Una ciudad sin nombre: Los pequeños dolores perdidos.

(Lee aquí, la primera parte de este anecdotario)

Cuando tenía quince años, volví a París. No tenía recuerdos sobre ella, a pesar que hasta los cinco años, viví junto a mi madre en el barrio Latino. Fue una época extraña, de la que sólo conservo un puñado de imágenes desordenadas y sensaciones. El olor del aire impregnado del humo de los automóviles, la voz de un hombre que cantaba unos pisos más abajo, el bullicio del verano. Tengo una fotografía en la que llevo un disfraz de Payaso en el pequeño monoambiente en el que viví con mi madre. Sonrío, con las manos llenas de caramelos y el cabello alborotado. Parecía feliz, aunque no sepa el motivo de esa felicidad o si tenía relación alguna con la ciudad.

De modo que volver a los quince años, fue una revelación. En mi país, esa edad es la puerta a cierta adultez meridiana, como el término de una primera etapa de la vida que culmina para empezar otra. La mayoría de las muchachas de mi edad, imaginan grandes fiestas, coches o trajes costosos de regalo. Pero yo quería recuperar mi pasado, a la niña vestida de payaso que había sido. Y eso fue lo que pedí. Mi madre y mi abuela me observaron un poco aturdidas.

— ¿París? — repitió mi madre — pero ¿no me habías dicho que tenías pesadillas con eso?

“Eso”. Se refería a esa etapa en blanco de mi vida, en la que deambulamos de un lado a otro de Europa, llevando el peso del divorcio a cuestas, como un estigma que la marcaba a ella y me lastimaba a mí, aunque fuera muy pequeña para comprenderlo. Nada más mi padre la abandonó — o mejor dicho, cuando ambos rompieron cualquier vínculos que les uniera — mi mamá tomó todos sus ahorros y vendió sus pocas pertenencias para huir de su vida. Ella no lo llamaría de esa forma, pero no encuentro otra explicación. Otra forma de describir ese periplo errático que nos llevó casi por cinco años de un rincón a otro del continente. Vivimos seis meses en Roma, dos años en Londres, cuatro meses en Florencia, después de vuelta a Madrid. Un año en Praga y finalmente, París. Mi madre tuvo todo tipo de empleos, pasamos todo tipo de estrecheces. El dolor era mucho más grande que la necesidad de volver supongo y cuando dejó de serlo, Europa era una promesa enorme, asombrosa en su pureza. Aún así, cuando cumplí los cinco años, mi madre estaba agotada. De servir mesas ajenas, de enseñar castellano, de limpiar pisos, de traducir documentos ajenos. De todas las mudanzas que redujeron nuestra vida a un par de maletas. Sólo dos maletas, pienso de adulta, cuando las veo. Por esas cosas de la casualidad ajena, ambas terminaron en el armario del apartamento en el que vivo. Son enormes, muy usadas, con el cuero roto en algunas partes. No puedo imaginar como cabía nuestra vida allí, pero lo hacía. La ropa, los zapatos, los juguetes, los libros, la añoranza. De un lado para otro, en medio de noches de hambre, de amaneceres radiantes, de maravillosos paisajes. Todos esos recuerdos perdidos.

— Es extraño no exista una parte de tu vida — le dije — quiero recuperarla.

Mi abuela me dedicó una mirada de ojos entrecerrados. Mi madre cruzó los brazos sobre el pecho. Ambas parecían tensas e incómodas. Mi infancia era un tema tenso e incómodo. ¿Qué tenía que explicarles yo? la decisión era sólo de ellas. Pero esperaba pudieran ¿qué? ¿Comprenderme? No lo sé. Quizás para ellas el pasado era muy cercano. Había fotografías por todas las paredes, de mi madre en escenarios asombrosos y exóticos. O mías, de pie frente al Sena o al Reloj Astronómico de Praga. Pero en mi mente, sólo había un gran vacío. De vez en cuando, había la ráfaga de un olor, una imagen clara. Y las pesadillas. El cielo gris y pesado de París bajo la tormenta. Mi llanto. El miedo por alguna razón extraña. ¿Cómo se explica eso con facilidad? Tal vez no es sencillo. Tal vez no se pueda.

— ¿Qué harás allá? — preguntó mi abuela.
— Lo que hace un turista.
— ¿Vas de turista?
— No.

Parpadeó. Le sostuve la mirada. Tuve una sensación de deja vu que no pude atribuir a nada, porque en realidad, jamás había sido tan franca con cualquiera de las dos sobre como me sentía sobre esa extraña brecha en mi pasado. Mientras que la gran mayoría de amigos y conocidos se admiraban por mi insólito pasado, a mi me producía una profunda incomodidad. No sabía si se debía a que el periplo improvisado me dejó la sensación de ser una extranjera por el resto de mi vida o que al volver a Venezuela, por casi dos años fui incapaz de hablar el castellano. O mejor dicho, hablaba una extraña mezcla de idiomas que me aisló de cualquier niño de mi edad, que hizo mi vida dolorosa y solitaria hasta que finalmente, logré dominar el idioma sin tropiezos. Para mí, Europa era la frontera hacia un tipo de sufrimiento íntimo que no tenía forma, que empezaba en algún lugar de mi mente y tocaba todo. Despertaba de noche, aferrada a la cama, sin saber dónde estaba, el rostro empapado de sudor, temblando por un tipo de pánico que no tenía nombre. O en ocasiones, tenía la urgente sensación de huir, siempre hacia adelante, siempre en el sentido equivocado. Pero esas son cosas que no cuentas a tu madre, cuya culpabilidad no quieres llevar a cuestas o a tu familia, fuera del círculo de fuego de esa angustia muda, improbable e inexplicable. La llevas como un fardo, como un equipaje viejo. Como una de esas maletas fantasmales en la que mi vida estuvo confinada por tanto tiempo.

— ¿A que vas?
— No sé, abuela. No sé a qué voy — estallé — no sé por qué deseo ir o por qué debo ir. Sólo sé que si me quieren obsequiar algo, eso es lo único que necesito. No quiero fiestas, computadoras, vestidos. Quiero ese único viaje.

Apreté las manos contra los costados. Ya estaba dicho. Y si la respuesta era no, pues…suspiré cansada. Si la respuesta era no, sólo quedaba volver sobre mis pasos para seguir rumiando un pasado sin forma. Para sentarme en la silla del psiquiatra para hablar de mi tristeza juvenil. “No puedo recordar” le expliqué a menudo. No sé en dónde me encuentro o quien soy. Él solía escuchar con atención, con pocos comentarios. Muy poca gente recuerda su primera niñez, me explicaba con frecuencia. Recuerdan algunas cosas. Pero yo ninguna. Sólo París. El miedo que me provoca. ¿Qué debo hacer?

— Será como quieras — dijo entonces mi madre — ¿quieres eso? Pues eso tendrás.

Me sorprendió que claudicara. Lo furiosa que estaba. Dejó la taza de café en la mesa de la cocina y se levantó para lavarse las manos en el fregadero. Mi abuela siguió mirándome con atención.

— ¿Eso te hará sentir bien?
— No sé.
— ¿No sabes?
— No.
— No es sólo la ciudad.
— No sé que es. A lo mejor vuelvo y sigo sintiéndome…

¿Cómo me sentía? Mi mamá seguía restregándose las manos bajo el chorro de agua helada. Las manos finas y muy blancas. Una vez me dijo que uno de sus tantos jefes, le había dicho que eran manos de “floja”. Unas manos sin callos, sin la rugosidad del trabajo y que le habían despedido justo por eso. Todo ocurrió en Italia, cuando vivíamos en un cuarto diminuto gracias a la caridad de unos primos que apenas recordaban quiénes éramos. Mamá me dijo que desde después de eso, se cubría las manos de banditas, se rompía las uñas impecables, se aseguró que los callos fueran visible. Pronto comenzó a trabajar en una Panadería. El dueño observó sus manos con amabilidad. “Buena chica”.

Mi mente era un poco como las manos de mi madre. Inmaculada, jovencísima, pero con heridas artificiales. Esos espacios de ciudades olvidadas, de lugares que me hicieron llorar y reír pero que nunca me pertenecieron. Todavía me producía un sobresalto leer sobre tal o cual ciudad y saber datos sobre ella que no sabían que estaban allí. El destierro. Una apátrida en mi propia mente. ¿Eso es posible?

— Veremos que pasa — mi abuela suspiró — Al menos, esperemos esa sea la respuesta.

¿Cuál era la pregunta? Mi madre se secó sus pulcras manos de ejecutiva, de una mujer que se prometió nunca volver al trabajo manual de nuevo con un trapo y salió de la cocina. Mi abuela me contempló en silencio. Una vez me había dicho que le suplicó a mi madre no llevarme a cuestas en un viaje improbable e incluso peligroso. “Pero al final, te hizo ser quien eres” añadió en esa oportunidad.

¿Quién soy? ¿esa era la pregunta? No lo sé.

Notre Dame me sorprendió. Me la imaginaba más grande pero resultó imponente, pero no monumental. Su célebre aguja flotaba bajo el cielo muy azul y el rosetón central tenía algo de la belleza rota de un encaje deteriorado. Era tan delicada como frágil, una puerta en el tiempo hacia novecientos años de historia. Ciudades y reinos han nacido y muerto durante la vida de la Gran Dama, pensé acercándome al enorme pórtico de mil arcos en punta, entre la multitud de turistas que se fotografiaban y reían a mi alrededor. ¿Cuántos hombres y mujeres han venido aquí, para contemplar este prodigio? “La catedral no era sólo su compañera, era el universo; mejor dicho, era la Naturaleza en sí misma”. Escribió Víctor Hugo en el Jorobado de Notre Dame. La novela fue escrita para evitar que la Catedral fuera derrumbada en 1830 y el escritor se afanó por mostrar su simbología, poder y belleza. Los años pesarosos que la habían llevado al borde de la destrucción y después, a la admiración mundial. En 1864 Jean Baptiste Lassu y Eugène Viollet-le-Duc comenzaron la restauración de Notre Dame, obras que se extendieron por casi veinte años en 1864. La vieja Catedral recuperó su esplendor pero aún así, conservó la ternura de lo antiguo, esa vieja apariencia de recuerdo a medio recordar que la hace magnífica e insustituible en su belleza.

Recordé el montón de datos sueltos cuando me quedé de pie frente al Vitral de Santa Genoveva, Patrona de la Ciudad de París, en la que se le muestra recién nacida en Nanterre. Mirándola con devoción aparecen sus padres y también, Saint Germain d’Auxerre y un coro de esbeltos ángeles que cantan alabanzas por el nacimiento de la Santa. Toda la escena brilla bajo la combinación de cristales azules, rosa y rojo. Una combinación extraordinaria que reluce bajo el sol cualquier día del año, pero que en Otoño, brilla como joyas engastadas en la antigua mampostería. La luz dorada de la estación lo inunda todo y de pronto, la belleza de la antigua reliquia, crece como una flor radiante bajo la penumbra delicadísima de la catedral. Hay magia, en ese silencio, en el extraordinario arco que se abre en dos para abrir hacía una vieja historia.

Me quedé bajo el vitral un buen rato. Era el 23 de septiembre, día de mi cumpleaños número dieciseis. Una muchachita con ropa arrugada y cabello despeinado que se encontraba en una ciudad desconocida, en la que sin embargo, había sonreído alguna vez. La ciudad de la niña disfrazada de payaso, del olor a pan recién hecho, del hombre que cantaba opera. La ciudad que no recordaba pero que nada más pisar, reconocí. ¿Pueden ocurrir esas cosas? ¿O me lo imaginé? Era el primer día de un viaje de veinticuatro, que al final se extendería a tres meses. Era la primera vez que iba a cualquier lado sin mi madre o mi abuela. Era la primera vez que caminaba por una ciudad de losetas y edificios extraordinarios, que me hizo sentir muy rustica y basta. Pero aún así feliz. Era el primer día de muchas cosas. Pero eso aún no lo sabía. De modo que continué de pie bajo el vitral. Con los ojos cerrados, las manos apretadas contra el estuche de la cámara. Cerré los ojos. La luz me engulló, me envolvió, me dejó sin palabras, sin deseo de levantar la cámara que sostenía entre las manos, de mirar otra cosa. Llevaba más de veinticuatro horas despiertas — no había dormido en el vuelo o en el día previo — y el zumbido de las conversaciones en voz baja me provocó una rara sensación de vaivén, de ir y venir en mi memoria hacia algún lugar inesperado.

Recordaba esa luz, recordaba el repiqueteo seco de las campanas que aún no sonaba. El olor a polvo, a yeso húmedo, madera rota. El olor de la cuidad más afuera. Recordaba los sonidos, las risitas y las exclamaciones de asombro en tantos idiomas. Pero también, la paz. La extraña sensación de bienvenida. Allí, en la luz, tuve la sensación que flotaba — no al pasado, que seguía sin existir — sino hacia algún lugar de mi mente pleno y raquídeo. Un renacimiento en luz, pensé con el inagotable romanticismo de la inocencia. De la tristeza impregnada de una felicidad sin nombre. Luz y solo luz.

La inscripción latina al pie del vitral dice traducido del latín: “Feliz esta Genoveva de su llegada a este mundo. Lo que en espíritu anticipa Germain se revelara después la realidad”

Cuando Santa Genoveva era muy pequeña, se cuenta que acudió a un oficio en Navaterra y que de súbito, una luz sobrenatural comenzó a brillar sobre su frente. Cuando todos la miraron asombrados, la niña sonrió y dijo que conocía la paz. Palabras asombrosas para una pequeña de apenas cinco o seis años (la tradición no termina de ponerse de acuerdo). Cual sea el caso, Genoveva sintió la presencia de Dios en la luz y también, la de algo más espléndido y sin nombre. ¿Sería algo como esto? Me pregunté en medio del estallido de luz detrás de mis párpados cerrados. ¿Esta sensación de maravilla? ¿Esta beatitud sin rezo que me envolvió?

No lo supe ese día y tampoco después. Pero la luz de Notre Dame — ahora perdida para siempre, quizás, en medio de un incendio temible que arrasa la historia — me sostuvo en esa primera gran aventura de niña. Y también lo hizo más tarde, cuando recordé París sin el cielo plomizo de las pesadillas. París, renovada, brillante, lustrosa. Un obsequio asombrosa. Una posibilidad a punto de nacer.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta