Los Terrores escondidos en el alma humana.

Michael Kohlhaas de Heinrich von Kleist y el origen de la novela moderna. (Parte I)

La escena comienza con un hombre de pie, que mira con satisfacción helada y cruel a otro, cuya mano mutiló de un hachazo. La escena se hace cada vez más lóbrega, a medida que es evidente que el herido morirá desangrado, mientras el verdugo observa, aun con el arma manchada de sangre entre las manos. El tiempo transcurre, los gritos de la víctima se vuelven gemidos. Al final, el cuerpo se le relaja y en la oscuridad, el ahora asesino arroja la hoja de metal al suelo. “La maldad no tiene de rostro. De tenerlo, sería el mío” dice en un susurro. Para el escritor, el silencio que viene después, engloba un tipo de iniquidades y la oscuridad moral de su personaje, pero también, el sin sentido de matar sólo por el mero placer de hacerlo. Una versión sobre los horrores espirituales tan profunda como realista.

En la actualidad, la novela Michael Kohlhaas de Heinrich von Kleist de 1810, es una gran desconocida en el mundo literario. Eso, a pesar que al momento de su publicación despertó revuelo por su estilo, ritmo y estructura, por completo innovadores para la época. Von Kleist no sólo escribió lo que parecía una épica violenta y vertiginosa sobre la vida de un hombre en busca de la redención, sino también, desde una perspectiva filosófica, que destruyó desde sus cimientos, el canon inevitable de la narración europea del siglo: el herido, violento y en ocasiones incomprensible Michael Kojlhaas de Von Kleist, era un personaje que no sólo no se definía a través de sus acciones, sino que pasaba de la acción física — a menudo cruel — , a una percepción mucho más elaborada y profunda sobre su mundo interior. La combinación de ambas cosas, creó un tipo de historia que sorprendió a los contemporáneos del escritor — no siempre de forma favorable — y también, cimentó las bases de un recorrido intelectual inédito por el mundo intelectual de los personajes, que incluso en la actualidad, resulta fresco y sorprendente.

Quizás por ese motivo, se insista que la obra de Von Kleist creó la novela moderna o al menos, brindó un terreno fértil para sostener lo que sería un discurso literario basado en la introspección de los personajes. Para el escritor alemán, la percepción sobre los procesos mentales que atravesaban a las criaturas de su imaginación, era tan o más importante que las consideraciones morales y espirituales que les rodeaban como contexto, un elemento que con frecuencia, convertía a la novela de los primeros años del siglo XVIII en una travesía incómoda e incompleta sobre un cierto tipo de prejuicio muy especifico. Desde el reflejo de las posturas religiosas, familiares, sociales y culturales como elemento insustituible (lo que convertía a los personajes en metáforas, más que en entes argumentales), hasta la necesidad de la moraleja, la novela tradicional de la época debía soportar una carga de simbolismo, que llegó a tergiversar la idea central de la narración como discurso.

En lugar de eso, la novela de Von Kleis tiene una versión de la crueldad basada en la sin razón y el desconcierto existencialista. La historia, que recorría la vida de un comerciante del siglo XVI que debe enfrentar la derrota moral, la tentación y al final, asume la maldad como una consecuencia directa a su comportamiento, es también una de las primeras en reflexionar sobre lo inescrutable del comportamiento humano, la versión del horror sin explicación y más allá de eso, los espacios abrasivos de la moral rota. Sin héroes y villanos, Michael Kohlhaas es un recorrido por el azar de las acciones de sus personajes, lo espontáneo — y a menudo egoísta de sus decisiones y al final, la insatisfacción cósmica que culmina en un final abierto y que ofrece pocos indicios sobre qué ocurrirá después o incluso, si habrá finalmente justicia para los personajes obsesionados por encontrarla. Para Von Kleist, el comportamiento de los hombres no está inspirado en Dios ni en el diablo, ni busca la piedad y mucho menos, intenta corresponder al llamado “bien natural”. La futilidad y ambigüedad de su discurso — hay un capítulo dedicado específicamente a narrar la forma en que el protagonista se regodea en su amoralidad — es una búsqueda incesante de significado, que jamás llega a encontrar y que al final, se derrumba en medio de la inutilidad de cualquier argumento.

Por supuesto, un experimento semejante provocó horror y consternación en los lectores alemanes, que leyeron la novela sin comprender su objetivo. Para la pequeña y selecta crítica literaria del país, se trató de un “despropósito”, una historia “cargada de violencia sin explicación y sentido literario”. Todo lo anterior no evitó que se convirtiera en un éxito inmediato y que su carácter transgresor, la hiciera la favorita de los universitarios, que la catalogaron como “obra redentora” de una serie de ideas novedosas que por entonces, ya se debatían en Europa. Desde el mismo hecho de la maldad críptica — y sin explicaciones obvias — hasta la ausencia de una redención final, la obra de Von Kleist en un reflejo de una transición casi violenta entre la narración costumbrista y algo más elaborado. Y en especial, más crudo y de interés, lo que permitió una renovación elemental de la narración hacia espacios y reflexiones más mordaces, crudas y dolorosas sobre la identidad.

“Real, profundamente real, la vida sostenida en una página” cuenta Richard Clark Sterne sobre la opinión académica acerca de la novela, que recoge en su obra del 1994 Dark Mirror: Sense of Injustice in Modern European and American Literature. Para el mundo literario alemán Michael Kohlhaas fue un escándalo y una puerta abierta a un debate sobre la posibilidad de desmenuzar la naturaleza humana desde su reverso oscuro. Para el mundo de la palabra, una puerta abierta hacia los abismos morales en los que hasta entonces, no se había atrevido a mirar. Para bien o para mal, la obra de Von Kleist cambió la narración del mundo, para asumir el peso de desmenuzar al hombre desde una sutil perversidad.

Existo, luego miro el dolor.

En en el siglo XVIII, Europa comenzó a mirar la literatura desde cierta perspectiva del melodrama impostado. Lo hizo además, en pleno renacimiento del gótico inglés, que se rebeló como pudo contra el pensamiento dominante de la Ilustración, según el cual la humanidad podía alcanzar, mediante el razonamiento adecuado, el conocimiento verdadero y la síntesis armoniosa, obteniendo así felicidad y virtud perfectas. Todo el continente estaba obsesionado con la perfección estética y espiritual, por lo que las novelas y la literatura en general, se concentraban en una búsqueda de un tipo de versión excelsa sobre el bien y el mal, con extremos bien definidos y líneas muy concretas, para dejar claro la diferencia. Había una especial necesidad de reflexionar sobre lo sublime, el conocimiento, la posibilidad de restañar la perfectibilidad humana a través del conocimiento. En un mundo que acababa de sobrevivir a todo tipo de dolores, plagas y que poco a poco había conquistado el terreno de cierto equilibrio intelectual, la racionalidad, el orden y la cordura eran bienes de enorme importancia que se consideraba como esencia de la civilización. O al menos, lo que podía englobar la idea de lo civilizado en buena parte de las ciudades del mundo, consideradas centro del pensamiento y la evolución moral.

Claro está, en un panorama semejante, la felicidad humana dependía directamente de su capacidad para controlar las emociones (o las bajas pasiones más bien), además de sostenerse sobre una idealización de las principales cualidades del poder y la profundidad intelectual. La sobriedad y la corrección formaban parte de la forma en que se comprendía la literatura, sobre todo a medida que la lectura se hizo más accesible y la educación permitió un tipo de crecimiento moral por completo novedoso. Leer era una forma de aspirar a lo excelso, a un tipo de bondad hasta entonces limitada a una élite social y cultural que comenzaba a erosionarse con lentitud.

Los primeros indicios de la ruptura del esquema fue el terror gótico, considerado un género menor y que apuntó en sus inicios al caos y la diversión. Con sus castillos, recintos espantosos, sentimientos apasionados y en general, el horror como un reflejo de la naturaleza humana más oscura, los primeros escritores que se atrevieron a contravenir la norma literaria del arte, elaboraron un discurso novedoso sobre la posibilidad de la confusión psíquica y social. Los villanos tenían motivos, los héroes defectos, las víctimas se defendían como podían de monstruos y dolores cada vez más extravagantes, pero con un origen muy humano. Los vampiros buscaban sangre, los hombres lobos paliar su soledad y al final, cada criatura terrorífica era la encarnación de algo más tenebroso del hombre y su circunstancia.

Cuando Von Kleist comenzó a escribir su novela, lo más probable es que debiera enfrentarse a dos corrientes: por un lado, el sensato y decoroso arte literario que hacia furor en Europa hasta una década antes y la naciente visión sobre el dolor, el horror y el miedo que el gótico comenzaba a mostrar, para alivio, interés y desconcierto de los lectores. Michael Kohlhaas tiene todo la frenética belleza de una obra de Walpole, pero llevada más allá del ámbito siniestro. También, la rara noción sobre un universo alternativo emocional e intelectual, en la que no hay restricción alguna y que de hecho, abarca toda una convicción sobre el hecho que la naturaleza humana se inclina hacia la maldad casi de manera instintiva. La novela del escritor alemán tiene toda la carga de poder, cuestionamiento y poder discursivo como para confrontar a sus personajes — y por añadidura, a sus lectores — a una búsqueda incesante sobre la posibilidad de lo temible. Todos podemos sufrir, hacer daño e incluso matar, en las condiciones adecuadas. Todos podemos asumir el coste del mal de una manera u otra.

Pero más allá de eso, para Von Kleist el meollo de su novela, era demostrar a través de una narración cada vez más tensa y angustiosa, la ausencia de razones para hacer el mal, para sufrimiento de sus personajes e incluso, la condición del bien como una ilusión destinada a desmoronarse y a desaparecer, en medio de la avaricia, la lujuria y otros tantos pecados medulares — y secretos — de la condición del hombre. La historia se hace cada vez más compleja, a medida que el escritor aumenta el clima de extrañeza, impotencia, peligro y amenaza. En Michael Kohlhaas nadie está a salvo del horror ni tampoco de la tentación. Y la confluencia entre ambas cosas, construye un recorrido asombroso por la connotación del hombre, más emparentado con sus bajas pasiones que a la aspiración de la trascendencia.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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