Todos los rostros del pasado: Retrovisor de Jennifer Gasperi.

El escritor Victor Hugo solía decir que el Teatro “Es un crisol de civilizaciones”, lo que también podría interpretarse como una mezcla afortunada de ideas y pensamientos de toda época y lugar. Pero más allá de eso, el Teatro es también una forma de comprender la cultura a la que pertenece y sobre todo, la manera como expresa sus identidad. Sus dolores, terrores, alegrías y satisfacciones. Porque el Teatro, como ventana a la sensibilidad colectiva y también, un medio legítimo para el argumento intelectual, tiene la capacidad de dotar de vida no sólo a las palabras, sino también, a ese contexto inevitable que las sostiene.

Tal vez por ese motivo, la obra “Retrovisor” de la directora Jennifer Gasperi no sólo logra conmover — como toda obra de Teatro que se precie — sino además, desconcertar y asombrar al espectador. No sólo se trata de una pieza ambigua se nutre de si misma y de su flexibilidad argumental, sino que además, elabora un concepto tan novedoso sobre el Teatro como argumento, que desarma desde la primera escena. Y es que “Retrovisor” no sólo se conforma con experimentar a plenitud la idea del teatro como criatura mudable y mutante, sino que además, se recrea en esa noción del arte como herramienta para la creación pura. Gasperi, como directora crea un ambiente cautivador que resulta onírico: una pieza que se construye a fragmentos y que sin embargo, conserva una unidad temática que la sustenta como un todo de asombrosa coherencia. Una y otra vez, la directora deja claro que su objetivo no es sólo recrear la palabra como evidencia de la comprensión de la naturaleza humana, sino que además, asume su pertinencia como una proclama de principios individual.

Nada en “Retrovisor” es casual: aunque lo parezca, aunque el ambiente levemente caótico invite al espectador a cuestionarse sobre la validez del escenario abarrotado de piezas aparentemente disimiles. No obstante, cada elemento en el escenario tiene en si mismo una validez evidente y precisa: Desde el televisor donde viejas glorias del espectáculo Venezolano gesticulan sin sonido, hasta los trajes que cuelgan en la oscuridad como viejos fantasmas olvidados. Cada trozo de información que la obra brinda y sugiere no sólo construye el escenario real, sino el subjetivo, esa visión elemental sobre lo que el Teatro puede ser. Sobre la idea que asimila a partir de su propia cualidad como ensoñación intelectual.

No obstante, es el guión el que asume el peso sustancioso de un manifiesto de principios de profundo significado. En “Retrovisor” gravita una belleza casi dolorosa, un aroma a nostalgia que sin embargo, no se concibe desde la tristeza sino a partir de la anécdota esencial de nuestra identidad como cultural. De lo caribeño, de lo duro, de lo doloroso. Y es que lo mejor de las letras latinoamericanas, toman por asalto las tablas para meditar no sólo sobre el cuestionamiento trascendental de ¿Quién somos? sino también, de esa percepción sobre el rostro de un país eternamente joven, herido de dolores existenciales y preñado de esperanza. Es entonces, cuando el titulo de la obra cobra verdadera relevancia: porque la rápida sucesión de escenas y parlamentos, crea un espejo fidedigno donde el espectador puede mirar hacia el pasado, analizarse como parte de un monstruo fabuloso cultural creado a partir de referencias y asombro. Porque “Retrovisor” como obra conjunta, no sólo asume esa plenitud de la búsqueda de significado, sino que elabora una serie de planteamientos sobre el individuo universal. Y mientras los actores, declaman, cantan, lloran y recitan con indudable talento la singular combinación de percepciones y sentimientos, el espectador encuentra que hay un centro vital que se sostiene en mitad de todo. Que la obra no es en absoluto inocente ni mucho menos, confusa, sino ante todo, una recreación de esa dualidad necesaria de toda sociedad en plena contradicción. Un país niño, que aún no se comprende al completo. Que quizás no lo haga jamás.

Y es que “Retrovisor” como pieza teatral, resulta engañosa en su rápida sucesión de imágenes y piezas aparentemente desiguales. Una y otra vez, encuentra en esa multiplicidad de miradas el sentido real de la identidad cultural de una Venezuela que puede analizarse desde su profundidad y aridez. Los textos de Miguel Otero Silva, Arturo Uslar Pietri, Román Chalbaud, Armando Reverón, Isaac Chocrón y Otrova Gomas brillan, desde esa reverberación de una Venezuela irreconocible, en perpetua transformación. Esa dimensión transformadora que invocan como voces de un pasado distante pero perdurable. Poco a poco, la historia se hila así misma, se sostiene en un ideario formal que avanza hacia una mitología atipica. Por ese motivo, entre los consagrados, encontramos también a la vanguardia, las poderosas voces del futuro. Los poetas los poetas Natasha Tiniacos, Willy McKey, Joaquín Ortega y César Segovia son los cuatro embajadores del presente. Y crean una conclusión sobre ese trayecto lento pero irrevocable hacia el futuro, hacia lo que soñamos de él. Hacia lo que puede ser.

Porque en “Retrovisor” la palabra lo es todo, y la poesía es el origen. Desde el primer movimiento de los actores que en la oscuridad con movimientos elásticos y exquisitos, hasta el silencio atronador antes de los aplausos, “Retrovisor” demuestra que la poesía abandonó los límites imaginarios de la página para crear vida. Se asume como vida originaria, como un elemento primitivo que se asume poderoso por el mero hecho de sostener un discurso de una belleza casi dolorosa. La obra conjuga no sólo esa percepción de las ideas que trascienden y perduran, que pueden herir y curar, para crear una percepción poderosa sobre el espacio y el tiempo. Sobre la noción caótica de nuestra identidad.

El montaje es sencillo y sin duda, es esa concepción conceptual de la escena lo que favorece esa noción de lo profundo que la obra redime con enorme delicadeza. Desde el televisor abandonado (que ilumina, muestra y a la vez refleja) hasta la muñeca de Reverón colgado solitaria, cada elemento estructura esa percepción del experimento escénico de maravillosa solidez. La obra crea un concepto sobre si misma y atraviesa con rapidez sus etapas simples hasta crear un recorrido intimo: pasa por la infancia, la adultez y luego la muerte, para recordarnos la simplicidad de la vida, a pesar de su pretensión de complejidad. De ese ciclo avanza sólo para hacerse más onírico, etéreo. Inolvidable.

Mención aparte merece el jovencísimo cuerpo actoral: Con una capacidad histriónica que asombra por su versatilidad, los actores no sólo se debaten entre la singular tensión de la puesta en escena, sino la mezcla que crea una nueva visión sobre la palabra como medio y como elemento creativo. Solsiré Domínguez, María Verónica Landaeta, Stefanie Schaefer, Ari Esther Marin, Danae Giachetta, José A. España, Juan Lara Valentini y Gustavo Cedeño no sólo asumen el reto de dar cuerpo a la poesía — como suene definir Jennifer Gasperi el quehacer de la actuación — sino de dotarlos con una definida personalidad. Escena tras escena, la obra avanza hacia no sólo la reflexión de la idea que se muestra, sino del rostro que le brinda corporeidad.

Para Victor Hugo, el Teatro era un crisol de Civilizaciones, ya lo hemos. No se equivoco: El Teatro es un vehículo de creación que construye ideas novedosas a través de una reflexión profunda sobre lo esencial. Y “Retrovisor”, con su frescura, buen hacer y sobre todo, meticuloso análisis sobre la identidad compartida, lo demuestra.

¿Cuando, como y donde?

Puedes disfrutar de “Retrovisor” de la directora Jennifer Gasperi, Viernes, sabado y domingo hasta el 6 de Octubre, en la sala experimental de la Casa Romulo Gallegos en Altamira.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta