La novia del viento y la búsqueda de las tierras tristes.

La historia de una mujer caballo. (Parte II)

(Puedes leer la parte I)

Viva, tan viva, en medio de la muerte.

Se dice que Leonora Carrington se enamoró del artista surrealista Max Erns “apenas verle por primera vez” en una cena en Londres en 1937. Quizás se trate de otra de las grandes exageraciones de la pintora sobre su vida, pero cual sea la versión, la historia resulta extraordinaria. Ella era muy joven, de una familia burguesa y además, a punto de convertirse en una artista de cierto renombre. Ya era conocida por un par de relatos y por sus extraños bocetos, por los que algunas galerías de Londres mostraron interés en pleno auge del surrealismo. Él tenía treinta y seis años, dos matrimonios a cuestas, fama de bebedor y de hombre complicado y además, uno que “tenía un oscuro pasado político”. Pero “fue como entender el peso de la tierra” narró Leonora después. “Supe que era él, entre todos los maniquíes de un mundo repleto de rostros idénticos”. El romance comenzó de inmediato y una semana después de haberse visto por primera vez, partieron juntos a París. “Abandoné todo, incluso a la mujer que creía ser”.

En realidad, la relación no debió ser tan sencillo ni falta de tropiezos, pero lo cierto es que dos meses después, ya eran la pareja más conocida de París. Ella era radiante a sus veinte primaverales — “Una osa recién nacida, caballo blanco imposible de definir” — y él, un hombre con un talento asombroso, una cualidad para el arte y la aspiración creativa que deslumbraba a Leonora. “Era una galaxia, un universo, una tierra nueva”. Leonora comenzó a pintar sin parar, mientras Max le presentaba a todos los surrealistas de la ciudad. Leonora les intrigó. Era un artista, pero también una libre pensadora que podía debatir con energía e ingenio sobre el origen de la realidad, al tiempo que se burlaba de cada uno de ellos con cariñosa socarronería. Pronto, terminó ser llamada La Novia del Viento y animada por Ernst, su obra creció hasta convertirse en una aventura real de experimentación que asombró por completo a críticos y a contemporáneos. Incluso André Bretón, el llamado padre del surrealismo, quedó maravillado por la obra de Leonora.

El círculo de París le adoraba como a una musa. Una criatura de imposible poder que les llenó de nuevas ideas y una cualidad mágica, que transformó por completo todo su entorno. Una bruja de “una mirada suave y burlona”, le llamó Bretón en una cariñosa carta. Incluso Joanna Moorhead, una de las biógrafas más entusiastas de la memoria, la describe según la recordó después el círculo de París. “La joven hermosa y vivaz con sus ojos oscuros, labios carmesí y una cascada de rizos negros”.

Entre tanto, el amor de la pareja era público, motivo de cotilleos y asombros. Él ya tenía el cabello blanco que le distinguiría de por vida, ella una larga melena oscura. En una ocasión, un desconocido felicitó a Leonora por el amor que prodigaba a “su padre”. Iba con Ernst de la mano y ella se detuvo, asombrada y conmovida. Pero la idea de la distancia en edad, le fascinó. “Mis criaturas se volvieron blancas como su cabello. Aves doradas y plata, paisajes radiantes de terciopelo. Todo era suyo. De modo que sí, era mi padre de una forma u otra”.

Pero París era costoso. Tanto como para que la pareja tuviera que esforzarse en sobrevivir. Además, las tensiones políticas en Europa se hacían cada vez más insoportables, de modo que decidieron salir de París. “Fue como despedirse del sol” diría ella. Se mudaron a la aldea Saint-Martin cerca de Aviñón, Francia. La ciudad les insufló una nueva ráfaga de necesidad creativa. Eleonora comenzó a escribir lo que sería el cuerpo de su obra literaria años después, mientras Marx pintaba más que nunca. Ambos recordarían la época como “dorada, extraordinaria, inolvidable, eterna”.

Pero mientras la pareja permanecía en un semi retiro, los estragos de la Segunda Guerra recorrían Europa. En 1939, los primeros indicios de la tensión de la posible invasión a Francia llegarían a la antigua granja en el pueblo de St.-Martin-d ‘Ardèche, en que ambos residían. Max, que era alemán y sostenía públicamente ideas antifacistas, comenzó a ser perseguido y asediado. Por último, fue capturado y considerado “enemigo extranjero”, lo que le ponía en una complicada situación legal en una Francia sacudida por crisis políticas, el miedo y el ataque alemán. Ayudada por el entorno de Ernst, Carrington logró huir a España. La travesía fue dura y en especial, la llegada a España la enfrentó a una oposición marcial que le negó toda ayuda. Acudió a embajadas, políticos, utilizó todos los contactos influyentes de su familia en busca de ayudar para Max, pero sólo logró ser considerada “una mujer de cuidado”. Llegó incluso a pedir una cita con Franco para advertirle del peligro que Hitler necesitaba, pero para entonces, ya estaba se encontraba en medio d una complicada situación personal. Había sido detenida en varias ocasiones por sus manifiestaciones “contra la paz pública” e incluso, se habla que recibió una paliza de advertencia que jamás reconoció, quizás para no admitir la gravedad de su posición en el país. Para 1940, Leonora se encontraba en la pobreza, al borde de su límite físico y mental. En junio de ese año, sufrió un colapso nervioso de considerable envergadura.

Leonora diría después, que “la gran historia de su vida” terminaría la noche en que se enteró que Ernst en un campo de prisioneros, fuera de su alcance y ayuda. Dos semanas después, derrotada, destrozada y en manos de su familia, ella misma se encontró encerrada en un sanatorio psiquiátrico de Santander, España, donde fue tratada con cardiazol. “Soñé que el amor era un universo roto, una brecha de luz blanca y negra, que el cielo entero se desplomaba sobre mi cabeza” fabuló después “No hubo una despedida, sólo un infierno abierto a mis pies en el caí a toda velocidad”.

Nueva vida, viejos dolores.

Durante su relación con Ernst, Carrington llevó a cabo la que se considera una de sus pinturas más importantes. Autorretrato (Posada del caballo del amanecer). Se trata de una imagen aterradora en su belleza y crudeza. En ella se representa a sí misma como un hiena con los pezones muy hinchados, el cabello despeinado y el rostro pálido. Nunca había sido más feliz y la imagen era la suma de esa felicidad asombrosa, violenta, dura, sin forma. Para Eleonora, el amor era algo más que deseo, ternura o comprensión. “Era poder, puro poder, como la risa de la hiena”. Y de esa forma la plasmó.

Tal vez por ese motivo, olvidar a Max Ersnt fue lo más duro que debió hacer en su vida. Se esforzó en hacerlo, en luchar contra el miedo, contra el recuerdo, el encierro. Encerrada en un manicomio, aturdida por el horror de carecer de medios para escapar, enfrentarse al miedo o a las limitaciones, comenzó a escribir. “Lo hacía donde podía, como podía”. Se esforzó por mantener la cordura, por sobrellevar el terror lo mejor que podía. Pero en realidad el enemigo era interior, escondido entre sus pesadillas, su negativa a los medicamentos (que debía tomar a la fuerza) y al final, a la simple posibilidad de desaparecer entre las horas idénticas del hospital. En 1940 logró enviar una carta a París “a cualquiera que pudiera leerla” y de inmediato recibió ayuda. El círculo de surrealistas, que sabían de la dura situación de Max, se apresuraron a enviar ayuda y en 1940, Eleonora logra escapar de la casa de salud y llegar a Lisboa. En su libro En Bas, cuenta los pormenores del escape y de la llegada a una ciudad nueva “radiante, portentosa”. Pero sobre todo, como “purgó el amor, como batalló con su mente y su cuerpo, hasta dejar que todo lo que la había unido a la felicidad, le abandonara”.

Lo logró, pero a costa del “bien preciado de la ingenuidad de creerme indestructible”. En medio del miedo, de la angustia y de la necesidad de escapar a su padre — “un monstruo al acecho” — decidió que su historia en Europa había terminado. Se refugió en la embajada de México y como pudo, comprendió que su historia “la fuente de todos sus dolores y terrores” había “muerto en la cama del hospital, en las ligaduras y en los sueños sin fondo de los calmantes”. Fue una decisión que le llevó meses tomar, mientras la Guerra se hacía más cruenta, dedicaba todos sus esfuerzos en ayudar a judíos en medio de una situación “de atroz horror, indescriptible incluso en símbolos” y planear su propia huida.

La vida avanzaba muy rápido para Leonora y en el mismo año en que la embajada de México le extendió una “protección vitalicia”, conoció al escritor Renato Leduc. Se dice que fue Leduc quien la convenció de viajar a México, de encontrar refugio en un país niño. Leonora le escuchó y pasó dos semanas, tomando agua de azahar para “dejar vacío el cuerpo, porque el amor, el de los sueños y los rigores, había terminado. Al final de ese casó con Ludoc y juntos viajaron a México. “Me despedí de Max, del tiempo de las hogueras de arte y de maravilla, de todo lo que quise crear y no pude” escribiría después. “Y traté de encontrar un lugar en un nuevo mundo. Uno que brillaba de belleza, de salvaje poder. Uno que parecía esperarme desde antes de mi caída a la tierra, al tiempo, a todas las cosas que soñé”. No obstante, la pintora también escribió una pequeña dedicatoria en uno de sus cuadros. “El tiempo blanco nunca muere y queda en mí. Ha muerto el tiempo de las promesas”.

El matrimonio con Leduc apenas soportó dos años la tensión de la emigración y el dolor (irreprimible y poderoso) que seguía aterrorizando a Leonora, marcada de por vida por la experiencia del sanatorio. En 1943 la pareja se divorció. Ella diría que “había sido enteramente su culpa”. No podía dejar de soñar con los cuartos blancos, las enfermeras de trajes impolutos, el terror a que su mente se rompía en cientos de pedazos cada noche. Tampoco dejar de pensar en Max, a pesar de su decisión firme de no buscarle de nuevo, de no tratar bajo ningún motivo de volver a “al mundo de las cosas rotas”. Rodeada de un círculo de artistas que se llamó “el pequeño círculo surrealista”, pintó más que nunca, escribió hasta el cansancio. Acabó enferma en un par de ocasiones pero jamás volvió a pisar un hospital. “La muerte es mucho más amable, más segura. Leal”.

En 1944,conoció al que sería su segundo esposo, el fotógrafo húngaro Emérico Weisz, uno de los grandes amigos de Robert Capa durante años. Fue un encuentro frugal, de nuevo una cena. Pero él la miró con asombro. “Usted vive en la luna” comentó Weisz. Ella sonrió con tristeza, amarga, hermosa, poderosa. “No puedo vivir en este mundo” le respondió. “¿Ese planeta puede admirarse desde aquí” insistió el fotógrafo. Ella le dejó una tarjeta. “Usted sabrá”. Al año siguiente contrajeron matrimonio. Él le obsequió una fotografía de un cielo despejado, agreste, cuajado de estrellas blancas. “Suyo” Leonora después confesaría que la imagen le trajo un tipo de paz que no había sentido por años. “Mio” dijo y comenzó a pintar otra vez.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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