En las tinieblas del Hades

Un recorrido por diez años de terror (parte II)

Luego que la serie The Walking Dead meditara sobre los zombis como un mal menor en una sociedad enajenada y post apocalíptica, Cargo (2017) de Yolanda Ramke y Ben Howling puede parecer simple e incluso dolorosamente delicada, con sus paisajes interminables y sus escenas fuera de foco de muertes violentas. Pero en realidad, el dúo de directores analizan la inmortalidad desde la percepción de lo grotesco, es una noción sobre la trascendencia más relacionada con lo repugnante — los zombis de la película tiene algo de ave carroñera de una crueldad inusitada — y que además, sostienen un discurso muy específico sobre la sociedad: somos el monstruo que aguarda en la oscuridad, el que va de un lado a otro de los temores, en medio de una mirada temible hacia el absurdo.

A Girl Walks Home Alone at Night (2014) de Ana Lily Amirpour, también elabora un diálogo poderoso con la figura de monstruos tradicionales para analizar la cuestión mínima y hórrida, de los dolores convertidos en sombras de la conciencia colectiva. Bajo la pátina de una aparente historia de amor sobrenatural, la historia atraviesa tópicos que rara vez se tocan en películas de terror y atraviesan la convicción insistente sobre el tema del bien y el mal como elementos unidos a la conciencia humana. ¿Es esta vampira de rostro exquisito y largos silencios un ser maligno? Lo es en la medida en que el argumento se enlaza con algo más doloroso y angustioso, con la concepción de la oscuridad interior que se disemina a través de la sombra fallida del amor y las pequeñas angustias inclasificables.

Con su aire frío y pulcro, A Cure For Wellness (2017) de Gore Verbinski también asume la figura de lo monstruoso desde un tipo de belleza onírica y opulenta. El director se toma su tiempo para contar la tétrica historia que se esconde detrás de lo que podría parecer un thriller de suspense con aire corporativo y termina convertido, en un recorrido incesante por la versión de bien y el mal contemporáneo. La película es una cuidada combinación de concepciones sobre lo temible y la forma en cómo se vincula con la naturaleza humana. Al final, logra la extraña proeza de combinar un melodrama gótico con un elemento más inquietante y violento, que se enlaza con la percepción de lo moral, lo trágico y lo angustioso como una nueva forma de violencia.

Under the Shadow (2016) de Babak Anvari, asume la simplicidad de una premisa en apariencia basada en el terror y lo inquietante como hecho doméstico, para sostener una alegoría violenta sobre lo terrorífico como una historia de dolor y angustia íntima, además ambientada en medio de una ciudad asediada por la violencia como la Teherán de 1980. La combinación resulta desconcertante. Pero también de una dureza angustiosa. Mientras la situación puertas afuera del pequeño departamento en que transcurre la acción se hace más dura, violenta y políticamente peligrosa, lo sobrenatural emerge como una serie de miradas sobre la identidad. También, de la forma en que el peso de lo que nos rodea — lo cultural y lo social — es también, en cierta forma, la raíz de un tipo de maldad invisible y por momentos, profundamente incómoda.

Y mientras el guion elabora una cuidadosa concepción sobre lo que tenemos y lo que podemos encontrar en la raíz de esos temores, la percepción del monstruo de turno. En esta ocasión un Djinn, con todas las percepciones y nociones mitológicas sobre la antigua leyenda asiática — , la película se vuelve tensa e implacable al momento de profundizar sobre la violencia capacidad del miedo para descubrir el rostro que ocultamos en lo cotidiano. Ese monstruo impensable y temible que habita en alguna región inexplorada de nuestra mente.

Cuando el marido del personaje que interpreta Natalie Portman en Aniquilación (2018) de Alex Garland, regresa de una travesía inexplicable desde un lugar desconocido, ella no le reconoce. El hombre anónimo (interpretado por Oscar Isaac) se queda en pie en mitad del pequeño salón de la casa que comparten y mira todo a su alrededor con aire estupefacto, casi soñador. Después cae enfermo para no recuperarse, lo que empuja al personaje de Portman (también sin nombre), a buscar una respuesta por su cuenta. El resto es una extraña travesía hacia lo desconocido, lo temible y lo angustioso, en clave de una aventura científica sin objetivo, propósito o mucho menos, verdadero sentido.

A simple vista, el argumento del film — basado en el libro del mismo nombre de Jeff Vandermeer — es otra versión sobre el recorrido fantasmal y sin esperanzas hacia un secreto temible. Pero Garland (acostumbrado a profundizar en el mal como una abstracción sin forma ni sentido), convierte el despoblado valle ajeno a las leyes físicas que imaginó el escritor para crear algo por completo distinto. Ese es, quizás, uno de los grandes logros de la película, que se mueve en el terreno de la ciencia ficción, pero que, en realidad, es un espeluznante recorrido hacia el caos y la catástrofe de lo espeluznante como ideas más profundas y aterradoras de las que pueden parecer a simple vista. Los personajes de Garland se mueven con cautela en un paisaje desolado y tétrico, poblado de criaturas inexplicables por el mismo hecho de ser por completo fuera de la esfera humana.

El terror que el director imagina tiene más relación con la connotación de lo inexplicable — esa gran capacidad de la imaginación humana para invocar lo que no tiene sentido ni puede ser clasificado de manera sencilla — para elaborar algo más potente, doloroso y simbólico. Porque en el mundo de la película, las leyes de la naturaleza no existen y por tantos, sin las reglas y el equilibrio de un reborde comprensible, el mal habita en la interpretación de quien atraviesa el espacio invisible que le rodea como una cúpula sin nombre, imposible de definir a primera vista. Pero incluso, la película va mucho más allá de la distopia inquietante y especulativa: también es un discurso solemne sobre el dolor, la pérdida y el luto. La combinación resulta asombrosa, de una belleza irreal y tan terrorífica como una pesadilla casi imposible de describir.

Al otro lado del espectro, se encuentra Cloverfield Lane (2016) de Dan Trachtenberg, que va de los espacios extraordinarios de Garland a una habitación claustrofóbica en que tres personajes deben luchar entre sí por la cordura, el miedo y lo que sea que acecha — si es que lo hace — fuera del confinamiento que comparten. Porque si Garland meditó en Aniquilación sobre lo inquietante como en un discurso pausado y temible sobre la incertidumbre, Trachtenberg se hace preguntas sobre la naturaleza humana, pero sobre todo, de la convicción sobre la imposibilidad que radica en lo monstruoso. Según el personaje de John Goodman, fuera del búnker en que se encuentran encerrados tres extraños unidos por el azar, un desastre catastrófico amenaza a la raza humana. Pero podría no ser así y tratarse solamente de los delirios de un hombre peligroso, despiadado y brutal. O ser ambas cosas a la vez, lo que podría convertir el horror en capas superpuestas de temores y la incertidumbre convertida en algo más abrumador y espeluznante. ¿Qué está ocurriendo realmente fuera y dentro de los muros que el personaje de Goodman levanta? La película no se prodiga con facilidad y lo hace a través de la conciencia retorcida que el mal habita en todas partes, tiene todas las formas, se anuda con fuerza en algo más duro, elaborado y consistente. Una forma de grotesca belleza.

En Demon (2015), Marcin Wrona toma un camino intermedio entre ambas versiones de lo terrorífico y convierte a lo doméstico en terreno de amenaza. La acción transcurre casi en su totalidad durante la celebración de un matrimonio rural. Pero mientras la concepción de lo maligno habita entre las sombras del bosque rodea a la celebración, lo realmente terrorífico forma parte de lo que ocurre en medio de lo que parece un ritual corriente y casi amable, que, sin embargo, esconde algo más brutal y temible de lo que podría suponerse en un principio.

Ligeramente surrealista, la película usa todo tipo de elementos mitológicos de la Europa rural para elaborar una versión sobre el miedo que se conecta con una paradójica convicción sobre la muerte, el duelo y el desarraigo. Desde el demonio que brota como una presencia oscura y furiosa en mitad de una escena campestre corriente, el hecho que la celebración se lleva a cabo sobre tierras “construidas sobre cadáveres” hasta el miedo escondido en medio de los rostros comunes de los invitados. La percepción de lo moral, lo maligno y lo temible es una incursión nebulosa, por lo que consideramos peligroso y extrañamente abominable. Quizás, una mezcla entre la versión estilizada de Garland de un paraíso temible y la de Trachtenberg, de los horrores mínimos, Demon es una búsqueda inquietante sobre la identidad del mal (de tenerla) y algo más complejo.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta