Mujercitas de Greta Gerwig:

El largo camino hacia la libertad.

Con frecuencia, los grandes clásicos literarios que llegan a la pantalla grande, enfrentan el escollo de intentar resultar originales, a pesar de que sus historias forman parte de la memoria colectiva de generaciones enteras. ¿Cómo narrar hechos y situaciones de sobra conocidos por la audiencia? ¿Cómo renovar, reinventar o renovar a personajes atesorados y queridos sin que sus versiones más recientes distorsionen su personalidad original? Se trata de un reto curioso que implica no sólo encontrar una nueva estructura de narración que mantenga intacta lo esencial de la obra, sino que además, sea capaz de sostenerse por si misma, en independencia del material original.

La singular versión de Greta Gerwig de la novela Mujercitas de Louisa Mary Alcott no sólo lo logra, sino que además, redimensiona con buen gusto e inteligencia el centro medular del libro original, para convertir las vidas de la familia March en un reflejo de sorpresiva belleza sobre su época. Gerwig toma las líneas principales de la novela y transforma la concepción sobre la mujer que crea — uno de los grandes temas de la obra de Alcott — y lo transforma en eje central de algo más elaborado, interesante y sobre todo, emocional. Para Gerwig Mujercitas no narra sólo la historia de las hermanas March, como símbolo y estereotipo de lo femenino de su época, sino también, las diversas nociones sobre la mujer que es capaz de construir un lenguaje — mensaje — mediante su talento.

Y por supuesto, utiliza la ya clásica figura de Jo March para hacerlo. En la ficción, el personaje interpretado por Saoirse Ronan no es sólo la hermana díscola, inquieta y de carácter feroz, sino una artista en pleno crecimiento que se toma muy serio la labor de la escritura. Con una sutileza de sorprendente belleza, Gerwig elabora para Jo un mundo en el que su talento no es un obstáculo — no del todo — sino en realidad, un vehículo de expresión tan válido como el talento de Beth (Eliza Scanlen) para la música o las aspiraciones domésticas de Meg (Emma Watson). La Jo de Ronan tiene un verdadero talento, que además es respetado y cultivado por quienes el rodean, no sólo como parte de su personalidad sino también como un atributo profundamente significativo para comprenderla. “Quemé tu novela porque es lo único que te importa” confiesa la Amy de Florence Pug en uno de las clásicas escenas de la novela, llevada al cine como una disputa casi operática de consecuencias dolorosas entre ambas hermanas. Pero lo esencial del discurso está allí: la cámara sigue a Jo en todo su proceso creativo y lo hace sin menoscabar sus condiciones y tampoco, sin utilizar el discurso maniqueo que en otras ocasiones, han brindado a Jo un aire de rebelión falso sólo por el hecho de poseer y explotar un talento fuera de lo común en su época.

En la versión del libro de George Cukor, una esplendorosa Jo (interpretada por Katharine Hepburn) grita y se retuerce de pura furia, como una demostración de su carácter volcánico y sobre todo, de su decisión de mantenerse más allá de las convenciones sociales por el mero esfuerzo de su voluntad. Al contrario, Gerwig logra el mismo efecto con largo y elegantes planos de Jo, encorvada sobre el escritorio para escribir hoja tras hoja. Jo es emocional, física, espiritualmente accesible, llena de una fogosidad amorosa y una total devoción por su familia, pero también es una escritora disciplinada que se toma el tiempo y el esfuerzo necesario para cultivar su talento. Desde la primera escena, en la que Jo negocia con un editor con tímida habilidad, queda claro que el personaje no sólo sabe y conoce el valor de su capacidad para escribir sino también, la forma en que debe ser comprendido. Eso, a pesar que Gerwig no deja pasar la ocasión para reflejar la necesidad del anonimato en el arte femenino por la época y el hecho, que buena parte de la creación artística hecha por mujeres, tuvo que atravesar no sólo el filtro de la condescendencia sino también, las trabas del prejuicio.

Pero el Señor Dashwood (ese maravilloso guiño a Jane Austen que Gerwig deja deslizar con delicadeza), no en absoluto condescendiente con Jo y no lo es, en la medida que ella misma está firmemente convencida del valor y el poder de lo que hace. Jo es una escritora en ciernes, que elabora una concepción sobre su personalidad alrededor de su oficio y que además, se entrega a la eventualidad de vivir gracias a su talento con un brillante entusiasmo, que no impide que se llame a sí misma “mercenaria” y que disfrute de un modo u otro, el hecho de obtener dinero a través de su talento. Toda una rareza para la época y un símbolo notorio del poder de la independencia con la que Gerwig dota a su personaje.

El poder misterioso y las pequeñas grandes promesas.

En su autobiografía Memorias de una Joven formal — publicada en 1958 — Simone de Beauvoir admitía que su primer gran impulso como escritora no llegó de la inspiración abstracta, alguna figura admirable e incluso, el mero hecho de profundizar en una vocación desconocida que ya por la niñez, era parte de su vida. En realidad, la primera vez en que pensó ser escritora, fue gracias a Jo March, la hermana díscola, rebelde y talentosa imaginada por Louisa May Alcott en su ya clásica novela Mujercitas. Para la Simone adolescente, obsesionada con las palabras pero sin norte sobre lo que podía lograr gracias a su devoción por la lectura y escritura, encontró en los personajes de Alcott algo más que un consuelo. También, un objetivo: “Me emocionó ver a Meg y a Joe ponerse unos pobres vestidos de poplin color avellana para ir a una fiesta donde todas las demás chicas estaban vestidas de seda; les enseñaban como a mí que la cultura y la moral son más importantes que la riqueza; su modesto hogar tenía como el mío un no sé qué excepcional. Me identifiqué apasionadamente con Jo, la intelectual. Brusca, angulosa, Jo se trepaba, para leer a la copa de los árboles; era mucho más varonil y más osada que yo; pero compartía su horror por la costura y los cuidados de la casa, también su amor por los libros. Escribía: para imitarla reanudé con mi pasado y compuse dos o tres relatos”, relata Beauvoir para describir el valor que el libro tuvo en momentos especialmente duros y significativos de su vida.

En la adaptación de “Mujercitas” de Gerwin, el homenaje a esa noción sobre el símbolo y el poder que encarna la novela, es más evidente que nunca. La Jo de Saoirse Ronan es una presencia colosal, vívida y profundamente emocional, pero quizás por el acento tan marcado sobre la necesidad de mostrar — celebrar — la identidad femenina, carece de la espontaneidad y sobre todo, el candoroso poder de varias de sus predecesoras más famosas, lo que sin embargo, no evita que el personaje sea todo un prodigio de vivacidad y energía, entremezclado con la habitual metáfora sobre la independencia personal que Alcott inmortalizó en su novela. En esta ocasión la directora y guionista crea una adaptación que incorpora a la propia novela de Alcott como parte integral del argumento, con lo que logra que la sensación de asombro sobre el poder creativo de Jo sea un pilar fundamental para comprender a su familia y cuanto le rodea. El uso del metalenguaje pero sobre todo, la nueva dimensión de la obra como centro de su propio Universo, crean una escala por completo nueva de una historia tradicional que parecía, no tener secretos luego de multiples adaptaciones cinematográficas, teatrales y televisivas. Se trata sin duda de un paso audaz, pero también, una celebración brillante y sentida al legado del libro Mujercitas a varias generaciones de escritoras y libres pensadoras. Para Gerwig, el tránsito entre la novela como una mirada sobre la naturaleza íntima femenina a una formidable epopeya sobre la libertad, está lleno de una asombrosa delicadeza, además de una notoria capacidad para crear una atmósfera fascinante sobre lo que ocurre más allá de las puertas cerradas de una de las familias más queridas y entrañables de la historia de la literatura.

De modo, que de la misma manera que Simone de Beauvoir, la Josephine de Gerwig busca la identidad en la escritura y crea una extrañísima versión ficcional sobre la noción de Mujercitas, como vehículo de expresión del talento femenino. De nuevo, la hermana de temperamento salvaje y osado, es la protagonista, pero Gerwig toma la decisión no de seguir sus pasos como hilo conductor entre los dolores y pequeñas tragedias de sus hermanas, sino de contemplar desde una distancia muy cercana y cálida, el nacimiento de una artista. De una además, que debe lidiar con la carga de una moral rígida, una época que rechaza su talento y por supuesto, una sociedad que delimita qué puede hacer o no, la Jo de Ronan es una figura que se construye a través de la rebeldía y de la ambición. Por supuesto, agregar semejantes capas de complejidad al personaje, hace que la historia tome una intensidad inesperada, además de mostrar, casi de manera involuntaria un cuidadoso biopic deliberadamente inexacto sobre la vida de Alcott, que también fue una mujer que lucho por demostrar su talento y que lo consiguió a fuerza de una tenaz voluntad.

Para Louisa May Alcott, la idea de una niña que se inspiraba en sus obras para encontrar su camino, habría resultado arrebatadora. Desde muy pequeña, la escritora aseguró “que sólo deseaba escribir” y que jamás contraería matrimonio, toda una rareza para la época que le tocó vivir y que trajo como consecuencia, que toda su familia le considerara no sólo un motivo de vergüenza sino incluso, un problema del que solía debatirse con cierta frecuencia. Pero la percepción de Alcott sobre el matrimonio no era casual: su padre Bronson Alcott, era una combinación de un filósofo autodidacta y también, un soñador muy poco práctico que dedicó buena parte de su vida a experimentos más o menos exitosos que al final, llevaron a la familia a la ruina. Su esposa Abba y madre de cuatro niñas de entre los ocho a los dieciséis, tuvo que valerse por sí misma la mayor parte del tiempo y no siempre, de la mejor manera. Alcott contaría después, que su vida cotidiana estaba llena de estrecheces pero que la pobreza, era más una consecuencia del descuido que la falta de posibilidades. Tal vez por ese motivo, Louisa — talentosa y muy semejante a la Jo literaria y a la reflejada por Gerwig en su película — fue la primera en tomar la iniciativa en lograr encontrar un medio para ganar el dinero que su familia necesitaba. Y lo que comenzó como algo casual, terminó por convertirse en una de las historias más asombrosas de la literatura.

No sólo se trató del hecho que Louisa lograra encontrar a los veinte años de edad, un editor que confió en la calidad sus cuentos, relatos y textos tanto como para publicarlos en prensa, sino que además, pudo hacerlo con la regularidad suficiente como para convertirse en sustento de su familia. La Louisa real — que dedicaba buena parte de su vida a escribir, corregir y publicar — es muy semejante a los sueños de Jo sobre sí misma y es tal vez esa correspondencia, la que brinda al libro su capacidad para elaborar un discurso de profunda belleza vinculado con las aspiraciones reales de una mujer que conocía el valor del trabajo duro. En realidad y mucho antes que Mujercitas fuera publicado, ya Alcott se ganaba la vida con emocionantes relatos de aventuras y terror, firmamos bajo diversos seudónimos en un buen número de seminarios. No sólo era una buena escritora, sino que además, una talentosa negociante sobre el valor en el mercado de sus textos y colaboraciones. Después de Edgar Allan Poe, se le considera de los escritores norteamericanos que pudieron subsistir gracias a escribir durante la segunda mitad del siglo XIX.

Además, Alcott logró un hito dentro del mundo literario norteamericano: su novela se convirtió no sólo en un inmediato éxito de ventas sino que de hecho, nunca ha dejado de serlo. Mujercitas tiene el curioso honor de ser uno de los libros más vendidos de la historia editorial norteamericana, además de ser parte de una tradición de clásicos que se consideran imprescindibles para analizar el papel de la mujer — y lo femenino — dentro de la historia del país. Alcott, que soñaba con ser escritora desde la niñez y llegó a escribir en sus diarios “que sólo desearía ser hombre para escribir sin parar cada día de su vida” quizás jamás imagino que su esfuerzo por cumplir su objetivo intelectual, incluso con el peso de su género y las rígidas convenciones sociales de su época, le convirtieron en un símbolo de la mujer creativa, pero sobre todo, de una poderosa voluntad de expresión literaria.

De modo que la versión de Gerwig sobre el clásico en realidad es una reflexión en paralelo sobre la vida de un espíritu libre, en búsqueda de una identidad que no logra definir del todo. Las March de Gerwig son apenas un delicado contexto para narrar la travesía de una personalidad poderosa que debe batallar por su lugar sobre el mundo. Gerwig, que tocó el mismo tema en la emocional Lady Bird, encuentra en Jo el complemento perfecto para narrar quizás con mayor libertad ese largo camino hacia la madurez, la satisfacción y el poder espiritual. Ambas películas, parecen emparentadas por la necesidad de narrar una visión sobre lo femenino que se ajusta y se sostiene sobre la celebración de lo individual. Pero mientras en Lady Bird, el trayecto era silencioso, angustioso y en ocasiones más cercano a la introspección, en Mujercitas hay un alegato directo contra los obstáculos que toda mujer creativa debe enfrentar en su recorrido hacía la celebración de su espíritu.

No obstante, la Jo de Ronan no es todo lo que podríamos esperar sobre el personaje. Radiante, elocuente y por momentos frágil, el personaje recorre un camino extraordinario sobre la identidad artística en plena maduración. Por supuesto, no se trata en sí de un problema o que pueda opacar la brillante interpretación de la actriz, sino de un matiz por completo nuevo de un figura de la literatura que ha llegado a convertirse en un estereotipo muy claro sobre el poder de la voluntad y el impulso constructor de las ideas. Entre ambas cosas, Josephine no parece encontrar un punto medio, un equilibrio que le permita decidir si su temprana vocación por la escritura, es una forma de expresión o un modo de vida. Ambas percepciones sobre la cualidad de Jo como artista se conjugan para elaborar un discurso complejo sobre el motivo por el cual el arte puede ser un vehículo para la voz interior, pero también, una forma de libertad. Gerwig se asegura que entre ambas ideas, la percepción sobre lo que Jo puede ser — esa escritora en ciernes que se levanta sobre la concepción abstracta de su talento — y lo que es — una mujer muy joven que lucha por comprenderse — chocan y se entremezclan para sustentar una versión sobre la fe en los propios recursos y la pasión personalísima, como un camino interior que Jo recorre como punto central de la película.

Gerwig (que fue una actriz extraordinaria y ahora es una directora espléndida), parece plasmar en la historia parte de su vivencia como artista en busca de voz y lenguaje. Pero en medio del tránsito, olvida que Mujercitas también es una obra coral que se basa en los delicados e invisibles hilos familiares que sostienen la intimidad. Porque no se trata únicamente del hecho que las hermanas March — tan distintas entre sí, tan reconocibles, estereotipos encantadores en las que cualquiera podía reconocerse — fueran un tipo de arquetipo femenino en el que muy pocas veces se profundiza en la literatura, sino que además, el talento de Alcott para mostrar el mundo de las mujeres de su época deslumbró y conmovió a generaciones enteras. Gerwig toma la osada decisión de no sólo ignorar esa parte de la historia, sino plantear la percepción sobre la familia March como un contexto que define a Jo y no al contrario, lo cual en algunos momentos conspira contra el equilibrio y la solidez de la película, Después de todo, la magia de Mujercitas radica más allá de su capacidad para hacer reír o llorar, aunque logre ambas cosas: es un recorrido por la intimidad del mundo femenino desde una óptica pulcra y sensible que hasta el momento de su publicación, había sido desconocido para el gran público lector. Para cuando el libro se publicó, la mayoría de las mujeres literarias eran criaturas efímeras, encerradas en sótanos o vagando por campos para despertar la pasión o el miedo. Pero Alcott creó una obra en apariencia pequeña que abarcó mucho más de lo evidente sobre la mujer de su época. Y ese quizás, es su gran triunfo. Algo que Gerwig, obsesionada por dotar a Jo de una personalidad arrolladora, olvida con frecuencia.

No obstante, Gerwig no desaprovecha la oportunidad de crear un mosaico sobre el mundo femenino a gran escala, en la que incluye una complejidad que se agradece pero que por momentos, parece traicionar el espíritu de la novela original, que justamente analiza la concepción de lo artístico y de lo emocional desde la intimidad. Para Gerwig, la percepción caleidoscópica de la vida femenina en una época especialmente hostil con la identidad femenina, es mucho más importante que los pequeños dolores inquietos que se anudan y se entremezclan para elaborar un discurso complicado sobre la mujer. Antes o después, la mujer debe esforzarse por su mostrar su valor, poder y talento. En ocasiones, tal pareciera que Mujercitas es una especie de gran reclamo a ese Hollywood que olvida a grandes actrices, directoras y productoras. Una declaración de intenciones sobre las restricciones del mundo artístico en lugar de la adaptación de una de las novelas que capta con mayor calidez justo el tránsito contrario: la intimidad, lo doméstico y lo que ocurre a puertas cerradas de un mundo de mujeres talentosas confinadas a los límites de un mundo que exige obediencia.

Claro está, Gerwig es una directora experimentada y saca provecho a este nuevo diálogo, para crear un mapa de ruta por completo distinto a lo que hasta ahora, se había hecho sobre el material original de Alcott. A diferencia de otros grandes personajes femeninos de la literatura de finales del siglo XVIII y XIX, las March no son mujeres que llevan a cabo grandes actos de amor, odio o desamor. Tampoco damas ingeniosas que se codean con la sociedad Londinense en busca del amor. En realidad, el interés de Alcott es la de narra sobre esas pequeñas proezas de lo cotidiano, la dulzura, el amor y la muerte, todo en clave y bajo la noción del poderoso significado de la normalidad de una familia amorosa en medio de una situación extraordinaria. Pero para Gerwif, el núcleo del poder de su historia es un poco más profundo que lo que narra con encantador detalle: se trata de una búsqueda esencial de la identidad, que antes o después, siempre ha sido un proceso complicado para las mujeres. Las March de la directora aman, lloran la ausencia del padre y la muerte de la hermana, se sobreponen a los lugares comunes de una sociedad rígida y exigente. Y lo hacen con un profundo sentido de la lealtad y lo espiritual. Un recorrido espiritual de enorme valor anecdótico.

La forma en que Gerwig elabora y construye una atmósfera en la que la familia y el rol de la mujer entran en debate y se condiciona al poder de su voluntad e inteligencia, tiene una relación directa con su capacidad para analizar el tiempo en que transcurre la historia y su repercusión sobre la forma en que se interpreta lo femenino. Hay algo elocuente, sincero y directo en la forma en que Gerwig asumió lo femenino. De modo que la directora, no sólo narra una historia en apariencia sencilla y modesta, sino que se toma el atrevimiento de deconstruir a la mujer tal y como la imaginaban los hombres e incluso, las pioneras de la escritura. El resultado, es una curiosa mezcla entre una mirada moderna a la mujer y sus dolores pero en medio de un contexto, en la que el esfuerzo, también conlleva replantearse su propio rol dentro de la sociedad, la noción del futuro e incluso, la propia supervivencia del mundo personal. Los personajes de Gerwig — ricos en matices, profundamente humanos y al final, llenos de una vitalidad inocente — no sólo marcan el ritmo y el tono de una obra que intenta elaborar una hipótesis novedosa sobre la mujer creadora y además, también una metáfora de las transformaciones invisibles de lo cotidiano. Para bien o para mal, la idea sobre el poder de la pasión, la inteligencia como una forma de libertad y al final, el amor que une todas las piezas — sin caer en lo tópico — convirtió a la novela original en algo más profundo, hermoso y singular de lo que nadie pudo imaginar cuando se publicó por primera vez. Gerwig intenta plasmar el fenómeno sin el mismo éxito y sensibilidad, pero aún así, su versión brilla con el entusiasmo de una búsqueda asombrada sobre el individuo, más allá del género. Algo que Alcott creó y pondero, quizás sin saber sus exactas implicaciones y cuyo mérito que aún se mantiene intacto.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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