En las tinieblas vive lo desconocido:

Un recorrido por el cine de terror de las últimas décadas (parte II)

Según el escritor David Church, autor del magnífico libro Post-Horror Art, Genre, and Cultural Elevation (2021), el terror ha evolucionado lo suficiente como para analizar la naturaleza humana, desde una dimensión sensible que también, se nutre de manera elocuente con los códigos del terror. Según la hipótesis del libro, el cine de terror de los últimos treinta años es un recorrido poderoso a través de ideas que se emparentan directamente con una conexión intelectual hacia lo que consideramos “lo desconocido”. Ya no se trata de monstruos y asesinos, sino lo inexplicable en su versión más elaborada, conjuntiva y en especial, relacionada con algo más tenebroso que se sostiene sobre los terrores sociales y culturales.

Películas como Get Out (2017) de Jordan Peele y por supuesto, la duología de reinvención del horror folk de Ari Aster, muestran un rostro del terror que se equipara con el motivo del miedo como algo más persistente que lo que puede englobar lo que no podemos definir de inmediato. De hecho, es esa mirada sobre lo temible, lo que sostiene algo más consistente sobre el terror moderno y es la búsqueda sustanciosa sobre lo verdaderamente temible: ¿Es el ser humano, en toda su integridad? ¿es el tiempo? ¿Es la forma en que se manifiesta lo sobrenatural? ¿es la incredulidad reconstruida en un espacio definido?

El cine de terror actual no ofrece respuestas y de hecho, suele mezclar sus condiciones para construir un concepto híbrido entre varios géneros a la vez. Una versión del terror que combina el terror con la ciencia ficción, a la vez que la deshumanización a través del sentido de lo absurdo, es la duología A Quiet Place de John Krasinski. En toda película de terror, el sonido — o mejor dicho, su capacidad para crear ambientes y atmósferas — suele ser un recurso efectivo al momento de crear una estructura narrativa. El film avanza con sigilo, en medio de un ambiente opresivo y angustioso basado en lo que se anuncia, antes de lo que se muestra. El argumento es un ejercicio de tensión elaborada a través de una perspicaz idea sobre lo misterioso que aumenta escena a escena hasta crear un cenit profundamente simbólico y construye una versión sobre el miedo basado en algo más complejo que lo evidente. Desde esa primera línea que anuncia que han transcurrido 89 días desde una colosal tragedia apocalíptica (de la cual no tenemos idea o tampoco indicio) hasta esa extraña dinámica familiar que se entremezcla con pequeños golpes de efecto bien construidos, la película de Krasinski juega con la percepción sobre lo temible como una amenaza invisible. El resultado es una atmósfera malsana pero sobre todo, una experiencia sensorial por completo nueva.

El film no se prodiga demasiado y convierte la acción en pequeñas estratagemas para develar información: la primera secuencia establece que está en juego — la supervivencia de la familia entera — pero también, la forma deliberada en que el terror se manifiesta. El ritmo es rápido, eficaz y cargado de metáforas — esa escena del niño sosteniendo un juguete que parece simbolizar la normalidad perdida — pero sobre todo, la comprensión que el mundo tal y como lo conocemos, desapareció por completo hasta convertirse en algo mucho más agresivo y peligroso. Con ciertos paralelismos con La Niebla de Frank Darabont del 2007, La trama funciona desde lo minimalista, pero también, desde la concepción del miedo como un evento incontrolable. Hay algo muy semejante a la percepción de lo terrorífico emparentado con lo doloroso, que el escritor Cormac McCarthy utilizó con gran tino en su novela The Road y que convierte a la manejo de la tensión en A Quiet Place en una búsqueda de argumentos sobre lo que se esconde en lo invisible.

Lo mismo podría decirse de Aniquilación (2018) de Alex Garland. Aunque no es una película de terror propiamente dicha, la obra de Garland elaboró una nueva versión sobre lo terrorífico, que supera con holgura sus planteamientos sobre la ciencia ficción pura. El director tomó lo mejor y más intrincado de la novela de Jeff VanderMeer del mismo nombre y lo convirtió en una insólita experiencia visual que transita con comodidad entre varios géneros a la vez. Una percepción del bien y del mal, lo que se asume posible y lo que no lo es, a través de una puesta en escena incómoda, dura y casi inquietante, sin llegar a ser del todo terrorífica. En Aniquilación todo el argumento parece basarse en el desconcierto. «No lo sé», repiten los personajes con cierta frecuencia y esa sensación de confusión («no sé dónde me encuentro, no sé quién soy, no sé a dónde me dirijo, no sé que ocurre») es lo que sostiene un guion profundamente extraño, que aunque no adapta de manera fiel la obra de VanderMeer sí logra captar de manera compleja las ruptura de las leyes tradicionales de la física, la biología, el tiempo y la memoria que la obra original recrea como una noción persistente sobre el horror. Aniquilación comienza y termina con una incógnita y es quizá esa aliteración del tiempo y el temor — lo que crea y subvierte el orden de las ideas — lo que dota a la película de su extrañísima atmósfera y noción sobre la realidad.

Tan ambigua como el primer libro de la saga Southern Reach — que compone una dura e insólita trilogía sobre el absurdo — , Aniquilación analiza el terror desde cierta perspectiva ambigua: Lo que resulta temible — y supone el miedo entretejido en el argumento — tiene una relación directa con lo imposible. Cada suceso se concatena con lo inexplicable hasta crear una percepción sofocante de la realidad. De la misma manera que la novela homónima, la película recurre a la incertidumbre para definir lo espeluznante. Una sabia combinación de elementos que muestran al terror como una presencia invisible y violenta bajo la aparente frugalidad del argumento central.

La situación se repite en Mandy (2018) de Panos Cosmatos, que bajo su pátina de producto demencial e inclasificable, es un argumento sofisticado e inteligente que lleva el terror a una nueva percepción pero sobre todo, lo analiza desde un punto de vista visceral en la que basa su efectividad. Dividida en dos tramos bien diferenciados (una primera parte que se desliza bajo algunos clichés y parece destinada a la confusión y una segunda trepidante y perturbadora), Mandy tiene la capacidad de construir el miedo desde lo marginal. Resulta complicado describir un argumento basado en golpes de efecto pero sobre todo, en el análisis de lo terrorífico desde una perspectiva caótica y destructiva. En Mandy el miedo no es un elemento que se manifiesta de manera comprensible, sino un conjunto de ideas que se mezclan de manera confusa pero al final, por completo efectiva. La ultraviolencia — que el director explota hasta límites inauditos y que Nicolas Cage encarna con una actuación delirante — es un recurso entre tantos, para expresar una serie de planteamientos discordantes que convierten al guión en una combinación de temores paranoicos: desde las teorías conspirativas sobre cultos y terrores secretos hasta la noción de la realidad quebradiza y al límite de la cordura. Todo bajo el rojo incandescente de la sangre y la perenne sensación de angustia abrumadora que Cosmatos suele brindar a sus películas.

Del mismo tenor y bajo la misma concepción, El ritual (2018) de David Bruckner y basada en la novela de Adam Neville del mismo nombre, es una inusual reflexión sobre la pena y el trauma, usando el terror como inevitable metáfora. Por supuesto, no se trata de una propuesta novedosa, mucho menos original, pero aún así logra sostener un lenguaje visual y argumental sólido. Brucker (conocido por la excelente Noche amateur de V / H / S), maneja los códigos del género de manera inteligente y precisa, por lo que el terror psicológico tiene un alto ingrediente de poder emocional y una inusual capacidad para conmover. El guión avanza con buen ritmo, en medio de una puesta en escena sobria, minimalista y una línea argumental que resuelve con tino con los constantes flashbacks y el terror sugerido que sostiene el discurso. Hay escenas de enorme solidez — como el brutal robo que abre la película — hasta la persecusión del tramo final, enmarcado en una inteligente progresión de la tensión que sostiene el argumento entero. El guión es una inteligente mezcla de viejos tópicos, distribuidos y reelaborados con elegancia y sobre todo, una consciente percepción de la efectividad de los tradicionales trucos del cine de terror.

Nada es nuevo en The Ritual y por contradictorio que parezca, esa es su mayor fortaleza. Todo lo que propone, ha sido visto una y otra vez en el cine de género actual, pero es quizás esa ambición moderada lo que hace a la película una concienzuda revisión no sólo del terror como lenguaje — la mayoría de sus escenas están sobriamente concebidas con una tensión insistente y basada en trucos de efecto condicionados bien planteados — sino también, de la forma como se asimila el miedo cinematográfico como una idea coherente. Tomando como referente obvio El proyecto de la bruja de Blair’(en especial, la primera parte) y Posesión infernal crea una pequeña conjunción de buenas decisiones argumentales y visuales que brindan a la película un pulido acabado y una evidente necesidad de trascender lo obvio para crear una producción pulida y de impecable gusto. The Ritual es un horror británico eficiente y metódico, con buenos efectos visuales — maravillosa la forma en que contiene las sutilezas para aumentar la tensión — y una revelación monstruosa que cuida el trasfondo simbólico de la trama.

¿Que despierta el miedo? ¿Qué hace que ciertas situaciones sencillas nos parezcan de insoportable belleza y otras de terrorífica simbología? La respuesta es una búsqueda que se alimenta y se elabora desde la identidad del espíritu humano y también, las implicaciones de lo que provoca el terror. En una de las escenas de la película Hereditary (2018) de Ari Aster, una aterrorizada Toni Collette mira su obra — esa extraordinaria, meticulosa y tenebrosa casa de muñecas que parece contener su vida entera y la de su familia — con los ojos muy abiertos y aterrorizados. Acaba de descubrir el vínculo del Mal — esa percepción malévola sin rostro y sin nombre, enraizada en el tiempo y su propia historia — no sólo existe como parte de una idea más grande que ella misma, sino como una percepción colectiva sobre quienes somos y quienes podemos ser. Y ese descubrimiento — esa epifanía siniestra que le hace lanzar alaridos aterrorizados — parece sostener no sólo el argumento de la película sino algo más profundo: el motivo por el cual el miedo sigue siendo parte de una idea mucho más profunda y casi ideal sobre el espíritu humano. Un reflejo del tiempo que transcurre y sobre todo, de la versión de ese espíritu implacable y desalmado del terror — convertido en presencia dual y en metáfora — como un lenguaje en sí mismo.

Claro está, que la película de Aster no toca temas novedosos, sino que los reinventa a través de una versión del terror como vínculo tribal y natural dentro de una esfera desconocida de lo que puede atemorizarnos. Por siglos, la costumbre de compartir historias en familia bajo el calor de la fogata doméstica fue parte esencial de los ritos cotidianos. Y los relatos de terror fueron patrimonio casi exclusivo de esa tradición oral. En buena parte de Europa, el hábito de contar historias terroríficas pertenecía a la antiquísima costumbre de la reunión familiar junto al fogón, quizás luego de la cacería o una opípara cena familiar. La costumbre además, formaba parte de la permanente idea de lo sobrenatural como parte de la vida cotidiana y lo que ahora puede resultarnos por completo desconcertante, la percepción del miedo como una dimensión de la belleza y lo profundamente significativo. De manera que el terror no sólo era parte de las tradiciones más antiguas de pueblos y tribus, sino un reflejo de todo tipo de atributos y virtudes. Las historias terroríficas tenían una importancia específica y también, un profundo significado en la memoria colectiva de buena parte del mundo antiguo.

Por supuesto, se trataba de una costumbre que se transmitía de generación en generación, hasta convertirse en parte de la tradición oral heredada — compartida y segmentada — entre miembros de una misma familia, pueblo, tribu e incluso, ciudad. Un hilo conductor que reflejaba no sólo los temores más profundos del colectivo sino algo más sutil: esa percepción del terror como inédito, inexplicable y parte de la costumbre primigenia de creer en lo desconocido. Los primeros relatos de terror de los que se tienen constancia — y registro — proviene justo de las costumbres familiares y tribales alrededor del fuego sagrado. Hacia el siglo II DC, las historias sobre monstruos, fantasmas y terrores nocturnos formaban parte de una riquísima herencia cultural en buena parte de Europa y también en Oriente medio. De hecho, se trataba de una costumbre que formaba parte de cierta jerarquía intelectual y ya en Inglaterra, “los cuentos de sombras” se conservaban en buena parte de las Iglesias y Abadías como ejemplarizantes y más allá, huellas de un pasado pagano que la Iglesia se empeñaba en cristianizar. Los antiquísimos relatos celtas y de otras tribus — con su rico folclor y llenos de todo tipo de referencias mitológicas — se convirtieron en epopeyas religiosas en el que el poder divino triunfaba de manera invariable sobre el mal. Los Dioses se transformaron en demonios y los espíritus, en criaturas malignas capaces de tentar al pecado al hombre. No obstante, la noción sobre el miedo — la incapacidad del hombre para explicar lo desconocido y sobre todo, la incertidumbre sobre la existencia — continuó siendo parte de la percepción del terror como experiencia colectiva. Hay descripciones detalladas de celebraciones en las que la narración formaba parte integral de los ritos de paso, una visión muy amplia sobre lo sobrenatural que reflejaba las relaciones entre el hombre y el conocimiento. Una expresión de fe, de convicción pero sobre todo de asombro por lo invisible y lo inexplicable.

Hereditary crea una versión de la realidad y del terror que tiene una clara relación con los conflictos familiares, espirituales y emocionales que crean una atmósfera malsana y dolorosa desde las primeras escenas. Ari Aster plantea la idea sobre el origen del terror y lo hace con una sutileza asombrosa, con una elaborada percepción sobre lo esencial de lo que puede llegar a aterrorizarnos y sobre todo, concebir una idea sobre la identidad colectiva. ¿Que hace que algo nos resulte terroríficos? ¿Pensamientos y reflexiones que excavan y exploran lo más profundo de nuestro mente? ¿Las pesadillas que nuestra imaginación elabora y sustenta? ¿O se trata de algo más violento, elemental y duro, relacionado con una memoria hereditaria que nos vincula de manera sutil pero implacable a una fuente primigenia que define el horror? Sin duda, se trata de cuestionamientos válidos y Aster los extrapola hacia el confín de una idea casi perpendicular sobre el terror como expresión espiritual. Ese escalofrío inevitable que todos hemos experimentado alguna vez en mitad de la noche y que nos recuerda el desarraigo, la soledad y la tristeza del miedo como legado cultural. Es justo esa raíz compartida, unida en fragmentos a una historia más amplia, lo que hace que la película Hereditary tenga un poder de interpretación sobre el miedo tan poderoso y que sea de hecho, una metáfora no sólo sobre lo que tememos sino acerca de lo que creemos y construimos como una forma de terror elaborada desde la oscuridad de la memoria

La estructura de la película es desde cierto punto de vista convencional y está directamente enfocada a mostrar la pérdida, el desarraigo y la soledad como una forma espectral que habita en medio de una familia disfuncional. La madre de Annie (Collette) ha fallecido de cáncer, luego de una larga y dolorosa agonía, que afectó en mayor o en menor grado a todos los miembros de la familia. La armonía doméstica queda levemente trastocada luego de la muerte de la anciana y es esa ruptura, el comienzo de una serie de pequeñas correlaciones sobre lo sobrenatural que se manifiestan al principio con sutileza pero se esparcen con la rapidez de una infección venenosa. Hay un elemento uniforme en la manera en que el miedo se manifiesta en Hereditary y es que a diferencia de otras películas del género, su argumento no intenta reflejar lo sobrenatural como un hecho aislado o supeditado al contexto. En realidad, se trata interacción entre la versión del miedo como una experiencia íntima que crea y sostiene la experiencia paranormal como una percepción helicoidal sobre lo que puede resultar aterrado. La película apela a la incertidumbre — al miedo convertido en caja de resonancia de la vulnerabilidad y la fragilidad espiritual — para convertir la historia en algo más complejo de lo que parece a primera vista.

Además, la película está muy consciente del uso de la imaginación del espectador para crear un nuevo paradigma sobre lo terrorífico: lo sensorial se manifiesta como un serie de reflejos espejos y construye una versión de la realidad onírica y paralela, donde nada es lo que parece. Por extraño que parezca, el director no parece especialmente interesado en el elemento sobrenatural sino en algo mucho más frágil, que se expresa en juegos de luces y de sonido que sugieren lo paranormal pero jamás lo muestra, lo que convierte a Hereditary en un eco de algo más terrorífico que se esconde bajo la dimensión más vulgar de lo cotidiano. En la película se apela directamente a la expresión de lo que no podemos explicar como elemento nuclear del horror y lo hace, con una perfecta colección de trozos de información que se estructuran como una gran percepción del bien y del mal transformados en el anuncio de algo más tenebroso.

Aster es un fanático del género del terror y sus influencias son muy evidentes a medida que la película se hace más claustrofóbica, dura y directamente terrorífica: las tomas en gran angular que recuerda a los momentos más extraordinarios de El Resplandor (1980) de Stanley Kubrick, a la añade la paranoia urbana y retorcida de Roman Polanski (1968) en Rosemary’s Baby. Cada estructura argumental de la película parece ensamblar un fenómeno que se manifiesta pero no queda del todo claro su procedencia, mucho menos su profundidad o implicaciones. Hay una cuidadosa tensión que convierte incluso detalles sencillos — la mera imagen de la impresionante casa de muñecas construida por Annie, una silla solitaria, una puerta abierta — en una forma de terror inquietante. De la misma manera que David Lynch en Mulholland Drive (2001), Aster juega con el contexto y con la atmósfera hasta crear una percepción sobre lo terrorífico y lo malévolo que sorprende por su eficacia e incluso belleza.

La película Hereditary ofrece un estilo metafórico impecable que convierte a sus espectros y espíritus en metáforas directas sobre la depresión, el dolor y la alienación o en algunos casos, una combinación de las tres emociones transmutadas en puertas abiertas hacia lo desconocido. Lo fantasmal en el film, tiene un subtexto profundo que analiza lo que crea el temor a través de una serie de efectivas construcciones que sin llegar a ser dramática — la película se cuida de sermonear, opinar o mucho menos, expresar una opinión — logra recrear lo tenebroso como una dimensión de lo fatídico. ¿Lo que está ocurriendo es parte del miedo de una familia traumatizada o de algo más escalofriante? La respuesta, anudada en medio de las exactas líneas narrativas de la película no se prodiga con facilidad.

La película también medita sobre la aflicción y lo hace desde la metódica concepción de lo que el sufrimiento y el dolor pueden provocar cuando se transforman en culpa y de hecho, en algo más profundo que la mera idea del luto. Annie, artista obsesionada y obsesiva con la calidad de sus observaciones de la realidad, transforma su arte en una forma de catarsis pero también, en una elabora confluencia de percepciones tenebrosas sobre el espíritu humano. “Mi madre era una persona muy secreta y privada” dice el personaje en algún momento de la película, como para describir la ausencia remota que gravita sobre toda la narración y es quizás esa frase, la que sostiene el miedo como una consideración sobre los horrores secretos, invisibles de la mente humana.

El proceso artístico de Annie — una artista de cierto renombre que crea un nuevo espectáculo basado en su vida familiar reproducida miniaturas de meticuloso detalle — es también parte del ambiente opresivo y claustrofóbico de la trama. Como si se tratara de un vínculo con lo místico, la película muestra el trabajo de Annie como una expresión viva del yo y del reflejo de la identidad, pero también de una dimensión desconcertante que se manifiesta en pequeños trucos de efecto que el director utiliza con destreza. El diseño de producción y la puesta en escena de Grace Yun y Pawel Pogorzelski crean escenarios oníricos que logran confundir la realidad con la pequeña gran obra de Annie, lo que convierte a la película en un juego de espejos espectral que lleva el terror a un nivel por completo desconocido. Tal pareciera que los escenarios radiantes e iluminados de las escenas al aire libre se entrecruzan con las percepciones diminutas y ofuscadas de Annie en su obra inacabada. En medio de ambas cosas, el terror se orquesta como un juego de luces y sombras. Una gran metáfora del alma humana.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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