Una travesía por las tinieblas

Doscientos años de mirar el miedo y la maldad (Parte II)

A Fiódor Dostoyevski se le acusó en una oportunidad en su natal Rusia, de convertir la literatura en un espectro pesaroso. Lo recuerda Rafael Cansinos Assens en su meticulosa reconstrucción sobre el contexto que rodeó al escritor Fiódor Mijáilovich Dostoyevsky, el novelista de lo subconsciente: Biografía y estudio crítico (2021), en la que intenta narrar la vida de Dostoievsky como una serie de pequeños dolores aparejados entre sí, que terminan por sustentar una perversa visión sobre la realidad. Pero además, añade algo más. El escritor ruso estaba obsesionado con el hecho de tomar a su época como un cisma específico y también, una especulación consciente sobre el futuro. Como si el pasado fuera prescindible y el futuro, apenas una esperanza borrosa, Dostoyevski anunció una especie de presente continuo que además, le permitió reflexionar sobre lo que ocurría en Rusia como una red de conexiones con un discurso potente.

Para el autor, conocido por plasmar la rabia, el dolor y el furor del sufrimiento desde cierta calma plomiza, el mundo que le rodeaba y en el que maduró de forma apresurada, era un espejo desde el cual, podía analizar la oscuridad. Pero además, también a un país dividido por fuerzas de choque, desde un punto de vista frío. Dostoyevski no escribió para ensalzar a la Rusia que se debatía bajo la presión de un desplome definitivo. Mucho menos, para contar una historia sugerida por las primeras señales de un choque violento entre puntos equidistantes de la historia.

Lo hizo para narrar que antecedió a esa versión del miedo, que hubo antes de la caída en los infiernos y en especial, que acaeció al momento justo — el ojo de la tormenta política y social — que acechaba a la Rusia en que nació y que pocos años después de su muerte, devoraría todo lo que el Imperio había sido hasta sus cimientos. La gran labor de Dostoyevski fue superar la percepción de la realidad como parte de sus relatos, a incorporar sus matices como huellas de algo más cruento y voluble. Describir, de la manera que pudo y siempre que puedo, la sensación urgente de un desplome entre desgracias. Un fuego fatuo que mostró a Rusia como una hoguera falsa y temible capaz de consumir todo pensamiento y sentimiento a su paso.

La San Petersburgo del siglo XIX — convertida por Dostoyevski en sus novelas un personaje más dentro de la narración — es un recorrido por el corazón de la Rusia imperial, ya herido de muerte por el debate y la confrontación entre clases y sin duda, por lo que se avizoraba como una disputa por el poder que llegaría a no tardar. El escritor narró a una ciudad viva, fuente de todos los vicios y virtudes, pero también, la forma en que su personaje la percibía: un reducto inquietante en que la maldad tenía más posibilidades de fructificar que el bien el estado puro. Claro está, también era el centro de un tipo de un tipo de progreso que la convertía en el ejemplo máximo de lo que la Rusia Imperial deseaba mostrar de sí misma al mundo: A principios del siglo XVIII, Pedro el Grande había decidió construir una ciudad que pudiera rivalizar con el resto de las capitales de la Europa Occidental.

Lo hizo, a pesar de las advertencias que un proyecto semejante podía golpear las arcas del Imperio de manera sensible, de la posibilidad que la empresa pudiera destruir valles y bosques con siglos de antigüedad, lo que podría acarrear descontento en el pueblo. Pero el Zar no escuchó advertencia alguna y reunió un auténtico ejercito de arquitectos, siervos y campesinos para levantar una ciudad “que solo había visto en sueños y eso era, más que suficiente”. La construcción fue criticada por el país, al Pedro I se le acusó de llevar al legado de sus mayores a una inminente destrucción y al final, de liderar una epopeya en busca de grandeza, quizás empeñado en dejar su huella luego de una larga línea de formidables gobernantes.

Cual fuera el caso, San Petersburgo se convirtió en una realidad y el 27 de mayo de 1703 se fundó de forma oficial, asombrando la país entero por su magnificencia. Pedro I estaba eufórico, asombrado por el tamaño de su empresa y en especial, por el hecho que había logrado levantar desde prácticamente bosques y piedra viva, una magnífica ciudad que sería la “ventana de Rusia hacia el mundo occidental”. De hecho, con sus cúpulas policromadas, sus anchas calles brillantes y su edificaciones espléndidas, la ciudad fue la capital del Imperio Ruso por más de doscientos años: pronto se convirtió en el centro de todas las miradas de la Europa asombrada por el lujo y desconcertada por la posibilidad de su misma existencia.

San Petersburgo había nacido en medio de los reclamos de los sirvientes, de los campesinos que habían muerto luego de exigentes horas de trabajo, del miedo general de no complacer las desmesuradas ambiciones del Zar. Pero de una u otra forma, también se convirtió en un símbolo del bien, a la manera en que Rusia le concebía: un bien destinado a mancillar cualquier vestigio de miedo o de humildad. Un formidable recordatorio de todas las posibilidades de tiempo convertido en algo más inquietante y seminal.

No obstante, la ciudad tenía un reverso oscuro y preocupante: a pesar de su belleza — alabada por embajadores, acaudalados visitantes y el pueblo mismo — también era un desastre que provocó que diez años después de poner la primera piedra, San Petersburgo tuviera que enfrentarse a todo tipo de situaciones inesperadas. Debido a la tala de bosques y destrucción de campos, se hizo propensa a las inundaciones. Su estructura casi completamente plana hacia complicado no solo la eliminación de las aguas residuales, sino implantar un sistema efectivo de acueductos que pudiera dotarla de potable. El resultado fue que la ciudad enfrentó durante los primeros años una batalla contra todo tipo de plagas y dolores: Desde enfermedades, invasiones de ratas hasta la devastación que produjo en 1831 una epidemia de cólera, la promesa de San Petersburgo de la bondad y de ser el “centro del mundo” se vino abajo muy pronto.

En mitad de la sucesión de plagas y enfermedades focales, para 1832 hubo una ola de disturbios que terminó en matanzas, extradiciones y condenas de por vida. Para 1861, los campesinos recién liberados llegaron en masa en la ciudad en busca de trabajo, pero sólo encontraron un lugar diezmado por la incertidumbre, el miedo y años de una constante presión interna que estaba a punto de estallar. El “bienestar ruso” se había convertido en realidad en una batalla contra la noción sobre el poder, tergiversado por la condición de la moral. San Petersburgo era el centro del país pero a la vez, la muestra evidente de su lento declive hacia un desastre cada vez más notorio. Uno que además, abarcaba a los ciudadanos y les hacia cuestionarse la naturaleza divina de los gobernantes en el poder. Según el sociólogo Georg Simmel, que analizó fenómenos semejantes en el libro La metrópolis y la vida mental (1903), las condiciones extremas del San Petersburgo crearon una condición inevitable de cuestionamiento a lo establecido, a preguntas sobre la idoneidad de la estructura, la percepción sobre el miedo y sin duda, la maldad como un hecho humano.

En este contexto, Dostoyevsky imaginó a un hombre joven, golpeado por la pobreza pero con su mente llena de los ideales del país, de su orgullo, arrogancia y soberbia. Imaginó a un hombre que fuera la confluencia de la Rusia Imperial y la otra que parecía nacer debajo de sus escombros. Crimen y castigo (1866) nació de la visión de Dostoyevski sobre el miedo y la pobreza. Raskolnikov era el hijo de una Rusia trastocada a mitad de los grandes avances en terrenos disimiles como el debate intelectual y político, pero que a la vez, era pobre de solemnidad. Un hombre que se hacia preguntas de extraordinaria profundidad sobre el bien y el mal, pero que en realidad, no podía lidiar con las implicaciones de ambos contextos.

De modo que esta paranoia, la noción sobre la propia grandeza, la condición del poder personal sobre el otro, sostiene y construye a un personaje capaz de matar solo por demostrar puede hacerlo, que se enfrenta a los límites de la razón y se debate entre la consonancia de lo que cree y lo que sabe. Al matar, Raskolnikov no sólo evade la historia que le precede, sino que construye una nueva, se aleja de la percepción de la grandeza en la que la culpa es incluso un atributo profundo de superioridad moral. Una condición conjuntiva que se entremezcla con algo más valioso, más doloroso y cercano a la razón de su época.

Hay un enorme desarraigo en la forma en que Dostoyevsky describe a San Petersburgo. Es un contexto pero también, un paisaje de fondo. El escritor se niega a mirar los edificios formidables, las plazas públicas que tanto asombraron a Europa, las calles que se abren espacio y se ensanchan para recordar la majestuosidad que imaginó Pedro I, para concentrarse en su sombras. En el mal al fondo. En los borrachos, prestamistas, prostitutas, pobres, los hambrientos que mueren en plena calle. La San Petersburgo del escritor tiene algo de incompleto, transitorio y mutable: la ciudad está en una lenta agonía hacia al futuro, aunque nunca ha sido más bella, atrayente y significativa.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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