Restos de un naufragio: el país perdido.

Uno de mis clientes me obsequió una botella de Champagne Veuve Clicquot. No lo hizo debido a mi buen trabajo o por una excentricidad de su parte. Simplemente no tenía otra manera de cancelar la corrección del texto jurídico que me encargó. Me lo explicó con expresión cansada, un poco tensa, sin duda apenada. Un niño grande de ojos tristes.

- No tengo dinero, no puedo decirle otra cosa. De manera que le obsequio la botella. Puede venderla y sacar sus buenos dolares. O beberla en una ocasión especial.

Sostengo la botella entre las manos. La cubre una capa de finísimo papel plateado con filigranas de la marca. También lleva el conocido sello con el escudo de armas Clicquot — ribeteado cobre, tal y como marca la tradición — en el centro del cuello alargado. Toda una delicia artesanal que jamás había visto más allá de fotografías de revistas y pequeñas escenas en películas Europeas. Recuerdo que uno de mis personajes favoritos en un libro que recién acabo de leer tomaba copa tras copa del champagne rosado de la casa para llorar la muerte de su mujer. Me siento un poco ridícula, como si toda la escena tuviera algo irreal, casi humorístico. Pero en realidad no hay nada que me provoque el mínimo deseo de sonreír. Suspiro, sin saber que contestar a mi cliente.

— Es un poco complicado todo esto — le digo por decir cualquier cosa — no tengo conocimientos de sommelier ni tampoco…
— Una buena botella es una inversión — me interrumpe con los ojos brillantes — que se lo digo yo.

La primera vez que visité la casa me pareció una de las viejas mansiones de las que suelo escribir en mis cuentos de terror. Se trata de una construcción enorme con tres pisos y un desván, un techo a dos aguas repletas de tejas desgastadas, el enorme jardín abriéndose en forma de herradura alrededor de la propiedad. Pero como dueño, la casa conoció mejores días. Las pintura de las paredes se desconchan por la humedad, el piso de mármol está abierto y levantado en algunos lugares. Dentro, el deterioro es aún más evidente: los muebles viejos y en diferentes estados de deterioro flotan en medio de la suciedad y del polvo, dorados por la luz que cuela entre las ventanas cuyos cristales nadie ha blanqueado por mucho tiempo. Me asombró la belleza de la debacle, la tristeza confortable y decadente del lugar.

Su dueño es un hombre amable. Un viejo abogado que en algún momento de su vida, fue la cabeza visible de un bufete de cierta reputación y que ahora, vende los últimos rescoldos de la riqueza familiar para escapar del país. Apenas tiene dinero para mantener la enorme casa — eso es notorio, pensé con poca caridad en todas las ocasiones en visité la casa para ayudarle con el complicado trámite jurídico que quiere llevar a cabo — pero sobre todo, apenas puede sostenerse a sí mismo. El cuerpo huesudo y raquítico parece flotar en las pijamas viejas y limpias que lleva, los pies enfundados en pantuflas muy gastadas. El rostro siempre bien afeitado. Los anteojos impecables, con una pata envuelta con cuidado en cinta adhesiva. Una víctima de cierta caída en el desastre tan común en Venezuela, tan evidente en su discreta y elegante miseria que me produce una combinación de pena y exageración.

En Venezuela todos somos un poco náufragos, pienso aturdida. Trozos perdidos de otras épocas, otros tiempos, un país que desapareció — o que nunca existió — y que añoramos con la insistencia de los que atesoran recuerdos perdidos e irrecuperables. Mi cliente está solo en mitad de esta mansión solariega que se viene abajo, con las paredes abombadas por la humedad y un musgo tierno que brota de la esquinas como un pequeño milagro retorcido. ¿Quienes somos en mitad de esta tragedia que nos une y nos separa a todos a la vez? No lo sé. La sensación es abrumadora, como si una ola de pensamientos dispares me arrasara y me dejara muy sola en medio de la conciencia de la pérdida. ¿Qué ocurre en mitad del dolor? No lo sé, me digo incómoda. Me froto los brazos en un intento de ganar tiempo. El hombre me mira, ansioso, cansado, profundamente humillado.

— Le digo, puede sacar su buen dinero de esa botella.
— Lo entiendo, es una pieza exquisita — reconozco — pero…

Hace poco, un amigo llevó a mi casa una caja de libros. La mayoría maravillosas ediciones impecables de la casa Taschen. Arte, diseño, cine. Algunos de los ejemplares envueltos incluso aún en su cubierta de celofán y plástico. Lo miré aturdida cuando los dejó en mi sala y me miró con los ojos tristes y cansados.

— No puedo llevarlos a donde voy, tampoco puedo venderlos — me explico — quiero que los conserve alguien que pueda apreciarlos.

Mi amigo emigrará en un par de semanas a Argentina. Lleva dos maletas de ropa y apenas algo más. Incluso vendió su cámara para reunir la elevadísima suma del costo del boleto de avión. No sé que decir cuando comienza a sacar uno a uno los libros. Recuerdo lo ufano y orgulloso que se encontraba de su colección. Lo mucho que cuidaba de ella. Me inclino a su lado, le pongo la mano en el hombro.

— Puedo pagar algunos libros — le sugiero.
— Prefiero obsequiartelos — suspira — no quiero…

¿No quiere qué? ¿Pasar la humillación del regateo de sus objetos más queridos? ¿Sufrir el lento declive de la angustia que se lleva a todas partes y te aplasta con lentitud? No digo nada. Mi amigo sostiene uno de los libros (una preciosa edición sobre la Bauhaus) y sonríe. Las manos le tiemblan, tiene las mejillas enrojecidas de angustia.

— ¿Recuerdas cuando te dije había comprado este? — me pregunta.
— Sí, que era como el epítome de tu colección.
— Lo es. Lo compré por Amazon. Ya las librerías Venezolanas no se pueden dar el lujo de traer cosas de la editorial. Cuando lo compré me sentí que las cosas se iban a arreglar, de algún modo. Que todo…

Sacude la cabeza. Devuelve el libro a la caja. Me mira. De cuclillas, con los brazos apoyados en las rodillas, tiene el aspecto del niño que conocí hace casi tres décadas atrás. Revoltoso, insoportable. El niño que construyó una “casita del árbol” con cartón y madera. “Como las gringas” había dicho mientras su hermana, mis dos primas, el y yo nos apretujábamos dentro de aquel espacio informe y tan querido. ¿Ahora qué? me pregunto con el corazón latiendo muy rápido ¿Quienes somos ahora?

— Quédatelos. Vendelos si quieres después.
— No voy a vender un libro — digo escandalizada.

Se echa a reír. Una risa triste y sin humor. Sólo un sonido. Se inclina, me besa en la mejilla.

— Lo sé, mi amor. Por eso te los traje.

Restos de un naufragio, pienso sentada frente al abogado en silencio. Las manos apretadas sobre mi morral, el cuerpo rígido de angustia. Piezas que flotan de aquí para allá en mitad de la nada. Piezas que vienen y van para recordar el país que fuimos, que se desplomó en mil trozos distintos. Casas vacías, automóviles abandonados, calles rotas, libros. Y ahora la botella. Suspiro, dejándola con cuidado sobre la mesa. Él me mira con ojos ávidos.

- Es un buen trato. Esa botella vale al menos 200 dolares. Más incluso. Quien sabe.

No me suplique, pienso con la lengua pegada al paladar para evitar cualquier gesto que pueda humillarle o lastimar su ego maltrecho. Por favor, no me empuje a la lástima. Miro de nuevo la botella. No podré tomarla jamás: mi tratamiento psiquiátrico no me lo permite. De modo que estará en casa como otro objeto de colección — de los tantos que tengo — del naufragio Venezolano. No sé por qué motivo, mis amigos llevan a mi casa las cosas de las que no pueden desprenderse: libros, cuadros, pequeñas figuras de cristal y porcelana. Y ahora la puta botella. Suspiro de nuevo, que más da.

- Gracias, prometo cuidarla mucho — digo en voz baja.

Mi cliente sonríe. Es un gesto de profundo alivio, de un anciano y melindroso alivio que me cierra la garganta de pura angustia. De modo que evito mirarlo mientras guardo la botella en mi morral y paso el cierre con gesto firme.

- Le gustará el sabor. No hay nada mejor que el lujo para recordar nuestro lugar en el mundo.

Que bonita frase, pienso cuando me acompaña a mi automóvil otra vez. Tan artificial y también, tan falsa. Él me pone una mano en el hombro y habla de nuevo sobre las glorias pasadas, las fiestas con alguna reina de belleza del pasado con quien vivió un romance secreto. Lo escucho todo sin responder, moviendo la cabeza de vez en cuando. La botella pesa mucho en el morral. Me hace sentir pequeña, mezquina. Una pieza suelta en un mecanismo silencioso y roto.

Una vez en casa, la guardo en el refrigerador. La miro allí, elegante y distante, entre los tarros de helado, las sobras de mis almuerzos apresurados, el pollo horneado que me obsequió mi tía hace unos días. Y siento un dolor extraño, difícil de explicar. Levemente arduo de digerir. Cierro la puerta. La pobreza en Venezuela puede ser una colección de recuerdo, pienso. Una mirada al pasado. Una puerta cerrada a la ausencias.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta