La importancia de llamarse Sarah.

El poder femenino más allá de los clichés masculinizados del cine.

En una de las escenas de la película Terminator Dark Fate (Tim Miller — 2019), Sarah Connor (Linda Hamilton) se enfrenta al letal Rev-9 (Gabriel Luna) disparando una y otra vez contra él con un arma de alto calibre. Lo hace mientras avanza con paso firme y el rostro en alto, una expresión de tensión en el rostro. Al parecer, no le afectan ni la sacudida de los disparos, la posibilidad de resultar herida o asesinada por la criatura mecánica llegada directamente del futuro a la que ataca o incluso, la más leve emoción humana. Cuando finalmente el sofisticado droide cae abatido, Sarah se queda de pie a su lado. Los labios apretados, el rostro cubierto por unos enormes anteojos de sol. Una presencia helada, distante y fuerte que llena la escena al completo.

Resulta desconcertante que aunque no es la protagonista, es el personaje de Sarah Connor el elemento que mantiene unida las piezas de la película de Miller, que intentó sin éxito, renovar la franquicia Terminator con una nueva versión en la que el poder femenino es más evidente e importante que nunca. En esta ocasión, el argumento de la saga dedica buena parte del tiempo y atención a las mujeres. Pero ni el híbrido entre máquina y ser humano Grace (Mackenzie Davis) ni Dani Ramos (Natalia Reyes), la líder de un futuro distópico que aún no ocurre, tienen el poderoso temple de Sarah Connor, que en apenas unos cuantos minutos deja claro que de la mujer frágil, inestable y al borde de la locura que muestran las primeras escenas de la película, queda muy poco. Con su mera aparición — esa contundente figura en mitad de las llamadas que arroja a un lado un arma humeante — el personaje llega del origen de la clásica franquicia para recordar no sólo su importancia, sino también, su enorme significado en el mundo del cine como símbolo de la fortaleza femenina.

Por supuesto, Sarah Connor marcó un hito desde su aparición en la primera película de la franquicia estrenada en 1984. Su personaje no estaba destinado al cine de Ciencia Ficción sino al de terror (que era la primera intención de James Cameron para el argumento), de modo que la chica frágil que debe enfrentarse a lo imposible apenas sin otro recurso que su voluntad, tiene mucho de una final girl al uso. Pero Sarah Connor, no es sólo una sobreviviente, sino también, el elemento central de la película: es la madre del futuro líder destinado a enfrentarse a un apocalipsis inimaginable. Rodada en plena guerra fría y en medio de todo tipo de tensiones entre las grandes potencias, la posibilidad de una hecatombe de la magnitud que describía la película, parecía cercana. O al menos lo suficientemente creíble como para que el argumento contuviera cierta angustia colectiva que los personajes expresaban en medio de su torpe, desesperada y profundamente humana lucha por sobrevivir. Y Sarah Connor, una mujer cualquiera que debía enfrentar a una amenaza poco menos que inexplicable, encarnó a la incertidumbre de la muerte, la noción sobre la finitud y también, un tipo de poder que rara vez encarnan los personajes femeninos en pantalla: la de luchar a brazo partido contra la violencia a pesar del miedo.

Porque Sarah Connor no tenía grandes poderes, conocimientos sobre táctica militar ni mucho menos, sobre la posibilidad de criar y educar a un líder que encarnaría la rebelión de la raza humana contra su última gran amenaza. El guión le muestra como una mujer anónima, tanto como para que su nombre aparezca repetido al menos una docena de veces en el listín telefónico que el monstruo mecánico encarnado por Arnold Schwarzenegger consulta para encontrarle. El detalle, no sólo celebra la percepción sobre el anonimato del personaje y la forma en que debe atravesar el miedo para convertirse en un icono. Un recorrido del héroe tan inaudito como curioso que Hamilton logró llevar adelante con una sensible capacidad para mostrar que la fortaleza y el miedo, son extremos de una misma mirada hacia el futuro que se construye paso a paso.

De pie soldado, dijo la virgen sacrificada.

Para 1984, Linda Hamilton era una modelo y actriz relativamente desconocida: su primer gran éxito fue Los niños del Maiz (1984) de Fritz Kiersch, en el que curiosamente, también encarnó a una mujer en peligro que debe luchar contra la incertidumbre y lo desconocido. Basada en la obra del mismo nombre de Stephen King, la película cuenta una historia emparentada de manera directa con el horror Folk, en la que el personaje de Hamilton debe huir para salvar la vida de una amenaza inclasificable: un pueblo en el que los niños se han convertido en una secta fanatizada al servicio de una presencia tenebrosa que habita en los extensos maizales que rodean al lugar. Hamilton transformó la habitual scream queen en una mujer aterrorizada que aún así, lucha contra la amenaza invisible y el peligro latente que le rodea. La película, convertida en un clásico del terror, se convirtió en el primer gran éxito cinematográfico de la actriz.

En más de una ocasión, se ha dicho que Cameron a Hamilton para interpretar a Sarah Connor justo por la cualidad entre frágil e invencible que mostraba su personaje. Sin duda, hay algo de ese poder invisible y a la sombra, sostenido bajo la connotación de la capacidad moral para enfrentarse al peligro que ya mostró en el género del terror, en esta otra versión de lo monstruoso. Sólo que en esta ocasión, Hamilton no debía luchar sólo por su vida: de alguna u otra forma, las enmarañadas líneas temporales de la película, convergían en Sarah para convertirla en un víctima propiciatoria de un crimen a gran escala que empezaba en su útero. De morir, no sólo sería asesinada, sino también el posible hijo que engendraría y que llevaría adelante una improbable rebelión en mitad del apocalipsis, desaparecería. La combinación entre cierto aire ritual — el destino y la predestinación — y el hecho que el personaje encarnaba la esperanza aun incumplida del futuro, convertían a Sarah Connor en un personaje difícil de encarnar. La misma Hamilton insistiría después, que había una cualidad casi de fantasía colectiva, sobre los hombros de su personaje, a mitad de camino en tributo ritual al futuro y una heroína en plena formación “Se trató de interpretar a una heroína que aún no sabía que lo era”.

Para Cameron, además, el papel de Sarah revestía un interés concreto: a pesar que durante buena parte del argumento huye del Terminator enviado para asesinarla en compañía de Kyle Reese (Michael Biehn), Sarah no era una víctima y de hecho, es ella quien termina arrastrando al soldado que pretendía salvarla luego que resulta herido. “De pie, soldado” grita Sarah, mientras arrastra al semi inconsciente Kyle. La frase — la escena entera — de pronto cambia el equilibrio del poder del personaje y lo lleva a otro extremo: uno tan poderoso, tan consistente y sobre todo, desconcertante que Sarah, la víctima propiciatoria, de pronto se convierte en la mujer que sin duda, dará a luz y cuidará del hombre que liderará el futuro contra las máquinas. Es Sarah la que lucha contra el Terminator una vez que Kyle termina siendo asesinado y es Sarah la que finalmente, logra vencerle. Entre temblores, aturdida y desconcertada, la mujer que estaba destinada a ser salvada, logra batallar por su vida y mantener a salvo el posible futuro que debe sostener sobre sus hombros. Un nuevo tipo de heroína de acción acababa de nacer.

Un tipo de fuerza misteriosa.

Por supuesto, Sarah Connor no fue la primera mujer convertida en heroína circunstancial de la ciencia ficción de las últimas décadas del siglo: Ya en 1980, Sigourney Weaver encarnó a la teniente Ellen Ripley, única sobreviviente del ataque al Nostromo de una criatura temible que marcaría un hito en el cine. Alien (1980) de Ridley Scott no sólo fue una de las primeras películas en dotar a sus personajes femeninos de personalidad y poder, sino también, de analizar a la final girlRipley lo era sin duda — de un propósito y un tipo de valor que convertía su batalla contra el monstruo de turno en algo por completo nuevo. Después de todo, Ripley debía no sólo lidiar con el hecho que una criatura alienígena mataba uno a uno a sus compañeros de tripulación, sino además contra la resistencia de Ash (Ian Holm), que encarnaba la codicia de la misteriosa Empresas Weyland sobre las posibilidades que ofrecía la recién descubierta forma de vida. De una u otra forma, Ripley era el equilibrio entre dos fuerzas que se enfrentaban en el Nostromos y al final, logró no sólo vencerlas a ambas sino además, escapar con vida en medio de una apoteósica batalla por la supervivencia.

Con Sarah ocurría otro tanto. Pero mientras Ripley terminaba su aventura en un sueño comatoso que le llevaría a un futuro distante, para Sarah las cosas eran más complicadas: Cameron ha dicho en más de una ocasión que durante los años que separaron a la película original de Terminator de su secuela, imagino a un androide femenino. Pero la productora Carolco Pictures no sólo rechazó la idea, sino que insistió en que Arnold Schwarzenegger debía regresar. Cameron comenzó entonces la difícil labor de convertir al villano más notorio del cine de los ochenta en un héroe y además, traducir su obsesión sobre el género del nuevo símbolo de poder en el argumento de una forma sutil. Y lo logró: en Terminator 2 Judgement Day (1991) Schwarzenegger regresó como T -800 para enfrentarse al mucho más sofisticado villano T-1000 (Robert Patrick). Pero en realidad, la verdadera heroína era una mujer que pasó casi diez años en un psiquiátrico, sin dejar de entrenar y mantener la entereza. Sarah Connor no sólo se convirtió en un extraordinario ejemplo del antihéroe tradicional reconvertido para las nuevas audiencias, sino que además, encarnó a un tipo de poder femenino que era la combinación de muchos elementos dispares. Tal y como había sido predicho, se convirtió en la madre del futuro líder de una guerra que aún no había comenzado, pero aún más que eso, se convirtió a sí misma en una máquina de matar con un amplio conocimiento de armas y también, con un único propósito: proteger a John Connor (Edward Furlong) y educarlo para salvar el futuro.

Pero más allá de eso, Sarah encarnaba un tipo de furia salvaje que rara vez define a las heroínas en pantalla grande. Con su larga melena recogida en una apretada cola de pony y el cuerpo esculpido por un interminable entrenamiento, la Sarah Connor de Hamilton era algo más que un personaje referencial que contextualizaba el argumento de la película: era el poder mismo de la batalla por la supervivencia que su hijo estaba encarnaría — o se suponía debía encarnar — décadas después. Según contó el propio Cameron, durante la producción del film, exigió a Linda llevar el cabello muy corto, pero la actriz consideró que sería una contradicción al núcleo central del personaje. “Es fuerte, determinada, dura, imperfecta. Pero también es femenina. Su poder reside en la forma en la que entiende el papel en la historia que vendrá y ese papel, es ser la madre de un líder que debe educar” explicaría Hamilton al NYT durante la promoción de la película. Con su cuerpo esbelto convertido en un arma y su rostro sin expresión, Sarah era el Terminator que Cameron había imaginado durante los borradores preliminares del guión. Pero también era mucho más que eso: era una forma de comprender los atributos femeninos desde una óptica de fortaleza imperfecta que con poca frecuencia el cine muestra o analiza.

Durante buena parte de la película, Sarah Connor pasa de ser una sobreviviente a una líder que sabe debe — o puede — cambiar el futuro. De la víctima dispuesta al sacrificio de la primera película, de cuya capacidad para engendrar dependía la supervivencia de la raza humana, Sarah se convirtió en la herramienta ideal para mostrar un tipo de poder que tenía que ver poco con miembros de metal o esqueletos de mercurio líquido. Implacable, dura y precisa, el personaje superó no sólo las barreras que se solían imponer a lo femenino en el cine sino que creó su propio estereotipo dentro del mundo de la Ciencia Ficción y la Acción. Más allá de su capacidad física, Sarah evolucionó a una frialdad obsesiva y decidida que más tarde, transmutó en poder y en una fiera responsabilidad sobre la seguridad de su hijo. Para bien o para mal, esta madre violenta, con amplio conocimiento de armas y sin ninguna duda de su papel en la hecatombe a punto de ocurrir, se convirtió en la manera en que se comprendió a la mujer en el cine de acción en las décadas siguientes.

Del pasado al presente: El poder silencioso.

Tal vez por ese motivo, cuando se habló de revitalizar a la franquicia Terminator, la primera decisión fue traer de vuelta a Sarah Connor, que de hecho jamás había abandonado de todo a la irregular línea temporal de la historia. Su nombre se escucha en cada una de las películas de la saga, ya sea desde el temor o el asombro, el miedo o el amor. Pero al final es Sarah, es la columna vertebral que une los trozos de una historia que paulatinamente perdió brillo y sustancia para convertirse en una pieza de nostalgia en el gran universo de las franquicias más queridas del cine. Como símbolo de algo más poderoso y consistente que la mera capacidad de supervivencia, Sarah regresó a la franquicia Terminator no sólo para quizás cerrar el ciclo que empezó en los años ochenta, sino para dotar de cierto sentido a una historia cada vez más caótica y carente de una esencial original.

Pero además, Sarah volvió para demostrar que de nuevo, el personaje era capaz de romper paradigmas. La Sarah Connor que dispara de pie en medio de una autopista, tiene la misma figura delgada y atlética de hace casi veinte años, pero también, el rostro arrugado y el cabello canoso. Al personaje se le permitió envejecer de la misma manera que a otras tantas actrices, se les prohíbe hacerlo. Y es esa paradoja lo más interesante en medio de un extraño debate sobre la concepción de la mujer en el mundo del cine. ¿A cuantas heroínas se les permite envejecer en pantalla, sin disimulo alguno? Hace un par de años, Jamie Lee Curtis retomó su papel como Laurie Strode en el éxito Halloween (2018) , que como Dark Fate ignoró las múltiples y olvidables secuelas del éxito de terror de los sesenta, para retomar el hilo original de la historia imaginado por John Carpenter. Para la ocasión, la Strode de Curtis no sólo lleva el cabello largo y de un radiante color blanco, sino que no disimula su rostro cubierto de una fina red de arrugas que no sólo le brindan carácter sino que además, recuerdan el paso del tiempo. Pero el poder del personaje sigue allí: como Sarah, Laurie ya no es víctima sino un depredador en plena cacería y es ella (y las mujeres de su familia) la que miran sin pestañear el rostro del implacable Michael Myers para contemplarle mientras muere envuelto en llamas. Sea no el final del Myers (y a juzgar por la rápida producción y filmación de la secuela, seguramente las Strode volverán a enfrentarsele), el hecho es que Laurie es una mujer poderosa que además, es el centro del paso del tiempo en una historia que le pertenece.

También ocurre con Sarah, que esta vez si lleva el cabello corto — tal vez el productor James Cameron logró convencerla en esta ocasión — pero que con voz seca y dura, admite sólo vive para matar y “beber hasta caer inconsciente”. No obstante, Sarah Connor continúa siendo una mujer poderosa: tanto como para sostener a la frágil Grace y a la asustada Daniella, mientras la amenaza se convierte en un peligro letal cada vez más cercana. Quizás, ese sea uno de los grandes problemas de la película Miller, creada y ejecutada para explotar la nueva sensibilidad de lo femenino en el cine, pero que en lugar de eso, muestra un exceso de emociones en mitad de un campo de batalla frenético sin demasiados alicientes. Sarah Connor no sólo sostiene la historia sino que además, le brinda una inusitada personalidad, un reborde de enorme fuerza que une al argumento disparejo hasta convertirla, quizás de manera involuntaria en el centro de la historia. ¿Es Sarah el centro del argumento de Dark Fate o sólo el motivo por el cual incluso cuando la narración se hace disparatada y lamentablemente débil, continúa revistiendo cierto interés? Es Sarah, la voz de la conciencia de una nueva tribu de mujeres poderosas — o que pretenden serlo — que llevarán adelante un futuro en medio de la incertidumbre.

Pero es Sarah y no Daniella o Grace, la que lleva la carga de responsabilidad sobre los hombros. Es el personaje la que cuenta la larga historia de ataques y terrores que acechan a la raza humana y por supuesto, es Sarah, la que al final está allí para ver la muerte definitiva de su enemigo convertido en aliado circunstancial. Con el rostro cruzado de arrugas naturales, el cabello despeinado y los ojos abiertos, llenos de emoción, miedo y furia, la Sarah Connor de Linda Hamilton sigue siendo el símbolo de algo mucho más complicado que una heroína de acción. De hecho es una forma de comprender la fortaleza de los personajes femeninos a través de sus debilidades y dolores. Sarah, que sabe empuñar armas sofisticadas y usarlas de manera eficaz, también es capaz de llorar por el pasado, temer por la presencia del antiguo némesis y al final, conmoverse por la muerte. Después de casi veintidós años, es evidente que la gran heroína de acción de nuestra época no sólo se hizo más fuerte sino también, más humana. Una combinación extraordinaria que la convierte sin duda, en una metáfora del poder de la mujer en el cine más allá de los estereotipos habituales. Un nuevo tipo de poder.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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