Un gran escenario misterioso

Los pequeños vaivenes de la literatura como reflejo de las épocas más oscuras. (Parte I)

La mayoría de las veces, la imagen canónica de William Shakespeare vence a la real, que además, se desdibujó en la historia y en la carencia de datos reales sobre su existencia. En la memoria colectiva, el que fue uno de los autores más extraordinarios de la historia de la literatura, es un hombre agobiado por sus fantasmas, recluido entre misterios y los rigores de su talento en una sala medieval de una Inglaterra primitiva. De hecho, uno de los pocos retratos que se conserva del bardo — atribuido al pintor John Taylor— le muestra rígido y con el rostro tenso. Una versión del siglo XVIII de la misma imagen — que en esta ocasión, no lleva firma — le muestra con una pluma entre las manos, los labios más definidos y el gorguera isabelina más lujosa, de un blanco impoluto. Pero la mirada es la misma. Dura, incluso irritada.

En realidad, la ignorancia sobre la personalidad del escritor no es una imagen irreal al servicio del mito creado alrededor de su colosal figura histórica. Se saben muy pocos datos sobre Shakespeare a no ser la envergadura, importancia y belleza de su obra, que fue un hombre que se casó por amor en una época de componendas políticas, el nombre de sus hijos, la muerte del más pequeño durante los rigores de la peste, su vejez dolorosa y llena de privaciones. Los espacios entre esta colección de datos más o menos desordenados, son inmensos y un espacio en blanco, difíciles de interpretar o al menos, de asumir desde la distancia histórica como una conclusión. Las grandes especulaciones, le describen como un hombre apasionado, díscolo, obsesionado con la escritura tanto como para aferrarse al papel y la tinta en los peores y mejores años de su vida, que abandonó a su familia — a quien amaba — para tratar de asegurarse el éxito sobre las tablas. Pero ¿es real semejante biografía genérica, a puñados, sin demasiada congruencia? ¿Es intento ímprobo y la mayoría de las veces inútil de sostener la versión sobre un tipo de heroísmo artístico que todavía resulta enaltecedor? Shakespeare vivió por y para escribir, aferrado a la barcaza de su talento en mitad de tiempos turbulentos y oscuros. Sobrevivió al hambre, la peste, el dolor, la ira Real e incluso a los dolores de la vida de un hombre común a través de la escritura. Y lo hizo de forma tan formidable, tan potente y admirable, que aun es el ejemplo vivo de la capacidad creativa como una forma de cuestionar la realidad, de elaborar un sentido profundo de la literatura como liberación intelectual. Shakespeare creó un mundo a base de palabras para salvarse a sí mismo y en el trayecto, brindó al oficio una identidad trascendental.

Hace unos años, el profesor de Harvard Stephen Greenblatt escribió en su magnífica investigación sobre la vida de Shakespeare titulada Will in the World, que a Shakespeare le habría sorprendido su fama y sobre todo, el reverencial respeto formal que en la actualidad despiertan sus obras. En su época, en plena lucha contra la pobreza, el prestigio y la supervivencia, el escritor consideraba su trabajo más una forma de asegurarse el pan que ponía sobre la mesa, que una experiencia artística. Escribía a pedido, un mercenario brillante que jamás se detenía, que siguió creando en mitad de la más espantosas noches de la peste negra, en el lecho de muerte de su hijo, en medio de los dolores de los misteriosos males físicos que le aquejaban y una muy humana desazón. Pero este ejercicio imparable e irrefrenable de talento, no tenía un objetivo artístico o directamente estético.

“Shakespeare creaba obras de trascendencia universal para no morir de hambre” cuenta Greenblatt, que describe los días y las semanas tumultuosas en la vida del dramaturgo como un hilo extraordinario en la que se unen los avatares de lo cotidiano y la búsqueda de algo mucho más sofisticado. “Era un escritor convencido de su talento, pero también, uno lo suficientemente pragmático como para pensar con mucha frecuencia en su supervivencia en medio de una dura situación política y económica”. Shakespeare nunca recibió el reconocimiento que merecía — a pesar de su popularidad — y tuvo que enfrentar durante buena parte de su vida artística las críticas y ataques de una élite intelectual que le consideraba basto y vulgar. “Sus obras son pequeñas escenas sin mucho lustre e interés para la búsqueda de grandes valores. Van de un lado a otro, sin mucho tino ni tampoco capacidad para enaltecer lo bueno y lo admirable” escribió un crítico de la corte en uno de las interminables crónicas que llenaban la ilustrada corte de Isabel I. “No hay nada verdaderamente excelso en nada de lo que muestra sobre el escenario”.

Pero si la alta nobleza le aborrecía, el pueblo llano y una gran número de intelectuales estaban fascinados por su obra. Shakespeare tenía un público fiel, irreverente y sobre todo, apasionado que le seguía de teatro en teatro, con una devoción que en más de una ocasión, salvo al escritor del hambre o incluso la muerte. Greenblatt cuenta la historia inquietante de la primera vez que el dramaturgo enfrentó a dos sicarios enviados por un desconocido para matarle: les enfrentó en plena calle, aterrorizado y aturdido por una borrachera de vino barato. Y bien pudo haber muerto en medio de una riña callejera de la que no se conocen mayores detalles, si el sirviente de uno de sus admiradores no le hubiera protegido. El fiel vasallo no sólo asesino a uno de los atacantes sino que le aseguró a Shakespeare que nunca más tendría que enfrentarse a tales situaciones a solas. Según las rigorosas investigaciones de Greenblatt, el hombre sin nombre — que también servía a la casa de un Noble misterioso — se dedicó a seguir de un lado a otro al dramaturgo para protegerle. Y lo hizo por años hasta que la peste le mató, sin que Shakespeare (o así asegura la leyenda sobre su figura) supiera muy bien de dónde provenía semejante fidelidad.

Resulta en extremo curioso que la mayoría de las grandes escenas en la vida de Shakespeare sean un cúmulo de datos levemente nebulosos. Una especie de mezcla inquietante entre el misterio que rodea a su figura y su capacidad para crear y construir una versión de la realidad, que le convirtiera en quizás, el personaje más elaborado de sus obras. Se dice que el escritor odiaba dar detalles específicos sobre su vida, que apelaba al misterio e incluso, el miedo para evitar que nadie pudiera profundizar demasiado en su pasado. Que llegó a borrar registros, notas legales e incluso, directamente mentir para proteger sus orígenes o mejor dicho, asegurarse que su historia personal no pudiera empañar su necesidad de creación artística. Al final, su empeño provocó que su biografía fuera una extraña colección de percepción sobre la idea irreal y dolorosa sobre su figura, minimizada en favor de su trascendencia literaria. Una y otra vez, Shakespeare desapareció en medio de una búsqueda singular de una identidad evasiva que sustituyó el éxito de sus obras más conocidas y que sobre todo, convirtió al conjunto de su labor artística en la fachada perfecta para cubrir y ocultar lo que fuera que ocultara su pasado. Una pieza casi invisible en medio de una gran estructura extraordinaria creada por su talento para sublimar la realidad en una mirada profunda, emocional y a menudo tenebrosa.

Detrás del telón: la historia silenciosa.

Grenblatt dedicó casi dos décadas a investigar bajo el velo del misterio, hasta lograr desentrañar a medias, algunos datos concretos sobre la vida de Shakespeare, el hombre detrás de la alargada sombra de sus magníficas obras. Por ejemplo, describe con sorprendente detalle la Stratford de 1564, el lugar y la fecha en la que asegura nació el escritor. Según cuenta el biógrafo, la ciudad era una “imitación opaca” de una Londres extraordinaria y resplandeciente de conocimiento, pero aun así, tenía sus espacios de profundo interés. Era la ciudad en que las diferentes compañías de teatro itinerantes solían coincidir y de hecho, durante los primeros años de la niñez de Shakespeare, se llevaron a cabo numerosos festivales al aire libre, en la que una nueva forma de asumir lo teatral se convirtió en una forma de arte. ¿Estaba allí Shakespeare, un joven de diez o quince años, maravillado por las historias, argumentos y actores? ¿Tuvo durante las semanas en que Stanford se llenaba de bullicio y grandes espectáculos a la luz de hogueras multitudinarias, los primeros chispazos de intuición que le llevaron a crear sus grandes historias?

Para el biógrafo, resulta de inestimable valor esa imagen de un William Shakespeare adolescente, abrumado y obsesionado por el teatro. De hecho, su investigación le lleva a concluir que con toda probabilidad, el dramaturgo aprendió en las largas jornadas de declamación, música y actuación los rudimentos sobre escritura teatral que después le ayudarían a crear sus grandes épicas literarias. Más extraño aun, es casi seguro que Shakespeare también aprendiera la necesidad del secreto alrededor de su figura durante la misma época en que descubrió tenía talento literario. Según una buena cantidad de crónicas y documentación sobre la época isabelina recopilada por Greenblatt, el Reinado de Isabel I tenía un peligroso rasgo dictatorial que había convertido a Inglaterra en un territorio colectivista con una inclinación más que preocupante al control absoluto por parte de la recelosa corte de la Reina, que hacia las últimas décadas de su vida, comenzaba a mostrar signos de una indudable paranoia y una férrea necesidad de control. Inglaterra estaba llena de persecuciones políticas, religiosas e ideológicas que convertían el arte en una riesgo calculado. En más de una ocasión, la recelosa reina había sospechado de las inocentes críticas que bardos y juglares llevaban a cabo en sus actos anónimos en plena calle, por lo que se apresuró a considerar sus burlas una forma imperdonable de desobediencia.

Para 1578 y cuando William Shakespeare debía contar con catorce años, un grupo de soldados enviados desde Londres asesinaron a más de cincuenta actores y actrices en un episodio oscuro e inquietante, del cual no se tienen demasiados detalles en la actualidad. Lo único claro es que se trataban de órdenes reales que además, insistían en que debía ser un episodio lo suficientemente sangriento como para ser ejemplarizante. En una sola noche, buena parte de los actores y escritores que formaban parte de las compañías itinerantes que acudían a Stratford, fueron apuñalados, colgados y decapitados en una oleada de violencia sin precedentes contra un gremio hasta entonces considerado inofensivo. Nadie se atrevió a socorrer a los heridos ni tampoco enterrar a los muertos. Greenblatt reproduce algunas tímidas y aterrorizadas crónicas de la época, que describen a la multitud de cadáveres envueltos en ropas de brillantes colores, descomponiéndose bajo el sol por semanas enteras. Por último, un mensajero de la Reina volvió a la aterrorizada ciudad para dejar un edicto que prohibía el regreso de las compañías y cualquier persona relacionada con el gremio “no autorizada por la Corte”. Greenblatt teoriza que quizás Shakespeare comprendió la envergadura del peligro que corría su inclinación artística y lo que podía esperar después. Una versión deformada y temible sobre las posibilidades de enfrentar al poder, incluso desde la figura inofensiva y simple de pequeñas burlas obscenas sobre el escenario.

“Quizás su moderno sentido sobre el dolor artístico proviene de trauma” escribe Greenblatt y no parece ser una idea disparatada, cuando se analiza en perspectiva. Después de todo, Shakespeare logró crear obras en que el sufrimiento era una expiación fronteriza sobre los horrores del alma y de la mente, convertidos en expresiones de angustia terrenal de sublime belleza. Hay una concepción profunda y poderosa, en el hecho esencial que la creatividad de Shakespeare estaba directamente relacionado con un tipo de sufrimiento profundo y desconcertante que pocas veces se analiza, pero que está allí, en medio de las escenas maravillosas y los diálogos inmortales. Para el dramaturgo el dolor era una forma de recuerdo intangible, poderosa, inquieta y profunda, difícil de asimilar y comprender en toda su extensión. Una oda a los secretos terribles que quizás el autor sobre las brillantes escenas sobre el escenario, guardaba con celosa obsesión.

La religión, el miedo, la libertad.

Por supuesto, Shakespeare nació en una época en que la tensión política signaba cada parte de la vida pública. Y lo hacía a través de un escenario conflictivo que para el año del nacimiento del escritor, era más asfixiante que nunca. Se trataba de una crisis de poder, que también tenía durísimas raíces en lo religioso. La combinación había convertido el reinado de Isabel I en una extraña combinación de una prosperidad desconocida, contra un rasgo levantisco que se manifestaba en pequeños hechos de violencia cada vez más crudos y frecuentes.

No se trataba claro, de un hecho inesperado. En menos de cincuenta años, Inglaterra había pasado de ser un país católico (y con buenas relaciones con Roma), a una persecución despiadada de los creyentes bajo la férrea monarquía protestante de la Reina Virgen. Poco a poco, lo que comenzó por ser un debate de creencias entre intelectuales, se convirtió en un enfrentamiento cada vez más duro por el control de las aspiraciones espirituales de Inglaterra. Para cuando Shakespeare era un adolescente, ser practicante del catolicismo equivalía a cometer un delito contra la Reina y la corte que se pagaba con la vida.

Gleenblatt ofrece en su libro un dato, que puede explicar el hecho de la profunda emocionalidad y perturbadora belleza, de varias de las obras del dramaturgo: su padre John, era un convencido católico, a pesar de las prohibiciones isabelinas y sobre todo, el riesgo de morir si alguien descubría su inclinación religiosa. Y aunque el biógrafo no ofrece demasiada pistas ni datos que puedan sostener su hipótesis, es evidente que pudo ser cierto, a juzgar por la forma en que Shakespeare protegió su vida privada y la de los suyos. Además, estaba el hecho que se trataba de una lucha de aspiraciones e ideales, contra una interminable guerra civil religiosa que el país fue incapaz de superar del todo. Es más que probable que Shakespeare creciera en un ambiente en que se le brindara primordial importancia a la capacidad para creer, construir ideas sobre la fe y en el que se considerara al hecho del talento, como un don divino. Una percepción que podría explicar a medias, la novedosa visión de la crueldad trágica y la sublimación del deseo y el dolor que llena la obra del escritor británico.

Pero en medio de la violencia, la sociedad inglesa encontró la manera de nutrir su vida cultural, manteniéndose al margen del peligro y de la constante amenaza de violencia pública. Desde las animadas tabernas hasta la experiencia colectiva de las grandes celebraciones con cierto aire pagano que se permitían en el campo, la Inglaterra medieval estaba llena de alicientes para la imaginación de un hombre con el talento de Shakespeare. “La cultura popular está en todas partes en su trabajo, en la red de alusiones y en la estructura subyacente”, escribe Greenblatt. Pero se trataba de algo más de las habituales declamaciones, recitales de poemas y canciones, de actuaciones de viejas comedias que habían pasado de forma oral de generación en generación. Era también un ejercicio que enriquecía la capacidad para crear y elaborar verdaderas visiones sobre la realidad teñidas de todo tipo de referencias mitológicas y leyendas locales. Había competencias premiadas de declamación de versos amorosos, se recuperó la costumbre de las narraciones colectivas alrededor del fuego. Incluso en algunas regiones del Reino, se instauraron pequeñas celebraciones de aire ritualista, en la que se recuperaron algunos fragmentos de costumbres etruscas y romanas. Para finales de 1579, Shakespeare seguramente disfrutaba de pertenecer a un círculo de artistas prolíficos, nacidos y criados a la periferia. Sobrevivientes a la violencia implacable y latente que el puño de hierro de Londres imponía sobre el país.

No hay pruebas que indiquen que Shakespeare fuera católico o que profesara alguna religión, aunque es obvio debió de formar parte de la Iglesia protestante y acudir a los servicios, para evitar pudiera sospecharse de su origen con toda probabilidad católico. No obstante, no es difícil concluir que a este inquieto, talentoso y rebelde joven, le atraía la religión en su forma más ritualista. Después de todo, es probable que el escritor estuviera en contacto con una primitiva Iglesia Católica, llena de ritos paganos o con la suficiente relación con viejas creencias mistéricas, como para resultar atractivos.

Razones no faltan para creer que buena parte de la obra del escritor, proviene de experiencias tempranas relacionadas con ciertas mezclas eclécticas entre creencias y credos. Según Greenblatt, en 1575 y con once años de edad, Shakespeare participó en la puesta en escena de una versión de una vieja leyenda local sobre hadas, duendes y monstruos titulada “A Midsummer Night’s Dream”. El futuro escritor formó parte del grupo de cuadrilla que interpretó un corto coro que narraba lo ocurrido en la corte de la Reina de las Hadas, que para esta versión rural carecía de nombre. La obra entera estaba llena de referencias a quemas, brujas, magias y rituales esotéricos, que a la vez se combinaban con la búsqueda del bien, la condena del mal y una búsqueda de la esencia de la cuestión moral. Se trata de un evidente paralelismo que vincula la obra de Shakespeare, con no sólo su infancia en un poblado especialmente interesado en las artes (y lleno de católicos secretos), sino también con su búsqueda sobre una noción de las artes relacionada directamente con lo humano como expresión de lo divino. Se trataba de una fuente de inspiración a mitad de camino entre lo mundano, lo místico y un tipo de codicia relacionada con una profunda necesidad de crear, a pesar de las prohibiciones. Para cuando doce años después Shakespeare comenzó a escribir de manera formal y comenzó a recorrer su propio camino literario, la percepción sobre el valor de sus obras, el recorrido eminente y poderoso sobre la búsqueda de una esencia espiritual y emocional, pero en especial la concepción del impulso artístico como una forma de libertad y belleza, era un elemento primordial en todas sus obras.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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