Siempre he creído, apreciada Valentina Flores, que una de las armas más efectivas de las que dispuso Chávez para triunfar una y otra vez en cualquier contienda electoral, fue precisamente satanizar y destruir a los partidos políticos. Con eso no sólo logró aislar a la ciudadanía no organizada sino además, desarticular la manera en que podía expresarse. ¿El resultado? Que a pesar de la ola de descontento, de cualquier tipo de insistencia política en un cambio, no se logró hasta que pudo plantearse como una opción política. Esa noción que convierte a los partidos políticos en casi otro enemigo a vencer, no sólo destruye uno de los elementos tradicionales de la democracia sino que permite al oficialismo disfrutar de un margen de maniobra amplísimo para no sólo triunfar en cualquier elección, sino en cualquier evento que requiera participación pública y política.

Los partidos políticos no sólo son los encargados de instrumentar, organizar y construir una plataforma de comunicación efectiva con el descontento genérico, sino que además, permiten que la voluntad popular pueda expresarse de manera coherente de cara a cualquier circunstancia política. Como quedó demostrado después de sucesivas derrotas electorales, el hecho del descontento, el temor y sobre todo el rechazo a una gestión gubernamental no es suficiente para vencer al poder. Se necesita una estructura que sostenga el mensaje, que permita no sólo la protección de la voluntad popular sino el ejercicio del poder.

La democracia necesita partidos políticos, como también de ciudadanos responsables. Ambas cosas crean un efecto político como el que vivimos el día Domingo. Y lo que vendrá después.

¡Saludos!

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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