Entre hojas y anaqueles:

Los favoritos del año (Parte II)

(Puedes leer la Parte I aquí)

Este año leí mucho más libros de ciencia ficción y terror que de cualquier otro género. No sólo porque son mis favoritos, sino también, porque encontré en muchas de las historias una mirada simbólica sobre los cambios y transformaciones que definen a nuestra época. La fantasía, el miedo y sobre todo, las especulaciones científicas, siempre parecen tener la capacidad de reflexionar con muchísima más claridad que cualquier otra propuesta sobre los dolores y temores de la cultura que nos tocó vivir y sobre todo, la época incompleta y en ocasiones caótica que atravesamos. En mi recopilación anterior (que puedes leer aquí) me preguntaba sobre lo que hace a un libro extraordinario, inolvidable o simplemente imprescindible por encima de otro. Y llegué a la conclusión que no hay una respuesta para eso: después de todo, lo que leemos es un reflejo de nuestro mundo personal, el recorrido intelectual que llevamos a cabo y sobre todo, esa expectativa espiritual que nos hace encontrar nuestro un lugar — emocional, privado — entre las páginas de un libro. Con todo, creo que estas pequeñas retrospectivas nos permiten comprender nuestro trayecto como lectores y sobre todo, la manera como asumimos nuestra relación con la literatura. Un hábito — espejo que nos muestra lo mejor — y quizás, lo más privado — de nuestra forma de mirar al mundo.

De manera que estas pequeñas listas recopilan esa mirada asombrada de la literatura sobre el mundo y sus vicisitudes. Ese complejo devenir entre lo que somos y lo que la imaginación puede construir a partir de esa identidad difusa que consideramos nuestra. No están todos los que son y mucho menos, todos los que me gustaría incluir, pero siempre me será complicado llevar a cabo una recopilación de mis lecturas favoritas. Para mí, la lectura siempre ha sido el viaje, el renacimiento, el poder de evocación, la compañía, la alegría, la sabiduría, la ignorancia, el poder de creer. De manera que recopilar mis libros favoritos — y sobre todo, de mis géneros favoritos — siempre resulta en listas incompletas, en amigos injustamente olvidados, en pequeños silencios de libros perdidos en la memoria. Igualmente, quise llevar a cabo esta pequeña selección, para celebrar no solo el hábito — la pasión — por la fantasía, el miedo, lo grotesco y lo sublime, sino también mirarme a través de todos los rostros que nacen en las páginas, comprender quién soy y a donde voy a través de ellas.

Así que sin orden particular y por supuesto terriblemente incompleta, estas son un par de lista pequeñitas y muy sucintas de lo mejor del Género de ciencia ficción y terror que leí durante el año 2020:

Crossings de Alex Landragin

La novela debut de Alex Landragin Crossings, confronta al lector con la posibilidad que la historia que desea contar, sea algo más que una mirada hacia el mundo interior del autor. La novela comienza con la misma premisa de Rayuela de Julio Cortazar (la opción de leer tres textos misteriosos que en apariencia, están conectados entre sí o el cuerpo narrativo que el escritor sugiere), lo que permite que de entrada, Crossings sea una combinación entre la capacidad del libro para brindar una idea compleja sobre la ficción y la forma en que la historia, puede desmenuzarse en sus líneas constitutivas. Ya sea seguir la secuencia de la narración tal y como Landragin lo propone o crear una experiencia personalizada que varia de lector en lector, la novela comienza desde sus primeras páginas con un juego tramposo que delimita la realidad y la ficción hasta elaborar una percepción sobre el universo de lo ficticio única. Landragin desea que el lector sea parte de la historia y de la misma manera que Michael Ende permitía a Bastian Baltazar Bux formar parte integral de La historia sin fin y al mismo tiempo, envolver al lector en un juego metasimbólico de enorme valor, Crossings es un recorrido asombroso por lo narrativo que se sostiene en una mirada elocuente sobre la experiencia lectora. Los caminos que se separan y vuelven a unirse en una historia llena de puertas falsas, líneas bifurcadas y al final, una percepción intrigante sobre el fundamento real de una historia — por qué se cuenta, hasta donde puede llegar la interacción con el lector — hacen de Crossings quizás una de las novelas más audaces del año, un verdadero experimento sobre la concepción de la lectura como expresión de creatividad e imaginación.

Por supuesto, Landragin se toma todo tipo de salvedades para hacer del trayecto algo más original, potente y desconcertante: la primera página del libro es una declaración de intenciones sobre la forma en que el libro funcionará como mecanismo sostenido y contenido a través de una percepción pluridimensional. “No escribí este libro. Lo robé” declara el narrador, a medida que yuxtapone la percepción de lo que está dispuesto a contar como una circunstancia real y su percepción, sobre lo que ocurre entre lo que sostiene a cada una de las narraciones. Pero Landragin es algo más que un autor provocador: La novela está concebida para recorrer un trayecto por momentos confusos y en otros brillante, a través del tiempo como una línea que fluye sin sentido concreto. Tanto la novela retrocede para mostrar fragmentos de información desconocidos, como avanza para enlazarlos unos con otros hasta crear un mapa de ruta a través de la concepción de algo que paso a paso, se convierte en una colección de matices de una misma mirada hacia el futuro. Landragin no está buscando crear una novela que utilice trucos para hacer más emocionante su lectura, sino que elabora un cuidadoso eslabón entre circunstancias y escenas que transponen al arte de narrar como un suceso vivo. Un crisol de sensaciones que a medida que avanza la extraña lectura, se hace más complicado y potente.

Además, Landragin utiliza otro recurso para brindar una identidad poderosa a su historia: Crossings desde el inicio, se define a sí mismo como un texto encontrado. Uno que además, no se atiene a límites, tampoco a reglas y mucho menos, detalles sobre cómo debe o puede ser percibido. Desde la historia de la baronesa adinerada que encarga a un experto parisino la encuadernación de un misterioso manuscrito, hasta historias de fantasmas con vida propia, toda la obra se sostiene — y abarca — la concepción sobre la fe en la narración como vehículo de trascendencia y en especial, como una mirada hacia el acto creativo como impredecible. Landragin escribe una novela, pero también una depurada versión sobre la realidad escindida. Lo sobrenatural se conecta con el hecho de crear, un acto de poder y de voluntad que el escritor equipara a “la magia más antigua, más poderosa. Incomprensible en su esencia, pero dolorosa en sus implicaciones. Creemos que escribir puede ser una expresión de convicciones, pero en realidad es la posibilidad, casi religiosa, de creer en lo imposible” dice Landragin en la boca de uno de sus personajes, un isleño precolonial del Pacífico cuya alma va de cuerpo en cuerpo, en busca de la eternidad. “Si la palabra no nos hará eterno, al menos sí, la percepción y la concepción de lo que creemos real, puede brindar límites a lo que tememos pueda ser finito.

Pew de Catherine Lacey

Hay algo de la durísima conclusión de Phillip Roth sobre la deshumanización y la percepción de lo hermoso — y de la manera en que se interpreta — en la singular novela Pew de Catherine Lacey, la tercera de la autora y en la que vuelve a sus obsesiones recurrentes sobre cuanto valor se otorga a esa combinación de símbolos estéticos que nos identifican y que en las condiciones correctas, pueden ser un vehículo hacia el éxito, la derrota, el miedo y la exclusión. En esta extrañísima concepción sobre el otro y en especial, el reflejo cultural en que nos contemplamos a diario, hay una reiteración casi cruel sobre el hecho que la forma en que nos interpreta la cultura, será de hecho, una combinación entre la belleza y los extremos de la fealdad. Lacey asume el hecho previsible de la connotación sobre lo seductor y lo atractivo a la manera de las efigies, ese viejo de símbolo de sabiduría que en realidad, sólo era la proyección elemental de una serie de connotaciones sobre el yo escindido. La novela de la escritora enlaza la primitiva noción acerca del cuerpo como frontera y templo de la vanidad no expresada y lo lleva a un dimensión por completa nueva, que además, elabora a través de una prosa cuidadosa, distante y fría, que resulta por momentos dolorosa en su crueldad poco disimulada.

Todos los personajes de Lacey están obsesionados por cómo se ven. Tanto como para que las primeras páginas de la novela, sean un recorrido angustioso a través de preguntas e interrogantes que provienen de la angustia existencial que provoca la exigencia estética actual. “¿Por qué nos causa tantos problemas la ropa que llevamos, el color del cabello, la forma de nuestro rostro?” se pregunta el narrador de la novela, que carece de género, sin raza y que al parecer, no puede comunicarse de otra manera que a través de sus pensamientos. “¿Por qué necesitamos tanto identificar en quien nos mira, nos acompaña, nos tropezamos, rasgos que nos recuerden a los propios? ¿Por qué creemos que el cuerpo significa algo? ¿Por qué nos parece recurrente la posibilidad del triunfo o el fracaso de acuerdo a la interpretación que otros tienen sobre nuestra imagen?”. No son preguntas sencillas y de hecho, Lacey las hace más complejas e hirientes a medida que su personaje, comienza un largo recorrido personal que comienza en la indigencia o mejor dicho, en la absoluta percepción que no hay nada antes de ese despertar en el banco de una Iglesia en que un sacerdote le observa desconcertado.

De hecho, el personaje carece de nombre hasta que alguien más le bautiza. Pew, es más un apelativo accidental que intenta, de una manera u otra, sintetizar la idea sobre lo neutral y la carencia de límites. Es apenas una palabra — casi una interjección — pero es la forma en que de hecho, podría comprenderse de manera más directa a ese ente, que carece de todas las características modernas de identificación y también, de la premura de buena parte de los narradores modernos por describir a sus héroes o villanos. Pew es un rostro, pero no sabemos de quien. La ausencia de identidad permite a Lacey no sólo reinterpretar la concepción sobre quienes somos — enlazado con la idea del colectivo que observa — sino que además, vincular el núcleo de la novela con algo menos obvio: ¿Qué ocurre en un mundo en que somos productos en lugar de hacedores?

Self Care de Leigh Stein

SelfCare de Leigh Stein comienza por una detallada crónica de todo lo que ocurría en febrero del 2017. No era un mes ni mucho menos un año sencillo: los titulares de las noticias estaban repletos de informaciones cruzadas sobre el nuevo inquilino de la Casa Blanca y sus decisiones inmediatas, lo que repercutió en un aumento inmediato de noticias, Tweets y prolijas descripciones sobre el ambiente social y cultural de la Norteamérica que despertó para encontrar que Donald Trump era el presidente. Leigh se lo toma con con gracia y en lugar de ir por el transcurrir a cuenta gotas de un tapiz de datos confusos, comienza a enumerar las pequeñas tragedias cotidianas de un país multidimensional desde cierto cansancio. Las deportaciones aumentan, comenta el narrador por ahora invisible, lo que quiere decir que al menos Trump cumple sus promesas de campaña. El asesor de Seguridad nacional Michael Flynn renuncia, lo que hace que el clima en el país se haga más enrarecido. Hay un comentario suelto — “esto puede ser peligroso” dice un personaje sin nombre que Stein no describe demasiado — y pasa a la siguiente información. Ahora es Ivanka Trump la que está en el centro del candelero: La lujosa red tiendas Nordstrom, anuncia que no incluirá de nuevo la línea de ropa de la hija presidencial. Hay un pequeño sacudón entre bambalinas y de nuevo, un personaje anónimo habla sobre peligro. “Nunca se sabe qué puede pasar, mientras las tormentas públicas arrecian” dice, mientras pasa al ataque público de Trump para defender a Ivanka y de nuevo, a las deportaciones, violentas y crueles. Pero queda claro que algo está ocurriendo al fondo de la narración. Una mirada inquieta, dolorosa y extraña sobre la vida estadounidense.

Stein se toma con calma. Los años avanzan y las informaciones crean una especie de segunda dimensión narrativa, en la que comienza a sobresalir una historia de interés general. Mientras Trump pelea a micrófono abierto con sus detractores y la hija presidencial ejerce presión en la sombra, las protestas contra el discurso violento de Washington se multiplican y la política internacional del país se tambalea, una nueva “plataforma comunitaria inclusiva” comienza a hacerse un espacio en medio de los comentarios y reseñas sobre lo público en el país. Al principio, son sólo comentarios anónimos que se deslizan en medio del afluente principal de datos. “Richual” comenta alguien “es el lugar que necesitábamos”. El nombre musical de pronto salta de un lado a otro en las redes sociales y la conversación virtual. “¿Qué es?” pregunta alguien, en medio de la sensación que progresivamente, las buenas noticias sobre la recién nacida plataforma son más numerosas y específicas. “Una pionera en el espacio del bienestar, que utiliza la tecnología social para conectar, curar y catalizar a las mujeres para que generen cambios a través del simple acto de autocuidado”.

Ahora hay curiosidad: de pronto Trump, las acciones en bolsa o lo que ocurre en la frontera mexicana no es tan importante como el anuncio de un lugar de “autocuidado”. Porque Richual es algo más que una marca o un lugar, es un concepto global que invita a las mujeres a estandarizar su forma de ayudar a otras y a sí misma. “¿Así de genérico?” pregunta otra voz en medio del monumental caos de las noticias. “Así de amplio” le corrige alguien que se identifica como parte de la iniciativa.

Mexican Gothic de Silvia Moreno García.

La mera mención a lo gótico, suele traer aparejada una serie de estereotipos más o menos reconocible sobre el género: desde castillos monumentales, bosques tenebrosos, sótanos de aire macabro, damiselas en desgracia y villanos de mirada penetrante. Y como si todo lo anterior no fuera suficiente, también escenario exóticos de ciudades europeas, a ser posible en medio de crudos inviernos o en dorados otoños interminables. De modo que la novela Mexican Gothic de la escritora Silvia Moreno García, no sólo se toma el atrevimiento de subvertir la forma en que la literatura actual aun interpreta en cierta medida lo gótico, sino que lo lleva a un nuevo nivel y a un insólito escenario. Para bien o para mal, la novela Moreno García, tiene una intención transgresora desde su primer párrafo y su primera gran incorrección, es tomar la sabia decisión de reescribir una forma de contar historias desde lo esencial.

Claro está, en esta novela estimulante, inteligente, con una prosa clara y precisa, hay una casa muy antigua y tenebrosa, una dama en peligro y muchas ideas macabras sobre el bien y el mal. Pero también, hay una notoria concepción del lugar, los personajes y el núcleo de la historia como una burla hacia un género mayor, que reinventa con mano limpia y una brillante concepción sobre lo que desea contar, a través de la simbología y toda la parafernalia gótica. Moreno García desea contar una historia misteriosa, pero también, las representaciones inevitables de los excesos, terrores y espacios laberínticos de la novela gótica: la desconstrucción es un ingenioso juego de espejos, que atraviesa una perspectiva más profunda sobre el conocimiento obvio de la escritora sobre las grandes obras de la novela gótica: hay evidente influencia de la tradición tradición folclórica medievalista y en parte del discurso crítico de la razón ilustrada, combinada con un colorismo inusitado y una visión extraordinaria sobre sus personajes, todos con evidentes raíces grotescas y macabras, pero con un toque de vitalidad que resultante desconcertante.

¿Puede funcionar algo semejante? Para Moreno García, todo parece obra de una connotación casi obsesiva por reproducir la atmósfera del gótico: en Mexican Gothic, hay excesos, terrores y lugares laberínticos. También hay criaturas — o pareciera haberlas — ocultas entre las sombras, un secreto a descubrir y el miedo convertido en parte del discurso general de la novela. Pero también hay guacamole — bien preparado -, mujeres de enorme fortaleza con trenzas entrecanas que caen a la mitad de la espalda, un extenso conocimiento sobre la geografía mexicana, una mirada costumbrista y amena a la cultura del país y en esencia, una conexión esencial entre la identidad y la narración. Y de hecho, es ese vínculo, el que permite que la Mexican Gothic tenga un trasfondo profundo y brillante, en que la mezcla de la noción entre lo siniestro que se desliza al fondo de la narración y los colores brillantes que le envuelven, son en realidad, una concepción única sobre la forma en que Moreno García concibe su universo literario. Eso, sin contar las dosis de buen humor, de risas y brillante sentido del absurdo, que la escritora incluye con una sabia comprensión sobre la forma de contar una historia dentro de algo mucho más amplio y crepuscular.

Hex de Rebecca Dinerstein Knight

La monstruosa elegancia del miedo convertido en una percepción de lo temible y la potencia del deseo que se convierte en algo más efímero, se mezclan en Hex, la segunda novela de la escritora Rebecca Dinerstein Knight, que recorre a través de la idea del amor, la percepción sobre algo más tenebroso, fascinante y poderoso que la simple emoción. Todos los personajes de Hex, están obsesionados con la posibilidad del atractivo estético y por un motivo: desde las primeras líneas de la novela, la concepción sobre la posibilidad de la pasión, el deseo y obsesión se basa en lo hermoso. La perspectiva por supuesto, podría parecer superficial e incluso, banal, de no ser porque Dinerstein Knight elabora una hipótesis válida sobre la concepción de la necesidad de encontrar sentido en lo estético. Hay cierta oscuridad que se enlaza y profundiza en la historia, que comienza con lo que parece una descripción amable sobre lo emocional y nuestras pequeñas perversiones, pero que termina por desembocar en una idea mucho más extraña.

La búsqueda de la belleza y su poder para construir un concepto a partir de su interpretación, es de enorme importancia en Hex. Sobre todo para Nell, su personaje principal, un doctor en botánica caído en desgracia cuya principal necesidad es la de sustentar su versión de lo moral sobre lo estéticamente poderoso. De hecho, Nell, que está enamorado sin esperanzas de Joan, su seductora profesora y a la que contempla con la maravillada atención de un admirador, intenta comprender su entorno desde cierta percepción angustiada sobre lo que le atrae como un tipo de lenguaje. Por supuesto, la necesidad incontenible de convalidar su búsqueda de identidad — acerca y por lo hermoso — a través de Joan está condenada al desastre. La belleza es un motor superficial que impulsa al personaje en un recorrido motivador y también, doloroso en lo venial y lo trágico de su inevitable desenlace. El mismo Nell lo sabe: su devoción está destinada a una caída lenta en el desastre, pero aun así, la alimenta con la cuidadosa conciencia que su visión sobre lo que resulta atractivo — o no — es también, un tipo de perturbadora conexión con algo más profundo. Tanto, como para invadir todos los ámbitos en los que avanza, profundiza y analiza. El personaje está convencido de la posibilidad del amor, a pesar de tener la vaga noción que en su caso no fructificará o al menos, de la manera en que lo imagina. Y es esa combinación entre el valor de lo anecdótico — poco a poco Dinerstein Knight deja entrever que Nell tiene una necesidad inquietante de asumir el rechazo como un fracaso peligroso — lo que convierte a la novela, en un cuidoso recorrido a través de las motivaciones inconclusas y quebradizas del miedo, la esperanza y al final, un tipo de dolor confuso que la escritora logra recrear desde la extraña perspectiva del desamor.

Sin duda, Nell está obsesionado con Joan, pero no al punto de resultar una amenaza. O al menos, eso parece sugerir la idea persistente que Dinerstein Knight desliza sobre su naturaleza contemplativa. Con mucho de las novelas cortesanas del siglo XIX con las que el personaje está obsesionado, la novela parece hacer hincapié que todas las necesidades emotivas y desesperadas del personaje, tienen una relación directa con su búsqueda de un motor emocional relacionado con la satisfacción de lo que insiste en llamar “insisto sobre lo bello”. Nell es torpe, decoroso, un caballero aturdido, pero también un científico brillante con un retorcido deseo por el control. Tanto, como para llevar a cabo un peligroso experimento en laboratorio que terminó con la muerte por envenenamiento de una de sus estudiantes. La escena se describe con rapidez y la conocemos a través de Nell, pero es notorio que se trata de algo grave o es lo suficiente, como para asumir la posibilidad de lo temible desde cierta cualidad monstruosa. “Amo el poder dentro del pétalo, de la rosa, de los tallos cortados, del veneno silente” escribe y aunque después se apresura a tachar la nota, la novela deja entrever que la insistencia de Nell por el dominio de la técnica y refinación de venenos y sustancias tóxicas, no es sólo un accidente académico ni tampoco, una versión casi accidental de su interés por el lado oscuro de la belleza. Hay una intención y tan febril, como para resultar tenebrosa.

If It Bleeds de Stephen King.

If It Bleeds es un recorrido por las más recientes obsesiones del autor, pero también, una cautelosa mirada a los espacios oscuros de nuestra sociedad y la cultura contemporánea. Cada uno de los relatos, parece resumir el clima actual, aunque fueron escritos hace al menos un par de años. Un vinculo casi escalofriante entre los paisajes de un mundo mutable y extraño, que se extiende en todas direcciones a partir de lo que nos produce temor y algo mucho más amplio. King explora la pertinencia de lo que consideramos cotidiano y también, la forma en que esa engañosa apariencia de normalidad, puede esconder la oscuridad de la naturaleza humana e incluso, las formas más extravagantes de lo sobrenatural. Entre ambas cosas, el vínculo que sostiene la idea de lo espeluznante, se hace cada vez más profundo, complejo, pero también, profundo en sus matices y en su capacidad para revelar la sencillez que en ocasiones, engendra lo macabro.

Con su mezcla de géneros y visiones sobre el miedo, If It Bleeds es quizás la visión más cercana a la obsesión de King por ese velo casi imperceptible entre lo real y lo que existe más allá de la oscuridad y las pequeñas distorsiones del miedo. En la poco convencional historia La vida de Chuck, el tejido conjuntivo de la realidad parece deshacerse mientras los personajes intentan comprender qué ocurre a su alrededor. Incluso, la narración incluye el escalofriante detalle del momento en que Internet de funcionar, lo que provoca un caos apreciable y un tipo de aislamiento doloroso entre quienes intentaban sobrellevar la emergencia a través de las pantallas de sus ordenadores. Resulta inquietante, que el cuento pueda ser un perfecto reflejo de la situación actual, sobre todo, en medio de la proliferación de las actividades online y el consumo de contenido streaming.

Para King el terror es indivisible de lo evidente y palpable. En La vida de Chuck ese paralelismo es mucho más elaborado: Como en otras tantas de sus narraciones, King encuentra una manera concreta, realista y práctica de describir sucesos imposibles, que crea una inmediata complicidad con el lector. En La vida de Chuck lo imposible forma parte de un sustrato de la realidad misma, lo que le permite convertir a la narración en una reflexión sobre el mundo como mirada elocuente sobre la identidad y la individualidad. Una especie de predicción basada en un acendrado sentido común que sostiene la versión de King sobre la probabilidad, lo tangible y lo siniestro hasta crear un recorrido doloroso sobre la identidad del individuo y su relación con la percepción de lo colectivo.

También hay algo de predicción a la narración que da nombre al libro: If It Bleeds es una historia de detectives, con ciertas reminiscencias al éxito de público y crítica The Outsider. El protagonista de la historia, es un periodista que no sólo se alimenta — y no se trata de una metáfora — de las angustias y tragedias que cubre, sino que además las provoca en un extraño ciclo retorcido cada vez más parecido a la sed de información amarillista y desconcertante que llena el mundo en la actualidad. Por cierto, la historia incluye a un personaje conocido y querido por buena parte de los lectores de King: la pausada y brillante Holly Gibney regresa para ayudar a resolver el cada vez más enrevesado caso, lo que establece otro de los inevitables vínculos que las novelas del escritor suele establecer con su propio multiverso.

Tales from the Loop de Simon Stålenhag. (reedición)

El mundo imaginado por el artista sueco Simon Stålenhag, tiene algo de esa belleza siniestra, destartalada pero sin duda profundamente significativa que hace de toda distopia una metáfora poderosa sobre la sombra junguiana que sostiene de una u otra forma, todas las historias individuales. Cada una de sus pinturas es un recorrido analítico a través de escenarios imposibles que sin embargo se enlazan con la realidad de una forma dura, sin perder un ápice de la poesía que le vincula con algo más profundo y emotivo. De allí que los tres libros que componen su obra, sean un extraordinario recopilación de experiencias visuales sin nombre y lugar específico, pero tan poderosas en esencia, como para dialogar con algo más enrevesado que la mera idea de un paraíso sostenido a través de lo misterioso.

La serie de libros Tales From the Loop es un universo atemporal y radiante en los que Stålenhag dedica una mirada sobre lo sutil y macabro, desde una irremediable hermosura. Las diferentes historias — unidas entre sí por un hilo conductor — son un recorrido cuidadoso por el mundo del artista pero también lo que yace debajo sus inspiradas obras. Esta pequeña antología en la en que la tecnología juega un papel preponderante pero no central, toma la arriesgada decisión de englobar la posibilidad de lo imposible en algo mucho más complejo que el simple asombro. De manera que Tales from the Loop, es una alegoría sincera, poderosa y sensorial sobre lo sobrenatural mezclado con el aire cotidiano, que para la ocasión el argumento muestra desde un aire contemplativo y una dolorosa necesidad de reflexionar sobre los misterios que pueden esconderse a simple vista. La serie es algo más que una delicada combinación de imágenes extraordinarias con un guion sugerente que no se prodiga con facilidad. Es también, un cuidadoso repaso, por realidad subvertida en algo más complejo e inexplicable.

Docile de K.M. Szpara.

El libro Docile de K.M Szpara es de enorme pertinencia en medio de la discusión sobre los derechos sexuales, género, la libertad personal y en específico la lucha contra el prejuicio. Pero más allá de eso, es una interpretación provocadora sobre la sociedad distorsionada por la codicia. El libro analiza no sólo el peso doloroso de la cultura que se obsesiona por deshumanizar al individuo como parte de un sistema caníbal, sino también, la forma en que comprendemos los pequeños espacios en que la libertad y la independencia individual corren el riesgo de desaparecer en virtud del bien colectivo. Por extraño que parezca, es evidente que Szpara no tiene la intención de polemizar o enfrentar las opiniones que se esconden entre los complicados hilos narrativos con la realidad pragmática. Aún así Docile es una búsqueda de significado sobre lo que consideramos sexual íntimo, privado y admisible. Un recorrido laborioso a través del origen futuro de conceptos como la discriminación y el racismo. No hay nada simple en esta novela, que atraviesa con elegancia debates tan violentos como el maltrato, los mecanismos del Estado para controlar al individuo y sobre todo, la versión de la realidad que reflexiona sobre la identidad como un bien del poder.

Desde la misma idea que da origen al libro — el hecho de que las deudas financieras se heredan de generación en generación — hasta la escalofriante visión sobre la ruptura de la línea que separa lo público de lo privado, Szpara toma el riesgo de avanzar por el terreno inquietante y ambiguo de mostrar tanto la visión de la víctima como la del victimario, mezclados en una sola versión sobre el mundo que lleva a cuestas pesares con siglos de antigüedad. Docile no es un libro fácil de digerir y mucho, menos de comprender. Hay una estructura cuidadosamente creada para que la confusión entre roles y nociones sobre bien y el mal, se sostengan en medio de un debate laborioso acerca de nuestra cultura como centro de vicios y perversiones. La novela plantea de manera novedosa las aristas de lo que puede significar que el poder y los poderosos tengan una influencia total sobre quienes pueden controlar, ya sean por los hilos de estructuras invisibles que le vinculan, como por medio de los horrores anónimos que sostienen una forma de realidad tan retorcida como claustrofóbica.

Szpara no pontifica ni tampoco sermonea, aunque los eventos que narra con una prosa precisa y elocuente, podrían permitirle algunas reflexiones sobre la riqueza, la dominación sexual por medio del abuso y la normalización de la violencia. Pero el autor es lo suficientemente sagaz como para evitarlo y prefiere narrar un mundo, en que la brecha entre ricos y pobres es más pronunciada que nunca. Uno en la que lo sexual está entremezclado con la idea del cuerpo como posesión mercantil y lo que resulta aún más chocante e incómodo, la concepción de la sexualidad desde las despersonalización y la percepción del placer como un bien de consumo. Docile establece paralelismos entre la concepción de la riqueza como una forma de ejercer la crueldad y la pobreza, como un recorrido por los lugares más lóbregos de la sociedad. No obstante, no hay nada maniqueo ni tampoco manipulador, en la forma en que la novela cuestiona la conciencia de la cultura sobre sus propios errores y virtudes. Por momentos Docile muestra su belleza fría y siniestra
desde la capacidad del autor por no intentar resumir o ensalzar a sus personajes. No hay héroes ni villanos en esta épica incómoda sobre las consecuencias directas de lo político y lo antropológico cómo capaz de devorar a los individuos que trata de obtener y dominar. Y quizá ese es su mayor triunfo.

Nuestra parte de la noche de Mariana Enriquez.

La obra de la Argentina Mariana Enríquez resulta desconcertante. Sus relatos tienen un aire cruel y grotesco, pero también definitivamente moderno. Las imágenes de pesadilla imagina pertenecen al imaginario colectivo actual. Están emparentadas de forma directa con una visión corrosiva sobre lo terrorífico que cobra sentido no sólo a través de su prosa precisa y adulta, sino también de la profundidad de los conceptos que la escritora maneja. Para Enríquez, lo siniestro habita en la sutileza. como si se nutriera del mal primitivo y vinculado a la naturaleza del hombre, que en la actualidad es parte de la idea más amplia sobre lo paranormal. En la inquietante ternura de los silencios y espacio sin nombre, desde la incertidumbre de la muerte, hasta los monstruos con rostro cotidiano que Enríquez describe desde un tipo de maligna belleza que no deja de sorprender, su noción sobre lo que inquieta y asusta guarda obvios paralelismo con la idea de lo terrorífico y la oscuridad interior que desborda la metáfora habitual en la literatura de nuestra región.

Su novela Nuestra parte de la noche, es de hecho el intento más evidente de Enríquez de enlazar lo espeluznante con un elemento mucho más elegante, que mezclados entre sí crean una historia que se desliza en la oscuridad de sus personajes con una precisión misteriosa. Con su con su indudable aire gótico, pero sobre todo su necesidad de sublimación simbólica, la novela de Enríquez es un tránsito de pulso firme a través de terrores y tinieblas que convierten a la narración no solamente en un inteligente conjunto de escena e hilos narrativos que replantea en el terror con rostro latino sino también, en un pequeño monstruo grotesco de indudable belleza. Nuestra parte de la noche es un experimento afortunado de lenguaje y estilo que logra sostener una narración que avanza con facilidad entre el rigor de lo literario y algo más sugerente. Enriquez ha llegado a la definitiva madurez narrativa y la novela, es una puerta abierta hacia la forma en que la escritora ha elaborado su propio universo macabro.

El libro es una meditada mirada sobre el terror como excusa para analizar los lugares más oscuros de la mente humana, sus miserias y pérdidas. Analiza desde la periferia tópicos tan duros y humanos que por momentos, las narración resulta insoportable. La escritora abarca no sólo el terror como mensaje — que por supuesto, está presente en cada uno de los cuidados escenarios que construye con un pulso firme e impecable — sino también como reflejo de situaciones en apariencia vulgares, que la red de historias convierte en un escenario tétrico. Desde niños en apariencia inocentes que encarnan la maldad en estado puro hasta el terror convertido en una dimensión cotidiana de la urbe rota e imprevisible, “Nuestra parte de la noche” es una combinación de melodrama, dolor, humor negro pero también, una durísima comprensión sobre la naturaleza del espíritu humano, sus grietas y oscuridades. Enríquez no sólo analiza el miedo como una forma de expresión de la identidad del hombre, sino también como un fin en sí mismo, un objetivo complejo sobre una frágil noción de normalidad.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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