Crónicas de las hijas de Afrodita:

La extraña hija de las sombras. (Parte III)

Louise Brooks tendría que aprender algo más antes de apoderarse del mundo del cine. El desorden de su crianza rural se había convertido en uno de los mayores obstáculos a superar, al momento de lograr un éxito real, más allá de efímeros papeles o de rodearse de la más alta alcurnia de la ciudad. Louise no respetaba horarios, ni tampoco tenía sentido de la discreción. Era ruidosa, casi siempre estaba al menos levemente ebria y además, era en exceso mundana y directa para una cultura basada en la hipocresía. Estaba además el hecho, que estaba convencida que la única forma de triunfar, era hacerse notar y el método encontró, fue el de hacerse muy visible a través del escándalo. Su figura escultural, su risa escandalosa, sus bailes sobre mesas y escenarios, su largos monólogos llenos de agrio humor, la hicieron célebre antes que se plantara por primera vez frente a una cámara de cine. Por las mañanas, iba a audiciones a escuelas de baile y compañías, que la rechazaban por su juventud. Por la tarde, trabajaba como camarera y en las noches, seguía el deslumbrante tren de vida de las Bennett, convertidas por entonces en las debutantes más famosas de la ciudad. La vida de la futura actriz era una combinación desconcertante de pobreza, miedo y necesidad de supervivencia. Era una mujer que aspiraba a conquistar el mundo, que tenía el talento para hacerlo, pero también, sentía una profunda rabia contra sí misma. Con el cabello corto, los trajes ajustados y el bolso apenas con un par de dólares se convirtió en una rareza en la ciudad de lo inusitado.“Una mujer bien vestida, a pesar de que su bolso está dolorosamente vacío, puede conquistar el mundo” repitió a Bárbara más de una vez.

Finalmente, la aventura en Nueva York la superó. Llegó borracha a tres audiciones, vomitó en una y abofeteó a un bailarín en otra. Para cuando, cumplió 18 años su madre dejó de enviarle dinero, Louise vendió los trajes que las hermanas Bennet le habían regalado y una mañana fresca de invierno de 1918, embarcó hacia Europa. “Quizás, ahí puedan comprenderme mejor” escribió a su hermano, que dejó de responder sus cartas, enfurecido por el comportamiento de Louise. “Seré yo quien decida hacia dónde me lleva esta pequeña oscuridad que llevo a todas partes”.

Resultó que Louise encontró un lugar en Londres, en donde transcurrió lo que después llamó “una temporada frenética”. La ciudad la deslumbró: más oscura, siniestra y señorial que Nueva York, era también mucho más sofisticada. Fue la primera en llevar el charleston a las fiestas de la ciudad, se hizo conocida por su capacidad para beber y apareció en unas cuentas portadas de revistas. Louise Brooks se hizo más bella, peligrosa, extraña, a medida que pasaba noches en vela de fiesta en fiesta, sólo para llegar al pequeño departamento que compartía con siete chicas norteamericanas más, a leer. Leía a toda hora, todo lo que le pasaba por las manos. También escribía y aunque jamás se le pasó por la cabeza convertirse en escritora — ella misma lo dejó claro en una de las cartas jamás respondidas a su madre — si estaba interesada en comprender el mundo a través de la literatura. De niña, había sido una lectora devota en la casa familiar. En Nueva York, robaba libros que luego de leer, echaba a la basura — “eran como trozos rotos que me herían” — y en Londres, comenzó a poner por escrito sus ideas sobre la vida, el mundo y el tiempo que le había tocado vivir. Mucho después, diría que mientras escribía esa larga biografía sin resolución, encontraría a la insatisfacción que la vida en Londres comenzaba a dejarle. “Tengo que volver al centro del mundo”, escribió antes de otra vez, vender todo lo que tenía para regresar a Nueva York.

No obstante, el regreso a la ciudad que consideraba suya, tenía algo de ritual iniciático. Dejó de beber, bailó día y noche antes de subirse al barco y apenas llegar a Nueva York, practicó por días hasta retomar el ritmo perdido. Por último, se arriesgó a presentarse a una audición en la compañía de ballet más famosa del mundo y también, la más estricta: Ziegfield Follies. Nadie esperaba que triunfara. Hubo risas por sus medias rotas, los vestidos deshilachados, el cabello corto. Pero una vez que comenzó a bailar, el teatro enteró enmudeció. Louise se convirtió en el centro de las miradas del grupo de hombres y mujeres que formaban el jurado. Uno diría después: “No había otra forma de mirarla que no fuera enamorándose de ella”. La escogieron estrella de su propia obra: una representación tétrica del Lago de los Cisnes, con aires de Broadway y un raro sentido de la tragedia. “Como mi vida” se burlaría Louise después.

El estreno se convirtió en el momento cumbre de Louise Brooks. La sala estaba repleta de lo más selecto de Nueva York, que incluía desde los Condé Nast, los Vanderbillt, los Rothschild, William Randolph Hearst hasta presidente de la Paramount, Adolph Zukor. Cuando Louise apareció en el escenario, vestida de negro y con el rostro convertido en un pequeño camafeo delicado, el público contuvo el aliento. Y también, los hombres de mediana edad que por entonces dirigían el mundo del espectáculo. Se cuenta que Zukor se volvió hacia su esposa “Ahí está mi próxima estrella” anunció.

Dos días después, Paramount le envió un contrato extraordinario que Louise, llevada por la incredulidad y sin saber qué significaba todo aquello, rechazó. Estaba convencida que era un truco, un señuelo para convertirla en amante de algún ejecutivo. Pero resultó que sólo estaba en el centro de todas las miradas. Después vino la oferta de la Metro, que terminó por aceptar, más por curiosidad que por otra cosa. Su primer papel sería en la pequeña película La calle del Olvido (1925) de Herbert Brenon, en la que de alguna u otra forma, se interpretó a sí misma. Lo más extraño fue que la grabación le resultó un banquete de suculentas tentaciones: terminó acostándose con el director, volviendo a beber y perdiendo el poco orden que había logrado dar a su vida.

La película no fue un éxito, pero si convirtió a Louise en una estrella. Una que además, deslumbraba allí a dónde fuera. No se trataba de su juventud, sino el aire de mujer sofisticada que desconcertaba incluso a los hombres más veteranos de la industria. Ya comenzaba a hablarse de su “encanto misterioso” y para 1926, hubo rumores que varios de los estudios más importantes se disputaban el privilegio de su primer papel protagónico. Y mientras Louise estaba ebria con más frecuencia, usaba los cheques de paga para comprar cajas de libros y vestidos, se llevaba a la cama a varios de los actores más conocidos, su fama sin haber todavía participado en una película de envergadura estaba en todas partes. Y entonces, ocurrió lo inevitable: su primer y más perdurable escándalo: convertirse en la amante de Charles Chaplin, la estrella más popular del mundo por entonces.

Fue un romance tempestuoso, apasionado y que desconcertó por la cantidad de sucesos extravagantes que le rodearon. Él tenía 36 años, ella apenas diecinueve. Hubo rumores sobre que el actor se untaba el pene con yodo para evitar enfermedades venéreas, porque por mucho que estuviera prendado de la joven aspirante a estrella, sabía también que era una mujer con un largo pasado a cuestas. Pasaron un mes juntos, de los cuales apenas abandonaron la habitación por dos días y cuando terminaron, él le envió un cheque por 2500 dolares que ella cobró y usó para comprar más bebidas, libros y vestidos. No se ofendió ni tampoco dejó de admirar y querer a Chaplin. Mucho después, diría que era la gran influencia de su vida. “Aprendí a actuar viendo bailar a Martha Graham y aprendí a bailar viendo actuar a Chaplin”.

Y finalmente llegó la fama: En 1926 filmó The American Venus de Frank Tuttle, que la convirtió en una estrella “en ciernes”. A la vez, su fama personal — su belleza, encanto, sus discusiones literarias — estaban en boca de todos. Empezó a escribir pequeñas notas de críticas literarias anónimas, llevar un diario escandaloso y pensar en la posibilidad de un libro. Después llegaría A Social Celebrity de Malcolm St. Clair, un éxito rotundo que la puso en boca de todas las productoras y la llevó a grabar cuatro películas más antes de diciembre de ese año: It’s the Old Army Game de Eddie Sutherland, The Show Off también de Malcolm St. Clair, Love ’Em and Leave ’Em de Frank Tuttle y Just Another Blonde de Alfred Santell.

Para entonces, Louise brillaba en todo ámbito posible: podía discutir sobre literatura con académicos, también bailar hasta caer exhausta, protagonizar éxito de Brodway y seguir participando en una serie de producciones que la convirtieron en símbolo de la mujer de su época. Era salvaje, poderosa, independiente. Sus romances eran legendarios — se habló que compartió cama con la Garbo y también, con Humphrey Bogart — , mientras seguía siendo una presencia activa y radiante en los set de filmación. En 1927 filmó 4 películas: Evening Clothes de Luther Reed, Rolled Stockings de Richard Rosson, Now We’re in the Air de Frank R. Strayer y The City Gone Wild de James Cruze. El año siguiente decidió tomarse un respiro para volver al teatro — las funciones se agotaron y hubo veinte minutos de aplausos en dos funciones — y aun tuvo tiempo para filmar Beggars of Life de William A. Wellman.

Pero su año de mayor éxito sería en 1929, cuando filma su mayor éxito: La caja de Pandora de Georg Wilhelm Pabst convirtió a Louise en una verdadera celebridad: se había disputado el papel con Marlene Dietrich y el mero rumor de haber logrado un papel que codiciaba la gran luminaria de la meca del cine, convirtió a Louise en una figura estelar. Su peinado se convirtió en un icono a nivel nacional, mientras la película causaba controversia allí a dónde era estrenada: el argumento era una combinación de lesbianismo, incesto e incluso violencia sexual, lo que provocó censura, polémica y por supuesto, más fama para Louise, que iba de un lado a otro del océano causando sensación.

Sus siguientes películas en un éxito clamoroso de crítica y público. The Canary Murder Case de Frank Tuttle y Malcolm St. Clair, fue la última película antes del código de censura y quizás, por ese motivo, toda una leyenda en la historia del cine. Finalmente llegaría Diary of a Lost Girl de Georg Wilhelm Pabst, que le valió las mejores críticas de su carrera.

Mientras tanto, su vida sentimental seguía siendo turbulenta. En un intento por mantener a su estrella fuera de los escándalos, Paramount presionó hasta que logró que la actriz contrajera matrimonio con Edward Sutherland, director de cine y después, con Deering Davis, bailarín y millonario. Ninguno duró más de un año y en ambas ocasiones, la actriz dijo a quien quisiera escucharle que había sido un “truco” para hacerla más “accesible” a las “mujeres que compran revistas y medias de nylon”, una frase que saltó a los periódicos y provocó un pequeño sacudón polémico alrededor de los últimos meses de 1920. “El amor es un montaje publicitario y hacer el amor sólo es otra forma de pasar el rato mientras espero la llamada del estudio”, escribió. Por amor, diría después, se casaría con George Preston Marshall, el único hombre que admitió “la enloquecía” pero que en realidad, sólo era el preludio de la era de los desastres. “Era mentiroso, extravagante. Un buscavidas, como yo” diría en su autobiografía.

El comienzo del declive de Louise Brooks coincidió con el traslado — burocrático y geográfico — de la industria del cine a Los Angeles. Estar lejos de Nueva York, deprimió a Louise y la hizo volver a beber a niveles alarmantes. También su carácter empeoró, comenzó a pasar más tiempo encerrada leyendo y escribiendo — aunque nunca le mostró a nadie los textos que llenaban cuadernos enteros — y fue volviéndose más imprudente, tanto como para abandonar platós a portazos, arrojar platos en restaurantes y gritar a desconocidos que le molestaban al mirarla por demasiado rato. Louise todavía era joven, extraordinaria en toda su belleza singular, pero comenzaba a tener problemas para conciliar su espíritu salvaje con el mundo real. A pesar de eso, los contrasto siguieron llegando y en 1930 filmó Prix de beauté de Augusto Genina. Después llegaron las consideran sus películas menos interesantes: It Pays to Advertise de Frank Tuttle, God’s Gift to Women de Michael Curtiz y Windy Riley Goes Hollywood de Roscoe Arbuckle, todas filmadas en 1931.

No obstante, para Louise el gran abismo llegaría en 1938, el año en que filmó en Overland Stage Raiders de George Sherman. Sería su última película a la que se consideraría parte de su legado y de hecho, la misma actriz la consideraría su despedida al mundo del cine. Luego de un conflicto a puertas cerradas con Paramount por su negativa a doblar su propia voz, fue despedida y todas las puertas de Hollywood se cerraron a la vez. Tenía 25 años, estaba muy cerca del alcoholismo, desempleada y en la bancarrota. Volvió a Kansas, a la casa familiar que heredó por la muerte de buena parte de su familia y se dedicó a buscar entre la oscuridad, a la niña que había sido. No la encontró. La casa familiar estaba en ruinas, convertida en un horror a punto de desplomarse. De modo que la actriz volvió a Nueva York.

A partir de entonces, el rastro de Louise se pierde entre la leyenda y todo tipo de momentos sórdidos, arrasada su leyenda y convertida en uno de sus personajes aplastados por la desgracia. En 1982, ella misma contó en su biografía Lulu in Hollywood que alrededor de los años ’40 fue prostituta, vendedora en el Saks de la Quinta Avenida, asistente en varios programas de radio, columnista en varias revistas pequeñas, y finalmente, sólo Louise, encerrada en un departamento demasiado pequeño “incluso para llorar” y a punto de simplemente, morir de inanición. Finalmente, uno de sus amantes, William S. Paley, le otorgó un subsidio vitalicio. “Me salvó la vida y la cordura” escribió. Con el dinero, se compró un pequeño departamento en Rochester, Nueva York y se dedicó “a envejecer”.

No hubo noticias sobre Louise hasta la publicación Su Lulú en Hollwood, que se convirtió en un éxito de crítica y venta. Sus películas fueron recuperadas, se convirtió de nuevo en un icono. Pero incluso con algunas ofertas de revival, un documental en puertas y al final, todo tipo de homenajes surgiendo de un lado y otro, ella siguió en su departamento, alcohólica pero cada vez más lúcida. Potente, extravagante, convertida en una mujer a la altura de su mito. Rodeada de libros, botellas y bellos vestidos, jamás supo — o le importó — que inspiró canciones como Pandora’s Box de OMD o Lulú de Natalie Merchant. No le importó que el perfume LouLou de Cacharel fuera el símbolo de los excesivos años ochenta. Y mucho menos que las entrevistas que concedió al Richard Leacock y que el documentalista convirtió en el film Lulu in Berlin se convirtieran en toda una mirada al cine desde una dimensión radiante. “Estoy demasiado cansada, soy demasiado ajena, demasiado solitaria. No tengo un lugar. Me llena de horror cómo he vivido. Porque he suspendido en todo: ortografía, aritmética, equitación, natación, tenis, golf, baile, canto, interpretación; como esposa, amante, puta, amiga. Hasta en la cocina” escribió a su hermano dos semanas antes de morir “Y no me disculpo con la excusa trivial de que “no lo intenté”. Lo intenté con toda el alma”. Se dice que dobló la carta y comenzó el largo trayecto de ordenar todas sus pocas posesiones para enviarlas a Kansas o simplemente quemarlas. “Hay vida en este miedo insoportable” comentó el 7 de agosto de 1985, luego de cerrar la última caja con sus pertenencias. “Hay vida en todas partes”. Al día siguiente, murió. Todavía tenía el cabello corto que el mundo admiró y encontraron entre sus manos una hoja con otra carta sin remitente “fui feliz”. Un buen epitafio para una vida plena, rápida y estruendosa que tuvo un último suspiro de paz.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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