La palestra, el payaso y el puño de hierro: La visión política a la Venezolana.

Se dice que Lina Ron entró a la historia Venezolana durante la tristísima jornada del once de Septiembre del 2002. La por entonces, “líder independiente” del chavismo se reunió junto a un grupo de militantes de diversas toldas políticas de izquierda y mientras el mundo lloraba a las cientos de víctimas del atentado terrorista, se dedicó a quemar la bandera norteamericana. Lo llamó “Un acto de repudio al Imperialismo” y declaró a quien quisiera escucharla que extendía “un sostenido apoyo a la lucha de los pueblos contra el Monstruo del capitalismo”. Unos días después, Lina Ron se convertía no sólo en un paladin del chavismo más radical y violento, sino también en una especie de símbolo de popular, aupado por la curiosidad mediática, la sobre exposición pública y algo más peligroso: la capacidad de nuestra sociedad de convertir a Héroes y Villanos a cualquier actor de la palestra pública.

No se trata de un fenómeno local ni que únicamente ocurra en Venezuela, pero en nuestro país, el hecho público — social y cultural — se ha convertido en parte de una percepción superficial sobre de connotaciones gravísimas. No se trata sólo que el escándalo sustituya al argumento, la propaganda basada en golpes de efecto ala percepción de la realidad concreta sino que además, esa insistente visión del enfrentamiento sea un medio idóneo de sustituir el debate legítimo. Una y otra vez, el gobierno utiliza como forma de ataque y de disimulo, no sólo esa inclinación del Venezolano por la diatriba vulgar y barata, sino esa necesidad de construir ídolos con pies de barro, tan insustanciales como olvidables, tan erráticos como prescindibles. Pero también y en lo que resulta la contradicción más evidente en una cultura que consume inmediatez y cursileria, la de crear mitos de enorme importancia popular justamente sobre una caricatura endeble de la realidad.

Durante toda su historia republicana, Venezuela ha estado obsesionada por la imagen pública: desde las tropelías de un dictatorial Guzmán Blanco hasta las empresas cuasi faraónicas del temible Perez Jimenez, la escena política Venezolana está plagada de esa percepción de la política espectáculo. Muy a tono con el “pan y circo” Romano, el manejo del poder Venezolano parece construirse a partir de una manipulación de masas más o menos torpes e incluso, lo suficientemente elemental como para sustentarse sobre el fervor popular. Baste notar la manera como Juan Vicente Gomez, Provinciano y hegemónico, elaboró toda una idea del control a través de la imagen de un líder muy a la usanza Venezolana, el Patriarca que ejerce un dominio casi ancestral. Con las instituciones Gubernamentales convertidas en meros parapetos insustanciales de la administración pública, Gomez no sólo basó su gobierno en la fuerza y la violencia, sino en la necesidad del Venezolano de brindar una cierta identidad Universal a quien les Gobierna. Sentado en su poltrona de líder despótico y crepuscular, Gomez no sólo instauró — o acrecentó, en todo caso — esa manera de gobernar tan Venezolana, basada en una mezcla de pompa, violencia y amendrentamiento público como vehículo de expresión de poder y voluntad única.

Por supuesto, en un país rural la Venezuela de principios de siglo, la figura del Capataz todo poderoso que encarnó Gomez pareció acrecentar esa percepción del líder político como mesias de ocasión o lo que resulta más preocupante, como salvador. Se habló con insistencia del país “ordenado y pacífico”, de la “Venezuela plácida” y otros tantos epítetos que parecían insistir en esa imagen irreal de una cultura basada en el control absoluto. El poder por el poder y sobre todo, esa percepción inmediata de la política como instrumento para ejercerlo. Una conclusión inquietante luego de años de enfrentamientos y luchas interinas nacidas en los años posteriores de la independencia y que ponían de relieve la fragilidad esencial de un país que apenas sobrevivió a las heridas.

En las fotografías del célebre fotógrafo Luis Felipe Toro, que dedicó buena parte de su trabajo a plasmar y documentar la vida del país durante la dictadura Gomecista, el dictador no sólo parece construir una puesta en escena de prosperidad y paz, sino asumir la imagen de la Venezuela rural como una imagen idílica. Una y otra vez, las fotografías de Toro muestran una Venezuela a mitad del camino entre el pueblo y las pequeña connotación del crecimiento petrólero. Más allá de la postal inmediata, la violencia, persecución y censura del regimen Gomecista queda fuera del plano.

Otro tanto ocurrió durante la dictadura Perez Jimenista. Mientras la súbita bonanza Petrolera era utilizada por el dictador para construir y reconstruir el país a su medida, las calles y avenidas se llenaban de celebraciones, fiestas patronales y regionales, carnavales y fiestas patrias. Perez Jimenez, lo suficientemente consciente del poder del puño de hierro que infringía a las Libertades democráticas, no sólo creó un mito de inmensa prosperidad a costa de la censura y otras prerrogativas independientes. De pronto, la Venezuela rural de Gomez, se transformó por obra y método de la eficiencia militarista en un país en plena pujanza, en un paisaje renovado de las esperanzas de un pueblo sometido antes y después, una noción simple sobre si mismo. Y por supuesto, Perez Jimenez uso y abusó del método de promoción, publicidad y disimulo que tan bien había servido a sus predecesores. Sus carnavales callejeros se hicieron célebres en el continentes, mientras las cárceles se llenaban de periodistas y activistas políticos. Las reinas coronadas en Oropel saludaban a los ciudadanos aterrorizados por requisas y violencia judicial. Y mientras Perez Jimenez disfrutaba de las bondades de la casa presidencial en la isla de la Orchila, persiguiendo núbiles niñas de sociedad para asombro del escenario público, el país se deslizaba lentamente hacia la violencia.

Y es que con frecuencia que resulta desconcertante, el espectáculo y el escándalo se ha utilizado en Venezuela para el disimulo de las situaciones más comprometidas y peligrosas. Una especie de mitología fragmentada de la era democrática, que parece mezclada por la proliferación de líderes políticos de ocasión que parecen asumir el rostro visible de esa insistencia del poder Venezolano por la propaganda barata. Tal vez por ese motivo, durante los cuarenta años de democracia bipardista, Venezuela miró asombrada como el poder se repartía no sólo entre las cúpulas de turno sino también entre las amantes, esposas e hijas de todo tipo de personeros políticos que coparon el ojo público. Como super estrellas del desastre, como visiones distorsionadas de una cultura basada en lo efímero. Como esa percepción edulcorada y desconcertante de un historia reciente aplastada bajo el peso del espectáculo barato. Una y otra vez, los chismes del alcoholismo de Jaime Lusinchi, parecieron sustituir los preocupantes ataques a la libertad de expresión que cometió durante su gobierno. Como también ocurrió con las diatribas y discusiones entre Caldera y quienes le adversaban, en plena palestra pública. Como si se tratara de un escenario movedizo y peligrosamente frágil, la política se endilgó la capacidad de asombrar e incluso desconcertar del espectáculo sin valor, barato y peligrosamente banal de la palestra criolla.

Quizás por ese motivo, no sorpredió a nadie que el más reciente caudillo de la historia Venezolana, naciera frente a las pantallas de la Televisión. Golpeado, pálido, tembloroso, responsabilizándose por un golpe de Estado fallido, de pronto el espontáneo “por ahora” de un líder quebrantado se convirtió en el lema de batalla de una sociedad cansada y abrumada por un ciclo político desgastado. Y ese simbolismo, del soldado caído que a pesar de todo, asume el rostro de la batalla que le derrota, fue el que convirtió a Chavez, un militar cuyas ambiciones políticas eran necesariamente violentas y fruto de ideas retrógradas, en una opción de cambio válida para tantos Venezolanos. ¿Se trató de algo inevitable en un país obsesionado por el melodrama y acostumbrado a la fuerza como recurso antes de la ejecución del poder? ¿Se trató de una evolución lógica de esa noción del poder espectáculo que hasta entonces habíamos padecido?

Cuando re leo las primeras entrevistas de Chavez, enjuto, enfundado en trajes sencillos y severos, tan joven que resulta casi irreconocible, recuerdo como los medios de comunicación del país de inmediato le adoptaron como objeto de culto. No sólo se trató del hecho concreto que Chavez simbolizara la tradicional “mano dura” que el Venezolano suele relacionar con orden o respeto, sino esa percepción inmediata del líder que enamora, que subuya, que hechiza. Chavez se paseó por canales de televisión, redacciones de periódicos, palestras públicas, en compañia de intelectuales deseosos de reivindicación y reconocimiento. Se convirtió en el nuevo rostro de la eterna lucha política Venezolana, esa izquierda discreta y basicamente apabullada que por años tránsito en la clandestinidad. Para Chavez, la inocencia del Venezolano, su comprensión del poder unidireccional y sobre todo basado en la agresión, fue una vuelta de tuerca a la conocido, necesario y aceptable.

Que Chavez se convirtiera en un líder carísmatico, no sorprende a nadie. Lo que sí, es que se basara basicamente en la reconstrucción de viejos modelos de exaltación de personaje público en roles poco naturales a su desempeño político. Como Hitler, que durante el los primeros años de su Gobierno, fue transformado gracias a la propaganda de su partido, en un hombre sensible, un político entrañable, un hombre con una aguda visión de futuro. O un poco antes, esa efervescente visión del Mussolini, el Duce Italiano que arrasó con su carisma y encanto. Despina Stratigakos, histiadora de la Universidad de Buffalo, en su libro “Hitler At Home” lo cuenta mejor que nadie: “Los años 30 marcan el principio de la cultura de las celebrities, cuando llega el cine sonoro, la radio y las revistas aspiracionales”, explica la investigadora y profundiza, en como el gabinete de propaganda Nazi construyó una idea profundamente atractiva sobre Hitler, convirtiendolo en su mejor recurso a la hora de manejar el poder. “Lo consiguieron enfatizando su vida privada, mostrándole como un hombre que juega con sus perros y al que le gustan los niños, haciendo cosas domésticas en entornos diseñados para evocar una sensación de calidez. A finales de los años 30, los medios de todo el mundo lo describían como un individuo delicado y cariñoso, con buen gusto para la decoración de interiores”.

Con Chavez ocurrió otro tanto: Re convertido para el imaginario popular en padre, hermano y el Venezolano ideal, no sólo se convirtió en el rostro reconocible de la política local, sino también, en el rasante del nuevo ídolo popular a partir de la agresión y la violencia. Lina Ron, Luis Tascón, Pedro Carreño y otros tantos políticos de la jerarquía Chavista, no sólo se intentaron reconstruir a la medida del ideal mesiánico y eventual de la personalidad pública avasallante, sino que además, cimentaron el mito del escándalo y el enfrentamiento como la real política y la capacidad para demostrar la perrogativa de poder. Una y otra vez, la idea del poder pareció sustentarse sobre algo tan frágil como la capacidad para el escándalo, la especulación, la grosería y la vulgaridad.

Desde profetas mediáticos hasta líderes políticos cuya diatriba y discurso se basa en el escándalo, la visión sobre la personalidad pública Venezolana es tan amplia como confusa. Como bien decía el periodista Luis Carloz Diaz Vasquez hace unos meses, en Venezuela, nadie sufre de muerte política, sino que al contrario, la equivocación, la caída, el espectáculo parece conceder una inmediata visibilidad a cualquiera con la suficiente habilidad para sostenerse. Como si el paisaje político Venezolano fuera una sucesión de personajes sin rostro, reconvertidos en una única percepción sobre el poder basado en el medio y la popularidad como único sistema de comprensión sobre su capacidad para ejercerlo.

El Gobierno de Nicolas Maduro no sólo continuó el estilo de política de Hugo Chavez, con todos sus enfrentamientos, diatribas y violencia verbal, sino que lo acentuó. Durante casi dos años, el Gobierno de Maduro no sólo instauró los peores vicios del Chavismo, sino que los profundizó. A diario, el escándalo solapa a la realidad crítica, la disimula, la oculta. Los enfrentamientos verbales e insustanciales, parece no sólo reconstruir ideas potencialmente peligrosas en formas de ejercicio de poder, sino de asimilar la idea del espectáculo barato como política de Estado. Una noción no sólo aprendida de Hugo Chavez como líder, sino de esa sucesión de dramas profundos y reaccionarios de una idea cultural insustancial basada en el temor. De nuevo, el Venezolano como testigo de una puesta en escena básica, de una rudimentaria comprensión de la verdad.

El último “héroe” fallido de una sucesión muy larga de personajes quebradizos, es sin duda Humberto López, el llamado “Che Guevara” Venezolano. Conocido mucho más por su estrambótica indocumentaria a la usanza del fallecido líder guerrillero argentino, López se ha convertido en el nuevo símbolo del “Chavista crítico”, en esa noción a mitad de camino entre la necesidad insistente de una admisión de culpa y fenómeno político, que es el desencanto chavista. Lopez, de pronto dejó de ser una simple curiosidad urbana, un personaje excéntrico de los tantos que pueblan el chavismo para convertirse en un interlocutor que los medios de Comunicación nacionales insisten en mostrar y sostener. Una y otra vez López, fumando tabaco y con el aspecto casi caricaturesco que le hizo conocido por buena parte de Venezuela, se asumió no sólo como figura pública sino política. Un nuevo fenómeno mediático de consecuencias imprevisibles.

De nuevo, la percepción del Venezolano sobre la política basada en el impacto, el melodrama y la vulgaridad, parece mostrarse como consecuencia inmediata de un proceso político incompleto y fallido- De nuevo, esa noción de la política espectáculo parece superar la percepción real sobre lo que ocurre en un país que atraviesa una gravísima coyuntura histórica. Y es que mientras insistimos en encumbrar a meros personajes de ocasión como rostros válidos dentro de la política nacional, el inmediato cuestionamiento que surge es evidente, necesario y sin duda, insistente. ¿Cual es la percepción política del Venezolano, como para construir una idea sobre el poder tan frágil? ¿Qué necesitamos para madurar?

Las interrogantes preocupas, inquietas, desconciertas. Y lo más preocupante de todo, continúan sin respuesta.

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