristal

La singular caída en los Infiernos de Arthur Rimbaud. (parte III)

(Puedes leer la parte II aquí)

En septiembre de 1873, Arthur Rimbaud regresó a la casa de su madre destrozado física y mentalmente. Había mantenido una relación caótica, extravagante y sórdida con Paul Verlaine, devastado la reputación de ambos en París, recorrido Europa en plena pobreza y al final, recibido un balazo que a no ser por la atroz obsesión de Verlaine por él, podría haberle matado. La bala no apuntaba al corazón, sino a su muñeca. Más tarde diría que quizás, “Verlaine sabía mejor que él mismo, dónde se encontraba todo impulso vital”. Sin poder escribir, agotado, con fiebres altas fruto de una más que posible sífilis, llegó a casa Vitalie y tocó a la puerta. Le abrió su madre, que contempló al joven rubio, de ojos enormes y rostro pálido sin la menor muestra de cariño. “Límpiate, vamos a cenar” le dijo.

Rimbaud después contaría que no llegó a dar otro paso en la casa. Cayó sin sentido y pasó tres días delirando, sin saber dónde se encontraba, aterrorizado y enfurecido. Por fin, comenzó a recuperarse y encontró a su madre de pie en la habitación, fregando el suelo. “No tienes que hacer eso” le dijo. Ella le miró enfurecida “deberías estar escribiendo”. Vitalie no era una mujer que pudiera comprender a su hijo del todo, pero sí sabía que esa orden, era lo único que podría curarle. De modo que Rimbaud, que también comprendió de inmediato a su madre, volvió a quedarse dormido pero despertó al día siguiente para tomar las hojas que había traído desde Bruselas y comenzar a trabajar. “¿Qué haces?” preguntó su madre, al verle sentado frente a un fajo de hojas sucias en una mesa del establo. “Morir” respondió Rimbaud y comenzó a trabajar en Una temporada en el Infierno, texto fundamental del modernismo europeo.

Hacia los terrores inciertos

De Arthur Rimbaud se ha dicho mucho. Se podría decir que su leyenda lo precede: desde precoz y extraordinario talento, demonio perverso, símbolo de la rebelión de los sentidos, hasta destructor de su propio mito, su obra se confunde con frecuencia con esa personalidad perturbadora que es parte de la historia inquietante del autor. Aún así, continúa siendo su extraordinaria visión de la palabra, su maravillosa necesidad de mirar el mundo en “el completo desorden de los sentidos” , como insistió antas veces, lo que sobrevive sobre el escándalo, sobre el fuego fatuo de la polémica. Y es que Rimbaud destruyó su mito, su visión y su historia, pero no pudo — o no supo como — destrozar su propia trascendencia.

Porque más allá de la leyenda del poeta maldito y el hombre atormentado, subsiste el poder de la palabra, de una obra poderosa que incluso le sobrevivió a sus intentos por destruirla y denigrarla, a esa pasión adolescente y que le hizo abandonarlo todo justo cuando la creación parecía ser más dura y abrumadora. Por ese motivo, quizás Albert Camus le haya considerado el poeta “más grande todos” y la legendaria Patti Smith insistiera que Rimbaud abrió pasó a la modernidad como “el primer poeta punk”. Héroe de su propio mito trágico, Rimbaud re elaboró a la poesía como un delirio, una furiosa reconstrucción de la belleza y el dolor en algo por completo nuevo. En una mirada asombrada al mundo pero más allá de eso, una noción Universal sobre el peligro de la necesidad de crear a través de la degradación absoluta, de la perdida de los nombres y formas para lograr alcanzar una nueva ilusión quebradiza sobre el poder de lo poético.

En ocasiones, desconcierta que Rimbaud haya logrado tal poder de evocación con único libro. No obstante, “Una Temporada en el Infierno” es más que una elaborada hipótesis sobre lo que la poesía puede ser sino también toda una manifestación intelectual sobre el horror y la belleza, el dolor y el place. Un éxtasis errabundo que llevó la producción poética de Rimbaud a un nivel desconocido de intensidad y profundidad. Como poeta descubrió la manera de reinterpretar la palabra para crear un límite entre la cordura y la realidad simple, pero el Rimbaud visionario fue más allá de eso: elaboró una nueva percepción sobre el cuerpo poético y ponderó el poder esencial que convierte al verso en vehículo de expiación y poder creativo. Con tan sólo 18 años, Rimbaud comprendió la idea de la poesía como sustento de la locura — alimento imperecedero del desorden de los sentidos — y dejó la posteridad una elucubración idea sobre la identidad y la necesidad de reconstruir la realidad a partir de la palabra desconocida hasta entonces.

Tal vez se debió justamente a su juventud, que Rimbaud traspasó ideas que hasta entonces se habían considerado absolutas dentro de la poesía. El mito de Una temporada en el Infierno se sustenta justamente en la capacidad de Rimbaud para crear a costa de su sufrimiento juvenil, de la disipación y una infinita angustia existencial. Rimbaud, escritor, decidió que la palabra podía expresar ideas pero no contener el mundo, lo que pareciera una contradicción a su furiosa creación juvenil. Tan joven que su retrato aún sorprende a las generaciones de poetas que admiran y veneran su obra, sólo necesito una única y desgarrada concepción de la poesía para abandonarlo todo. Para dejar la literatura atrás y decidir que deseaba vivir todas las vidas, que necesitaba vivir más allá de los bordes abiertos de las páginas y someterse al suplicio de la destrucción, el sufrimiento de la voz interna y la amputación de su necesidad creativa.

Resulta desconcertante que el poeta muriera a los 37 años, justamente luego de atravesar el mundo, vivir todas las existencias que el dolor y el placer podría brindarle y por último morir entre sufrimientos, amputada una de sus piernas como años atrás, había arrancado la voz poética de su necesidad intelectual. ¿Es acaso un paralelismo casual o el Rimbaud leyenda transitó la idea más extraordinaria de la palabra, esa de concebir mundos, de predecir Universos y construir ideas por completo novedosas a partir de un furiosa aspiración por la verdad? Nadie podría decir que Rimbaud creó para trascender, pero tampoco es posible ignorar que su historia cimentó las bases para la leyenda que no sólo le sobrevivió sino que legó para la posteridad el símbolo del dolor que crea. Del dolor que reconstruye el mundo y el sufrimiento luminoso que elabora nuevas formas de la razón.

Hace unos años, la editorial (Barril&Barral) publicó una recopilación de las cartas del poeta, titulada para sorpresa de muchos de sus devotos seguidores “Prometo ser bueno: cartas completas” que reúne la más extensa colección de cartas del poeta hasta ahora publicadas. Lo más sorprendente, es que la publicación no sólo muestra a un Rimbaud por completo distinto a la criatura furiosa, epítome de la rebeldía literaria, sino a un hombre de enorme sensibilidad, a medio camino entre el desamparo y la necesidad de comprenderse así mismo.

Las misivas autobiográficas no sólo demuestran los miedos y anhelos de un hombre condenado a un tipo de tránsito interno que de nuevo, parecía reflejarse como parte de su vida, sino la multiplicidad de personalidades y reflejos que crean un Rimbaud imposible, un diorama de infinitas variaciones donde la figura del poeta parece hacerse extraordinaria, perdurable, inquieta, asombrosa. Porque el poeta no sólo viajó incansablemente, sino que también fue decenas de hombres distintos, reconstruidos a la medida de la soledad, el delirio, la angustia pura y sobre todo, ese desgarro espiritual e intelectual que crearon en Rimbaud el reflejo de mil vidas. Porque el poeta dejó la pluma, pero su vida fue poética por necesidad. Fue profesor, mendigo, explorador, comerciante, traficante de armas y hasta miembro de un circo. Fue en incontables ocasiones cientos de ideas, de percepciones y una y otra vez, su mejor obra de arte. El mito perdurable que creo quizás sin desearlo y quererlo.

Rimbaud pareció enfurecerse contra esa noción del arte que consuela. De la mirada absoluta de la poesía como enigma y como visión multitudinaria de la realidad. Quizás por ese motivo, se alejó de ella. No obstante, su voracidad intelectual, el talento que lo dotó no sólo de absoluta originalidad sino de una osadía que rara vez se permite al arte, una mirada hacia el futuro que construyó una nueva senda para la percepción de la fotografía como un todo destructor. Y quizás es allí donde reside el triunfo del poeta, con sus consignas exuberantes y de una dureza que asombra “Yo es otro”, “Hay que ser absolutamente moderno”, “La verdadera vida está ausente” que le convirtieron no sólo en un gran mito sobre la rebeldía y la necesidad de contrariar la noción individual, sino en el hecho mismo mismo de crear una idea nueva sobre las posibilidades de crear a través de si mismo. Peregrino, autodestructivo, dolorosamente escindido y sobre todo, decidido a destrozar su obra con la rabia del dolor, Rimbaud triunfa en la angustia donde no pudo hacerlo en la poesía corriente.

Una temporada en el Infierno, esa obra única, ardiente y fervorosa, donde ese talento perverso para la ambigüedad se hace más evidente. Porque para Rimbaud, la poesía no expresa, no construye, no canta elogios a la existencia humana. La poesía es la existencia humana propiamente dicha, y es esa ambivalencia, ese deambular entre los páramos de la locura, la angustia de la frustración de una existencia rota y su propia necesidad de encontrar un sentido en el medio del caos interior. Para Rimbaud, la poesía brota ya no como consuelo, sino como estigma, como una evasión definitiva de toda historia humana y tal vez, de toda expresión genuina del poder de crear de la literatura.

Tiempos rotos y una ciudad falsa

El periodista Paul Bourde regresó a París en enero de 1884. Traía a la ciudad una entrevista incompleta, una fotografía en la que Rimbaud era una sombra entre sombras y el testimonio de quienes le conocieron en Edén. Fragmentos desperdigados de un hombre huidizo. Uno que jamás habló de su pasado, que nunca intentó hacerse notar, que huía de cualquiera que pudiera reconocerle. Bourde después confesaría que le atormentaba una desazón amarga que tardaría en meses en conjugar y que de alguna forma, le acompañaría en adelante desde entonces,

Francis Magnard le recibió en su destartalada de Le Figaro y leyó la entrevista, los testimonios y miró la fotografía. Se quedó en silencio y después, se inclinó para levantar una caja bajo uno de los pesados muebles de caoba que le rodeaban. La abrió, contó ocho francos de oro y los dejó en el escritorio. Bourde lo miró desconcertado. “Lo que he encontrado no demuestra nada” admitió. “Escapó el día después de encontrarle” Magnard sonrió con el gesto torcido que le había hecho famoso entre los periodistas de París. “Lo encontraste y eso es suficiente. Supongo que nunca dejarás de buscarle”.

Poco después, Bourde comenzaría a escribir un artículo que jamás llegó a terminar. Le titularía Luz de invierno, una ciudad en cristal aunque no llegó a escribir una sola línea sobre el hombre al que apenas vio por una horas y le obsesionó. “Quizás, su última voluntad fue solo ser olvidado” diría años después. El mejor homenaje que el poeta que pasó buena parte de su vida en el intento de huir de su legado, hubiera deseado recibir.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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