Panegírico a una víctima.

Durante todo el día, he pensado mucho en Laura Luelmo. No sé otra cosa de ella más que era una maestra, que recién había llegado al pueblo donde fue asesinada y que amaba el arte. Pocos datos sobre alguien que de pronto, llevo a todas partes. Pienso en Laura mientras camino por la calle que cruza la Avenida en la que vivo: Una muchacha alta y delgada, corre en camiseta y pantalones de deporte, cantando en voz alta. ¿Así lo hacía Laura a diario? ¿Era la forma en que intentaba relajar la ansiedad? ¿Aspirar a una vida mejor? Era una buena maestra, dicen quienes le conocieron. Una mujer maravillada con la posibilidad de educar. Laura, que corría para vivir mucho y bien. Laura, que sonreía a la vida con los brazos abiertos.

Miro su fotografía. Una mujer más joven que yo. Sonríe, la cabeza medio ladeada. Una sonrisa de niña grande. ¿Así sonreía al enseñar? Seguramente. La imagino feliz, llena de entusiasmo. La imagino sentada detrás del escritorio, mirando los rostros jóvenes que aguardan por escucharle. ¿Qué pensaría al aceptar viajar tan lejos de casa para enseñar? Seguramente celebró el haber sido aceptada. Seguramente esa noche durmió con una gran sonrisa, pensando en sus futuros alumnos, en la nueva vida que esperaba por ella.

Me siento en un banco de metal oxidado, en la plaza que rodea el final de mi calle. Hay muchas mujeres de mi edad ejercitando, otras con niños en brazos. Una anciana ríe a carcajadas mientras un bebé de meses se sacude entre sus brazos. Y pienso en el miedo. Pienso en la amenazas. Pienso en Laura, a quien no conocí pero llevo como un espectro de todos mis temores. Pienso en Laura que salió a correr y eso fue suficiente para merecer una muerte espantosa. La imagino gritar, la imagino intentar defenderse, imagino…

La garganta se me cierra con un nudo helado de terror. Según leí, el asesino de Laura la retuvo “varias horas” en la casa. Horas. Las manos se me enfrían de miedo. Pienso en la Laura de la fotografía, en la mujer que llenó una habitación de cuadros pintados a manos. Y tengo deseos de llorar, de llorar por ella y por mí. De llorar por todas las víctimas, por todos los dolores, por todo lo que las mujeres del mundo sufren a diario.

No lo hago. Regreso a pie, los brazos cruzados sobre el pecho. Miro de un lado a otro. Me aseguro que nadie camina a unos pasos de mí. El mundo es peligroso para las mujeres, pienso. Y que idea durísima es esa. Insoportable. Puro dolor convertido en frustración.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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