Crónicas de las hijas de Artemisia:

En la danza de las estrellas (Parte II)

Ada Lovelace, única hija legítima del poeta George Gordon Byron y la matemática y astrónoma Anna Isabella Noel Byron, estaba decidida a “crear hasta lograr un puente entre la imaginación y las ciencias”. A los doce, intentó construir una máquina de vapor que le permitiera volar. A los catorce, planeó con todo cuidado un “ingenio semejante a una catapulta” que permitiera el traslado “con rapidez” y cuando finalmente su madre le prohibió otros tantos experimentos con su anhelado sueño de remontar el vuelo, decidió entonces crearía uno que le permitiera traducir sus inquietudes matemáticas “a través de un orden razonable”.

Tenía el método para la investigación que desarrolló siendo una niña pequeña y casi de manera espontánea, también el deductivo, que aprendió leyendo los viejos libros de matemática de su madre. Para cuando cumplió los dieciocho años, ya había encontrado en los números una “segunda aventura imaginativa”, que aunque no tenía el menor parecido al arte que sabía había hecho famoso a su padre, “no dejaban de estar emparentados”.

Para Ada Lovelace, crear y pensar de manera científica era parecido “a una forma de diálogo artístico, quizás no tan hermoso y depurado, pero igual de enaltecedor”. De modo que dedicó buena parte de su vida adulta a la búsqueda de respuestas deductivas, organizadas y estructuradas bajo el interés de la ciencia. “Y aunque jamás podré decir que fuera de hecho, la respuesta a todas mis preocupaciones, si puedo decir que comprendí mucho más las inquietudes de mi padre a través de los números. Ambas cosas, palabras y cifras, tienen un cierto ritmo exquisito, que las une más que las separa y creo que llegada a cierto punto, logré descubrir el punto medio entre ambas”.

Con una madre matemática y un poeta afamado, polémico y que escandalizaba a Londres como padre, la infancia de Ada no fue en absoluto normal, pero tampoco infeliz. “Recuerdo que mi madre se enfurecía si preguntaba acerca de la poesía, de la literatura, si dejaba a un lado lo racional de la educación que quería brindarme” escribió a Charles Babbage, uno de sus más cercanos amigos durante años. “Pero aún así, jamás me riñó o se escandalizó si rebasaba los límites de lo que se suponía podía hacer una mujer de mi clase, condición o educación. Se regocijaba, antes bien, cuando descubría alguna de mis iniciativas en esa dirección”.

Claro está, “las iniciativas” de Ada Lovelace eran mucho más complejas que levantar escándalo por llevar pantalones, por negarse a contraer matrimonio o dedicar buena parte de su tiempo a la investigación científica. Con apenas 18 años, conoció a Babbage por iniciativa de su madre. Divorciada de Byron catorce meses después de contraer matrimonio, Lady Byron pasó buena parte de la infancia de Ada tratando de sofocar cualquier inclinación hacia el mundo de las humanidades. Anna, que era matemática, astrónoma y activista política, dedicó una considerable cantidad de tiempo a desalentar a la pequeña Ada de todo tipo de preferencia por la literatura. Le prohibió leer libros que no estuvieran relacionados con la ciencia, “fantasear” en sus ratos de ocio y se ocupó que tuviera acceso al por entonces restringido para las mujeres, mundo científico.

“Fue una decisión que comprendí, pero nunca respeté del todo” diría Ada años después. A pesar de la prohibición materna, la futura científica dedicaba un considerable tiempo a la lectura de la poesía — “pocas veces las de mi padre, amaba los clásicos” — pero en especial, la literatura de ficción, la que narraba grandes guerras, epopeyas y viajes. Ada era toda energía, imaginación y curiosidad, pero también, una pasión desbordante por las posibilidades que “todas las artes podían ofrecer en su forma justa, como espacios para algo más fascinante”. Por supuesto, la mente de Ada bullía en planes, creaba su propia versión de la realidad a partir de teorías imprácticas y extravagantes. Intentó crear un aparato volador a vapor a los quince, a los dieciocho decidió que crearía un “aparato capaz de analizar las relaciones matemáticas del mundo y sostener un lenguaje específico en una dirección concreta”.

Obsesionaba con la posibilidad que Ada hubiese heredado algo de la “herencia ignominiosa” de Lord Byron, Anna insistió en que Ada se relacionase desde muy niñas con matemáticos como Augustus DeMorgan, con el que intercambió por meses una abultada, compleja y a menudo diaria correspondencia sobre cálculo diferencial e integral. De hecho, Ada diría que fue su primer amigo, aunque Augustus le doblaba la edad y apenas tenían intereses en común más allá de las matemáticas. Pero sostenía con el científico “una conversación a través de las cifras”, lo que la convenció que en en realidad, la matemática no estaba tan lejos — o no todo lo que su madre deseada — del mundo de las letras.

También se hizo cercana a Mary Somerville, una matemática y divulgadora científica escocesa autodidacta, con la que Anna mantenía contacto desde la juventud y que brindó a Ada la posibilidad de reflexionar sobre la forma en que las mujeres eran tratadas en el ámbito científico inglés. “Somos recibidas como visitas no muy agradables, pero en ocasiones inevitables” escribió a Mary, luego de una desagradable experiencia en la que había tratado de explicar su opinión sobre las variaciones de ciertos cálculos matemáticos y fue reprendida por uno de los invitados de la madre. “Solo quería dejar de escuchar lo que tenía que decir. Jamás se planteó que pudiera tener interés cualquier cosa que pudiera pensar sobre el núcleo del dilema” dijo a Mary. La que sería llamada años después “la reina de las Ciencias del siglo XIX”, solo tuvo un consejo para Ada. “Persevera hasta que simplemente, estén tan agotados de cerrar la puerta en tu cara, que la dejen abierta”.

Ada perseveró y continuó dedicándose a la matemáticas en un ámbito casi profesional que sorprendió a sus maestros y profesores. Para cuando conoció a Charles Babbage, la idea de construir una máquina que pudiera traducir el mundo en orden numérico la obsesionaba de tal forma, que llenó cuadernos y casi una habitación entera con bocetos y posibles aplicaciones a lo que consideraba una especie de necesidad “impostergable”. Ada, que había crecido entre conversaciones sobre cálculo diferencial y diagramas matemáticos de alta complejidad, no comprendía del todo el temor general que provocaba la ciencia.

Mucho menos, el hecho que se consideraba su estudio un hecho aislado del mundo del arte y la literatura. “Hay un nexo inevitable entre ambas cosas, uno que además se conecta entre las ideas que nacen de la inspiración y las que nacen del estudio”. Para Ada Lovelace, futura madre de la computación moderna, la necesidad de la ciencia era tan poderosa como la que buena parte de su época, expresaba por poemas o el mundo de la pintura. “Es imposible comprender el arte, el mundo entero, sin las matemáticas”.

La amistad entre Babbage y Lovelace fue providencial para ella, y fuente de desánimo para el matemático. El entusiasmo de la joven condesa por crear una “máquina analítica”, capaz de traducir el mundo en todo tipo de evaluaciones matemáticas y además, acumular la información, terminó por agotar a Babbage, que había trabajado en una idea similar pero sin resultado por buena parte de su vida. Al contrario, Ada había dedicado una considerable cantidad de tiempo a depurar errores de diseño y estableció incluso una secuencia numérica que permitió obtener resultados concretos.

Para entonces la comunidad científica británica había relegado a Babbage a algo cercano a “obsesivo bien intencionado”, de modo que cuando Ada Lovelace declaró que podía llevar a cabo la idea de su mentor, nadie le prestó verdadera atención. Pero cuando Lovelace mostró que su aparato no sólo funcionaba y daba demostraciones de acumular datos, que lo hacía a través de una máquina de vapor y que además, permitía que la información se incluyera en forma de tarjetas perforadas con estructuras de códigos específicos, parte de la comunidad científica se sorprendió.

Por supuesto, no era un interés gratuito ni del todo bien intencionado. Ada Lovelace se estaba enfrentando contra la visión retrógrada y especialmente reticente a los cambios de la comunidad científica británica, que no sólo había condenado a Babbage al ostracismo, sino que además, a todo su trabajo a una especie de límite burlón sobre su utilidad. Durante más de quince años, Babbage intentó demostrar que podía aplicarse el cálculo en una máquina que pudiera convertir la información en un tercer resultado. Para la ciencia británica eso equivalía decir que la realidad — lo circundante y lo abstracto — podía traducirse en todo tipo de secuencias numéricas. Y todavía no había nada que demostrara nada semejante.

De hecho, a Babbage se le consideraba un “lunático benigno” que otorgaba a los números “mayor importancia que la que podría demostrar en el ámbito de la racionalización del espacio”, una de las mayores objeciones a su trabajo. Cuanda Ada comenzó a trabajar en los modelos del científico, encontró que gran parte de los comentarios a su trabajo y a sus esfuerzos, provenían de reseñas burlonas, análisis incompletos y reflexiones basados en los puntos blandos — de diseño — que Babbage cometió mientras analizaba su estructura base. Nunca fueron analizados sus resultados centrales o las conclusiones más avanzadas. El matemático terminó en un círculo vicioso de críticas y contra críticas, que lo llevó a abandonar los sucesivos intentos de demostrar los puntos fuertes de su teoría.

Fue durante esa época, en que Ada encontró las notas sobre el trabajo de Babbage escritas por el científico francés, Luigi Federico Menabrea, que tomó con seriedad los largos análisis del matemático y una llevó a cabo una profunda investigación independiente que demostró que Babbage y su diagrama sobre la información codificada y analítica no sólo era posible, sino tenía una gran cantidad de posibilidades de llevarse a cabo. Ada tradujo el trabajo de Menabrea y después, usó los pulcros apuntes para realizar una segunda depuración de la estructura. Encontró que Babbage había fallado en aproximación, no en teoría y al final, logró crear una máquina que se parecía lo suficiente a la primera imagen que el matemático tenía de ella, que sorprendió a su madre y al entorno que rodeaba a la jovencísima científica. De hecho, el trabajo final de Ada fue publicado por la revista Taylor´s Scientific Memoirs en agosto de 1943, como una prueba de su precisión científica. A pesar de eso, no llevó su nombre: la revista incluyó como nombre del autor a A.A.L. “Nunca se tiene rostro en la ciencia” había dicho Ada, décadas atrás.

El trabajo de Ada Lovelace basado en los apuntes de Luigi Federico Menabrea, se extiende a sesenta y seis páginas. Además, Ada añadió más de cuarenta y una, que son apuntes informativos sobre la estructura imaginada por Babbage. Y en especial, añade el elemento que sin duda, brindó sentido práctico — y funcional — a los primeros intentos del matemático sobre su “máquina analítica”. Para la jovencísima Ada, lo esencial para hacer funcionar el invento en apariencia rudimentario de Babbage, era el cálculo de los números de Bernoulli, una secuencia de códigos que se definen según la anterior. De modo que de forma muy específica, Ada había demostrado que podía no sólo establecer la maquina analítica tal y como su mentor la había imaginado, sino que podía extender su funcionalidad.

Quizás, lo más encomiable en el trabajo de Ada Lovelace, es que jamás resta el mérito al de Babbage, sino que lo amplía, redimensiona y demuestra es posible crear algo semejante a lo que el matemático había funcionado. Además, hacerlo funcionar hasta niveles que ni el mismo Babbage había imaginado. De hecho, uno de los puntos más interesantes de la correspondencia entre Ada y el inventor, es el hecho que ella tomó como punto de partida todas las ideas planteadas por él en varias de sus conferencias, pero lo llevó a una dimensión por completo nueva. Mientras Ada se esforzaba por crear un modelo en la que la reconfiguración numérica lo era todo — abriendo paso a la abstracción numérica -, el modelo de Babbage era más parecido a una calculadora moderna.

Pero Ada estaba convencida que el principio abría la posibilidad de establecer paralelos entre los datos matemáticos y como podían acumularse (y como podían hacerse), tan cercano a las computadoras modernas, que resulta desconcertante. A doscientos años de distancia del primer ordenador moderno, Ada Lovelace escribió en su conjunto de “Notas”, que imaginaba que en el futuro, la máquina analítica — que nunca vio construida en realidad — podría resultar en una serie de precisiones numéricas más rápidas de lo que cualquier mente humana lograría. “Un lenguaje nuevo, vasto y poderoso se está desarrollando para el uso futuro del análisis, en el cual se pueden introducir sus principios con el fin de que tengan una aplicación práctica más veloz y precisa al servicio de la humanidad”, pronosticó Lovelace. “Un poco como volar, pero a través del poder de los números como base de toda aproximación hacia el mundo real”.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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