Hijas de Afrodita.

Cada laberinto tiene su minotauro. (Parte III)

(Puedes leer la parte II aquí)

La forma de la oscuridad.

En 1906, Marie y Pierre Curie tenían un matrimonio feliz al que describían “como el de dos ancianos obsesivos”. Tanto uno como el otro, sufrían todo tipo de dolencias, debido a la exposición repetida y frecuente de altas dosis de radiación. Marie comenzó a sufrir mareos y malestares, Pierre a perder la memoria, pero de algún modo, lograron que la convivencia fuera posible. En el interín, las niñas continuaron viviendo con su suegro Eugene Curie. Para Marie era evidente que las constantes enfermedades, recaídas y dolores sin explicación, tenían una relación directa con el trabajo del laboratorio. “Lo supe, antes de explicar cómo” escribía en 1905.

Pero a pesar de todo, la pareja logró una cierta estabilidad: Pierre logró una cátedra completa en la Sorbona y finalmente, el viejo laboratorio pudo contratar a nuevos ayudantes. Pierre nombró a su esposa directora del laboratorio. “Otra decisión sería imposible” escribió a Jacques, con quien intentaba retomar el contacto. “Trabaja más que nadie, es la que conoce mejor nuestras investigaciones, está a cargo prácticamente de todo”. Pierre dormía cada vez más, tenía problemas para tragar y comenzó a perder peso, pero en realidad, ningún médico pudo dar con el origen de su dolencia.

El 19 de abril de ese año, Pierre besó a su mujer, revisó sus apuntes de última hora y salió a la calle para comprar algunos alimentos. Nadie supo después que había ocurrido, más allá de las descripciones de los aterrorizados testigos. Al parecer, el científico intentó cruzar la calle en la Rue Dauphine, sin notar que un carruaje avanzaba hacia él a toda velocidad. El vehículo le atropelló y el cuerpo del científico voló por los aires hasta estrellarse con el suelo empedrado. Murió instantáneamente. Llevaba una hogaza de pan entre las manos que jamás soltó, incluso al momento de morir.

Eve Curie, que se convertiría en periodista, era una niña pequeña cuando todo ocurrió, pero en varios artículos que escribió de adulta, insistió en que podía recordar el día de la muerte de su padre. Marie apareció por la casa de Eugene, pálida, desgreñada, el vestido roto. Por horas, habían intentado encontrarla, por horas le buscaron por todas partes. Jacques temía que pudiera saber de la muerte de Pierre por rumores o por algún comentario indiscreto. Pero la científica había desaparecido. Eve le recordó después, de pie en la puerta de su habitación, temblando, por una vez frágil, el cutis amarillento. “La recordaba más vieja, más triste, pero la que vi fue una mujer sin edad, a la que le temblaban las manos”. Irene no quiso acercarse, Eve si lo hizo. Marie le tomó de las manos “He perdido el mundo” dijo a modo de explicación.

Fue quizás, la única señal externa de luto que mostró, aunque nunca volvió a vestir de otro color que no fuera el negro y se cuenta, llevaba un retrato de Pierre a todas partes. En lugar de una pensión de viudez, Marie exigió, como indicaba la ley, ocupar su puesto en La Sorbona. Hubo extensos debates en la universidad, algunos miembros lo consideraron inaceptable. Pero finalmente, la petición de Marie fue aceptada. “No había nadie más con tantos méritos para obtener un lugar en el campus, que una mujer que había sido educada desde sus primeras palabras en estos venerables muros” dijo el comunicado que comunicaba la histórica decisión.

El 5 de noviembre del 1906, una multitud de estudiantes y también, de muchas de las figuras y celebridades más conocidas de la ciudad, abarrotaban el salón de clases. Marie llegó puntual, con un vestido viejo, el cabello apretado a la nuca y el rostro firme. Se quedó en pie y por unos minutos, miró a las casi cien personas que se habían congregado para asistir a la primera clase dictada por una mujer en la Sorbona. “Nadie sabía que esperar” escribió después un periodista “nadie sabía que era lo que diría. En realidad, nadie conocía a Madame Curie, sino a través de todos los rumores que había sobre ella”. Cuando comenzó a hablar, sorprendió por su tono comedido, preciso, un francés fluido con un leve acento que conmovió y sorprendió a varios de los presentes.

“Cuando uno considera el progreso de la física en la última década”, dijo Marie Curie, la primera mujer que abrió muchas puertas cerradas para las científicas que le seguirían décadas después “uno se sorprende por los cambios que ha producido en nuestras ideas sobre la electricidad y la materia”. Entonces, sonrió “Un cambio que quizás será definitivo y comienza hoy”.

El diario secreto.

Marie nunca volvió a hablar de Pierre con nadie, a excepción de contadas entrevistas y entre sus familiares cercanos. Pero la presencia del fallecido científico nunca dejó de ser parte de su vida. “Estoy trabajando en el laboratorio todo el día, es todo lo que puedo hacer: estoy mejor allí que en cualquier otro lugar”, escribió en 1907, en la primera entrada de un diario personal, que no contaría sus memorias, sino que narraba a Pierre lo que ocurría en su vida “Te habría gustado este día, es soleado, brillante. Amarillo y verde. Como un paisaje recién nacido” En ese diario, contó lo que sintió cuando en 1910, publicó un tratado de 971 páginas sobre radiactividad, que fue desdeñado y analizado con desdén por la comunidad científica francesa. Fue en ese diario secreto, sin nombre, con el que dormía entre los brazos, en el que apuntó las lágrimas que no derramó cuando La Academia Francesa de Ciencias le negó la admisión en 1910. Fue en sus páginas en las que escribió las palabras del físico francés Emile Amagat, que afirmó que “las mujeres no pueden formar parte del Instituto de Francia”.

Y fue en el diario secreto, que le contó a Pierre el amor “extraño, urgente” que sentía por el físico Paul Langevin, cinco años menor que ella, alumno de Pierre y colaborador cercano de Albert Einstein. Cuando la ex esposa de Langevin envió a un periódico las cartas que la pareja compartía en una especie de venganza disparatada, Marie fue acusada de indecente y atacada desde todo tipo de lugares y opiniones. Incluso, cuando ofreció una entrevista para hablar de sus nuevos descubrimientos científicos (que incluían nuevas aplicaciones a la radiación), tuvo que esquivar las preguntas que el periodista le formuló sobre su supuesto “romance de laboratorio”. Eve después diría que su madre simplemente miró al hombre, suspiró y contuvo su férreo carácter “Creo que no hay conexión entre mi trabajo científico y los hechos de la vida privada”, respondió al final.

Pero de nuevo, el talento de Curie superó cualquier habladuría sobre su vida privada: en 1911, recibió otro premio Nobel, esta vez de química, gracias a sus investigaciones que permitieron el descubrimiento del polonio y el radio. Los cronistas de la época, le recuerdan caminando con un vestido negro “que lucia viejo” para dar su discurso de aceptación de pie y a solas, la primera mujer en llevar a cabo semejante hazaña. Todo Estocolmo se rindió ante el asombro de un suceso semejante. Y hubo quien comentó que Marie “quizás había aprovechado la buena voluntad de otro caballero”. Tal vez debido a eso, o al hecho que necesitaba dejar claro una serie de preguntas que la persiguieron durante años, luego de rendir homenaje a su esposo — “fue un hombre brillante e insustituible” — su discurso de aceptación se basó en precisar su trabajo, su autonomía e independencia. “Mi trabajo fue siempre el motor de toda mi pasión, mi poder intelectual y moral”.

La última página.

A finales de 1911, comenzó a sufrir las verdaderas secuelas de la radiación: tuvo que someterse a una operación para extirpar su útero y algunas lesiones malignas en el riñón. Nunca se recuperaría del todo y aunque todavía tuvo energías para continuar con todo tipo de investigaciones y llevar a cabo una labor científica envidiable, era evidente que los estragos causados por los experimentos que llevó a cabo en el laboratorio, eran irremediables.

El 4 de Julio de 1934 y con 66 años de edad, Marie Curie murió debido a una anemia aplásica que los médicos atribuyeron a su exposición a altas dosis de radiación. El New York Times la llamó una “mártir de la ciencia” que “contribuyó más al bienestar general de la humanidad” como una “mujer modesta y humilde”. No obstante, la ciencia parecía no querer olvidar que a pesar de sus aportes, Marie era una mujer en un mundo de hombres. El físico Robert Millikan, presidente del Instituto de Tecnología de California, declaró su pesar en un comunicado personal, en el que además de celebrar sus virtudes como investigadora, también dedicó algunas líneas a su género “A pesar de su continua dedicación en su trabajo científico, encontró tiempo para apoyar la causa de la paz. Encarnaba en su persona todo las virtudes más simples, hogareñas y, sin embargo, más perfectas de la feminidad”.

En una de las últimas páginas de su diario a Pierre, Marie le cuenta la frustración que solía causarle la sensación que ser mujer, era siempre el centro de todos los debates. “Lo soy, es innegable, pero también, soy mi mente, más allá de lo que mi cuerpo puede hacer” escribió. “Somos fugaces. La trascendencia, reside en el poder de las ideas” culmina el párrafo. Quizás la mayor forma de trascendencia que Marie pudo legar.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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