Memorabilia desordenada: Doce cosas que aprendí este año, casi sin querer.

Lo necesario de la transformación, la evolución, el cambio:

Enero de este año me encontró arrojando a la basura todo objeto y recuerdo personal que no sobreviviera a una primera purga exhaustiva. Comencé a hacerlo por puro aburrimiento y al final, terminé rompiendo con el viejísimo hábito personal de conservar objetos por el mero hecho de evitarme el dolor de renunciar al recuerdo que simbolizan. Sin esperarlo — y quizás, sin saber que podría hacerlo alguna vez — me encontré desechando ropa, viejos cuadernos, objetos de colección que de pronto, encontré habían perdido significado en mi vida. El furor catártico tuvo un rarísimo y violento efecto: me encontré con la clarísima sensación que por mucho tiempo había necesitado hacer aquello sin atreverme y que, la sensación era definitivamente catártica. Para cuando terminé, no sólo el apartamento donde vivo se veía mucho más despejado y limpio, sino tuve la sensación de un inequívoco alivio personal. Como si luego de la exhaustiva limpieza, hubiese encontrado cierta forma de paz.

El valor de cerrar ciclos:

Hace siete años, decidí comenzar una serie fotográfica sobre madres e hijas. Lo hice casi por accidente, obsesionada como lo estoy por las relaciones maternales, siendo la mía tan atípica y la mayoría de las veces, dolorosa. De manera que comencé a fotografiar a hijas y madres, tias y sobrinos, abuelas y nietos, tratando de encontrar ese vinculo invisible y poderoso que sostiene el sentimiento maternal, sea quien lo profese y lo reciba. No sabía muy bien a dónde me llevaba el proyecto pero continúe por un tipo de curiosidad brumosa que no podía explicar muy bien.

Conservar la capacidad de asombro:

A pesar del cinismo, no obstante la inevitable amargura y esa sensación de cierto tedio que puede provocar un mundo sobrecargado de estímulos, imágenes y experiencias. El asombro es la capacidad de mirar el mundo como si fuera algo nuevo, como si cada cosa fuera recién hecha y construida. No resulta fácil, seguramente lleva un poco de esfuerzo. Pero es quizás, parte de las mejores cosas que aprendí — redescubrí — este año.

Aprender a decir adiós.

No es sencillo despedir a alguien que amas. Si extrapolamos la idea, tampoco lo es despedirte de viejos hábitos, ideas y costumbres. No obstante, hacerlo es quizás la manera más sana de culminar una etapa y comenzar una nueva sin deudas morales o espirituales que lamentar. ¿Llamas constantemente a tu ex? ¿Continuas sosteniendo una amistad que sabes es profundamente tóxica? ¿Conservas hábitos poco saludables y autodestructivos? Aprendí este año que decir adiós — con franqueza, sin remordimientos, ni arrepentimientos — te permitirá no sólo crecer sino cerrar puertas personales. Aprende a responsabilizarte por lo que haces, antes de culparte por tu afición a hacerlo. Culminar historias que quizás necesitaban un necesaria conclusión para tener un verdadero sentido que pudieras comprender a cabalidad.

Asumir nuestros errores sin justificarnos.

Cuando era más joven, me preocupaba muchísimo cometer un error. Me hacía sentir torpe y sobre todo, incapaz. A medida que fui creciendo, me obsesioné con la idea de cierto perfeccionismo absurdo, como si el mero hecho de admitir podía equivocarme, era ya una fuente de preocupación continúa. Crecí con la idea que errar era de torpes, no de humanos.

No reaccionar al comportamiento ajeno.

Por años, conocí a una fotógrafa con graves problemas de inseguridad que entablaba competencia con cualquier mujer a su alrededor. No sólo se sentía menospreciada e incluso atacada por cualquier comentario crítico, sino que su inmediata reacción, era refugiarse en complicados dramas emocionales para asegurarse el centro de atención. Su conducta siempre me pareció errática y sofocante, pero nunca creí pudiera afectarme…hasta que empezó a involucrarme en lo que parecía una especie de ciclo de confrontación incesante. Comenzó a dejar correr rumores sobre mis “ataques” personales hacia su trabajo, hasta que por último tuvo un vergonzoso estallido público donde me acusó de “envidiarla”. La situación se hizo progresivamente más tensa e irrespirable hasta que finalmente se convirtió en un conflicto y errático que no comprendí bien, pero en el que parecía estar involucrada sin querer.

A no disculparme ni justificarme:

¿No deseas acudir a esa reunión de amigos a la que te invitaron? ¿No deseas hacer esa llamada telefónica que tanto te molesta? No lo hagas. ¿Suena desconsiderado? Piensalo de nuevo. ¿Cuántas veces has hecho alguna cosa por complacer expectativas ajenas? ¿En cuántas ocasiones te agobia la necesidad de asumir una responsabilidad sólo porque alguien más te obliga a hacerlo? Con frecuencia , nuestra necesidad de empatizar y agradar nos presiona tanto como para tomar decisiones agobiantes. Y no es suficiente decir que “no” de vez en cuando — cosa que a la mayoría nos lleva un enorme esfuerzo — sino también, comprender que no debemos dar explicaciones sobre nuestro comportamiento. Como buenos hijos de una sociedad obsesionada por el optimismo y la bondad artificial, el comportamiento social suele asimilarse bajo ciertas ideas bastante obvias. Abandonar el hábito de la disculpa gratuita, la justificación es quizás una de las lecciones más importantes que aprendí este año.

A tener mucho miedo:

Se habla mucho sobre la valentía y el arrojo, pero muy poco sobre el valor del miedo. Y puede parecer extraño, pero tener miedo te permite avanzar hacia regiones de tu mente a la que no te hubieses atrevido a avanzar de no tenerlo. El miedo este año me permitió enfrentarme a mi trastorno de pánico a través de mis fotografías. Mi miedo a hablar en público me hizo buscar soluciones prácticas e imaginativas para expresarme en voz alta. Mi miedo a la muerte me hizo comenzar a vivir a plenitud. Y es que hay una cierta furia cuando descubre que el miedo te invalida, te detiene, te paraliza. Aprendes a lidiar con la cuestión del miedo como parte de lo que debes vencer a diario y al hecho de que existe. Que no se trata de un sobresalto o una idea brumosa, sino que el miedo es parte de tu mente y aprender a manejarlo — comprenderlo, atenuarlo — es un triunfo que te permite madurar y avanzar hacia una visión más poderosa del mundo. ¿Parece un pensamiento extraño? Desde luego que lo es. Pero el miedo es parte del mundo, de la vida y de quien somos. Y asumirlo es una forma de crear un camino claro para enfrentarse a esa idea.

A disfrutar de mis rarezas:

Todas las mañanas desayuno un café negro con un trozo de pan con mantequilla. Todos los días ordeno mi escritorio de manera simétrica y enfermiza. Todos los días leo las mismas páginas de noticias en exacto orden. Lo que quiero decir, es que tengo una serie de numerosas manias y mañas adquiridas que de alguna forma construyen mi cotidianidad y que más e una vez me he preocupado por ocultar por parecerme insólitas, necias e incluso, verdaderas locuras. Este año aprendí a disfrutarlas. E incluso más allá de eso, celebrarlas.

A comprender que necesitas dejar caer equipaje emocional:

No, no se trata de un consejo de autoayuda. Se trata que abandones por mera salud mental el rencor y todo lo que te agobia. ¿Que no es tan fácil? Claro que no lo es, pero es necesario. El rencor es un sentimiento natural y que todos hemos sentido una que otra vez. Y además, es hasta necesario: la furia y el rencor nos hace recordar que alguien atravesó y menospreció nuestros límites. Que nos provocó dolor. Pero llevarlo más allá de un reconocimiento invasión de un espacio personal o intelectual, lo único que hace es crear nuevos límites a los que tendrás que obedecer. De manera que déjalo ir: la furia contra el que te insultó hace tres años, el ataque personal que recibiste hace una década. Plantéatelo de esta manera: ¿Conservarías una prenda de ropa vieja por tanto tiempo? ¿Un objeto inservible? Pregúntate por qué continúas tan obsesionado con el rencor, tanto como para llevarlo a otros espacios de tu vida. Y procura asumir que con toda probabilidad sólo a ti te afecta. No se trata de perdonar — que es otro tema y es básicamente una percepción moral y casi espiritual sobre el asunto — sino de asumir que la herida abierta es tuya y de nadie más. Después de todo, el odio y otros sentimientos semejantes son tan personales como el amor. Y sólo tu puedes comprender hasta que punto te hieren o te abruman. Y que dejen de hacerlo.

Comer bien y sin culpabilidades:

Y aquí viene algo polémico: no me refiero a comer sano, que es otro tema, sino a dejar de sentirme culpable por disfrutar de comer. Sea sano o no. Este año, lejos de las dietas y las imposiciones estéticas, re descubrí el placer de paladear lo que me gusta y comprender hasta que punto comer a capricho, es una manera de disfrutar de un tipo de hedonismo muy primitivo. ¿Quiere decir eso que no cuido de mi salud? lo admito, no siempre lo hago. Pero soy responsable por eso, tanto como por el hecho de admitir que comer es de mis principales placeres. Que paladear una buena repostería, alguna que otra fritura, que concederme caprichos, no es un atentado contra otra cosa que cierta idea social que decidí no aceptar. O hacerlo a mi manera.

Ser feliz siempre que puedo:

Pasé buena parte de mi vida sintiéndome culpable por ser feliz. Por disfrutar de películas infantiles, por reir a carcajadas por chistes malos, por paladear un buen café. Me parecía que la felicidad debía ser algo más complejo, más complicado, más extraño, más poderoso. La felicidad como una idea amplia. Una imagen fija de satisfacción. En un año tan dificil y complicado como este, decidí que la felicidad son pequeños grandes momentos. Los inolvidables, los te arrebatan de una emoción asombrosa. Lo que no olvidas. La felicidad es satisfacción, es una risa. Una fabulosa capacidad de comprender que de vez en cuando te ocurrirá algo asombroso que valdrá la pena disfrutar. Así de sencillo. Así de infantil, quizás. Pero la vida, a veces es un pequeño obsequio que hay que disfrutar.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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