Las hijas de Afrodita.

El poder de la magia más antigua de todas. (parte I)

En medio de las voces secretas.

Cuando Mary Shelley terminó de escribir su obra clásica Frankenstein, apuntó en uno de sus diarios que la escritora había sido una pieza fundamental en su proceso creativo. Tanto, como para que la idea de sus novelas y su percepción sobre bien y el mal, formaran parte de su historia de formas que le sorprendían y le desconcertaban. “Por noches, he soñado con ella, como si escuchara su voz susurrar ideas que no me permitía pensar por mí misma”. Por supuesto, Radcliffe ya era una referente imprescindible, pero además, para Shelley se trataba de una línea cuidadosa que elaboraba una consistente mirada sobre lo terrorífico. No había monstruos — no al menos, tradicionales — sino una criatura doliente, pesarosa y angustiada que iba de un lado a otro para tratar de entender su propia naturaleza. Esa consecuencia de la búsqueda del yo, de la necesidad de narrar la condición errante del espíritu en busca de un lugar, permitió a Shelley emular a Radcliffe de una manera que rozaba el homenaje, pero en especial, la necesidad de reconstruir la idea de la identidad, un tema que obsesionaba a ambas.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta