Tres ninfas en la Oscuridad: El nuevo teatro Venezolano.

La obra “pechos de niña” de Jennifer Gásperi comienza de una manera engañosamente sencilla: Tres niñas juegan a las muñecas en un escenario modular, donde un árbol de papel blanco reverdece, congelado en el tiempo, en medio de la oscuridad. Hay risas, algarabía, carreras infantiles de un lado a otro entre las sombras. Pero en realidad, esa inocencia apenas sugerida es la puerta abierta hacia la idea esencial que sostiene su curiosa puesta en escena: el despertar sexual interpretado desde un punto de vista complejo y elocuente. Porque “Pechos de niña” se mueve con facilidad en el complejo terreno de mirar a la realidad, analizarla desde su sencillez pero también, mostrarla desde su crudeza. Todo lo anterior, bajo un punto de vista múltiple, una rara mezcla de sensibilidad, crudeza y un cuidadoso equilibrio argumental a mitad de camino entre la obra políticamente incorrecta y algo más doloroso. Un mensaje que se construye a medida que avanza y que descubre que no todo es tan simple como un juego de niños.

La obra avanza con un dinamismo que sorprende. No hay un sólo momento donde el escenario no esté lleno a desbordar de la historia, creando y construyendo una narración sólida e inteligente. “Pechos de niña” es algo más que una obra que apela al despertar sexual adolescente para construir un mensaje moral, como podría interpretarse erróneamente. En realidad, se trata de una cuidado mensaje que elabora una idea sobre lo femenino esencial que se construye con enorme elegancia y delicadeza. El guión de Romano Rodriguez, se mueve con sencillez pero también, con cuidadosa sensibilidad desde los primeros juegos infantiles donde la identidad sexual comienza a despuntar hasta esa atropellada búsqueda de placer y de la comprensión del propio cuerpo. Esa metáfora de la juventud malograda que parece sostenerse en no sólo en la manera como las jóvenes protagonistas de la historia elaboran el relato — esa sorprendida ambigüedad del cuerpo que despierta, del amor recién nacido, la osadía de la experimentación — sino en esa contundencia del planteamiento entre líneas. En algún punto tan sutil que el espectador es incapaz de notarlo, la obra deja de parecer sencilla para crear una complejidad de pequeños matices. Porque la adolescencia limpia y poética se manifiesta como un segundo nacimiento, pero también el dolor, la crueldad, el miedo. Y sobre todo, esa omnipresente presencia del deseo, de la piel que sorprende. De la simple humanidad de la niñez que acaba y se transforma en algo más elemental.

El trío de protagonistas, además, se complementan entre sí hasta crear un mosaico donde sus historias convergen con facilidad. La impecable dirección de Jennifer Gásperi no sólo les infunde una sinceridad que conmueve, sino que paso a paso, las dota de enorme fuerza. De las niñas con muñecas en brazos, los tres rostros de la adolescencia rota, se hacen poderosas en su dolor, en su tragedia pequeña, en las ilusiones quebrantadas por la realidad sin disimulo. Una y otra vez, las finas líneas entre las vivencias de cada una de ellas, coinciden para mostrar algo más amplio. De pronto, ya no se trata sólo de esa metáfora sobre la adolescencia rota, sino que avanza para reiventarse así misma. Y ese quizás, es el mayor triunfo de “Pechos de Niña” no sólo como producción teatral, sino también como mensaje que se expresa: La historia tiene una vitalidad esencial que trasciende la aparente intención moralizante. Con enorme acierto, la obra no juzga, mucho menos dramatiza, sino que mira con delicadeza la vida de sus personajes y los muestra, con esa inocencia descarnada que por momentos, resulta casi hiriente. Y es que no hay nada en “Pechos de Niña” que no sorprenda, no llegue a conmover por el mero hecho de apuntar con precisión hacia la raíz de una noción sobre lo femenino, la cultura que aplasta y la ignorancia que apremia.

Con diálogos coloquiales y aparentemente sencillos — de nuevo, esa apariencia de simplicidad que disimula la firmeza — los rostros de la maternidad prematura maduran en pleno escenario: de los ajustados uniformes juveniles y la torpeza infantil, la mujer nace, se alza. Los brazos ahora abiertos para sostener al bebé promesa, a la noción de ese futuro que súbitamente, no es otra cosa que incertidumbre. Y es entonces cuando cada historia parece calzar. Nada es sencillo en la alegoría de Romano Rodriguez. Mucho menos en esa construcción de la denuncia entre líneas. La obra no se prodiga con sencillez, mucho menos lo intenta. A “Pechos de Niña” hay que llorarla, lamentarla. Debatirla. Mirarla desde la periferia. Analizarla en ese silencio donde sólo se escucha ese coro de niñas riendo, corriendo de un lado a otro, aún con muñecas en brazos. Y plantearse como una idea que trasciende. Un mensaje que como las tres pequeñas gracias que despiden la última escena, de pie sobre un escenario silencioso, simbolizan tres visiones indispensables sobre lo femenino, la maternidad y algo más doloroso, que con tanta ingenuidad, llamamos identidad.

Al final, la obra termina y las últimas risas de las niñas aún se escuchan dentro del teatro, como una moraleja que despide al público para recordarle que la inocencia persiste a pesar de todo.

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    La obra “Pechos de Niña” es una pieza escrita por Romano Rodríguez. Dirección: Jennifer Gásperi. Producción: Willy Mckey. Música original: José Alejandro Paredes. Elenco: Estefanía Vallorani, Valeria Navarro, Andrea Briceño, Greydith Escalona, Paula Díaz, Tamayba Lara, Escarlet Ortiz, Begoña Pellicer, Celeste Gil, Solsiré Domínguez, Lily Mar Prieto, Leonardo Hernández, Jonathan Collet, Annel González, Juan Lara, Gustavo Cedeño, Víctor Signorile, Valeria Hevia, Ariana Marín, María Esperanza Pineda, Danae Giachetta Luis Marín, Samir Baladí, María Verónica Landaeta, Iris Simó, Stefanie Schaefer, Elizabeth Mendoza y Andreína Salazar.

Si estás en Caracas puedes disfrutarla del 22 de mayo al 12 de Julio, en Trasnocho Cultural.

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