Un gran escenario misterioso

Los pequeños vaivenes de la literatura como reflejo de las épocas más oscuras. (Parte II)

(Puedes leer la parte I aquí)

El genio misterioso, la búsqueda de sentido.

Siempre según Greenbatt, Shakespeare recibió una educación clásica en el colegio de su pueblo natal, que incluía considerables conocimientos de latín, poesía clásica y también, de una serie de libros que en un país católico, habrían estado prohibidos, pero que en Inglaterra protestante, estaban a disposición de quien pudiera leerlos. De modo que con toda seguridad, Shakespeare dedicó buena parte de su adolescencia y primera juventud, a leer todo lo que estuvo a su alcance. Más adelante, cronistas de la época insistirían eran un hombre culto, con una asombrosa sed de conocimiento pero sobre todo, una necesidad de crear por encima de los lógicos temores que provocaba la tensión de las persecuciones contra artistas y escritores. A mitad de camino entre la búsqueda de una personalidad literaria y también, de una connotación sobre la religión que pudiera mantenerlo a salvo de la violencia del poder, Shakespeare logró sustentar sus obras en una recombinación de símbolos clásicos, elaborados a la medida de una audiencia ávida de nuevas historias y también, de reencontrar en el arte un refugio seguro.

Pero el escritor era un hombre astuto y a pesar de las críticas que recibió en diferentes momentos de su vida por su aparente indiferencia, jamás tomó una posición religiosa o política que pudiera poner en peligro su vida. Y mientras sus contemporáneos terminaban muertos o en mitad de situaciones cada vez más crueles — Ben Jonson se hizo católico y fue encarcelado por casi un lustro; Christopher Marlowe jugó un peligroso juego de información que pudo costarle la vida — Shakespeare se dedicó sólo a escribir y con tanto talento, ímpetu y la necesidad de éxito, que su empeño se interpretó como desapego, cuando no, la crueldad implícita de un carácter débil. De hecho, hay opiniones académicas que sugieren que Shakespeare vivía a través de sus personajes y no faltan razones para pensarlo: Othello, Macbeth, Lear e incluso Hamlet, eran hombres valientes, impulsivos, que se hacían escuchar y terminaron destruidos por su afán de rebeldía. Toda una osadía que el escritor jamás se permitió durante su vida y que sin duda le salvó de terminar en prisión o con la cabeza clavada en una pica.

La decisión de crear y elaborar ideas complejas en lugar de expresarlas de forma directa, le valió a Shakespeare el epíteto de cobarde, en especial cuando los enfrentamientos de índole político y religioso se hicieron mucho más violentas y siniestras. Pero quizás, la gran elección de la vida del dramaturgo, fue asumir la idea elemental de algo más elaborado y consecuente sobre su propia necesidad de expresión. Una mirada hacia la manera en que construyó su forma de comprender el sistema de valores de su época y jugar con habilidad para evitar ser aplastado por la rueda del poder.

Éxito temprano y el poder de la creación.

Shakespeare comenzó a trabajar en Londres de manera formal a finales de los años ochenta y para cuando comenzó la última década del siglo, ya era una figura de extraordinaria relevancia en el mundo artístico de su país. De comedias populares, el dramaturgo comenzó a escribir sus propias historias basadas en la historia reciente de Inglaterra, lo que le valió un inmediato reconocimiento por parte de la comunidad de intelectuales de la corte y un nutrido de Nobles, a quienes homenajeaba casi por accidente. El dramaturgo aprovechó su fama para además, reinventar todo tipo de poemas neoclásicos y crear un repertorio de historias que pudiera repetir en cualquier escenario sin herir susceptibilidades. De modo que gracias a sus adaptaciones de “Venus y Adonis” y “La violación de Lucrecia” se pudo permitir el lujo de tomar algún tiempo privado y empezar a escribir sus grandes obras inmortales.

Un talento semejante y una capacidad para evitar la polémica tan útil como oportuna, convirtieron a Shakespeare en un éxito sin precedentes. Podía llenar un teatro con tres mil impacientes asistentes, en una época en que la población total de Londres apenas rebasaba los doscientos mil. Y lo lograba porque tal parecía existía una obra para cada ánimo y necesidad del público. Estaban las comedias populares que le hicieron ídolo del pueblo llano y las más intelectuales, que conquistaron a los poderosos a tal nivel, que se convirtió en un habitual en cortes de provincia y castillos destartalados. Una vieja historia sobre su éxito, parece resumir sus acertados pasos para asegurarse una carrera larga y próspera, además de un cuidado renombre. El conde de Southampton — conocido por su tacañería y que desheredó a todos sus hijos por diferentes razones — obsequió al dramaturgo mil libras, una suma enorme, después de que llevara una de sus obras más populares al campo para diversión del viejo aristócrata y la adaptara para incluir su nombre en medio de varias escenas.

Semejante éxito, le valió enemigos que con toda seguridad, fueron el motivo de los diferentes altos y bajos de la vida privada de Shakespeare a lo largo de sus años como estrella fulgurante del panorama londinense. Por años, no obtuvo buenas críticas y tuvo que enfrentarse a la presión de la corte para crear obras que celebraran a las grandes figuras monárquicas y ridiculizaran a otras. No obstante, Shakespeare , maniobró como pudo entre las tensiones de sus enemigos y sus apasionados mecenas, para encontrar un punto medio en que pudiera sobrevivir su voz más privada. Para cuando en 1596 escribió Ricardo II, ya Romeo y Julieta le había hecho lo suficientemente famoso como para exigir cuotas por actuación y poder rentar un lugar acogedor en una Londres medieval no demasiado abierta a la llegada de visitantes y menos inquilinos de las afueras de la ciudad. Pero en realidad, sus grandes inversiones eran a futuro: Shakespeare debió estar convencido que tarde o temprano perdería le favor de los que le apoyaban y dedicó una buena cantidad del dinero que obtuvo durante sus presentaciones comprando tierras en Stratford. Un gesto que sorprendió a buena parte de quienes le conocían. Para la época, ya Shakespeare estaba casado con Anne y era padre de Hamlet, lo que quizás había hecho al escritor mucho más consciente del tránsito de su vida y la necesidad de afianzar su poder en algo más concreto que aplausos y celebraciones de platea.

Entonces ocurrió lo impensable: su hijo Hamnet murió a la edad de once años y según Greenblatt, el dolor enloqueció al escritor hasta provocarle un estado de postración absoluto que por meses, fue incapaz de superar. Corría el año 1596, era no sólo famoso sino también respetado. Amaba a su esposa y esperaba envejecer en las tierras familiares, para viajar sólo a Londres para el estreno de sus obras. Pero la muerte de Hamnet no sólo destruyó la posibilidad de este idílico futuro sino que transformó su vida para siempre. De hecho, su obra inmediata se volvió sombría, inquietante pero también, de una sobrecogedora belleza “El dolor llena la habitación de mi hijo ausente, / yace en su cama, camina de un lado a otro”, dice Shakespeare en la voz de “El Rey Juan”. De pronto, todas sus obras tenían un brillo espiritual y moral de extraña belleza, pero también, un tono levemente profano y provocador que de haber sido un escritor menos poderoso y reconocido, le habría llevado a la horca.

Pero Shakespeare era Shakespeare e incluso, en medio de la tragedia, se afanó por expiar el dolor a través de obras cada vez más elaboradas y dolorosas que no sólo incrementaron su fama, sino que le convirtieron en una especie de héroe trágico. Para cuando Hamlet se presentó en Londres, fue evidente que la muerte de su niño — a quien pareció inmortalizar en el título del drama en una especie de código secreto y privado — sorprendió la forma en que su nueva visión sobre el dolor y la belleza, estaban firmemente enraizada en el sufrimiento y el poder de la creación a través de un tipo de desesperación vital que dotó a la obra de vida propia. No sólo se trató del hecho que Hamlet fuera un hombre amargado y transido de dolor sino también, que Ophelia encarnó a la soledad, el dolor y el duelo hasta transformar la percepción sobre la perdida en algo por completo distinto.

Con Hamlet, Shakespeare analizó la locura con un sentido narrativo que hasta entonces, no había mostrado en sus obras, La figura trágica del principe Danés en busca de venganza, también tiene algo de una portentosa dimensión espiritual que supera con creces a cualquier otro personajes del pasado. El escritor dejó entonces de crear piezas populares y se dedicó a dramas maduros que se convirtieron en lo más selecto de su repertorio. “Othello” y “King Lear” son creaciones extraordinarias sobre el poder de las emociones y los dolores inquietantes que aquejan el espíritu humano. De pronto, todo el interés de Shakespeare estaba basado en el dolor y el miedo, en el amor y la lujuria. Tal combinación explosiva convirtió al trabajo literario de Shakespeare en una misteriosa mezcla de sufrimiento extremo y una búsqueda de expiación a través de la carnalidad. La combinación entre ambas cosas, lo consagró como un fenómeno en sí mismo, sino también, una forma por completo nueva de comprender la literatura.

La caída del telón.

Para sus últimos años, Shakespeare se había convertido en un pequeño terrateniente con talante dictatorial en su Stratford natal, en la que además, era una figura pública de notable relevancia. Pero el escritor se había convertido en uno de sus personajes: según Greenblatt sufría de una amargura “violenta y difícil de manejar”, además de escribir no animado sólo por su enorme talento sino por su necesidad inquieta de expiar todo tipo de angustias y dolores emocionales a través de la palabra. En 1610 y a pesar de ser un hombre joven, se recluyó en Stratford, para seguir en la creación de un Universo literario cada vez más rico, profundo y amargo.

De esta extraña época en que Shakespeare decidió ser un anciano sin serlo aún, procede su segundo retrato más conocido, llevado a cabo por el grabador británico Martin Droeshout. En él se le muestra delgado, con los carrillos levemente flojos y la mirada alerta. Es el Shakespeare juvenil de sus retratos más antiguos, pero de alguna forma, también es un desconocido cansado y agobiado por el peso de su historia. De pie junto a una ventana que tampoco conduce a ninguna parte, el Shakespeare que dejó atrás Londres para asumir la casa familiar como un claustro inquietante y doloroso, es una especie de criatura extraña y pálida que parece impaciente por abandonar el foco de atención de la mirada del pintor.

Shakespeare murió en 1616, convertido en un símbolo extraño del poder de la imaginación, la ambición mundana por sobrevivir y la capacidad elocuente de sus obras para traducir lo mejor y lo peor de la naturaleza humana. Al final, este hombre desconocido, oculto entre los pliegues de la historia, mostró su rostro en las páginas de sus piezas más intensas y el rostro de sus personajes más complejos. Ambiguo, misterioso pero al final, un hombre obsesionado con la naturaleza humana, quizás su mayor legado haya sido desaparecer en mitad de los avatares de su época, para renacer como una herencia perdurable de un tipo de literatura destinada a ser inmortal. La primavera perenne de un hombre, que jamás quiso hacer otra cosa que crear.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

Get the Medium app

A button that says 'Download on the App Store', and if clicked it will lead you to the iOS App store
A button that says 'Get it on, Google Play', and if clicked it will lead you to the Google Play store