Hijos de Apollo.

La danza de todos los miedos. (Parte II)

(Puedes leer la parte I aquí)

John Keats murió a los veinticinco años. Creyó que dejaba su obra incompleta. Además, se convenció que nada de lo que había escrito hasta entonces, valía la pena. Que de hecho “era de una fugacidad triste y austera”. Y que su convicción que lo espiritual era “una colección de sueños, una casa con incontables habitaciones” no tenía nada sobre lo cual sustentarse. “Estoy perdido en mis divagaciones de hombre muy cerca de la desesperación” escribió a Fanny Brawne, la mujer de la que se enamoró y a la cual guardó devoción hasta el último día de su vida. Jamás podría sospechar que de hecho, creaba historia. Que en cada uno de los diecisiete libros en los que trabajó por cinco años en la actualidad, se consideran parte de la tradición más valiosa de la literatura inglesa.

Pero además de eso, su dedicación, extraña personalidad y sobre todo, su incomprensible afán por entender lo simbólico como una forma de filosofía, le convirtió en la encarnación de la voz poética. Keats no imaginó que doscientos años después de su muerte, su obra sería celebrada en Universidades y por todo tipo de académicos. Que sus pocos retratos sería considerado una rareza de considerable valor histórico y que incluso, los correspondencia con Fanny Brawne sería celebrada como esencial para entender el género epistolar británico. El poeta jamás pudo siquiera anticipar la admiración, devoción y la impronta potente que dejaría a su paso lo que siempre consideró “una carrera literaria más bien corta y a todas luces, poco importante”. Keats, que murió en medio de la inconsciencia y luego de sufrir una larga agonía, no podía suponer que incluso eso, sería considerado la metáfora de la poesía como una forma de vida.

Keats era humilde. Pero no a la manera sumisa de la pobreza. En lugar de eso, tenía una percepción sobre la grandeza más cercana a la felicidad. O una concepción sobre lo sublime emparentado con la maravilla. El poeta nació en Finsbury Pavement, en la periferia de Londres y tuvo una niñez accidentada que le marcaría de por vida; a los siete años su padre murió y la temprana viudez sacudió a su familia desde los cimientos. Recordaría después, que la muerte se volvió parte de su percepción de todas las cosas, pero además, de la noción sobre lo fútil. Quizás, eso podría explicar su necesidad de analizar lo transitorio de la existencia como un conjunto de ideas de extremada belleza. O sólo una versión de la realidad que le resultara reconfortante. Keats rememoró la pérdida de su padre una y otra vez, como una especie de paso a “las sombras” que marcó un instante irremediable en la forma en cómo concebía su obra y sin duda, a sí mismo.

Su madre contrajo matrimonio casi de inmediato. En la Inglaterra de Jorge III, la viudez de una mujer era una condición difícil. Una además, que obligaba a tratar de encontrar sustento en medio de un país que sufría una dura situación política. El Rey sufría de un tipo de locura que todavía en la actualidad despierta debates y el Reino entero, debía analizar lo que ocurría en el poder desde la posibilidad de una ruptura inminente. Incluso, a pocos de la Regencia la situación era tan insostenible como peligrosa. En especial para la mujer del dueño de una caballeriza y con una familia de cuatro a cuestas. “Mi madre siempre supo que debía encontrar un brazo del cual sostenerse” se lamentaría después Keats, para quien la premura de su madre en aceptar una propuesta matrimonial casi de inmediato al término del luto, era más trágico que obsceno. “Nadie hace otra cosa que lo que debe y no puede evitar cambiar” escribiría con amargura a Fanny años después.

Pero los constantes cambios en la vida de Keats no habían hecho más que empezar. El segundo matrimonio de su madre fue infeliz y fuente de todo tipo de sufrimiento. De hecho, apenas duró un par de años y el poeta explicaría que “el dolor de los gritos, los portazos y el miedo” habían convertido la mera convivencia doméstica en “un infierno”. El Keats adulto recordaría con angustia las peleas e incluso, la violencia física que su madre llegó a sufrir. “Una pesadilla en medio de otra pesadilla”. Y aunque durante La Regencia, la idea del divorcio aún era una rareza jurídica y social, la situación se hizo tan insostenible y peligrosa, que finalmente Frances Jennings Keats decidió abandonar a su marido. “Sólo recuerdo su voz aterrorizada y la huida, en medio de una tarde calurosa” describiría Keats, a quien la experiencia desconcertó y abrumó.

Ya por entonces, era un niño aterrorizado por la idea del abandono, la muerte y el desarraigo. Uno que además, comenzaba a tener reales inclinaciones por la literatura. El Keats de siete años “no hacía otra cosa que leer” y su obsesión por la lectura, se convirtió en una forma de sostener la percepción sobre la vida a su alrededor, a pesar de todas las circunstancias cada vez más dolorosas que parecían sucederse unas a otra. Además, además de la durísima vida familiar, el país entero se enfrentaba a la llegada de un nuevo Rey y a la incertidumbre que provenía de la corona. El padecimiento psiquiátrico de Jorge III llegó a convertir a Londres en un hervidero de rumores e incluso, de algunas rencillas callejeras que hicieron más complicada la vida para los más pobres.

Y sin duda, los Keats lo eran. Luego del fallido intento matrimonial de Frances, la familia entera terminó por vivir en la pequeña casa de la abuela materna del escritor en Enfield. Apenas podían convivir todo los miembros de la familia con comodidad. El trabajo escaseaba y durante La Regencia, mucho más para costureras y cocineras, los únicos oficios a los que Frances podía aspirar como mujer separada de su marido legal. Aterrorizado por la muerte pero abrumado por la culpa del sobreviviente, Keats se volcó de lleno en los libros. “El único lugar en el cual el miedo no me somete, no me conduce, no me hiere”. Ya por entonces, estaba asombrado por la posibilidad que ofrecían las palabras y su madre llegó a escribir a uno de sus parientes, que “John es brillante, incluso sin que nadie le aliente a serlo”. La frase le haría reír con tristeza en el futuro. “Incluso en mi necesidad de evasión, era un solitario”.

No obstante, en Enfield las cosas mejoraron lo suficiente como para que John y sus hermanos pudieran asistir a la escuela. En especial para el futuro poeta, la posibilidad de expresar su necesidad creativa de manera formal, le permitió recuperarse poco a poco de una infancia traumática. Tenía apenas ocho años, pero después diría “que tenía la sensación de haber sufrido cien vidas”. Keats no era débil, pero si tenía un talante melancólico que llamó la atención de maestros e incluso el director, que miró con preocupación las largas lecturas solitarias de su alumno. En un intento por consolarle, terminó por animar la amistad entre el pequeño John y su hijo Charles C. Clarke, una presencia determinante y poderosa durante los primeros años de la vida del poeta. “Más que un amigo, fue un paciente escucha” recordaría ya de adulto.

La escuela resultó un hogar más cálido para Keats que la propiedad familiar y con los años, dedicó un considerable esfuerzo no sólo en ser un alumno modélico, sino también en disfrutar de la experiencia, quizás la más feliz que hasta entonces había vivido. Aprendió el latín con asombrosa fluidez y ya antes de los quince podía leer los clásicos e incluso, llegar a traducirlos con propiedad. Comenzaba a comprender que la literatura era algo más que el hecho de un refugio. Podía ser también un método para crear y expresar ideas, lo que sin duda sería uno de los grandes descubrimientos de su vida. Para Keats, que estaba aterrorizado con la posibilidad de “las sombras” (la muerte, la pérdida), el hecho de encontrar una forma de comprender una parte más luminosa y sin duda, poderosa de la vida en el conocimiento fue determinante.

Buena parte de su visión sobre el mundo provino de esa primera gran convicción sobre la posibilidad de aprender como una forma de reconstruir la realidad. Keats, no sólo estudiaba por la necesidad de ordenar conocimientos y sostener un diálogo fructífero con el cada vez más amplio mundo de la literatura que se abría ante él. Lo hacía también para profundizar en su miedo, en los pequeños espacios rotos en su interior, en la forma en que leer (y después escribir) era un “Olimpo, poderoso, inalcanzable, el lugar bendito entre todos los lugares”. Keats luchó entonces contra dos realidades: la de la pulcritud de la escuela, con sus salones silenciosos, sus libros extraordinarios, la amistad que jamás había conocido antes y lo que ocurría en la casa familiar. Luego de la muerte de su hermano, su madre trabajaba más que nunca y mostrar síntomas de agotamiento. “Parecía estar tan pálida que su piel era casi cristalina” recordaría después “cada vez más pequeña, hasta que comenzó a desaparecer”.

En realidad, Frances había enfermado de tuberculosis y murió en 1810. Su agonía fue corta pero dolorosa y además, convirtió a Keats y a sus hermanos, en una “situación delicada”, para su abuela materna, una mujer de casi setenta años que no podía ocuparse de niños pequeños. Cuando finalmente Frances murió, los hermanos quedaron a cargo de la mujer. “Salió de la habitación, nos miró y noté el horror” contaría después en las cartas a Fanny, en la que por primera y única vez detalló las semanas siguientes a la muerte de su madre. La relativa paz que los hermanos Keats había llegado a su fin. Su hermana tendría que trabajar, lo mismo que su hermano más pequeño. “Todo, el sueño, la paz, la alegría, había terminado” se quejaría después el jovencísimo John de quince años, ya obsesionado con la posibilidad de escribir a pesar de la tragedia familiar, de los dolores, del tiempo detenido de un nuevo luto a cuestas. “El horror estaba ahí, en todas partes. Nunca se había ido del todo”.

En manos del tiempo.

Entregados a dos tutores legales, la vida de los hermanos Keats volvió a transformarse con rapidez y no para bien, a menos para el futuro poeta. John fue sacado de la escuela — “la peor experiencia, entre muchas otras experiencias amargas” — y alentado a tomar una plaza como aprendiz de cirugía y aprender los rudimentos del oficio del farmaceuta. Fue un golpe de realidad tan doloroso, que Keats le llevó tiempo y esfuerzo recuperarse de la frustración. Y sólo continuó bajo el imperio de la curatela que se le impuso para beneficio de sus hermanos más pequeños, que comenzaron a depender de él. Los primeros cuatro años “fueron insoportables en todo sentido”, pero Keats era aplicado, brillante y además, de naturaleza apacible, lo que le granjeó la amistad de sus compañeros de clase y otros ayudantes.

Las prácticas eran arduas, de modo que Keats comenzó a dormir cada vez menos, para dedicar tiempo a la lectura y a la escritura, aunque después confesaría que sólo eran “apuntes sobre lo que ocurría en su imaginación”. La doble existencia de Keats, le llevó a que todo fuera más duro y complicado a medida que se acercaba el final de la licenciatura. Perdió peso y siempre se encontraba exhausto, pero dejar a los libros, le parecía por completo impensable y fuera de su “alcance”.

Para 1815 ya era parte del personal del el Guy’s Hospital de Southwark (Londres), en el que era ayudante de cirujano y también, de la pequeña farmacia que mantenía la institución. Al mismo tiempo, recibía clases privadas de latín y literatura de su amigo Charles. Keats, necesitaba más que nunca el amparo de las palabras y trató por todos los medios posibles de continuar en constante aprendizaje. Eso, a pesar que el trabajo en el hospital era cada vez más agobiante y que después, se desempeñó durante dos largos años como farmaceuta. Pero para un hombre con semejante sensibilidad — acentuada por la cercanía con el dolor, con el lento aprendizaje sobre sufrimiento de los enfermos — era inevitable no pensar en la posibilidad de dedicarse a la literatura.

Mientras tanto, a su alrededor, buena parte del romanticismo comenzaba a florecer y había un auge de un tipo de poesía elaborada, cuidadosa y llena de un simbolismo profundo. Y aunque Keats siempre suele estar relacionado con la llamada “Segunda generación” del movimiento, su obra tiene poca relación con la percepción moral y religiosa que se atribuye a los escritores de la época e identificados con la corriente. En realidad, Keats era una rara mezcla de un hombre de una profunda independencia moral y sensibilidad, profunda inteligencia y una necesidad urgente de expresión. La mezcla de todo, brindó la oportunidad al poeta de desarrollar una visión del mundo por completo propia, incluso antes de comenzar a escribir.

Tal vez por ese motivo, cuando 1816 leyó por primera vez The Fairy Queen de Edmund Spenser, Keats sintió que de alguna u otra manera, su vida había llegado a un punto formal en que debía tomar una decisión. La lectura fue recomendación de Charles (que velaba todavía por su educación, incluso luego de dos años en que Keats parecía entregado a su plaza como Farmaceuta) y además, luego de conocer al crítico Leigh Hunt. Ambos hechos coincidieron para crear una reacción en cadena en la mente de Keats y de alguna forma, suelen narrarse como simultáneos, aunque ambas situaciones no tuvieron relación entre sí. La lectura de Spenser permitió a Keats aclarar sus inclinaciones literarias (y tomar una decisión definitiva al respecto), al mismo tiempo que también, analizar la posibilidad de un futuro en el mundo de las letras.

No debió ser una decisión sencilla. En especial, porque a pesar de sus esfuerzos, talento e inclinaciones, lecturas y la profunda devoción que guardaba a la poesía, no tenía una verdadera formación literaria. Tampoco, dinero propio como para pensar en dedicarse sólo a la escritura como forma de vida. Por la época, sólo los más acaudalados podían vivir la idílica fantasía de escribir y disfrutar del éxito literario, además de vivir de las ganancias que podían producir o no, lo publicado. De hecho, a la distancia, se hace más compleja la perspectiva a la que se enfrentó Keats: debía dejar un empleo seguro y respetado como farmaceuta para abordar la incertidumbre de la obra escrita.

Pero el poeta no lo dudó o al menos, no lo hizo después que Hunt quedara impresionado con uno de sus poemas. El crítico no sólo pareció deslumbrado por el considerable talento el poeta en ciernes, sino que dio (quizás sin saberlo) el empujón definitivo a Keats: el 1 de diciembre de 1816, el diario londinense Examiner publicó O Solitude, un soneto corto que se considera la primera obra real de Keats. El poeta después diría que por días enteros, lloró solo al mirar la diminuta columna con su poema, que además, recibió algunas críticas positivas y despertó interés en algunos selectos. Y fue esa publicación y su relativo éxito, lo que provocó que dejara el consultorio para comenzar a escribir, de form profesional. “Lo soñé, lo decidí, sentí miedo. Pero no había otra puerta abierta hacia la cual correr”.

Un largo camino al dolor.

Keats después diría que la publicación de O Solitude, fue el elemento esencial que le hizo tomar la decisión de escoger a la poesía como forma de vida. Y en más de una manera. Pero más allá de esa pretensión inicial e ideal, también hubo un giro pragmático en su vida. De pronto, el novel poeta, estaba rodeado de jóvenes autores de moderado renombre como Percy Shelley, B R Haydon (quién tomó apuntes del delicado perfil de Keats), William Wordsworth, William Hazlitt (cuya amistad entre ambos llegó a despertar algunas habladurías poco discretas) y Charles Lamb, a quien le terminó por unir una extraña amistad. Como si eso no fuera suficiente, Hunt siguió insistiendo en presentarle a lo más selecto de la literatura londinense y ahora, junto con Charles en preocuparse por su educación formal.

Hunt de hecho, tenía una confianza ciega en el talento de Keats, tanto para publicar su A imitación de Spenser (también en 1816) y la curiosísima obra “Al examinar por primera vez la traducción de Homero por Chapman”, que Keats escribió inspirado por las traducciones de La Ilíada y La Odisea de George Chapman, las más conocidas y célebres del siglo XVII. Animado y entusiasmado por la posibilidad de finalmente, llegar a un punto de renombre que antes sólo había soñado, Keats dedicó buena parte del año 1816 y principios de 1817 a escribir. Vivía de sus ahorros, de la ayuda económica de algunos mecenas pero en especial, de una necesidad imperiosa de crear y elaborar una versión sobre lo literario “a su medida”. Para Keats era de enorme importancia encontrar un estilo propio, analizar con cuidado la posibilidad de un tipo de inspiración única, directa y potencialmente individual. En medio del mar de poetas que surcaban el romanticismo, Keats estaba dispuesto a ser un “lugar luminoso, una media luz crepuscular”.

Para 1817, el poeta estaba decidido a impactar al público y a la crítica. La publicación de su primer libro Poemas, fue un paso de considerable audacia, con el Keats además, esperaba convertirse en al menos, una promesa literaria de cierta relevancia. Pero se encontró no sólo con la indiferencia, sino además con el desdén de buena parte del mundillo literario londinense. Más allá de su círculo de cercanos, sus poemas fueron considerados “blandos, ridículos, sin técnica ni ninguna belleza”. La mayoría de la críticas eran venenosas y había un especial encono en desprestigiar el esfuerzo de Keats al publicar. ¿El motivo? su cercanía con Hunt. El crítico era odiado por buena parte del mundo literario de Londres por su poder y crueldad. Y de hecho, buena parte de los primeros escarceos de Keats contra los literatos de su época, se debieron a su cualidad de pupilo de Hunt que buena parte de la ciudad le conferían.

Fue una experiencia amarga para el poeta. No sólo porque los poemas tenían una indudable calidad, sino por la batalla invisible que se libraba a sus espaldas. El libro provocó un enfrentamiento público y muy sonado, que llegó a su punto más alto y doloroso cuando el escritor John Gibson Lockhart atacó directamente a Keats y le llamó vulgar en Blackwood’s Edinburgh Magazine. En un artículo que causó revuelo y avergonzó hasta el dolor a Keats, el escritor le etiquetó junto a su grupo más cercano dentro del Cockney School, en un tono despectivo y violento que terminó por encender los ánimos. Para el final de 1816 y principios de 1817, la disputa era la comidilla del mundo literario de Londres. Hunt se volvió más agresivo y arremetió en sus críticas, lo que por supuesto, provocó aún más rechazo contra Keats, que siguió siendo uno de sus amigos más cercanos.

Agobiado, golpeado en su ego, atormentado y cuestionando cada punto de su vida, Keats viajó en 1817 a la isla de Wight, en la que se dedicó a escribir un nuevo libro. En realidad, trataba de curar las heridas del primero y también, la angustia que le provocó el rechazo de la prensa de Londres. Trabajó hasta la extenuación y comenzó a mostrar los primeros síntomas de la melancolía severa que luego haría estragos en su salud. En 1818 se publicaría Endymion, que de nuevo recibió atroces críticas de Lockhart y en especial, por varios periodistas de la conocida revista The Quarterly Review, debido otra vez, a su amistad con Hunt.

Pero para Keats, empezaba el año de su mayor productividad poética, su inevitable evolución hacia una figura de estatura trágica entre el círculo literario de Londres. Para entonces, su hermano Tom estaba enfermo de gravedad de tuberculosis y antes de comenzar el viaje, Keats intentó cuidar de él, lo que provocó se contagiara de la enfermedad. En medio del torbellino de sucesos, tenía problemas económicos y también, atravesaba una compleja situación profesional debido a los ataques de la prensa y la posibilidad de publicar otro libro en medio de la debacle.

Pero antes de la llegada de su segundo esfuerzo literario a las librerías de Londres, ocurrió el suceso que cambiaría su vida y la forma de percibir su propia historia de manera profunda. A finales de 1917, conoció a la mujer que inspiraría una de las colecciones epistolares más asombrosas y admiradas de la historia inglesa. Fanny Brawne era una de las vecinas de su amigo Charles Armitage Brown, con el que Keats visitó los Lagos, Escocia, y el Norte de Irlanda, ya con los primeros síntomas de tuberculosis. Era una mujer hermosa, atenta a la moda, de mal carácter y sin duda, como ella misma reconoció, “la menos indicada para ser la musa de un poeta de alma delicada”. Pero para Keats, fue el descubrimiento de algo nuevo, sorprendente y poderoso. Algo equiparable a su pasión por escribir y su miedo a la muerte. “Me he enamorado y creo que un cataclismo ha sacudido el mundo entero” escribió a Charles ese año. “El mundo acaba de cambiar para siempre”. John Keats acaba de encontrar el propósito que creía perdido para escribir y en especial, el tránsito hacia la dimensión más profunda y conmovedora de su obra.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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