“Un viaje a la Mitología moderna:

Un viaje extraordinario a través de una Galaxia muy, muy lejana. (Parte I)

En el libro Los Archivos de Star Wars. 1977–1983 de Paul Duncan (Taschen), George Lucas relata que la primera vez que pensó en Star Wars, lo hizo como una historia basada en la cualidad de la esperanza. Era un adolescente que ya sabía quería dedicar su vida al cine — “apenas tuve duda de lo que quería hacer con resto de mi vida” — pero que en especial, estaba obsesionado con la cualidad del espíritu humano para enfrentarse a la adversidad. Quería crear un tipo de historia que rindiera homenaje a la cualidad del mito en estado puro y también, a la influencia de la mitología en cada una de las narraciones contemporáneas. Para Lucas, era algo evidente, pero sobre todo, necesario vincular los viejos relatos de dioses y diosas, de luchas y batallas por el bien y el mal en medio de fabulosos escenarios imaginarios, para una nueva generación. Pero también, deseaba hacer algo más: narrar cómo la voluntad del hombre siempre prevalece sobre el destino, esa antigua y a menudo incómoda palabra que enlaza las decisiones humanas con un aparente trasfondo infinito, misterioso e inexorable.

Según Duncan, el futuro director ya sabía que su criatura cinematográfica — que aun era una colección de hojas sueltas, apuntes en cuadernos y una larga selección de nombres sobre personajes que tachaba y corregía a diario — debía tener una conexión inmediata con la emoción. “Mis películas tienden a aumentar la autoestima, esa actitud del ‘tú puedes hacerlo’. Su mensaje es: ‘No escuches a nadie. Descubre tus propios sentimientos y síguelos. Así podrás superar cualquier cosa” explicó el director acerca del núcleo motor de una de las space opera más queridas del cine y quizás, la saga más rentable de la historia. Pero para el Lucas que soñaba con épicas de caballeros con sables de luz, que todavía era muy joven y estaba obsesionado con el western y con historias de Samurai, Star Wars era — o debía ser — en su conjunto, mucho más. “Es también, una búsqueda de objetivo, un trayecto hacia algo más profundo, un recorrido hacia el centro de lo que nos hace contar una buena historia”.

Corría la década de los ’60, en la que nacía un nuevo tipo de cine experimental, cargado de influencias mitológicas e históricas. Además, era un tipo de versión sobre lo cinematográfico que tenía más interés en lo humano que en cualquier otra cosa. De pronto, las epopeyas estéticas y reflexiones sobre la raíz moral del hombre y su circunstancia, evolucionó hacia la búsqueda de lo falible. Mientras en las décadas anteriores los héroes y villanos eran criaturas en extremos de una silenciosa batalla ética, en la que debían de luchar por su lugar en el mundo, para los años en que se sucedían lo más cruento de las luchas sociales, la maldad y la bondad se transformaron en decisiones morales, en una percepción sobre lo individual en contraposición a lo colectivo. De pronto, ya no era tan importante, ni tampoco imprescindible que los extremos del espíritu primordial sobre lo intelectual, tuvieran un nombre o un lugar. Lo que sí revestía de un especial interés, es que tuvieran un significado, una forma de coincidir con la versión universal sobre lo esencial del espíritu del hombre. Una transición de lenguaje y fondo de considerable interés.

Y en medio de semejantes presiones y transformaciones, se encontraba George Lucas, que recién se había recibido en antropología. Con veinte años, ya había llevado a cabo varias investigaciones de considerable interés acerca de la forma en que se unían diferentes puntos de vista sobre lo cultural y lo mágico, además de prestar especial interés a la forma en que la concepción humana sobre la lealtad, el amor, el poder y lo espiritual se había transformado con el correr de las épocas. “Tenía una considerable obsesión con lo mitológico” cuenta el director en el libro de Taschen “tanto como para considerar imprescindible que cualquier obra, debería responder a la necesidad de existir en un espacio en el que la leyenda y el mito coexistieran”.

Se trata, por supuesto, de una declaración de principios. George Lucas todavía no tenía verdaderas aspiraciones cinematográficas, pero quería contar una historia. Una universal, que abarcara el conocimiento de todas las épocas y de todas las culturas, que al final convergen en un único lugar. “Los viejos dioses están en todas partes, sólo que cambian de nombre, evolucionan y se asimilan a otros espacios culturales” explica Lucas en el libro a Duncan, que describe el recorrido del estudiante inquieto a un creador en plena ebullición con enorme delicadeza. En realidad, el tránsito del futuro director hacia la búsqueda de un sentido de lo majestuoso, tenía una relación concreta con la forma de entender lo humano. “Todos creemos en algo. Incluso los que son frontalmente descreídos, asumen esa ausencia de creencias como demostración te inteligencia, racionalidad y lealtad con sus principios” explica Lucas. De hecho, las primeras líneas de lo que se convertiría después en Star Wars, son un recorrido por la intención de amplificar la versión sobre la necesidad de la fe, la esperanza y la búsqueda de ideales, a una dimensión por completo nueva. “Necesitaba entender el por qué de las cosas. Creemos por motivos que están relacionados con nuestro miedo al vacío” comenta Lucas a una preguntan de Duncan “Star Wars también analizaría el cosmos desde esa perspectiva”.

El libro también cuenta, que Lucas despertó un día con la necesidad de escribir una sola frase. Estaba a punto de entrar en la Escuela de Artes Cinematográficas de la Universidad del Sur de California, a insistencia de su amigo John Plummer, para quien era más que evidente que Lucas necesitaba narrar a gran escala lo que había imaginado a lo largo de casi cinco años. Luego de meses de insistencia, Lucas decidió hacer la prueba. Todo estaba ordenado para el gran viaje a su alrededor en apenas unas cuatro valijas y el futuro realizador, estaba sentado en ellas, con uno de sus infaltables cuadernos sobre las rodillas. “Y sentí debía escribir” cuenta. “Que debía comenzar por un mensaje, que debía seguir por una línea. Que había algo que decir. De modo que escribí: En una galaxia muy, muy lejana. No sabría que vendría después, pero era un buen comienzo”.

El joven y desgreñado Lucas, el alumno que llevaba una libreta para escribir y un libro de Joseph Campbell a todas partes en la mochila, había dado el primer paso para entrar en la historia del cine y en la forma de contar historias contemporáneas.

La primera mirada a un gran Universo.

Desde que tenía apenas dieciséis años, Lucas estaba obsesionado en muchas maneras distintas con la película La fortaleza escondida (1958), de Akira Kurosawa. No sólo le asombraba la forma de narrar la historia — la contenida tensión, la forma de construir un lenguaje elaborado sobre la lealtad, el miedo y el poder — sino también, la forma en que el lenguaje cinematográfico podía expresar ideas. De hecho, décadas después admitiría que gran parte de Star Wars es una versión libre de la película, así como también, una revisión a los puntos más complejos de su historia.

Para el futuro director, la manera en que Kurosawa usaba los espacios y los planteamientos sobre los lugares como símbolos, además de vincular la idea de la fortaleza del hombre como una construcción de la memoria colectiva, era algo que tenía un peso de considerable envergadura en las historias que el director contaba. “Más allá de lo que contaba, era cómo lo contaba” comenta Lucas en el libro Los Archivos de Star Wars. 1977–1983 “Comprendí que no importaba dónde ocurría una historia, sino la forma en que era contada y lo que podía inspirar a los personajes”.

En la escuela de cine, Lucas todavía llevaba su cuaderno de anotaciones, con la frase “En una Galaxia muy, muy lejana” en una página en blanco. A la distancia, puede parecer una anécdota con vicios de mito colectivo y cinematográfico, pero la razón de escribir una idea y no añadir nada más, no es una especie de hito en medio de una serie de casualidades afortunadas. “Sabía era una historia que transcurría en el espacio, a cientos de distancia de nuestro mundo. Sabía que había símbolos del bien y del mal, que habría una batalla definitiva, que los héroes estarían en busca de su destino y su lugar en el orden de las cosas. Pero todavía no sabía como enlazar las historias entre sí”. Lucas dedicó una considerable cantidad de tiempo en perfilar a Star Wars, como algo coherente, mientras la escuela de cine se convertía en una nueva aventura extraordinaria que le permitió explorar su propia capacidad creativa desde ángulos distintos.

En ella descubrió al director ruso Sergei Eisenstein y pasó buena parte del verano del ‘65, deslumbrado por sus películas y la capacidad del realizador para relatar historias complejas, a través de sus innovadoras técnica de edición y montaje. Ya entonces, Lucas tenía muy claro que su idea necesitaba de una forma narración más elaborada que la tradicional y que también, abarcaba varios ámbitos a la vez. “Ya tenía claro que contar la historia de la lucha por el poder entre planetas, tenía que tener su propio ritmo y lenguaje, que debía responder a principios distintos de cómo profundizar en las costumbres, hábitos y comportamientos de seres que podían parecer humanos, que tenían las mismas aspiraciones y deseos que un ser humano, pero que de hecho, no lo eran”.

Claro está, no era algo que no se hubiera hecho antes, pero para Lucas, el punto de importancia radicaba sin duda, en cómo extrapolar sus viejas obsesiones acerca del western y las historias sobre el mundo Samurai en algo más cosmogónico. La persistencia de la memoria, la conciencia en estado puro y las dudas existenciales, se convirtieron en algo más complejo y además, relacionado con la condición de lo espiritual, inevitable a cualquier raza y en cualquier lugar del universo. “Fue difícil ensamblar las piezas, pero poco a poco comenzaron a coincidir”.

Todo eso, mientras el creador trabajaba en la historia de un hombre que escapa de una civilización subterránea. El proyecto, que nunca llegó a concretarse, le permitió investigar, profundizar y desarrollar una idea sobre cultura, mito y leyendas en lugares en lo que en teoría, no habría relación con lo humano “comprendí que la necesidad de creer, amar y confiar son parte de lo que llamamos razón. La aspiración y la perversión del poder, también”. Lucas trabajó en un sistema de creencias para su religión, así como costumbres, lenguajes y pequeños estratos de simbología que tomó de todas partes del mundo. “Pensé en Tolkien al crear un universo en que cada personaje tenía su propia historia y contexto. Desde luego, no podía hacer nada tan elaborado, pero era un buen principio”. Para Lucas, la necesidad de crear un entorno antropológico correcto para sus historias, era de especial importancia. “Deseaba que cada uno de los personajes pudiera tener recuerdos, atesorar historias. Tener que contar a la generación siguiente. En otras palabras, un mundo interior tan completo como complejo”.

Entre tanto, transcurría el año 1966 y George Lucas, maduraba como realizador. Sus primeros cortos llegaron pronto: dos de apenas un minuto, ambientados en un ambiente desértico y atemporal. La historia era la de un hombre en busca de su historia. También, el director continuó con sus investigaciones acerca de idiomas, lenguajes, costumbres, mitos, comportamientos. Para Lucas, lo que estaba a punto de crear — nacer — era mucho más amplio que una simple historia que narrar. Era una percepción sobre el tiempo, la espiritualidad y el poder de la imaginación. “Todo parecía ambicioso e irrealizable, pero no podía parar” cuenta “no sólo necesitaba continuar explorando las posibilidades, sino encontrar un equilibrio más coherente sobre toda la información que deseaba incluir sobre varios temas a la vez”.

Los bocetos de Star Wars se convirtieron en algo mucho más amplio, detallado y cuidadoso. Para 1967, los primitivos apuntes y pequeños párrafos descriptivos se convirtieron en una cuidadosa serie de elementos, organizados y estructurados en la base de múltiples civilizaciones que coexistían en un universo que bullía en vida, historias complejas y relaciones de poder cada vez más enrevesadas. Lucas trabajaba cada noche “al menos seis horas” en su creación, haciendo especial énfasis en la capacidad de la historia de alimentarse de sus propias ramificaciones. Desde los personajes — arquetípicos, tomados de los grandes ciclos mitológicos que obsesionaban a Lucas — hasta los estamentos de gobierno y organización de los planetas, lo que había comenzado como una vaga percepción sobre el bien y el mal en territorios nuevos, tomaba una nueva envergadura. Una que incluso sorprendía a Lucas. “Tenía vida propia” cuenta “una tan firme, que poco a poco, la condición sobre su existencia — o cómo podría expresarse — era irrelevante. Sólo podía escribir, apuntar todas las imágenes en mi mente, las historias, las forma en que se sostenían entre ellas”.

Uno de los puntos más interesantes en el proceso creativo de George Lucas, fue el hecho que pudiera encontrar inspiración en todo tipo de vertientes. Desde la literatura japonesa medieval, cuentos de caballería de distinta índole hasta ciclos mitológicos dispares, el mundo de Lucas se desarrolla a través de un bagaje de considerable interés sobre el fundamento histórico de lo narrativo. Incluso, llegó a profundizar en temas de enorme como arquetipos, recorridos de mitos y leyendas hacia la estructura del cuento y la novela moderna, hasta llegar a los primeros esquemas sobre la percepción de los símbolos como esquemas que se heredan de generación en generación, cuyo significado cambia a través de las épocas. Ya Tolkien había llevado a cabo una epopeya distinta en su Tierra Media, dotada de mito creacionista, conjunto de razas, idiomas con dialectos y jergas añadidos, rasgos antropológicos, regiones y un ciclo del héroe que abarcaba toda concepción sobre la bondad y la maldad. Pero a diferencia del escritor Inglés, Lucas no tenía los conocimientos para llevar a cabo un mundo de tantas estratificaciones. Tenía la necesidad de trasladar esa cualidad formativa del mundo fantástico a una región por completa nueva. “Quería que Star Wars fuera algo dinámico, un hilo conductor de historias acerca de la búsqueda de algo con lo que todo pudieran identificarse” explica Lucas en el libro.”Un recorrido multitudinario que pudiera entender ya fuera un chico norteamericano como alguien al otro lado del mundo”. Para el director, la decisión de ensamblar toda la historia a través de una película era incluso, un punto de relevante en la manera en que comprendía la futura narración. “Imaginaba cada espacio, palabra y acción en este mundo misterioso”.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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