La ciudad y la oscuridad: La solidaridad, la fortaleza, el poder del héroe anónimo.

El apagón nacional en Venezuela puertas adentro.

(Lee aquí la segunda parte de esta crónica)

Un hombre que sólo conozco por el nombre y con quién nunca conversé antes, me habla en voz baja y cansada sobre su experiencia en medio de un apagón que ya se extiende por casi cuatro días completos. La voz va y viene: el servicio telefónico es ahora mismo tan inestable como todo lo demás, pero escucho lo suficiente para saber lo esencial: lucha como puede contra una situación que le supera. Encontró la manera de ayudar a otros — obsequió comida, llevó en su automóvil a pacientes a un dispensario cercano al lugar en el que vive, consoló a una vecina anciana — pero ahora mismo, perdió las fuerzas. Me lo dice en un hilo de voz. Que a veces “todo es muy grande y siente no puede más”. Le escucho, le consuelo con torpeza, pero al final, nos consolamos ambos. Para cuando cuelgo la llamada, ambos reímos en voz baja por un chiste malo que hice. Suspiro, las manos me tiemblan, marco el siguiente número telefónico.

Hasta ahora, he realizado más de treinta llamadas telefónicas. Todas a desconocidos: padres, madres, hijos hermanos de voces en internet con quienes nunca había conversado hasta que me ofrecí en público a intentar contactar a parientes de Venezolanos que emigraron. El aislamiento en las comunicaciones es cada vez más grave y complejo: los datos de telefonía móvil funcionan sólo de a ratos y en ráfagas aleatorias, lo mismo que el servicio de teléfono local. De pronto el silencio de la ciudad — el país — a oscuras, cobra un nuevo significado. Se hace enorme. Un cerco que nos deja detrás de un muro invisible y violento difícil de superar.

Pero lo intentamos. De maneras distintas, de forma casi torpe, pero efectiva por la mera buena voluntad que sostiene la posibilidad. La idea surge de pronto, casi por casualidad, en medio de la impotencia de no saber cómo ayudar en mitad de una situación inédita e insostenible. En la zona en la que vivo, el servicio eléctrico regresó el sábado en algún momento de la mañana, aunque de manera parcial e intermitente. De inmediato, reviso las redes sociales, trato de entender que ocurre. Leo a cientos de Venezolanos fuera del país, aterrorizados por el silencio. “No tengo noticias sobre mis padres hace dos días” dice alguien a quien conozco por sus comentarios humorísticos. Ahora parece mortalmente serio “Por favor, ¿pueden ayudarme?”. “Mis padres son ancianos y no tengo como contactarlos” dice el médico que siempre ofrece consejos sobre la salud. El experto en músico cuyo canal de Telegram disfruto especialmente habla de la “soledad en medio de la oscuridad”. “Estamos solos” dice. “Esto es tan duro”.

Empieza con un tuit solitario. “Puedo hacer la llamada telefónica que necesites” escribo sin sabe si tiene algún objeto. Para mi sorpresa, de inmediato, obtengo respuesta. “¿Puedes llamar a mi papá?” me dice N. a quien no conozco y leo por primera vez. Acepto. “Mi papá se llama M., estará preocupado, pero es fuerte” me escribe la desconocida y casi puedo sentir su miedo, tan real y cercano que hace que los ojos se me llenen de lágrimas. Marco el teléfono, escucho el tono. Una voz masculina y educada me responde. “¿Señor M.? pregunto con cautela. La verguenza me cierra la garganta, una rara sensación de irrealidad. ¿Qué estoy haciendo? me digo, la timidez de siempre en algún punto de mi mente. Pero me concentro en explicar, en hablarle sobre la preocupación de su hija. Y ocurre el pequeño milagro: la voz se anima, le escucho reír. “¡Llama una hija de la niña!” le escucho gritar. Y de la misma manera como se contagia el miedo, lo hace la alegría. Siento que el dolor que me cierra la garganta desde hace cuatro días se hace más soportable, menos importante. Esto es bueno, me digo. Esto es una forma de luchar.

Continúan llegando mensajes. Tantos, que mi prima comienza a echar una mano, después mi mamá. Al final del cuarto día del apagón Nacional en Venezuela, la conversación entre Venezolanos de aquí y de allá, se hace enorme, una complicidad extraordinaria. La fortaleza, dice mi madre a una mujer que no conoce y cuya voz escucha por primera vez. “A este país nadie lo vence fácil. Somos fuertes”. Mi prima sonríe al escucharla y de nuevo siento que en medio de la oscuridad, el miedo y la necesidad de seguir a pesar de todo, son un tipo de fuerza que no conocía y que por primera vez en mi vida, tiene significado. Soy muy cínica para creer en pequeños prodigios, pero si, en la capacidad individual de crear el bien, de asumir una cuota de responsabilidad invisible que hasta ahora, no sabía podía ser una forma de consuelo. “Estamos tranquilos” dice la voz de una madre al teléfono “estamos aguantando. Vamos a salir de esto”. Esa certeza inocente, firme. Esa necesidad de mirar en medio de las sombras hasta encontrar la luz, cualquiera sea su fuente.

Descubro que no estoy sola en mi pequeña cruzada destartalada. Otros Venezolanos comienzan a ofrecer su solidaridad con una firmeza que me enorgullece y me llena de alivio. No estamos solos, pienso mientras leo a alguien ofrecer su automóvil para traslados de enfermos en caso de necesidad. Alguien prepara un almuerzo improvisado y variado con alimentos perecederos para la gente de su calle “Que nadie se quede sin comer, para eso estamos aquí” escribe y muestra las fotografías. “¿Alguien necesita hablar? Estoy disponible para escuchar y consolar” dice uno de los tantos Venezolanos emigrantes. De los que hiere la impotencia, de los que llevan el país como un peso físico sobre los hombros. “Estamos todos juntos en esto” dice mi amiga R. , que ofrece su casa, cocina y oído atento al que pueda necesitarlo “Que nadie se quede solo”.

Y mientras telefoneo, consuelo con torpeza, abro puertas a vecinos y desconocidos — alguien vino a preparar café y a simplemente, conversar un corto rato sobre cine y televisión, imitar la vida normal en pequeños fragmentos — comprendo que en toda tragedia el ojo del huracán es algo mucho más poderoso e inexplicable, que la debacle tiene un rostro y es el nuestro. Que mientras hay saqueos, desesperanza y el terror ciego de la incertidumbre, también hay una solidaridad nacida del esfuerzo. Una consciencia concisa sobre la responsabilidad que tenemos unos con otros. La práctica convicción que estamos unidos en medio de una tragedia tan enorme como imprevisible. “Los buenos somos más” me escribe alguien que me agradece, aunque no creo merecerlo. La frase, que he escuchado muchas veces antes sin prestar verdadera atención a su significado solemne e ideal, me hace sonreír, aunque no sé exactamente el motivo. Los buenos somos más, pienso mientras leo docenas de Tweets de médicos, psicólogos, ofreciendo sus servicios a distancia, el consejo, la mano extendida. “Los buenos somos más” pienso otra vez y me pregunto si en realidad, se trata de esta convicción de un deber personal hacia el otro, nada relacionado con religión, sino una mera empatía primitiva, elocuente sobre nuestra capacidad para reconocer a otros como parte de una gran red silenciosa a la que todos pertenecemos de una manera u otra. ¿No estarás exagerando? dice la vocecita cínica de mi mente ¿No estarás realmente brindando virtudes a la mera intuición del superviviente? Sacudo la cabeza. Marco de nuevo un número de teléfono. El sonido intermitente de la línea inservible me enfurece. No, se trata de algo más, me insisto. “Puedo cocinar para quién lo necesite” dice una mujer que se identifica como cocinera “También le puedo enseñar a preparar platos sencillos con la comida que tenga a mano”. Muestras de solidaridad breve, limpia. Somos fuertes, me repito, marcando de nuevo el teléfono con los dedos rígidos de furia. Somos fuertes. Por supuesto que lo somos. Lo sepamos o no.

Participo en un grupo de ayuda para quienes como yo, sufren de trastornos psiquiátricos asociados con la ansiedad y el pánico. Del grupo de seis, sólo cuatro asisten hoy debido al apagón. El resto se excusa por cansancio, agudización de los síntomas. La doctora N., Nuestra psiquiatra, inclina la cabeza preocupada, entristecida, frustrada.

— Las medicinas son necesarias para mantener el ritmo, pero lo es aún más, mantenerlos juntos y conscientes que podemos superar la emergencia — explica, en su tono de voz apacible y amable — pero bueno, supongo que por ahora, no es prioridad para nadie ese tipo de temas.

Hace poco, pensé en algo semejante. Lo hice, luego de sufrir una crisis de pánico tan fuerte que me dejó tendida en mi cama, llorando de miedo. Fue el segundo día del apagón, la noche más oscura de todas, cuando la ausencia de respuestas me hizo creer en la posibilidad que el problema jamás se pudiera solventar, que el país terminara convertido en un paraje desolado y devastado. El pecho cerrado en un nudo insoportable, la garganta seca y rasposa, la sensación de inminente amenaza. La respiración convertida en un hilo. Pensé en cuántas personas debían sufrir síntomas invalidantes como los míos en la Venezuela actual. Cuántos enfermos — del cuerpo y la mente — debían soportar la conciencia de debilitarse, caer un poco a diario, desplomarse por el mero hecho de no ser prioridad para nadie, de padecer el dolor insistente y demoledor de no formar parte de ninguna cifra oficial en medio de una situación inimaginable.

— ¿Piensa que habrá solución a todo esto pronto? — pregunta R., una de las pacientes.
— Tenemos que encontrar una manera de seguir a pesar de todo — dice la doctora, esquivando hábilmente la pregunta — A veces la solución no proviene de afuera. Proviene de la fuerza que podamos encontrar en lo que hacemos, las pequeñas soluciones a mano.

R., esposa y madre de dos, llegó al grupo por padecer de agorafobia y descubrió que se trataba algo más que una reacción natural al clima de inseguridad reinante en el país. Necesita los medicamentos para ser “buena madre” explicó en una ocasión, con las manos temblando, conteniendo las lágrimas. “Debo funcionar por mis chamos, más que por mí misma” agregó en esa oportunidad. Ahora, parece sólida y compuesta. “Ayudo a mis vecinos mayores, toco las puertas de los que llevan algunos días enclaustrados, me hago cargo de los que están aturdidos por toda la conmoción” dice con su maravilloso uso de las palabras, esta maestra de literatura que seguramente, enseñará con la misma entereza con que ahora habla. Me conmueve su fortaleza a pesar de su fragilidad. Hace un rato, nos contó a todos que difícilmente puede controlar la ansiedad, que le lleva un esfuerzo casi insoportable salir a la calle, enfrentarse a esta Venezuela árida y violenta con la que debe lidiar. Pero aún así, hay energías para seguir con la intención de ayudar, de ser algo más que un número o estadística.

Estamo atrapados en una red de sufrimiento anónimo y minimizado. Todos los que sufren a diarios pequeñas desgracias casi imperceptibles. Los que sufren de migrañas recurrentes, dolores crónicos, crisis de asma. Los que padecen cuadros estomacales sin mayor trascendencia, los que lidian pequeños achaques difícilmente mortales. Tengo miedo, mucho miedo. El miedo a la amenaza que supone no poder asegurar que conservaré mi salud, mental y física. De sortear un complicado camino de obstáculos para intentar — sin lograrlo, seguramente — mantenerme sana en medio de una crisis sin precedentes. Pero también me siento mucho más fuerte de lo que me he sentido en mucho tiempo. Llena de una energía firme y objetiva: ayudar es una manera de recordarme que no hay una otra manera de recordar que el bien — la capacidad de crearlo — no es un ideal, sino una decisión. Y en Venezuela, esa decisión está en todas partes. A pesar de todo, quizás por todos. A veces me pregunto si Venezuela está rozando el límite de un conflicto social y cultural inimaginable para cualquier de esta generación desgastada y confusa a la que pertenezco. No lo sé, y quizás, esa gran incógnita en mitad de otras tantas, sea lo más preocupante. Pero, ahora mismo, la convicción de ser parte una enorme red de ayuda — de voluntarios, solidarios espontáneos, de ciudadanos cada vez más conscientes y responsables de su rol histórico — tiene un valor único, asombroso, sorpresivo.

Somos fuertes, me digo marcando por enésima vez el número telefónico de un hijo, un padre, un hermano preocupado. Mucho más de lo que suponemos. Finalmente, escucho el sonido del repique y una voz cansada pero alerta. “Le llamo porque su hija está preocupada por usted” comienzo y de nuevo, los ojos se le llenan de lágrimas. El poder pequeño de hacer el bien.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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