La musa misteriosa: la vida, obra y muerte de Elizabeth “Lizzie” Siddal.

Ophelia, quizás aún con un atisbo de vida entre los labios color rosa, flota entre tonos verde y azul. El rostro hermoso convertido en una máscara de belleza melancólica, las manos que desaparecen entre el resplandor movedizo que le rodea. Los pétalos de flores frescas, le acogen como una mortaja delicadísima, en una alegoría muy clara al tránsito de la vida a una muerte etérea y casi dulce. La obra de John Everett Millais (que en la actualidad cuelga en el Museo Nacional Británico de Arte Moderno) es una de las obras más famosas de la imaginaria universal sobre la belleza corrompida por la muerte — o a punto de serlo — , el romance amargo y el sufrimiento emocional. Ophelia — su hermoso cadáver — es el epítome de cierta elegancia catastrófica.

Quizás, no existe una metáfora más cruel para describir a Elizabeth “Lizzie” Siddal, que el cuadro que retrató su belleza, la condenó a una vida de sufrimiento emocional y al final, la convirtió en inmortal a los veintitrés años. Pálida, de ojos azules y cabello rojo, Siddal ya era considerada una de las mujeres más hermosas de Londres cuando posó para Millais. Descubierta por el pintor W.H. Deverell (a quién la jovencísima molinera de origen humilde asombró por su apariencia frágil), Siddal se convirtió con rapidez en la favorita del grupo de los llamados Pre Rafaelistas. Para cuando llegó al estudio de Millais no sólo era una mujer que asombraba por su apariencia: también era el rostro de buena parte de las pinturas más reconocidas de una escuela de pintores obsesionados con la muerte y la tragedia melancólica. Además, tenía talento para la pintura y la poesía.

Siddall posó para Millais sumergida en agua helada. El pintor insistió en que la modelo debía tener la apariencia de la Ophelia literaria y sobre todo “el terror de su vocación por la muerte”. Siddal obedeció y por horas, permaneció bajo agua helada, en una bañera de porcelana rodeada de lámparas que intentaban mantenerla cómoda. Pero a medida que la pintura avanzaba, el rudimentario fuego se consumió y Siddal se desmayó de frío. La experiencia (que Millais lamentaría por el resto de su vida), signó la vida de Siddall para siempre: unos pocos días después, la joven modelo enfermó de pulmonía, que le provocó ardientes dolores al respirar por semanas enteras. Para aliviarlos, Siddall comenzó a consumir Laudano, lo que a la larga marchitó su radiante belleza.

¿Un destino poético? No lo parece tanto, cuando se analiza la vida de Elizabeth como parte de una tragedia que se intentó interpretar desde el romanticismo, pero que en realidad, fue una pragmática búsqueda de identidad que acabó mal. La modelo (una mujer humilde que por méritos cautivó a una generación de artistas), pasó el resto de su vida luchando no sólo contra sus vicios y debilidad física, sino también por ser reconocida más allá del rostro en las pinturas más famosas de casi dos décadas. Pero el hecho que la historia comienza en el estudio de Millais (y con esa extraño hilo conductor entre la Ophelia literaria y su propia vida), es sólo un atisbo del largo camino que Siddal debió recorrer para encontrar una identidad más allá de la tantas mujeres trágicas a las que encarnó. Para bien o para mal, la apariencia de Lizzie — convertida en icónica y reflejo de una época — elaboró toda una nueva concepción sobre lo femenino y también lo espiritual, en una época en que la pintura se convirtió en reflejo de un deseo experimental por mostrar un nuevo tipo de feminidad.

Elizabeth nunca llegó a recuperar del todo la salud. Luego de casi morir en medio de fiebre alta y dificultades para respirar, el grupo de Pre Rafaelistas, se tomó su cuidado como un deber íntimo del círculo. Aunque por supuesto, desde la noción un tanto abstracta de la responsabilidad moral y emocional que unía a los pintores con su modelo predilecta. Siddal recibió algunas pocas visitas médicas —la mayoría pagadas por el pintor John Ruskin— y al final, su recuperación fue fruto más de la casualidad, que de verdaderos cuidados. “Una circunstancia inesperada, un poco triste y afortunada”, como la misma Siddal escribiría, años después.

Pero la prolongada convalecencia, forjó lazos de enorme importancia entre el grupo de pintores y Siddal: para cuando finalmente pudo regresar a posar para ellos — según los relatos de la época, “más bella en su desgracia” — , era la amante de Dante Gabriele Rossetti, el símbolo de una revolución pictórica que ya por entonces, asombraba al mundillo artístico de Europa y que estaba destinada a cambiar la forma en que se comprendía la estética visual. También, comenzó a pintar autorretratos que se hicieron famosos por su “dolorosa cercanía al miedo”. Para bien o para mal, la tragedia había convertido a Siddal en una Ophelia moderna: amenazada por la muerte, pero llena de una vitalidad imposible de describir con facilidad.

Para Siddal, se trató de un triunfo agridulce. Por años, había intentando aprender pintura pero sólo al borde de la muerte, encontró el propósito y al maestro adecuado. Rossetti no sólo fue su amante: el pintor hizo de Elizabeth una pintura minuciosa que encontró en su rostro, una forma de expresar ideas complejas que sólo llegó a comprender luego de perder la salud. Hasta entonces, Elizabeth había sido la joya de la corona del grupo de irreverentes que se esforzaban por reformar al arte desde sus cimientos. El hecho de encontrar inspiración en motivos clásicos reinventados para un nuevo siglo, convirtió a los Prerrafaelistas en un reflejo del positivismo y la búsqueda de la individualidad. Mientras los escritores y filósofos se afanaban por desmontar el espíritu de la época y atacar el pensamiento colectivo a partir de su destrucción, los pintores recorrían el camino contrario y volvían a los viejos mitos primitivos. Los Pre Rafaelistas simbolizaron un tipo de pensamiento basado en la búsqueda de lo etéreo, lo bello y lo doloroso a partir de antiguas metáforas y la mitología profunda.

En medio de ese círculo simbólico, Siddal encontró un lugar extraordinario para renacer de la muerte. En una época en que una mujer de su edad y extracción social hubiera estado condenada a la pobreza, la ignorancia, un matrimonio inevitable o a la prostitución, Siddal pintó una serie de autorretratos que asombraron a sus contemporáneos por su poder para evocar lo más profundo del nuevo pensamiento artístico. Rossetti, que la convirtió en su musa, amante y alumna, le brindó los medios para narrar desde el lienzo una lenta evolución sobre el ideario femenino pero además, sobre el poder de a evocación fugaz sobre la vida y la muerte.

Por supuesto, no todo era tan idílico como cabría suponer: Siddal era el centro de atenciones de un grupo artístico en el que con frecuencia, afloraba la rivalidad, la lucha de intereses y los enfrentamientos desleales. La antigua modelo también se enfrentó al ambiente enrarecido y venenoso de la competencia artística en cuanto fue evidente su talento. No sólo tuvo que lidiar con los celos de Rossetti — que resentía el amor de Ruskin por Elizabeth — sino además, por el hecho de encontrar su lugar como pintora y después poeta frente a la oposición de su amante. Rossetti descubrió que Elizabeth era algo más que una mujer con discretas aspiraciones artísticas y el eventual éxito de su obra le sumió en una batalla de vanidad herida, que Elizabeth poco podía comprender pero que soportó con todos los medios a su alcance. Para el amante, la mujer convertida en pintora era una absurda percepción sobre el arte, hasta entonces reservado casi en exclusiva al hombre y sus obsesiones. Lo mismo podría decirse de los antiguos admiradores de la belleza de Elizabeth, que se sorprendieron por su talento y menospreciaron sus intentos por mostrar su belleza desde una dimensión por completo nueva.

Para Elizabeth nada fue sencillo: su travesía de modelo a pintora, estuvo plagada del desprecio de quienes le consideraban una Musa rota y la indiferencia de los que interpretaron su obra “como parte de la vanidad femenina”. Pero Siddal continuó pintando y después escribiendo: su talento para las artes era lo suficiente como para destacar en ambas disciplinas y lo hizo a pesar de incluso la oposición de Rossetti, que pasó de considerarla una de sus alumnas aventajadas a una real competencia para su obra. Entre ambos extremos, la relación romántica entre los amantes se sumió en un marasmo de infidelidades por parte de Rossetti y al final, la oposición y el desprecio de la familia de este hacia Siddal. Como la Ophelia Shakesperiana, la artista debió luchar por encontrar un sentido al absurdo de su vida — “soy una flor rota, en medio de la muerte de todos los amores” escribió — y también, al de su papel en una historia que protagonizaba de manera involuntaria. Cuando finalmente contrajo matrimonio con Rossetti, la relación entre ambos era tensa, dolorosa y aún así, apasionada. “¿Se puede amar y odiar con la misma plenitud?” se preguntó en una de sus discretos textos con aires filosóficos. Quizás, nunca obtuvo respuesta.

Un lustro después de su muerte, Elizabeth Siddal era poeta por derecho propio, pintora que despertaba curiosidad pública y también, una mito entre toda una generación de artistas que habían crecido contemplando su rostro en las pinturas más reconocidas de la década. Convertida en una metáfora del amor trágico y esposa de uno de los precursores de la hermandad Pre Prerrafaelista, Siddal también estuvo en el centro de la controversia sobre la trascendencia de un movimiento basado en la belleza simbólica en estado puro. Con todos los elementos para ser considerada parte del mito que la enalteció a los altares pictóricos, Siddal además construyó una versión sobre la mujer artista inédita para la época en que nació y sobre todo, a su medida.

Al menos durante su vida, la obra de Siddal nunca fue reconocida como algo más que una curiosidad pictórica. La mayoría de sus autorretratos fueron comprados por John Ruskin, que los adquirió en los momentos más duros de la vida de Siddal y siempre insistió en que se trató de un homenaje a su “terquedad”. Sin duda, era una forma de no ofender el ego artístico de Gabriel Rossetti, celoso y posesivo tanto con Siddal como con su producción artística. Ruskin, escritor, poeta, experto y amante del arte, más de una vez insistió en que las pinturas de Siddal no sólo eran obras experimentales: tenían “una sinceridad valiente” que pocos podían comprender. Pero en medio de un mercado artístico en el que la mujer era poco menos que una figura secundaria, los intentos de los Rossetti y del mismo Ruskin por vender y comercializar la obra de Siddal jamás fueron más allá que un éxito modesto de una mujer con un talento difícil de clasificar.

¿Era Elizabeth el resultado de las influencias a su alrededor? ¿O una artista en bruto cuya evolución pasó desapercibida debido a la inmediata relación con las obras de su marido? Las pinturas de ambos tienen un notorio parecido, pero los autorretratos de Siddal tienen una fuerza extraordinaria, basada en su capacidad para captar los silencios y tragedias personales que la obra Rossetti — a pesar de ser más elaborada — no podía igualar. No obstante, la mayoría de los cuadros terminaron colgados en las paredes de la habitación de Elizabeth. “Los miro como pequeños pétalos olvidados, sin otro valor más allá del que puedo otorgarles” escribió en uno de sus frecuentes trances depresivos.

La tragedia de Siddal fue sin duda, ser parte de una obra de enorme valor y al mismo tiempo, representar con su rostro, a un movimiento artístico que la tuvo por Musa pero del que sólo formó parte de manera secundaria. Después de todo, la historia de Siddal tenía un sino poético que debió maravillar a la hermandad entera, obsesionada con la metáfora de la vida, la muerte y sus vicisitudes. Aún así, la idealización no incluía el reconocimiento de su talento. Descubierta por el artista Walter Deverell, Siddal era parte de una familia pobre de Londres: aprendió a leer siendo adulta y sus conocimientos sobre poesía, provenían de la lectura casi circunstancial de textos aleatorios que según algunas versiones, “robaba” a conocidos y amigos. En realidad, la educación de Siddal era mucho más profunda que eso y dedicó buena parte de su veintena, a profundizar en la lectura de Tennyson, Blake, Shakespeare y Walter Scott, bajo la tutoría de Rossetti. La voz en sus poemas es profunda, real y sincera, lo que hace que su trabajo tenga una envergadura curiosa dentro en una época en la que la poesía, era considerada — y valorada — como un arte que denotaba una formación intelectual brillante.

Siddal no la tenía, por lo que su obra se mantuvo oculta hasta después de su muerte. Para entonces, el dramatismo de los últimos años de su vida era enorme y mucho más conocida que su discreta obra: Elizabeth había cometido suicidio luego de perder un segundo embarazo en menos de cinco años. La artista, que jamás abandonó del todo el vicio del láudano, pintó el que fue su último autorretrato y después, bebió una dosis mortal del veneno. Murió en su casa en 1862 y fue velada por “un día entero”, rodeada de sus obras. Su marido y quienes le amaron durante su vida rodeaban su cama, en una escena que se ha descrito, como el “epítome de amor de la hermandad prerrafaelista”. De hecho, todo lo que siguió a la muerte de Elizabeth fue digno de una narración con tintes mitológicos: el afligido Gabriel Rossetti, lloró sobre su cuerpo “tres días seguidos” y después, enterró su cuerpo con la mayor parte de la obra inacabada de la pintura, además de sus poemas y textos. Un gesto del que se habló en Londres durante años y enalteció como la “máxima donación de amor”.

Como todo en la vida de Elizabeth, su trágica muerte también tuvo una segunda versión, incluso más extravagante que la versión romántica y edulcorada que la hermandad prerrafaelista difundió: El día en que Siddal murió, Rossetti se encontraba junto a Fanny Cornforth, su enésima amante, un rumor que empañó su imagen de marido trágico por décadas y que de hecho, debió rebatir en más de una ocasión. También, la supuesta devoción del pintor por la memoria de Elizabeth tiene algo de interesada: dos años después de su suicidio, su esposo exhumó el cuerpo para recuperar las pinturas y obras, lo cual produjo un pequeño escándalo pero también, cimentó la leyenda en torno a la belleza y talento excepcionales de Siddal: se cuenta que al abrir la tumba, Rossetti se quedó desconcertado porque su esposa continuaba siendo tan bella como en vida, la encarnación de la Ophelia de John Everett Millais. El que fuera el rostro de los Prerrafaelistas, conservó en la tumba lo que inmortalizó en vida y quizás, ese es su mayor legado. Más allá del rostro inmortal celebrado por una generación de artistas, Elizabeth Siddal se convirtió en la encarnación misma del ideal de la belleza trágica y también, en el poder de la mujer creativa. Una combinación que le permite hablar más allá de la tumba y quizás, permanecer en el imaginario colectivo como algo más que un rostro de extraordinaria belleza.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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