Una travesía hacia el infinito:

La ciencia ficción contada por algunos autores imprescindibles: (Parte II)

La ciencia ficción es una construcción sobre el futuro que se relaciona directamente con la forma en que comprendemos la incertidumbre. Lo que podría ocurrir, lo que ocurrirá, pero sobre todo, lo que brinda sentido a lo impredecible. El género funda su reflexión sobre el porvenir desde lo que se teme, se añora y se espera. La combinación de todo lo anterior, crea una versión del mundo que se sustenta sobre lo desconocido pero también, lo que está a punto de construirse sobre la esperanza y lo que nos produce temor. Un delicado equilibrio entre contradicciones que sustenta cada narración del género desde dimensiones por completo distintas.

No cabe duda que Yasutaka Tsutsui (1934) es un escritor que está bastante decidido a crear su propia realidad. Sus obras parecen destinadas a chocar de manera frontal con el pudor de la cultura japonesa: desde enfrentamientos públicos por las temáticas de sus novelas hasta críticas sobre su moralidad, Tsutsui parece haber atravesado la mayor parte de ese movedizo terreno del escándalo fortuito con cierto éxito. Pero no sólo por lo que pueda inquietar e incluso desagradar desde lo obvio: Tsutsui, que ha pasado media vida enfrentándose a la censura de su natal japón, sabe que el arte de la provocación es algo más que el asombro inmediato. En conjunto, sus novelas son un homenaje al humor negro en todas las formas. Pero también a algo más enrevesado: el impulso vital de destruir la realidad y convertirla en algo más complejo.

Por eso se insiste que toda la obra de Yasutaka Tsutsui es un gran caleidoscopio literario. Que con su enorme irreverencia hacia los tradicionales tabúes japoneses, sumada a su capacidad para combinar lo científico y lo onírico en un híbrido desconcertante, crea algo tan novedoso que resulta incomprensible. No obstante, más allá de las meras definiciones técnicas, la obra de Tsutsui tiene infinitas dimensiones emocionales. Una extravagante combinación de alta tecnología y reflexiones filosóficas que en algún punto se funden para cimentar un mensaje muy claro: La imaginación es tierra de asombro y también, de peligros. Como si recorriera a través de sus delirantes fantasías un espacio insólito que logra a la vez conmover — en ocasiones hasta las lágrimas — y también meditar sobre la naturaleza humana, Tsutsui analiza la identidad humana desde el simbolismo y con tan buen pulso como para crear una meditada metáfora sobre el existencialismo. Sus novelas son una colección de escenas que se hilvanan para sostener una visión sobre lo surreal y lo espiritual única. No sólo cuenta sus complejas historias — vitales, pequeñas tragedias y epopeyas de lo invisible — con una sencillez que asombra sino que además, crea un mensaje de enorme importancia sobre el valor de las ideas. Y todo en mitad de escenarios imposibles descritos con meticulosidad hasta el último detalle.

Sin embargo, la obra de Tsutsui es algo más que el género que representa y sus implicaciones. En cada uno de tus relatos, la realidad y la fantasía se entremezclan pero no sólo como una forma de expresión, sino un planteamiento concreto: el mundo no es lo que vemos. Ciencia ficción que no es ciencia ficción en esencia, sino algo más denso y poderoso que la mera capacidad de reimaginar la realidad. Un sueño dentro de otro sueño que enlaza con una serie de planteamientos y reflexiones sobre lo que somos y lo que podemos ser que asombra por su refinamiento y sutileza. Tsutsui avanza sin traspiés en esa percepción del sueño como límite de la realidad: En su célebre Paprika, el mundo de los sueños es un enrevesado laberinto donde lo onírico se refleja a sí mismo — un juego de palabras que resulta por momentos apabullante — y la realidad se desmorona en toda su fragilidad esencial. Con su juego de absurdos, asume lo cotidiano como un críptico mensaje metafórico que se abandona en medio de una nada movediza. A través del humor y una refinada ironía, crítica a la sociedad desde el absurdo pero también lo celebra como una visión de la percepción humana sobre sus propias cuitas y dolores. Al final, en medio de la pirotecnia del lenguaje, de las cientos de imágenes sugerentes, Tsutsui habla sobre la inocencia, el dolor de la pérdida de la esperanza y la necesidad de luchar contra una sociedad encorsetada.

Por supuesto, Yasutaka Tsutsui es bastante consciente del impacto y efecto de sus novelas en las culturas popular: se trata de un pilar fundamental de la forma como se concibe la ciencia ficción como estratos de realidad alternativa. Considerado el referente inmediato de las hermanas Wachowski para su trilogía The Matrix y varias de las obras cinematográficas del director Christopher Nolan, su vasta noción sobre la fantasía como un puente entre lo que percibimos y lo que podemos imaginar a través de lo sensorial lo hace imprescindible para comprender la fantasía como parte de la Cultura popular.

Para Tsutsui la Ciencia Ficción es sólo un medio expresivo, una frase que puede parecer tramposa pero que en realidad define toda su obra: En más de una ocasión ha insistido que al escribir, no se detiene a pensar en el género, sino por el contrario, intenta trascender a los límites de lo filosófico y lo vanguardista. Una y otra vez, sus historias muestran una extraña naturaleza ambigua, que recorre el complicado trayecto de no encontrar un concepto que lo pueda definir de inmediato. Entre la ciencia, la psicología y el surrealismo, las historias que Tsutsui mezclan todo tipo de influencias y elementos: desde luminosas imágenes extraordinarias hasta la sencillez de lo corriente, todo mezclado por pequeños recorridos hacia lo subjetivo y lo audaz. El resultado es una mirada asombrada pero también poderosa sobre lo caótico.

Tsutsui se ha definido así mismo como un gran aventurero de la imaginación. Un escritor que está convencido que cada pieza en su mente cumple con una función definida al momento de contar una historia: el conocimiento es una pieza entre tantas para construir algo nuevo y ni siquiera la más importante. Con su extraño sentido del humor, el escritor insiste que debe escribir libros que le permitan apartarse de los conocimientos de los cuales presume, que le lleve a una orfandad desnuda y anónima que le hiera. Es entonces, cuando la obra real surge. Cuando Tsutsui no solo sueña — ese sueño de la imaginación asombroso tan parecido a las mejores escenas de sus novelas — sino que además se reinventa. Lo mismo ocurre con sus novelas: todas sus obras avanzan en un largo prólogo que prepara al lector para una caída definitiva en lo extravagante. Como si el autor que se desprende de su propio yo para escribir, creara una historia en la que el lector puede abandonarse a ciegas.

Además de todo, Tsutsui es un escritor que no se considera escritor, lo cual tiene un cierto peso en la forma como concibe su universo narrativo. En una ocasión admitió que no le interesaba formarse como escritor porque lo que se escribe “es fruto de la experiencia, más que de la técnica, que siempre puede depurarse”. Toda una declaración de intenciones, si tomamos en cuenta que Tsutsui no sólo dio paso a toda una corriente literaria novedosa en su país sino que refundó el arte de contar historias cuando parecía que todo estaba dicho en una cultura tan restrictiva como la nipona.

¿Qué escribe entonces un autor que no se considera escritor y que tampoco crean que sus novelas tengan género alguno? ¿Hacia donde apunta la brújula narrativa de un hombre que analiza lo que le rodea desde la periferia, que intenta encontrar lo invisible en medio de lo cotidiano y lo logra en una metáfora que asombra por su sutileza? ¿Qué busca Tsutsui cuando construye un Universo fantástico que no se atiene a ninguna ley física o imaginaria? ¿Qué intenta mostrar cuando sus historias atraviesan espacios físicos y estelares con una libertad que desconcierta?

No hay nada sencillo en esa enrevesada combinación de imágenes y matices de la realidad de Tsutsui, aunque lo parezca. Sus novelas pendulan entre una ingenuidad que conmueve y un punto álgido de intrincada conciencia sobre sí mismas de enorme poder metafórico. El llamado “gurú de la metaficción” juega con los espacios y lugares, líneas y personajes hasta lograr una visionaria estética de una riqueza narrativa excepcional. Como si de un juego de espejos se tratara, la obra de Tsutsui gira con vertiginosa velocidad entre los cientos de imágenes y sensaciones que asume como elementales. Un laberinto de angostos callejones que conectan ideas y todo tipo de referencias que sobrepasan la página escrita, que se elevan hacia un universo de una invención constante. Todo es nuevo y todo es familiar en la obra de Tsutsui. Todo se complementa y permite que algo más nazca a partir de la confluencia entre dos miradas contradictorias sobre lo que la realidad puede ser. Una sincronía que crea una fantasía gloriosa — inolvidable — y también, una puerta abierta hacia un espacio en sombras. Ese silencio existencial que Tsutsui conoce tan bien y que describe con tanta precisión. Un mirada hacia lo imposible que comienza desde la imposibilidad misma.

A Isaac Asimov se le suele llamar el padre de la ciencia ficción moderna. Un titulo que puede parecer exagerado, pero que en realidad engloba y define los aportes del escritor a una nueva perspectiva sobre la literatura fantástica. Porque Asimov, con su concepción optimista y sobre todo, profundamente humanista del futuro, reconstruyó y replanteó esa noción sobre el ser humano como parte de su entorno. Más aún, como protagonista y quizás victima de su propia historia. Obsesionado por no sólo la tecnología como anuncio de los planteamientos de un futuro distante, encontró en la identidad hombre — su cultura, religión, manera de pensar — una forma de aprender sobre lo que consideramos inevitable. El escritor miró el futuro — a mediano plazo, a largo plazo, incluso el distante y aún imposible de asumir como posible — como una combinación de ideas, más que factores y quizás, allí radica la enorme trascendencia de su obra.

Que Asimov estuviera obsesionado con las particularidades del género humano, nadie lo duda. No obstante, lo que sorprende es que esa mirada profunda y analítica sobre la identidad del hombre y sus particularidades, no incluya un juicio de valor. La interpretación sobre lo fantástico del escritor, no se limita a una inteligente reflexión sobre las posibilidades que el futuro puede ofrecer — que también lo es — sino una meditada comprensión sobre lo que hace al hombre ser una criatura racional y más allá de eso, una excepción en medio de la naturaleza. Una y otra vez, Asimov se plantea la naturaleza humana como un misterio en si misma, un descubrimiento asombroso y lo que resulta aún más desconcertante, una fuente de maravilla. Quizás, ese sea la cualidad que hace de las novelas de Asimov renovadoras de un género que hasta entonces, asimiló la cualidad del hombre como criatura natural como parte de una serie de ideas más o menos sustentables, pero nunca lo suficientemente sólidas como para sostener la complejidad de un planteamiento único. Pero Asimov se atreve, construye y evoca a la fantasía como un reflejo no sólo de lo que el ser humano Es, sino como una idea que se elabora a través de sus matices y se asume como parte de lo que creemos esencial. Una interpretación primitiva sobre lo que el hombre comprende como su propia humanidad.

En más de una ocasión, el escritor insistió en que el objetivo de la ciencia ficción no era intentar entender lo desconocido y mucho menos, replantear lo desconocido como una idea cercana a la imaginación, sino justamente asumir las límitaciones de la mente humana para comprender lo que le rodea. Muy probablemente esa singular percepción sobre la realidad, era parte de su punto de vista personal: Asimov era un libre pensador, un hombre profundamente curioso pero también, lleno de tics y manías, de pequeñas limitaciones temporales que nunca comprendió pero que de alguna le permitieron asumir la fragilidad del espíritu del hombre. La enorme audacia de su imaginación en su insistente intento por recrear lo que le rodea a medida de las ideas. Con frecuencia, insistió que la escritura y sobre la literatura, eran formas de aceptar el asombro que nos produce lo que no podemos explicar. “¿No hablará de miedo?” le preguntó una vez un periodista. Asimov sonrío, tímido y un poco incómodo como le solía suceder en todas las entrevistas y sacudió su augusta cabeza canosa. “No, hablo sólo sobre el asombro. El miedo nace de lo que no podemos identificar y crear. Cuando sobrepasas ese límite, encuentras un espacio extraordinario para la creación”.

Extraña sentencia para este creador nato, que sufría de tanto miedo a volar que sólo subió a un avión dos veces en su vida, o que se sentía mucho más cómodo en los espacios pequeños y claustrofóbicos. Tal vez, esa es la razón por las que todas sus novelas — y fue un prolífico escritor con más de quinientos títulos publicados — fueron ventanas abiertas hacia mundos desconocidos, hacia parajes extraordinarios que recreó con un inusual y preciso punto de vista. Novelas y cuentos que miraban a la humanidad como una gran posibilidad y también, como una posibilidad que se construía a partir de premisas de carácter científico, no siempre estrictamente futuristas, sino más bien, una idea creciente y poderosa de lo que deseamos ser, de esa aspiración del hombre por remotar sus propias fronteras, las fisicas y las mentales. Pionero de las narraciones robóticas, Asimov encontró una manera de contar el futuro pero también, de contar las esperanzas de la raza humana.

Probablemente, por ese motivo, Fundación sea su saga más conocida. Considerada por sus admiradores como una obra de obligada referencia en el género de Ciencia Ficción y por sus detractores como una obra confusa y desconcertante, es sin duda una de las miradas más profundas que escritor alguno ha logrado crear sobre el futuro distante y la evolución del pensamiento y lo que consideramos esencial en la identidad humana. Asimov, con su estilo lento, gradual y sobre todo, meditado, no sólo miró a las estrellas como fuente de asombro — que lo hace — sino que además, creó todo un Universo de pensamientos y conclusiones científicas y filosóficas que transformaron su visión sobre el cosmos y nuestra relación con lo infinito por completo nueva. Una reflexión no sólo sobre las posibilidades del futuro sino también, esa mirada esencial hacia lo construye y crea la cultura como reflejo del pensamiento inteligente. Asimov, que analizaba la humanidad desde un crisol amable y casi conmovedor, logró encontrar en Fundación no sólo la combinación justa entre la inocencia del devoto y audaz aventurero del pensamiento sino un maduro narrador que concibió el porvenir como un sueño a medio construir. Una noción sobre lo que tememos y anhelamos a mitad de camino entre lo deslumbrante y lo mínimo. Una grieta entre lo que asumimos existirá y lo que soñamos podamos encontrar más allá de nosotros.

A Fundación se le suele asumir como una base de concepción para entender los orígenes de la ciencia ficción. Podría serlo, pero más allá de eso, la saga es una interpretación sobre lo que concebimos como conocimiento, más allá de los pequeños temores y confusiones de la posibilidad. Se ha dicho que los libros carecen de continuidad, que no tienen personajes que atrapen al lector. Que el hecho que se traten de historias independientes entre sí — pero unidas por un elemento común — hace que la novela tienda a mostrase distancia y fría para un lector ávido de encontrar sentido a todo lo que se muestra. No obstante, Fundación justamente maneja una serie de ideas muy bien construidas que sostienen esas aparentes fallas para crear algo más grande y profundo que el mero análisis de las ideas que intenta sugerir. Planteada desde el punto de vista de la filosofía platónica — pero donde no es la filosofía sino la ciencia el sostén de la cultura — la novela se hace preguntas existencialistas que intenta resolver desde el punto de vista científico pero a la vez, insistiendo en esa necesidad de comprender que el hombre es el principal protagonista de todo tipo de expresiones y creaciones de carácter más o menos formal. La tecnología nunca supera la aspiración intelectual. Una y otra vez Asimov utiliza su estilo basado casi exclusivamente en diálogos, para dejar muy claro que la principal esperanza de ese futuro distante, no es la capacidad tecnológica — siempre apreciable, siempre en constante evolución — sino esa línea inconstante y casi siempre al borde de la ruptura como lo es la forma como el hombre comprende sus propias virtudes y capacidades.

Asimov no se limita a la descripción de la tecnología posible, sino que va más allá: hacía el pensamiento necesario, la belleza de lo que se construye, se crea y se admite como real basado en la experiencia humana. Quizás, lo más asombroso de la obra de Asimov sea esa necesidad suya de mirar al hombre con una enorme y conmovedora sencillez, de asumir el pensamiento humano como parte esencial de esa evolución deseable. A diferencia de otros tantos escritores de ciencia ficción, Asimov sueña con futuros radiantes pero también, con un tipo de conocimiento humano que erradique el miedo y que finalmente y como tantas veces insistió, consiga encontrar en el asombro el motor para construir esa promesa de futuro a la que el mundo aspira aún sin encontrar en realidad.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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