Luz de invierno, una ciudad en cristal

La singular caída en los Infiernos de Arthur Rimbaud. (parte II)

(Puedes leer la parte I aquí)

Arthur Rimbaud repudiaba su obra. Tanto, como para haber abandonado toda tentativa de volver a escribir a los veinte años y no hacerlo de nuevo por el resto de su vida. Por casi tres décadas, repudió su nombre, su legado y fama, además de asegurarse de alejarse por completo del ámbito literario que una vez le encumbró. Del niño prodigio que deslumbró y aterrorizó a París, se convirtió en un paria, un comerciante de café, un traficante de armas y al final, un hombre abandonado por todos que regresó a la granja de su madre para morir. Rimbaud, que había pasado buena parte de su vida huyendo y que de hecho, había dedicado buena parte de sus esfuerzos a destruir cualquier indicio que le uniera a su epopeya poética, terminó de nuevo en la cama de su juventud, para morir por un lento y doloroso cáncer que le arrebató la cordura en menos de dos meses.

Quema el mundo hasta las cenizas

En una de las tantas biografías más o menos precisas que se publicaron de Rimbaud a finales del siglo XIX, aseguraba que al escritor nunca se le vio sonreír. Ni cuando era un niño brillante y prometedor en su pueblo natal o convertido en una luminaria efímera en París. También se hizo énfasis sobre su belleza y fueron ambos datos, tan poco importantes y a la vez de enorme interés para el mito que comenzaba a cimentarse a su alrededor, lo que sostuvo por años, la imagen frágil, extática y por completo falsa sobre el poeta. Para cuando la verdadera importancia de su trabajo comenzó a analizarse en universidades y en extensas reflexiones académicas, el rostro de un adolescente de exquisitos rasgos y grandes ojos azules, parecía sorprender aún más que la obra que había podido escribir justo cuando tenía ese aspecto.

El mar de las tragedias

Para 1871, también había ocurrido una de las grandes tragedias en la vida de Rimbaud y sin duda, la que le empujó definitivamente a un abismo de degradación y miedo del que nunca se recuperaría del todo. En medio de una de sus escapadas habituales, fue secuestrado por un pelotón de soldados y violado, lo que le dejó al borde de la locura. La agresión no sólo le convenció que “nada tenía sentido sino la muerte, el fuego y los deseos” como diría a Izambard en una carta en que contó a medias el incidente, sino que definitivamente le convenció que su odio — poderoso y extravagante — por el mundo, tenía motivos más que sobrados para hacerse cada vez más duro y complicado de entender.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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