Sobreviviente al miedo: Cincuenta segundos y una noche entera para meditar sobre el dolor privado.

Esta es una pequeña crónica del insomnio. Uno desagradable, angustioso y casi doloroso: unas horas antes, el país entero se sacudió por un movimiento telúrico de considerable magnitud y del cual se esperan réplicas. Algunas quizás más poderosas que el considerable temblor ocurrido unas horas antes. De manera que dormir no es una opción, me digo aún con el estómago encogido en un nudo doloroso de pura angustia. Mejor permanecer en pie y aguardar. ¿El qué? Suspiro, me inclino sobre el teclado de la computadora. Pienso que quizás debería escribir alguna cosa, inmortalizar este nuevo temor recién nacido en palabras. ¿Para decir qué?

No sé por qué, recuerdo un capítulo del libro “Misery” del escritor Stephen King. Paul, el sufrido personaje principal, agonizante y bajo el puño de hierro de su “fan número uno”, se pregunta si el miedo es un aliciente para cualquier cosa. Si es posible vivir en medio del temor. Si vale la pena. Ah, me hace reír la ingenuidad del escritor que tendrá que enfrentarse a sus piernas rotas, a una mujer por completo loca y a la nieve de Denver, Colorado. En Venezuela, el miedo es parte de todas las cosas, de lo que se hace, de lo que se mira, de lo que se comprende como parte de lo asumes como parte de tu vida. En Venezuela tener miedo es algo tan natural que casi resulta una dimensión del gentilicio. Miedo al futuro, al hecho de un país en escombros, a la posibilidad de enfrentar una situación que te desborda, que se te hace insoportable a cada minuto que transcurre. El país te enseña el miedo y lo asimilas como una gran y dolorosa percepción de la identidad nacional. Si eres Venezolano, tienes miedo. Lo tendrás, reaccionarás en consecuencia. Así que, apreciado Paul Sheldon, a veces no queda otra posibilidad de vivir con el miedo a cuestas, arrastrarlo como un fardo pesado. Asumir el dolor de esta desintegración lenta y angustiosa como parte de tu identidad.

Miro la hora por enésima vez. Van a dar las dos de la mañana y en cinco horas, tendré que despertar para salir a una Caracas caótica, frustrante, abrumadora, desconcertante. Y sin embargo, aunque sé que debería dormir, aunque lo necesito, sigo aquí, escribiendo compulsivamente. De vez en cuando tomo un sorbo de té frio — ¿azahar es esto ? — y el sabor huidizo no hace más que provocarme una leve desesperación. Miro por la ventana. La gran mayoría de mis vecinos al parecer también decidieron permanecer despiertos. Las ventanas encendidas parpadean en la oscuridad y me asombra su número. Rara vez al insomnio tiene compañía, pienso con una rara sensación de asombro. Rara vez veo el rostro de mis vecinos entre los cristales de las ventanas. Uno de ellos contempla la calle con una mano sobre la boca. Mueve la cabeza, rígido y cansado. Todos tenemos miedo, pienso. Y le recuerdo de pie en la misma ventana mientras la ciudad entera se sacudía de un lado a otro, mientras las ventanas traqueteaban y un coro de gritos subía desde la calle. Tan asustados. Tan simplemente primitivos en nuestro temor.

Una crónica silente, supongo.

Cuando pensé en escribir algo sobre el miedo que me provocó el temblor, la primera idea que tuve fue redactar algo edificante, hermoso y esperanzador: la manera de vencerlo quizás, el miedo como una manera de superar nuestras propias limitaciones. Después de todo, en medio del pánico generalizado me encontré ayudando a mi vecina casi centenaria a bajar las escaleras hasta la calle cercana y más tarde, ocupándome de un desconocido que no dejaba de gritar, muy pálido y aterrorizado. “¡Esto ha sido eterno!” gritaba una y otra vez, hasta que se quedó sin aliento y se quedó sentado en la acera, los ojos muy abiertos. Le puse la mano en el hombro, le recomendé respirar. Yo misma había sufrido una crisis de pánico mientras todo a mi alrededor se sacudía. Me quedé sin respiración, los ojos cerrados, las manos abiertas sobre la pared. “Puedo morir aquí” pensé de forma muy extraña, casi fría. Me incliné en una de las esquinas de la habitación y con la espalda encorvada, sentí con claridad el mundo moverse bajo mis pies. Pensé en los diez pisos de distancia que me separaban del suelo. Que sin duda, sin aquello continuaba (y parecía que eso precisamente era lo que iba a suceder) el edificio entero en que vivo podría desplomarse. Que simplemente se hundiría en medio de aquel traqueteo primitivo y tenebroso, entre los gritos de pánico que se elevaban desde la calle. Cerré los ojos y sentí el pánico estallar, dejarme paralizada, sin respiración. El temblor continuaba, el mundo se hizo borroso, mi miedo también.

Entonces se detuvo. Tuve la sensación que el suelo se hacía un único vaivén ondulante que perdía energía. Me quedé de pie y escuché la voz de alguien al otro lado de la ventana “¡Dejó de temblar!” dijo, como si necesitara convencerse que había sido así. Todo mi cuerpo se puso en movimiento. Seguía aterrorizada, pero ya no era un terror pasivo y resignado. De pronto, mi mente comenzó a funcionar otra vez, el pánico se convirtió en algo más amargo y duro. Me encontré corriendo, escaleras abajo, tropezando con amigos y desconocidos. La calle desbordante de miedo. Alguien lloraba con la mano sobre la boca, se movía de un lado a otro. “¡Pensé que jamás dejaría de temblar!” murmuró alguien. Me quedé de pie, mi miedo se había quedado en alguna parte de las escaleras, en mi estudio quizás. Ahora estaba viva, llena de una electricidad invisible y mimética. El miedo convertido en un empujón de pura energía.

De manera que durante el insomnio, quise escribir sobre el miedo. De como lo soportamos en este país en que siempre lo padecemos de un modo u otro. Del miedo como ese ramalazo de energía que te impele a ayudar, a acariciar la espalda de un extraño y tratar de tranquilizarle. Pero a medida que leía sobre el tema y lo analizaba con la franqueza de quien desea mirar más allá de sus propios prejuicios, consideré esa aproximación hipócrita. Poco realista. Al menos, como lo creo, lo veo y lo cuestiono, mi manera de analizar la idea. Así que decidí que para hablar de miedo, tenía que asumir que siempre lo siento, y por una razón bastante amplia: vivo en Caracas.

No puedo decirlo de otra forma: tengo miedo de la ciudad donde nací. También al país en el que vivo. Es un pensamiento duro, doloroso pero el más sincero que puedo expresar. Caracas me produce temor, uno muy profundo y angustioso. Me acostumbré a tener miedo y lo que creo que es peor, no soy la única. El miedo se ha convertido en una parte de la visión que tenemos sobre la ciudad, sobre nuestra manera de vivirla, crearla y construirla, en nuestra imaginación y en el ámbito de lo real. Y como duele, tener tanto miedo del lugar donde naciste y creciste. Como hiere sentir esta sensación de zozobra irreprimible, esta sensación de peligro que te acompaña a los mismos lugares donde reíste, donde miraste el cielo para crear, los que te vieron crecer. El miedo, como un acompañante silencioso, en todas partes, en todos los momentos. Miedo a lo que pueda ocurrirte, miedo a lo imponderable, lo que no puedes controlar. Lo que temes ocurra por un descuido, lo que ocurre a pesar de todas las precauciones. Miedo a la descomunal crisis económica, miedo al horror de todas las carencias convertido en una imagen estática del futuro roto. Y el símbolo de todo eso, es Caracas. Porque en Caracas, el miedo es parte de lo cotidiano, un elemento más del todo los días, una manera de comprender tu manera de vivir. Que duro, es asumir eso, cuando entiendes que el miedo te sofoca, que el miedo es irreprimible, que es parte de todo y de cada cosa que ocurre a tu alrededor. Y cuando duele, no poder evitarlo, cuando lastima asumir que el miedo está y no se ira, que el miedo crea su propia cultura, el miedo es una parte de tu manera de vivir.

Mi amigo E. sonríe cuando le digo todo esto. Se encuentra en España y está despierto, a pesar de las altas horas (de lo muy temprano, para él) de manera que mi llamada a través de Skype, no le sorprende. Respondo sus preguntas — estoy bien, ha sido un temblor fuerte, por ahora, todo está en orden — y después, nos miramos en silencio. “Voy a escribir sobre el miedo pero lo que pienso es en Caracas” le digo. Como buen optimista, está convencido que el miedo es derrotable. Y no dudo que lo sea, asumo: en otras circunstancias, bajo otras ideas. Yo misma lo intento a diario, para poder construir un equilibrio precario entre lo que quiero vivir y este temor que me acompaña a todas partes. Pero para E. esa idea del miedo como un todo ineludible, es excesiva.

- El temor es un síntoma de tu incapacidad para manejar lo que te rodea — me explica — el miedo es una reacción natural de protección. Pero no es inevitable ni necesario.

- El miedo en Caracas es natural — comento — lo siento a todas horas y por razones que me sobrepasan. No hablamos del miedo como una condición o un pensamiento abstracto. Hablamos del miedo como una situación real. No puedo ignorarlo, aunque quiera. Y desearía hacerlo. Pero…

No quiero hacerlo, pienso. Pero no se lo digo. No sé como explicarle que el miedo es parte de esta sociedad de ciudadanos confusos, temerosos del todo y de lo que pueda ocurrir. En mi caso, es un tema casi obsesivo: temo cada cosa que pueda ocurrir, desde el asalto casual hasta el incidente en plena calle que pueda provocar cualquier situación peligrosa. Una red intrincada de pequeñas circunstancias donde el único elemento común parece ser mi temor a la violencia. Siempre la violencia. La temo cuando voy en un transporte público, cuando uso el servicio de Metro, cuando camino por la calle, cuando conduzco en una avenida transitada. Temo a las medidas del gobierno, a la debacle económica, esa otra violencia tan difícil de explicar. Porque la violencia en Venezuela es parte de lo habitual, estemos conscientes o no de ella. Es parte de lo que comprendemos, de lo que asumimos como parte de una idea de ciudad. Pero no sé como explicarle eso a E. con su alegría de hombre que construye su propia visión de esta ciudad complicada y dura. No sé como explicarle el temor del sobreviviente, de la victima — me han asaltado en tres ocasiones — o simplemente, de quien se acostumbró al miedo para comprender a Caracas, como circunstancia y posibilidad.

- El miedo es optativo — dice entonces, con toda la convicción del que cree y confía en sus palabras — existe, nadie lo duda. Es parte de lo que asumes como real, como la esperanza. Pero entre ambas cosas, existe una decisión consciente de crear y construir cosas, de evitar que el miedo te detenga. Siempre se puede sentir miedo, claro. Pero vencerlo es una perspectiva personal.

Un pensamiento muy idealista, claro. Ya lo hemos hablado otras veces y siempre la discusión acaba justo allí: en esa raíz del miedo que existe y puede no existir. Lo analizo mientras camino por una calle concurrida, rodeada de Caraqueños malhumorados y apresurados. Todos caminan con los brazos apretados contra el cuerpo, la mirada huidiza, el sentimiento de ser un extraño en medio de su propia idea del mundo. Yo también me siento así: a pesar de la conversación con E., de su alegría contagiosa, no puedo abandonar esa sensación de desamparo y vulnerabilidad que me provoca vivir en una ciudad violenta. Y quisiera hacerlo: lo he intentado por todos los medios que conozco durante este año. He escrito sobre Caracas hasta el cansancio, la he recorrido a pie, cámara en mano, enfrentándome a mi propio temor para captar en imágenes lo que amo de ella. De alguna manera, encontré mi propia historia en sus calles y avenidas descuidadas. Y aún así, continúo padeciendola, con esa sensación de amagura del que se siente desengañado, quizás traicionado en su inocencia. Porque a Caracas la quise muchísimo, mi ciudad fue mi primera inspiración, mi primera forma de comprenderme como parte de la historia. ¿Y ahora me hieres? ¿Me quitas el gentilicio con miedo? ¿Como puedo perdonartelo?

Las cuatro de la mañana. Hace un rato tuve la sensación que mi cama se movía — se sacudía por un breve momento — pero ha debido ser mi imaginación. Cuando miro por la ventana, las pocas ventanas que quedan encendidas están cerradas y tranquilas. Nadie grita, nadie asoma la cabeza con un sobresalto, de modo que me lo imaginé, concluyo. Pero sigo sin tener una pizca de sueño. O quizás no el suficiente para vencer el miedo.

Reviso en mis cajas de películas de Dvd: encuentro pequeñas reliquias que me hacen sonreir. La novia de Frankenstein, Frankenstein y el Hombre Lobo y La mansión de Frankenstein; las delicias de quien ha crecido viendo Cinemax los viernes por la noche en la madrugada profunda. Y no olvidemos que Cinemax empezó poniendo la Universal y, cuando se les terminó, pusieron la Hammer. Tres películas de terror de infancia. Tres! Y de la Universal…

Luego del temblor — que según las noticias alcanzó un escalofriante 7,3 en la escala de Richter y es uno de los más violentos que ha sufrido la región — me quedé pensando durante horas sobre la fragilidad del país. Imaginé a este país hecho escombros, este país en plena debacle económica y social, sufriendo la peor de las tragedias. Lo imaginé desolado, las cenizas flotando en el aire. Lo vi en una escena casi apocalíptica, tristísima. El país definitivamente vencido, aterrado, sumido en el caos impensable. El pensamiento me produjo un nuevo brote de pánico y tuve que apartarme de él lo más rápido que pude. Miré a otra parte, suspiré con una rara sensación de abrumadora tristeza que nada tiene que ver con el miedo conciso que vino después. ¿Cómo podría sobrevivir el país a algo semejante? me pregunté. ¿Cómo podría…?

Pero sigo buscando con que distraerme. Inquieta, tomo fotografías, reviso libros viejos — una hoja perdida con un párrafo a medio escribir, monedas viejas de algún viaje exótico ajeno, trocitos de servilletas con dibujos — , abro y cierro gavetas. Continuó escribiendo. Y aún sigue siendo las cuatro. Los minutos transcurren lentos, cansinos. Miro por la ventana: la ciudad vacía tiene un aspecto pacífico. En la calle, una luz amarillenta dibuja la calle desolada. Un auto atraviesa el silencio a toda velocidad. El sonido del motor me irrita. Cierro las persianas de un golpe.

Finalmente las cinco, tendida en la oscuridad con los ojos cerrados. El silencio es cada vez más pesado. Me imagino este silencio como un lenguaje, delicado, exquisito, extendiéndose en todas direcciones a partir de mi. Uno de mis vecinos habla en voz alta y en medio del silencio de la madrugada, su voz retumba en todas partes. “¿Habrá que trabajar hoy?” se pregunta en voz alta. Alguien le contesta en un murmullo. La risa triste. “Sí, ¿para qué? Pero hay que ir” prosigue. Después, vuelve el silencio con el sabor añil de las madrugadas heladas o el aroma limpio de la noche que sigue desgranando en minutos lentos, trabajosos. ¿Aún son las cinco? Me vuelvo de un lado a otro. Abro las ventanas, tomo una bocanada de aire oloroso a noche, a simplicidad. Vuelvo a la cama, me cubro con las sábanas. Abro los ojos, miro con cierta angustia los trozos de luz que forman pequeñas formas extraordinarias en su sencillez en mi pared. Y continuo sin sentir sueño.

De pronto ocurre, la pequeña ruptura de la madrugada. Cierro los ojos y caigo en un sueño agónico, un poco lento y frágil. Sueño pequeñas escenas deshilachadas, sin sustancia. Con el movimiento de la tierra. Un barco a la deriva. Despierto sobresaltada. Una franja de luz gris, hermosa y recién nacida perfuma la habitación. Así que de nuevo es de dia, pienso con una sensación de insulso bienestar. De nuevo, pude sobrevivir a mi propia angustia existencial.

A veces creo que vivimos una época peligrosa por una razón sencilla: Nos habituamos al miedo. Se convirtió en algo común, en moneda de cambio. El miedo, como parte de todo lo que hacemos y somos. Miro por la ventana la primera franja de luz del día: carmesí, dorada y añil. De nuevo una sobreviviente, pienso. Otra vez, en plena batalla contra un silencio mental casi insoportable.

C’est la vie.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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