La inquietante simetría de lo cotidiano

De El discreto encanto de la burguesía de Luis Buñuel a Parasite de Bong Joon -ho.

En una de las escenas más desconcertantes y duras de la ya clásica película El discreto encanto de la burguesía de Luis Buñuel, el salón en que se encuentran confinados todos los personajes parece cambiar de forma, aunque en realidad sólo se trata de un movimiento de cámara que lo hace más inquietante y claustrofóbico. Es uno de los múltiples recursos que usa el director para mostrar como el espacio puede conspirar para sostener y hacer más duro, el juego de identidades que muestra el argumento. La forma como lo humano se enfrenta al espacio como una forma de expresión de sus peores dolores y miserias. Buñuel, cínico y convencido de las catástrofes de la naturaleza del hombre, crea diversas situaciones que convergen en medio de una única sala — símbolo de un singular lugar de reclusión — lo que permite al director abordar la noción de los pequeños horrores cotidianos como sustratos de la realidad. El caos aumenta y también su insistencia en asumir lo que se habita — esa precariedad de las paredes desnudas, la puerta infranqueable — como vehículo de expresión idóneo para ese mensaje entrevisto que desea transmitir y que finalmente, rebasa incluso la intención de la película de contar una historia. El hecho que la arquitectura de la vida cotidiana, esa cohesión doméstica entre lo real y lo intangible, puede expresarse a través de una versión de la realidad reducida un espacio lineal.

En Parasite del surcoreano Bong Joon-ho ocurre algo similar. Desde sus primeras escenas, el film es un dialogo temible entre el lugar como hecho concreto y también como metáfora. Y el director lo deja claro en cada oportunidad posible: Una línea de luz divide un salón ultramoderno en dos mitades. El rostro de una mujer aparece bajo la impecable superficie de una pared blanca. Un espacio pequeño y claustrofóbico se esconde debajo. Poco a poco, los pequeños fragmentos de dos mundos antagónicos se entremezclan para crear algo más extraño, doloroso y fundamentalmente venenoso. Bienvenidos al mundo que se esconde bajo los juegos de sombras, las apariencia y las máscaras rotas.

“El espacio, la luz y el orden”, dijo en más de una ocasión el célebre Le Corbusier “son tan necesarios como el pan o un lugar para dormir”. La frase, que el arquitecto solía usar para explicar su obsesión por la simetría y lo simétrico, podría definir las extrañas capas de simbolismo y el trayecto inquietante hacia el miedo de Parasite. La película medita de manera magistral sobre el mundo, las leyes invisibles que lo rigen y las líneas paralelas y a menudo, profundamente duras que sostienen la realidad o lo que interpretamos sobre ella. De la misma manera que lo hizo Luis Buñuel, Bong Joon -ho analiza la posibilidad de una debacle mínima de la vida común utilizando los lugares urbanos como punto de encuentro metafórico de algo más profundo. El film, desconcertante por su cualidad inclasificable, es una búsqueda insistente entre la identidad, la percepción del espacio como una forma de estatus de pura supervivencia y algo más tenebroso, relacionado con la naturaleza humana en estado puro. Al final, Bong Joon -ho parece más interesado en los infinitos matices de la luz y la sombra que habita en cada uno de sus personajes que en una mirada directa sobre una idea concreta sobre sus intenciones y dolores.

De hecho, el director surcoreano está obsesionado con los espacios brillantes y lóbregos que están destinados a colisionar entre sí antes o después, lo que convierte a Parasite, en una búsqueda constante y deliberada de significado sobre un concepto más general y amplio sobre la convivencia. La película, que comienza como un peculiar juego de espejos entre dos familias separadas por la clase y las infinitas clasificaciones inmutables de la vida cotidiana, se convierte rápidamente en una broma macabra para terminar como una fábula terrorífica sobre lo que se esconde debajo de la normalidad. Es esa percepción sobre los horrores que acechan entre las puertas y ventanas cerradas, lo que ocurre al otro lado de la naturaleza de lo doméstico, lo que brinda a la película su aire abrumador y violento, cínico y al final conmovedor, como si su historia — que transcurre en Corea del Sur, pero podría ocurrir en cualquier lugar del mundo — se enlazara con fragmentos tenebrosos de la psiquis colectiva.

Parasite está consciente de su cualidad como rareza y exploración de la identidad oculta, de lo que subsiste en los extremos de lo que consideramos corriente y lo explota con una libertad argumental, que rara vez se permite el cine. Bong Joon -ho extrapola la concepción del bien y el mal moderno y lo convierte en algo más, en un recorrido pendenciero por lo macabro que pocas veces se muestra en lo cotidiano. Con un pulso impecable, el director crea espacios que contienen no sólo todo tipo de metáforas y simbolismos, sino que además, confronta al espectador con la percepción de la oscuridad moral como una catástrofe diminuta. Por supuesto, Parasite es un alegato sobre la dignidad humana, los prejuicios, la discriminación y la vida moderna, en medio de un torbellino de propuestas que en manos menos hábiles, habrían quizás creado un mosaico contradictorio y desagradable, pero que gracias a Bong Joon -ho meditan sobre lo humano con una cruda belleza. La película es un juego de escenarios que se enlazan unos a otros para recordar los límites de la pobreza y la belleza, la ternura y la desazón y al final, una cruel paradoja sobre el individuo convertido en vehículo de su propios horrores. Para bien o para mal, la sociedad establece sus propias fronteras y es justo esa conciencia, lo que hace que la películas se convierta en una tapiz de la naturaleza humana, en toda su singular frialdad, debilidad y temible capacidad para la violencia.

El universo que Bong Joon -ho elabora es una estructura cuidadosa, que se sostiene sobre una estética pulcra, precisa y que el director utiliza para definir los diferentes espacios en que se mueven sus personajes. De la frialdad a la decadencia, de la emoción al terror en estado puro, la cámara del director surcoreano lo abarca todo desde una concepción de lo monumental que recrea una curiosidad inquietante que nunca se satisface del todo. Hay una belleza desconcertante en cada una de las escenas, incluso las más oscuras y quizás esa sensación que une el elemento visual con el conceptual de manera total, sea uno de los elementos más insólitos de un film en que el mundo — y la realidad — parecen divididos en dos estadios incompletos, que no sólo no coinciden entre sí sino que están destinados a chocar y destruirse uno al otro. Bong Joon -ho avanza con cuidado en medio de todos los estratos que el guion evoca pero también, desde la concepción de lo humano como un caleidoscopio de emociones, versiones de la realidad y algo más inquietante que muestra en pequeños fragmentos de información, que al final crean un todo estructurado y brillante que asombra por su plenitud y poder narrativo.

Porque Parasite nunca termina de definir su tono y no lo necesita: puede hacer reír pero también es una macabra interpretación sobre lo que se oculta detrás de las brillantes escenas cotidianas que Bong Joon -ho capta como instantáneas de algo más elaborado. El director mezcla con una intuitiva inteligencia géneros distintos, para al final, crear un recorrido aterrador por un tipo de noción sobre la naturaleza humana que resulta escalofriante por su belleza. Hay una concepción extraordinaria sobre los matices psicológicos y espirituales de los personajes, que se entrecruzan entre si hasta crear un mosaico enigmático sobre las infinitas variaciones que la sociedad construye para definirse a sí misma. Lo cínico de la propuesta del director, se enlaza con una percepción más angustiosa sobre lo que se esconde en esa férrea convicción moderna sobre el optimismo y la felicidad como una obligación venial. A la vez, Parasite es un reflejo fidedigno de los terrores que condensan la avaricia, la noción sobre las tragedias mínimas y el miedo a la diferencia. Y aunque el director no intenta pontificar — tampoco lo hace el brillante argumento — la amarga percepción sobre el individuo como elemento sin nombre y sin sentido más allá del lugar que la sociedad le adjudica, resulta inquietante, cuando no, directamente espeluznante.

Bong Joo -ho está acostumbrado a sintetizar, modular y combinar géneros pero en Parasite, crea algo más complejo. Se trata de una búsqueda de significado entre los símbolos que la cultura y la sociedad utiliza para clasificar, construir y elaborar versiones sobre la realidad y su propia existencia. Lo hace además en dos planos paralelos y mostrando dos dimensiones distintas sobre la identidad: la tragicomedia entre la subsistencia y la codependencia entre dos familias separadas por la clase social, parece ser una premisa muy simple hasta que colinda y se enlaza con algo más tenebroso. Lo simbiótico de las relaciones entre ambas se vinculan para crear una dependencia oscura, una especie de circunstancia claustrofóbica que evoluciona hasta convertirse en una criatura invisible que sostiene — y al final, derrota — a ambos personajes. Claro está, el director dialoga directamente con un tipo de maldad que se esconde en las versiones inquietantes sobre lo que subyace bajo los peligros de los sistemas sociales colectivos. Y aunque no se trata de un mensaje político — el director se cuida en todo momento de no sermonear o pontificar sobre el menor rasgo ideológico — hay una concepción elemental sobre los peligros de la ambición contemporánea, metaforizada desde la concepción de un enemigo invisible más peligroso del que podría suponerse.

Parasite, como film, es una búsqueda incesante sobre las diferentes ramificaciones que une y a la vez separan a la sociedad, pero sobre todo, aplastan a la individualidad como un peso insostenible que se balancea con dificultad sobre los frágiles hombros de sus personajes. Si en The Host y Bong Joon -ho analizaba desde lo metafórico los rigores del control social y las duras relaciones entre los dolores y pesares colectivos, en Parasite el director va más allá para elaborar una condición infame y dolorosa que justifica sobre un tipo de crítica social feroz que el humor negro no suaviza, sino que más bien, hace más duro de digerir. A medida que la película avanza, la percepción sobre la lucha de clases es más violenta y denigrante, como si la idea de elaborar un lenguaje invisible sobre lo que puede condenar a la pobreza o premiar con la riqueza fuera tan aleatorio como burlón. Todo los personajes batallan entre sí para sostener la máscara que muestran al mundo. Pero debajo, palpita una crueldad tan directa como sincera. Como si se trataran de enemigos naturales, una agresiva línea que une y a la vez, separa a las dos familias condenadas a una misma idea sobre los mínimos horrores de lo cotidiano, Parasite demuestra su habilidad para enlazar la conexión entre la condición humana como entre cultura y algo más doloroso. Al final, los trozos y fragmentos de un enfrentamiento jamás declarado volarán por los aires, se harán desiguales, inquietantes, abiertos a cualquier explicación.

Para Bong Joon -ho el mundo tal y como los conocemos puede resumirse en dos espacios y lo hace, desde una cuidadosa puesta en escena que alude a la percepción de estratos exactos de un mismo lugar, sólo que analizados desde extremos por completo distintos. Para el director surcoreano — experto en crear atmósferas incómodas a las que añade toques complejos de ternura y sensibilidad — la confrontación silenciosa lo es todo. Las dos familias que coexisten en Parasite son algo más que una excusa necesaria para elaborar ideas muy complejas sobre la arquitectura del mundo moderno, como si la sociedad occidental fuera un complejo edificio que se sustenta sobre líneas paralelas tan firmes y pulcras, como peligrosas. La noción sobre el poder del dinero, la coexistencia poliédrica de varias realidades a la vez, crean y sostienen una concepción durísima sobre el rostro de nuestra cultura. A medida que avanza la película, es mucho más obvio que el director juega con la metáfora para atacar los rígidos vínculos que atan a los individuos a la vida que conocen y evitan puedan escapar de ellas. ¿Se trata de una crítica a las clases sociales, a la estructura del capitalismo, a la idea misma de la riqueza como límite y frontera entre lo real y la fantasía alegórica bajo la que se esconde una realidad crudísima? Para Bong Joon -ho no es necesario definir el sentido casi lírico de su búsqueda de sentido sobre el mundo tal y como está estructurado. Solo lo muestra, desde sus ángulos impolutos hasta sus cimientos movedizos y peligrosamente cercanos al abismo. Una y otra vez, hay una concepción perentoria sobre la idea de lo que nos hace ser quien somos y la manera en que la cultura galvaniza y deconstruye a su medida esa imagen.

Parasite es una película que utiliza el espacio para hilvanar las relaciones humanas. Y lo hace desde el preciosismo doméstico y la condición de cuidadosa de explorar los motivos que nos hacen aferrarnos a los pequeños símbolos de estatus, para contemplar y definir nuestro lugar en el mundo. Con una mirada despiadada, el director recorre los diferentes lugares en que coexisten sus personajes para asimilar sus pequeños triunfos en medio de una convivencia forzada que resulta monstruosa en su capacidad para desmenuzar la percepción colectiva sobre la identidad. El film tiene una dualidad inquietante, una mirada sobre todo tipo de terrores y condiciones de la realidad trastocada en reflejos gemelos. Tensa, hábil en su forma de recorrer y humanizar los espacios hasta crear construcciones metafóricas muy elocuentes, Bong Joon -ho se sostiene desde la perspectiva de la lucha de clases como un hilo real que une, incluso desde cierta perspectiva invisible, a todo individuo social. Se trata de una premisa audaz pero que resulta efectiva, a medida que el director logra enlazar la pérdida de control de los espacios — o la forma en que los limites desaparecen — para sustentar un discurso invisible sobre la injusticia, la violencia y la caída en las tinieblas que aguardan bajo todo el andamiaje social. Las relaciones se hacen cada vez más retorcidas, un sistema de valores retorcidos que cada habitación, puerta y ventana parecen simbolizar de manera muy clara.

La propuesta de Bong Joon -ho guarda notorios paralelismos con los argumentos retorcidos de El Discreto encanto de la burguesía: Tanto una como otra reflexionan sobre el miedo, el desprecio a la diferencia y a las invisibles jerarquías sociales, desde una elaborada y caótica visión a los lugares comunes y a través de la reinvención del mito estético de lo absurdo. De la misma forma en que lo hizo Buñuel, Bong Joon -ho crea un juego de simbología donde lo cotidiano se distorsiona y se transforma en algo más, en una contradicción a esas escenas de una aparente cotidianidad que se entremezclan en un mosaico casi construido a la medida para desconcertar. El director opta por una interpretación sutilísima de la paradoja, de lo que sobresalta, de lo que no parece encajar en lo que se mira. La historia de fondo se desarrolla y a su vez, otra transcurre al mismo tipo, justo bajo el limite de lo aparente. Es ese juego de realidades, perspectivas e interpretaciones el mayor acierto de Bong Joon -ho. Un recorrido inusual de lo que consideramos real a través de su obsesión con lo chocante y lo inquietante.

Al final, Parasite podría resumirse como el choque de dos mundos en medio de una ráfaga violenta y colosal, que termina aniquilando todo su paso como una ola expansiva incombustible. Para Bong Jooh -ho ese enfrentamiento violento entre los estratos invisibles de nuestra sociedad es la gran máscara que cubre el rostro de lo cotidiano. Una búsqueda fatídica, inquietante y dolorosa sobre algo más perverso que la película al final, muestra en toda su gloria tenebrosa.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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