Crónicas oscuras:

Lo que se esconde en las sombras infantiles (Parte II)

Kenneth Grahame fue un hombre trágico o al menos así se le suele definir, a la luz de las muchas y dolorosas tragedias que tuvo que enfrentar durante su vida. Huérfano de padre y madre, tuvo una infancia violenta y difícil, que le llevaron a un temprano alcoholismo. Ya adulto, se enfrentó a la elitista sociedad de la Inglaterra de su época y tuvo que renunciar a su sueño de cursar estudios Universitarios en la Universidad de Oxford, conformándose con hacerse un empleado menor de un banco. Poco después, contrajo matrimonio pero no fue una unión feliz: el único hijo de la pareja fue un niño enfermizo que atravesó la infancia entre enfermedades y numerosos problemas de salud. Finalmente se suicidaría, a los veinte años, en lo que pareció ser en colofón de una larga lista de dolores y pesares en su corta vida. Para Grahame, fue otro capítulo de una larga historia de sufrimiento privado que nunca llegó a superar del todo.

Porque este padre herido y afligido por el peso de la desgracia que sus contemporáneos describen, también era un escritor. Un hombre obsesionado con la belleza por las palabras, por su capacidad para transformar el mundo en un ideal. O eso parecen sugerir sus obras — todas para niños, todas de fantasía — que forman parte de su corta pero sustanciosa obra editorial. Grahame, el hombre transido de dolor y aterrorizado por las pequeñas escenas angustiosas que parecían poblar su vida, también se aferraba a la belleza, con la necesidad de reivindicar la angustia y la desazón a través del arte de crear. Lo hizo de la mejor manera que supo, pero sobre todo, enfrentándose así mismo, a esa noción sobre el padecimiento tan propia de una época desigual y dura, de grandes privaciones y diferencias sociales, de enormes abismos entre la pobreza y la riqueza. Para el escritor, crear fue una puerta abierta a la libertad, no sólo la mental, sino también la espiritual, una formad de construir un mundo a su medida.

No obstante, Grahame jamás se pensó así mismo como un intelectual o al menos, no de la manera tradicional. Por años, fue el secretario honorario de la Sociedad Shakesperiana, gracias a su amistad con el escritor y presidente de la institución James Furnivall. Y aunque es bastante probable que el escritor ya por entonces fuera un devoto de la palabra escrita — se le describe como un devoto lector y un asiduo a tertulias literarias de diversas índole — fue en la sociedad donde comenzó lo que podría llamarse, no sin cierta ambigüedad, su carrera como escritor. Grahame, con un infalible olfato literario y sobre todo, una innata capacidad narrativa, comenzó escribiendo artículos en St. Jame’s Gazette y más tarde en el National Observer, primero de manera anónima y finalmente, llevando su firma. Sus artículos, sorprendieron a los lectores por su elegancia y también su profundidad. Cosechó elogios y con toda seguridad, fue esta primera experiencia satisfactoria en el mundo de la escritura, lo que le llevó a comenzar su corta pero prolífica carrera como escritor por derecho propio.

Sin duda, Grahame, logró encontrar en las palabras un refugio, una forma de crear y construir planteamientos e ideas profundas, que con certeza, se convirtió en el mejor de sus refugios al dolor y a la angustia que le solían atormentar. Tal vez por ese motivo El viento en los Sauces sea su obra más conocida, convertida en clásico de la literatura infantil Universal y parte del gran universo literario inglés. No sólo se trata de una obra de enorme calidad literaria sino que tal vez, la primera construida dentro del universo infantil y por tanto, fruto de ese devenir de la inocencia y la fantasía propia de la infancia. Grahame concibió la historia para su pequeño hijo Alastair, que sufría desde la niñez de múltiples quebrantos de salud y pasó la mayor parte de sus primeros años en convalecencia. Un juego de palabras entre padre e hijo, una confidencia de infinita ternura, de la cual nació quizás una de las obras más entrañables de la literatura infantil que se recuerde.

Fue Alastair desde su lecho de enfermo, el que escuchó por primera vez el cuento sobre el ratón, la jirafa — que después sería sustituida por un tejón — y un topo. Probablemente lo hizo con las sienes húmedas de fiebre, aferrándose a las palabras de su padre para escapar de la debilidad y el dolor. Una y otra vez, Grahame el padre creó para su hijo no sólo un mundo de fantasía en el cual refugiarse del miedo y la desazón, sino una historia trascendente que poco a poco tomó sustancia propia, construyó una versión de la realidad que no sólo logró captar la inocencia de esa otra visión del mundo — la delicada, la profundamente emocional — sino que permitió al Grahame escritor encontrar una forma de contar al mundo sus ideas, de asimilar sus particularidades y asumir el poder real de la palabra creativa. Para Grahame, El Viento en los Sauces fue una forma de consuelo por el mero hecho de procurar a su hijo un obsequio perdurable, una complicidad diáfana, la calidez de una aventura que jamás podría vivir y también, por ser la puerta abierta hacia el consuelo del dolor adulto, la angustia existencial que le acompañaba a todas partes.

Quizás, ese sea el gran triunfo de una novela pensaba desde la humildad: su capacidad para construir un reflejo del mundo del hombre con una sencillez que cautiva desde las primeras páginas. Mientras que sus predecesores apelaron a lo simbólico y quizás a lo metafórico para construir historia basadas en el mundo infantil, Grahame insiste en esa visión dulce de lo natural, como si lo humano en cada uno de los personajes, sólo fuera una manera de destacar su sutileza ideal. Con un sabio pulso narrativo, Grahame triunfó al dotar a su historia de una profundidad que no se basa en las metáforas que crea, sino en su capacidad para expresar la noción sobre la belleza desde la simplicidad.

Es por ese motivo, que El Viento en los Sauces conserva una inocencia perdurable, una frescura insistente que aún casi cien años después de su creación, continúa cautivando al gran público lector. Publicada por primera vez en 1908, la novela fue un éxito inmediato: aclamada por la crítica y amada por el público, se convirtió en la historia preferida de esa Inglaterra dura y hostil de los primeros años del siglo pasado. No obstante, quizás por su ternura y sencillez, la novela de Grahame se abrió camino y ocupó un lugar propio, una metáfora de esa inocencia rota, perdida a medias que el mundo adulto siempre encuentra doloroso y lamentable. Y es que quizás este hombre herido, este hombre trágico cargado de pesar y dolor, supo construir con mayor delicadeza que cualquier otro, ese delicado equilibrio entre la fantasía y el símbolo, un reflejo de la época que le tocó vivir. Un canto sentido no sólo al estilo de vida humilde y sencillo del campo Inglés sino a algo más profundo y hermoso, esa noción de la pureza intocada, de la fraternidad sutil que surge sólo del mundo infantil. De la estampa pastoral, Grahame crea algo tan espléndido como raro: una noción simple e inolvidable, del mundo de la ternura en lo más profundo del corazón del hombre.

De Michael Ende se le suele decir que fue el único escritor de niños que escribió para los adultos que aún sienten temor y asombro. Un matiz que pudiera parecer ambiguo e incluso levemente confuso si no fuera la mejor manera de describir su trabajo: Ende, no solamente creó un entrañable Universo infantil que le sobrevivió, sino que además, cimentó las bases de un tipo de simbolismo esencial que convirtió sus libros en algo más que cuentos infantiles. Ende, que solía llamarse así mismo “un soñador cansado” escribió no sólo para la niñez, sino para los adultos que la añoran y sobre todo, para quienes asumen la inocencia como fuente de sabiduría. Con una visión frágil y casi esencial, creó una nueva manera de contar historias para niños de todas las edades, un fenómeno que transformó sus obras no sólo en libros de enorme profundidad filosófica sino también, en una visión trascendental sobre la inocencia.

Se insiste con frecuencia que los libros de Ende, no son sólo fantasías de enorme belleza literaria, sino obras de enorme fuerza moral. Ende, que fue el hijo único del pintor Edgar Ende y Luise Bartholomä, heredó de sus padres no sólo una visión compasiva sobre el mundo, sino una reflexión conmovedora sobre el dolor y la identidad del espíritu humano. Creció rodeado del ambiente bohemio y artístico que frecuentaba su padre y por ese motivo, no sólo comprendió que el arte es capaz de construir belleza sino de expresar ideas claras. Una y otra vez, Ende tuvo que enfrentarse a un mundo que se transformaba a su alrededor — siendo muy joven al grupo antinazi “Frente Libre Bávaro” pero luego, se vio obligado a servir en el ejercito Alemán — lo que le brindó una perspectiva única sobre la guerra y el sufrimiento humano. Y es Ende tuvo que enfrentarse a un mundo herido no sólo por un conflicto bélico de proporciones inimaginables sino además, intentar asumir su responsabilidad sobre lo que ocurría a su alrededor. Dos puntos de vista contrapuestos que no sólo le permitió asumir su responsabilidad histórica sino también moral con la época que le tocó vivir. Y lo hizo desde la perspectiva de las palabras y la sensibilidad.

Porque Ende era un artista nato. Conjurado el espectro de la guerra, comenzó a escribir relatos familiares y juveniles, como si el hecho mismo de la postguerra y el optimismo desconcertante de la década de los 50 influyera directamente en su producción literaria. Ya por entonces, la obra de Ende reflexionaba sobre temas mucho más profundos que el optimismo por el optimismo y la necesaria visión del renacer cultural luego de un largo período de dolor. Para Ende, la escritura era un medio lógico no sólo para construir una idea sobre el futuro, sino también para meditar sobre las heridas del pasado y más allá de eso, la percepción sobre el hecho necesario de la moralidad como elemento indispensable. Como escritor, Ende miro la literatura infantil no sólo como un vehículo que asume el reflejo de lo infantil como alegórico sino que los dotó de una metáfora social e incluso intelectual que sorprendió no sólo a sus lectores sino al mundo literario que recibió con desconfianza sus obras. Dotado de una especial sensibilidad. Ende no sólo elaboró una idea sobre la verdad y lo absoluto basada en reflexiones éticas, sino que además, las contradijo, como parte de ese gran Universo de símbolos que el escritor creó como parte de su obra.

Para Ende, la realidad y la fantasía se construyen como elementos filosóficos, una constante revisión a las ideas morales que el escritor consideró imprescindibles para construir mensajes concretos sobre el mundo y la visión del hombre. Ende no sólo se preocupó por brindar a sus obras una consistencia literaria considerable, sino entrelazarlas con todo tipo de mensajes humanistas que más de una vez, insistió eran necesarios no sólo para sus lectores más jóvenes sino para los adultos que también disfrutaban de su obra. Ende, escritor, no sólo pondero sobre la importancia del bien y de lo moralmente correcto sino además, del poder de la imaginación como vehículo esencial de lo que se expresa como una idea espiritual. A la vez, el Ende artista, no sólo reconstruyó las bases de los que hasta entonces había sido la literatura infantil y creó una reflexión más cuidadosa sobre el mensaje último de la inocencia. Y es que para Ende, un artista con un insistente discurso sobre la belleza y el poder que puede tener de asumir ideas profundas, siempre defendió la necesidad de “encontrar la realidad a través de la fantasía”.

Ende, sobre todo, se rebeló contra la idea de la literatura que debe transitar caminos sencillos para asumir su verdadero sentido. En más de una ocasión, insistió que no se enfrentaba a “individuos” sino a sistemas y más allá de eso, a formas de consciencia. Los nuevos “monstruos” a los que debía enfrentarse sus héroes en un azaroso periplo por el mundo de la imaginación. Muy probablemente por ese motivo, los enemigos y villanos de sus libros jamás son criaturas definidas, sino más bien símbolos elocuentes que el autor definió como ideas elementales sobre el bien y el mal. La imaginación, como límite entre el poder de lo que creamos y sobre todo, lo que expresamos a través de ella.

Ende era un hombre político, sobre todo a la luz de sus reflexiones más o menos ideológicas sobre la comprensión de lo correcto y lo absoluto que deja traslucir sus libros. En el año 1985, unas semanas después del estreno de la película La historia Interminable del director Wolfgang Petersen y basada en su novela, Ende parecía preocupado precisamente por esa confusión entre los valores morales y la concepción de la idea del bien en estado puro. “La imaginación es poder. Una buena fórmula, aunque debería haberse precisado cuál era ese poder. Hay que conocer no sólo lo que se rechaza, sino aquello por lo que se pretende sustituirlo. Y esta vez no es cuestión de sustituir una ideología por otra (…) Empezamos a darnos cuenta de que con la física, las ciencias naturales, la tecnología o la sociología es imposible resolver los problemas haciendo como si se desarrollasen independientemente de nuestra conciencia. Nos inquietamos también por la destrucción de ese mundo exterior que constituye nuestro marco vital. Sin embargo, hay otra forma de destrucción de la que no se habla y que es igualmente trágica: la de nuestro mundo interior. Cuando todo se subordina al beneficio, se empieza por explotar a los obreros y después se ataca a las colonias, al medio ambiente. Por último, le toca el turno a nuestro mundo interior.” Una reflexión que parece no sólo abarcar el sentido último de las novelas de Ende sino también su intención como creador: La comprensión de un mundo posible.

Probablemente, la novela Jim Botón y Lucas el maquinista (publicada en 1960, unos años antes de sus libros más celebres) sea el mejor ejemplo de esa percepción del Ende político y filósofico sobre el mundo que le rodea. A pesar de tratarse de su obra más sencilla — se suele decir que su entramado simbólico es muy exiguo en comparación con obras como La historia interminable y Momo — la narración se sustenta sobre esa percepción del escritor acerca del poder de la diferencia. La comprensión de la solidaridad y la empatia que sustenta la historia, es una clara alegoría a la solidaridad necesaria y espiritual que el escritor asume como parte de su obra y sobre todo, de la lucha contra el mal moral, esa idea sutil que parece formar parte esencial de la obra del autor. Con un pulso preciso y sobre todo, sensible, Ende reflexiona sobre la naturaleza del espíritu humano, la necesidad de comprensión del otro y ese elemento común en sus obras: el valor de enfrentar el temor, enarbolando el poder de la inocencia. Temas que después desarrollaría a cabalidad en sus obras más conocidas pero que en Jim Botón y Lucas el maquinista parecen crear un ámbito nuevo donde asumir el peso racional de las ideas que el autor expone.

Ende siempre defendió el poder de la inocencia. Y quizás, esa insistente lucha sea el elemento más evidente en su obra. Más allá de eso, el escritor encontró una forma de comunicar sus ideas trascendentales desde la ternura. Una noción que le brinda al autor un resonante triunfo contra su enemiga más temida, esa que aparece con tanta frecuencia en sus obras: la simple desesperanza.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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