Luz de invierno, una ciudad en cristal

La singular caída en los Infiernos de Arthur Rimbaud. (parte II)

(Puedes leer la parte I )

Arthur Rimbaud repudiaba su obra. Tanto, como para haber abandonado toda tentativa de volver a escribir a los veinte años y no hacerlo de nuevo por el resto de su vida. Por casi tres décadas, repudió su nombre, su legado y fama, además de asegurarse de alejarse por completo del ámbito literario que una vez le encumbró. Del niño prodigio que deslumbró y aterrorizó a París, se convirtió en un paria, un comerciante de café, un traficante de armas y al final, un hombre abandonado por todos que regresó a la granja de su madre para morir. Rimbaud, que había pasado buena parte de su vida huyendo y que de hecho, había dedicado buena parte de sus esfuerzos a destruir cualquier indicio que le uniera a su epopeya poética, terminó de nuevo en la cama de su juventud, para morir por un lento y doloroso cáncer que le arrebató la cordura en menos de dos meses.

Buena parte de la vida del poeta se basa en la contradicción. Pero en especial, en la ira y la necesidad de destrucción, que le llevaron de una forma desconcertante a crear la producción poética más revolucionaria de su tiempo y después, a renegar de ella. Por supuesto, semejante comportamiento y forma de comprender la literatura, era parte de la vida de Rimbaud desde la infancia. Considerado un alumno modélico y un niño “dócil”, ya a los doce años también aterrorizaba a los vecinos de su natal Charleville (Ardenas, Francia) por su comportamiento errático fuera de las aulas de clase. Quemaba hojas secas y leña para bailar desnudo alrededor, arrojaba piedras a las Iglesias y en una oportunidad, le llevaron a la granja de su madre a rastras luego de escribir en una pared de la iglesia local una “blasfemia irreproducible”.

Para entonces, sus maestros alababan su notable inteligencia pero a la vez, les preocupaba su carácter violento e incontrolable. Era notorio que Rimbaud hervía en un tipo de inconformidad que un pueblo tan pequeño y aislado era incapaz de contener. Escribía, leía y tenía ambiciones que desconcertaban tanto a quienes le educaron en la pequeña escuela local como a su madre, una mujer abandonada por su marido en medio de una situación incómoda. Para la familia Rimbaud, el talento de Arthur era una eventualidad desconocida, una sorpresa, una proeza. Pero en realidad, no era una cuestión que pudiera añadir o beneficiar la complicada situación familiar.

El futuro poeta había nacido en 1854, en pleno segundo Imperio francés y en el momento más duro de una transición histórica destinada al control territorial y cultural. Durante los primeros años de su existencia, el Imperio limitó las libertades individuales y de hecho, se convirtió en una fuente de opresión y censura, ampliamente criticada por buena parte del país. Se trataba de una tensión cada vez más dura de sobrellevar para un país dividido en enfrentamientos interinos y que además, necesitaba mantener cierta estabilidad interna. Le llevaría varios años conseguirla: para el año 1869 y solo después de ser nombrado jefe de gobierno Émile Ollivier, comenzó el debate para limitar el poder del emperador y después, aumentar el de las cámaras y por tanto, la participación popular. No obstante, la tensión en el país se volvió cada vez más dura de sobrellevar, en especial a medida que la crisis económica se extendía a través de los campos y empobrecía de manera considerable a la porción del país lejos del centro del poder. Para buena parte de la Francia rural, el lento tránsito entre el Imperio a la monarquía que vendría después, fue duro, angustioso y signado por un paisaje de carencias cada vez más preocupante.

Arthur además, era el símbolo de una situación habitual en las provincias. Hijo de un capitán borgoñés, era una especie de rareza cultural, que llevaba a cuestas el estigma social de ser el hijo de una familia rota. Pero, con todo, no era del todo un huérfano ni tampoco un bastardo. “El abandono es mi nombre” escribiría a los doce, para describir su extraña situación familiar. Era quizás, la frase que mejor resumía la conducta de su padre, el Capitán Frédéric Rimbaud, una celebridad local que había recibido la Legión de Honor en las batallas de Argelia y de hecho, regresó a Charleville con una considerable relevancia social. “No era un buen partido, sino el mejor que podía aspirar cualquier muchacha de un pueblo aislado” diría después uno de los tantos de biográfos de Rimbaud, obsesionados por comprender la personalidad del autor a través de su extrañísima historia familiar.

Frédéric era un hombre violento, con una ávida curiosidad intelectual y también, con el suficiente talento para convertirse en una especie de figura reconocida en el regimiento en el que sirvió. De hecho, es probable que Arthur haya heredado su considerable capacidad para la literatura y ambición como escritor de su padre, que dedicó buena parte de la veintena e incluso en mitad de un servicio en especial arduo, al estudio del árabe y también, de la religión Musulmana. Para cuando volvió a Francia, ya había logrado redactar una inteligente traducción del Corán y una extrañísima colección de humor sobre la región. Al llegar al pueblo, lo más probable es que le sorprendió la falta de alicientes y en especial, la desolación general de una región destrozada por el abandono y la pobreza.

A pesar de todo, Frédéric decidió comenzar su vida en Charleville y contrajo matrimonio con Marie-Catherine-Felicité-Vitalie Cuif, la joven heredera de una granja de las afueras del pueblo, con la suficiente solvencia económica para brindarles cierta posición social. No fue un matrimonio por amor y en realidad, de inmediato las habladurías sobre las continuas infidelidades de Frédéric se volvieron un rumor común. A pesar de eso, Vitalie concibió casi de manera sucesiva cinco hijos y se ocupó que la granja se volviera incluso más próspera, bajo la figura del cabeza de familia lleno de honores militares. Pero la felicidad — o lo más parecido que los Rimbaud pudieron disfrutar de su vida en común — acabó pronto. Cuando Arthur tenía siete años, Frédéric tomó uno de los caballos de los potreros para “recorrer la propiedad” antes de volver a unirse a su regimiento y no regresó de nuevo. Vitalie y su familia se convirtió en motivo de burlas y señalamientos. No sólo por el hecho de haber sido abandonada, sino que su granja continuaba siendo una de las más prósperas de la provincia y por tanto, motivo de ambición para buena parte de los hacendados que la rodeaban. Vitalie pudo haber aceptado que Frédéric le había abandonado, lo que habría permitido contraer segundas nupcias y quizás, evitar el ostracismo social. Pero en lugar de eso, se volvió aún más austera, autoritaria y obsesionada por preservar el lugar social que tanto le había llevado esfuerzos lograr. Para cuando Arthur cumplió ocho, Vitalie había recluido a toda la familia en la granja. Les prohibió a los niños jugar con cualquier otro del pueblo y les convenció de su “superioridad” a fuerza de palizas y un disciplina estricta cada vez más dura de sobrellevar.

Solo uno de sus hijos se rebeló. A los catorce años, Arthur le gritó “puta” a su madre en el rostro, tomó unas pocas ropas y protagonizó la primera de sus múltiples huidas hacia el mundo. Y como en cada una de las ocasiones, a las pocas semanas estaba de vuelta, cansado, roto y más decidido que nunca a escapar del paraje simple en el que había nacido a través de la palabra.

Quema el mundo hasta las cenizas

En una de las tantas biografías más o menos precisas que se publicaron de Rimbaud a finales del siglo XIX, aseguraba que al escritor nunca se le vio sonreír. Ni cuando era un niño brillante y prometedor en su pueblo natal o convertido en una luminaria efímera en París. También se hizo énfasis sobre su belleza y fueron ambos datos, tan poco importantes y a la vez de enorme interés para el mito que comenzaba a cimentarse a su alrededor, lo que sostuvo por años, la imagen frágil, extática y por completo falsa sobre el poeta. Para cuando la verdadera importancia de su trabajo comenzó a analizarse en universidades y en extensas reflexiones académicas, el rostro de un adolescente de exquisitos rasgos y grandes ojos azules, parecía sorprender aún más que la obra que había podido escribir justo cuando tenía ese aspecto.

Pero en realidad, Rimbaud tenía un comportamiento errático e inexplicable desde la niñez y su aspecto, de hecho, parecía otra de las cientos de contradicciones que hacen de su vida motivo de interminable investigación. No obstante, todo parece haber comenzado por una ruptura invisible de la que se sabe bastante poco. A los catorce entró en una etapa de progresiva autodestrucción: tan cuidadosa, meticulosa y concreta que pareció estar planeada punto a punto. Dejó de ir a la escuela, empezó a vagar por el pueblo con la ropa destrozada por una furia que asombraba a propios y extraños, a beber hasta caer inconsciente.

Y también comenzó a escribir. Ya no los versos pareados e impecables de la escuela, sino un tipo de obra tan poderosa y desconcertante que la mayoría de sus primeros lectores (sus maestros favoritos, algunos compañeros de clase), llegaron a sentir temor. Y sin duda, Rimbaud no sonreía. En realidad, estaba en medio de un paroxismo de furia que parece tener relación directa con su necesidad de rebelarse contra su madre, con la que sostenía una durísima relación de amor odio que jamás llegó a resolverse del todo. Pero fue a partir de los quince, cuando arrojó su ropa a la hoguera y pasó noches escribiendo en una especie de reacción en cadena cercana a la locura, que no se detuvo a partir de entonces.

Pocas figura de la literatura han buscado con tanto ímpetu la “libertad libre”: a partir de ese primer estallido adolescente, el poeta intentó por todos los medios devastar cada espacio, estrato y elemento de lo que hasta entonces se consideraba literario. Lo hizo además, mientras su vida sufría todo tipo de sacudidas esenciales. Al final del verano de 1870, volvió a escaparse y esta vez, en lugar de merodear alrededor del pueblo, tomó un tren para llegar a París. Después contaría que “jamás había sentido semejante desorden de los sentidos”, nada más mirar la ciudad al otro lado de la ventana, enorme y colosal para un colegial que había crecido a las sombras de una montaña en medio de una ciudad semidesierta. Con todo, la primera aventura terminó en una pequeña tragedia: fue encarcelado por no poder pagar el billete del tren. Aterrorizado y enfurecido, escribió a uno de sus maestros Charleville, Georges Izambard para pedir ayuda. Más allá de los barrotes, la ciudad hervía en inquietud y en impaciencia. Había disturbios y grupos de estudiantes recorrían las calles para quemar basura con el puño en alto, enfurecidos por el control del Imperio.

Para cuando el maestro fue en su búsqueda, ya Rimbaud sabía que lo que deseaba era regresar, de la manera que fuera a la ciudad. La caída del segundo imperio y la llegada de la Comuna de París, reconstruyeron el orden social y Rimbaud sintió que la vida, tal y como la soñaba esperaba por él más allá de los parajes bucólicos del pueblo. “Me muero, me descompongo bajo el peso de los tópicos”, escribió de regreso a la casa materna. Y lo que había empezado con una rebelión sin demasiada trascendencia, comenzó a convertirse en una transformación emocional y física. Se dejó crecer el cabello, se burlaba de los remilgados provincianos vecinos de su madre y siguió escribiendo, ahora con más furia, más desesperado por escapar de la realidad, por encontrar un lugar — físico y emocional — al cual llegar.

Para entonces, estaba decidido a ser un poeta. Y uno que fuera recordado, aunque no sabía cómo ni de qué manera llegar a ese ideal. Por lo pronto, como comenta el escritor Wyatt Mason en su magnífica introducción al libro “Rimbaud complete” (1966), dedicó buena parte de su explosión de rebeldía a leer. No acudía a las aulas de clase (que por otro lado, consideraba que ya no tenían nada que enseñarle) y sí comenzó a trabajar con todo su considerable empeño y obstinación, en aprender a escribir según los grandes poetas. Por supuesto, esa idea rompe la imagen del prodigio espontáneo. Pero tal y como escribe Mason, es evidente que Rimbaud, naturalmente talentoso, dedicó más de un año a revisar todo tipo de poesía clásica para llevar a cabo “un estudio largo, complicado y sobrio de la historia de la poesía”.

La rebelión adolescente acabó y de pronto, llegó algo por completo nuevo, devastador y cada vez más violento. En 1971 escribió a su querido maestro Izambard, que estaba a punto de desplomarse y que eso, era en esencia bueno. “Ahora me estoy volviendo lo más asqueroso que puedo. ¿Por qué? Quiero ser poeta y estoy trabajando para convertirme en un vidente. No entenderás nada de esto y soy casi incapaz de explicártelo. La idea es llegar a lo desconocido mediante el trastorno de todos los sentidos. Implica un sufrimiento enorme, pero hay que ser fuerte y ser un poeta nato. Y me di cuenta de que soy poeta. Realmente no es mi culpa”.

Fue entonces cuando ocurrió la verdadera ruptura de su personalidad. La que hizo que dejara de escribir poemas sobre emociones, el amor y temas habituales, para llegar a un extremo del sufrimiento y la abstracción por completo desconcertante. “El primer estudio del hombre que desea ser poeta es el conocimiento completo de sí mismo”, escribió a uno de sus amigos más cercanos, otro aspirante a poeta “Busca en su mente, la inspecciona, la prueba y aprende a usarla”.

El mar de las tragedias

Para 1871, también había ocurrido una de las grandes tragedias en la vida de Rimbaud y sin duda, la que le empujó definitivamente a un abismo de degradación y miedo del que nunca se recuperaría del todo. En medio de una de sus escapadas habituales, fue secuestrado por un pelotón de soldados y violado, lo que le dejó al borde de la locura. La agresión no sólo le convenció que “nada tenía sentido sino la muerte, el fuego y los deseos” como diría a Izambard en una carta en que contó a medias el incidente, sino que definitivamente le convenció que su odio — poderoso y extravagante — por el mundo, tenía motivos más que sobrados para hacerse cada vez más duro y complicado de entender.

Fue en medio de la recuperación de las heridas físicas y psicológicas, borracheras y ahora, también drogas, que escribió hasta el cansancio y decidió que había llegado la hora de volver a París. En esta ocasión, la determinación además traía aparejado un plan: escribió una carta a Paul Verlaine, un discreto poeta de moderado éxito y le envió varios de sus poemas. El poeta quedó desconcertado por el talento del jovencísimo Rimbaud y contestó de inmediato. “Ven, querida gran alma. Te esperamos, te queremos” escribió y además, adjunto dinero y un billete a París.

Rimbaud después escribiría en una de sus numerosas cartas a su hermana (era un corresponsal puntilloso y entusiasta) que la decisión de partir siempre había sido parte de su vida, pero que cuando finalmente pudo lograrlo, creó una larga sucesión de rituales para destruir todo vínculo con la vida que había conocido. Quemó su cama de adolescente, la poca ropa que le quedaba e incluso, intentó prender en fuego el potrero de la granja, empresa que Vitalie detuvo a fuerza de voluntad y una violenta paliza. “La locura no es una forma de iluminación” contó que le gritó su madre.

Rimbaud sintió tanto odio por su “llaneza, su simplicidad, su mundana visión de las cosas” que todavía con el rostro lleno de moretones, una muda de ropa y el billete que Verlaine le había enviado, huyó esta vez de nuevo de la granja. Esta vez no regresaría en tres años y al hacerlo, estaría destrozado, por completo fuera de sus cabales y al borde de la muerte emocional y espiritual. Pero en septiembre de 1871, intuía que en París le esperaba “el infierno, el fuego, las revelaciones”. Y así fue.

Verlaine recordaría después, que lo que más le asombraría del adolescente que bajó del tren y al cual aguardaba con impaciencia, fue su rostro “inocente”. Pero en realidad, ya Rimbaud estaba lleno de una furia destructora que arrasó en los siguientes con todo a su paso. No solo con todas las amistades del poeta (en cuyas casas fue recibido y a continuación arrojado a la calle por sus conducta), sino también, con la visión que hasta entonces se tenía sobre la poesía, que sacudió de arriba a abajo con un tipo de obra tan arrolladora como por completo única. Como si eso no fuera suficiente, también destruyó a su paso el matrimonio de Verlaine, hasta entonces un poeta que mantenía un matrimonio amable y se acogía de buena gana a la etiqueta burguesa de la ciudad. Pero Rimbaud no sólo sedujo en lo intelectual a Verlaine, sino que también, encarnó un tipo de tentación a la que el poeta no pudo resistirse. Para entonces, ya Rimbaud era considerado una figura espectral y casi siniestra, con el rostro extraordinario de un ángel. Buena parte de los artistas de la ciudad le pintaron y otros tantos se convirtieron en sus amantes, pero fue Verlaine el que sucumbió por completo al espíritu de Rimbaud — como poeta y como hombre — y se convirtió en una especie de cómplice deslumbrado y sexualmente insaciable, unos meses después de conocerle. La relación, que no se ocuparon en disimular, asombró a París, hizo historia y además, aterrorizó a todo el mundillo literario de la ciudad. Pero al mismo tiempo la obra de Rimbaud asombraba y desconcertaba. Tanto como para convertirse en una especie de criatura imposible: un adolescente precoz que tenía un alma anciana “y envenenada por la soberbia”.

La vida de Verlaine saltó en pedazos, lo mismo que las discusiones sobre el yo poético en París. Los rumores de los amantes corrían en todas direcciones e incluso el cuñado de Verlaine llegó a decir a quien quisiera escucharle, que Rimbaud era una especie de demonio solapado. Un “vil, vicioso, repugnante y obsceno colegial por el que todo el mundo está embelesado”. En medio del escándalo cada vez más obsceno y desmesurado, la pareja seguía escribiendo, dejándose ver en todos los antros de París, alquilando habitaciones para despertar a los gritos de pelea y sexo a los inquilinos, convirtiéndose en algo por completo desconocido incluso para la desprejuiciada París. Entre 1871 y julio de 1873, la pareja llegó a extremos inauditos de desorden emocional. Viajó de París a Londres, de regreso a Bruselas para finalmente, permanecer una corta época de paz en Bélgica. La sacudida moral de lo que ambos representaban llegó a todas partes: Verlaine fue execrado de los círculos que frecuentaba, Rimbaud considerado una especie de cruce de prodigio y maleante por completo inclasificable. Para finales del verano de ’73, ambos eran enemigos y amantes a niveles extravagantes. La relación entre ambos llegó a una escala de violencia que sorprendió a los pocos que le frecuentaban. Pasaban días borrachos de absenta y hachís, cortándose con cuchillos afilados y como Verlaine escribió en una directa provocación a sus suegros “haciendo el amor como tigres”. Pero una batalla semejante entre la locura y el borde de la realidad, no podía sostenerse por demasiado tiempo y cuando incluso los periódicos más respetables de París comenzaron a burlarse de ambos, a criticarles de manera directa e incluso llamar Rimbaud “mademoiselle”, comprendieron que habían llegado demasiado lejos. O al menos, lo comprendió Rimbaud, agotado, al límite mismo de la cordura y en medio de un caos emocional de tal envergadura, del que le llevaría años recuperarse.

Con todo, los tres años en medio del abismo, le llevaron al límite mismo de su talento y escribió sus mejores obras. En algún punto de finales de 1873, encontró su voz poética más madura y comenzó a mirar a su obra como un gran todo, capaz de abarcar la experiencia dolorosa y deslumbrante de vivir al margen de toda regla y condición social. Fue entonces, cuando su relación con Verlaine se deterioró. Agotado o simplemente convencido que Verlaine no podía ofrecerle nada más, trató de huir de su amante. Lo intentó de la misma forma que siendo más joven intentó huir de su madre. Una y otra vez, hasta que agotado, no tuvo otro remedio que hacer acopio de todos sus recursos mentales y físicos, para lograr apartarse del poeta. En algún punto de semejante serie de batallas físicas, sexuales y morales, volvieron a encontrarse. El 9 de julio de 1873, Verlaine amenazó a Rimbaud con suicidarse si su amante le abandonaba. El hombre más joven trató de evitarlo y pasaron la noche de nuevo en un aterrador (y ruidoso) altercado de gritos y sexo. Pero a la mañana siguiente, Rimbaud decidió partir. Verlaine levantó el arma y apuntó a Rimbaud. “Quiero verte muerto” gritó, pero sólo logró herirle en una mano.

Lo demás resulta confuso en su combinación de ridículo y verguenza. El más anarquista de todos los poetas, el ácrata esencial, llamó a la policía, temeroso de ser asesinado. Ambos fueron detenidos aunque solo a Verlaine se le practicó un humillante examen físico que le envió a cárcel por dos años. Rimbaud volvió de nuevo a casa de su madre, derrotado, destrozado y a punto de publicar una de las obras fundamentales de la literatura moderna.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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