Una travesía por las tinieblas

Doscientos años de mirar el miedo y la maldad (Parte III)

(Puedes leer la Parte III aquí)

Fiódor Dostoyevski estaba obsesionado con el mal. Con el que habita en los asesinatos que provoca la cólera, el hambre intelectual y moral, la pobreza que empuja hacia regiones desconocidas del espíritu humano. La maldad — en la forma en que la analiza el escritor — no es fácil de comprender. Mucho menos de profundizar. Es una emparentada de manera directa con algo más elaborado, pendenciero y realista. Pero al mismo tiempo, también es una elucubración sobre los terrores que habitan en las sombras sociales y culturales. Como buen sobreviviente a una época de ruptura, Dostoievsky es el ojo que mira y especula sobre las razones que obligan a delinquir, matar, desobedecer, herir o huir. No las sublima, no las lleva a nuevos lugares. Mucho menos, las sostiene desde la justificación.

Las sombras que se extienden, la noche eterna en medio del dolor

En todas las novelas de Dostoyevski, el mal medra al fondo, a los límites mismo de lo que la riqueza y la pobreza pueden significar. Hay un hilo entre la vida y la muerte, las percepciones de lo temible, además de lo esencial que explora la concepción sobre lo que deseamos asumir como evidente. La ciudad podría ser cualquier otra, en una Europa que comenzaba a sacudirse de un lado a otro en medio de debates acalorados sobre la propiedad, la posibilidad del bienestar y en especial, la responsabilidad del ciudadano sobre su vida. De pronto, los primeros hombres — nunca mujeres — que Rusia consideraba como hijos de la transición entre el Imperio y un país que se sacudía en reformas aun invisibles, se hicieron más poderosos, eminentes y persistentes en su necesidad de comprender el mal, pero en especial de combatir sus excesos y vicios de la forma en que su elevado intelecto les exigía.

Los rostros de los infiernos temibles

En la San Petersburgo asolada por la pobreza, Dostoievsky comprendió que la maldad y la bondad no eran términos sencillos y mucho menos, que podían dirimirse sólo a través de una idea fundamental sobre la naturaleza del hombre al enfrentar las vicisitudes de lo cotidiana. En las calles en las que pululaban familias enteras a punto de morir de hambre, prostitutas que terminaban por ser asesinadas y arrojadas sobre la nieve sucia, en la que la vida de un hombre valía mucho menos que las joyas de los grandes nobles que viajaban en carruaje, el escritor seguramente fue testigo de situaciones semejantes a las que atraviesan sus personajes en Crimen y Castigo. Además, hay que sumar el hecho que San Petersburgo estaba transformándose con rapidez en algo más complejo que sólo el centro del poder del Imperio: también era el lugar en que las políticas al margen de las líneas de sucesión rusas comenzaron a tomar forma. Otro tipo de mal, como escribiría el mismo escritor después y que, de hecho, señalan que el tiempo y la percepción del miedo se estaban convirtiendo en la línea que señala y delimita, los horrores y temores de sus habitantes. La ciudad era un estrato secreto y también, una herida abierta que jamás llegó a curar. Una concepción sobre la necesidad de libertad que después, se extendió al país entero.

El blanco de los temores

Raskolnikov es una criatura nacida de esa visión dolorosa sobre la rabia convertida en algo más siniestro, temible y sin embargo, carente de asidero. El personaje mata y lo hace sin demasiados tapujos. Pero el asesinato es la medida de sus ideales rotos, de la ciudad despiadada al fondo de la narración, del país que se viene abajo. Este hijo de la Rusia Imperial que agoniza, desea la riqueza de alguien que considera ruin, aunque su percepción sobre la dignidad es mucho mayor y más elaborada de lo que podría ser en medio de un debate doloroso acerca de su identidad. La novela va de un lado a otro entre la psicología del crimen, el hilo que nos une a la familia, pero en especial, la vanidad como centro esencial del mal.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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