La ciudad y la oscuridad:

Cuando la incertidumbre está en todas partes.

Mi bisabuela decía que a todo te acostumbras, incluso en las peores condiciones. Ella lo sabía bien: había llegado de una España rota por la Guerra Civil, con todas las mañas de los vulnerables y los desprotegidos. Me contaba que contaba las cucharadas de arroz, las veces que se iba al baño, todas las ocasiones en que la ropa se zurcía. La escasez era una forma de vivir y esa vida, un hilo que conducía todo lo demás. Desde la mañana a la noche, había que seguir un cierto ritmo roto. Tan delicado y cuidadoso, que podía romperse por cualquier motivo y ocasionar el desastre.

— Por ejemplo, si comías más verduras un día, ya sabías que la semana sería para pasar hambre — me contó una vez — y si usabas la ropa dos veces sin coser el agujero, la perderías para la tercera. Había que tener cuidado con esos desastres cotidianos. Tenerlo mucho, porque de eso dependía todo lo demás.

La escuchaba sin creerle mucho. En realidad, no podía imaginar un país en el que huevo era una especie de pasta pulverizada, las medias de nylon fueran un lujo y la comida debiera calcularse con economía de Guerra. Venezuela todavía era próspera: tanto como para que esas precauciones de la pobreza me parecieran una excentricidad. En una ocasión le pregunté a mi padre si mi bisabuela se inventaba esas cosas para asustarme. Si se trataba de fábulas como las del hombre del saco que vendría a robarme los ojos si no me comía la cena o la de las Animas, que paseaban de un lado a otro entre un silencio lento y solemne. Francesco me miró con seriedad.

— Eso lo vivió. Es tal y como te lo cuentan.
— ¿Pero por qué puede faltar la comida?
— Porque la guerra lo destruye todo.
— Pero queda, para los buenos.
— No queda para nadie.

No he vivido una guerra, pero sufro las consecuencias, me digo con un sobresalto. No sé por qué he recordado esa conversación hoy — a mi bisabuela, en general — en el ¿quinto? ¿sexto día? De este apagón indefinido que destruyó los últimos vestigios de la normalidad en Venezuela. Hago una lista pormenorizada de todo lo que hay en los anaqueles de la cocina, de lo que acumulo, lo que puede comerse en los próximos días. Y mientras anoto el número de latas, de sobres de sopa, de especias, recuerdo a mi abuela, cuando me hablaba de su “vieja casa”. De la forma en que se reflexionaba con mucha seriedad entre los miembros de la familia que se comería o no. “La postguerra fue más dura porque ya no había nada contra qué luchar” me dijo ya muy viejita, desmigajándose en senilidad. “Uno la llevaba en la piel”.
Tenemos cien años de paz en Venezuela. Es una consigna que escuché durante toda mi adolescencia. Un orgullo histórico. Cien años de paz. Pero en realidad, todo se trata de una máscara. Algo vacío y hueco que no sé bien como entender ahora, cuando vivo a oscuras la mayor parte de los días, cuando comprar comida se ha hecho una especie de travesía de casualidades. Que encuentres la comida, que tengas el dinero — los dólares, me recuerdo — que tengas la posibilidad de conservarlo. Los bajones y subidones eléctricos han destrozado los electrodomésticos, de modo que también, no tiene mucho sentido acumular alimentos. Una guerra que no ocurrió, pero que dejó una posguerra dura, implacable. El pensamiento me deja sin aire, me deja tan agotada, que me debo sentar para tomar un poco de aire, recomponer la cordura.

— ¿Estás bien?

Mi mamá me mira con preocupación. Ha venido a casa para supongo asegurarse que mi prima y yo nos encontramos bien. No hay datos móviles, pocas líneas telefónicas funcionan y el servicio de internet lo hace a ratos. En realidad, no lo hace, me digo apretando los labios. No lo hace y eso es otra capa a la oscuridad de la falta de electricidad. Es como encontrarse en mitad de un silencio que abruma por su peso, por su cualidad para lograr aislar por completo. Una distancia incalculable entre el mundo de las cosas y de las personas que disfrutan vidas normales y este espacio sin nombre. Sin noticias del exterior, a no ser la calle vacía, los automóviles que atraviesan la calle con lentitud y muy de vez en cuando. De modo que mi mamá ha venido. Me abrazó, me acarició el rostro, me miró con atención. Supongo que se pregunta si mi estabilidad mental podrá sostener el vaivén de la crisis, sus momentos altos y bajos. Me hace sonreír el pensamiento porque justo lo que me ha sostenido ha sido esa sensación de comprender las sombras con la paciencia del observador. Existo y no existo, en los restos de esta guerra que no sucedió.

— No estoy mal — contesto por fin — la verdad, lo único que puedo hacer es sostenerme.
— No intentes sonar heroica, si te sientes mal, estás mal.

Ayer, la voz de un programa radial decía algo semejante: si usted está mal, no lo disimule, déjese caer para luego levantarse. Lo mismo me ha dicho A., mi querida profesora de fotografía. “Caerse no es una forma de debilidad”. Pero es difícil pensar en triunfos y alcances del daño mental y moral, cuando debes lidiar con noches que duran años, con una oscuridad densa que te sofoca, con el silencio doloroso que pesa como una criatura viva. Todos los días, la normalidad convertida en trozos desperdigados de un lugar a otro. Tengo miedo. Tanto como para que me sofoque. Pero también estoy furiosa. Llena de ira, herida y destrozada por una situación inexplicable.

No se trata tan solo de sobrevivir el apagón interminable, sino escuchar las historias que trae aparejadas. Las muertes en quirófanos, ascensores. Los suicidios silenciosos — una mujer se abrió las venas y se desangró en la habitación junto a la que dormían sus hijos y esposo -, los bebés muertos en incubadoras que dejaron de funcionar, los pacientes dializados que colapsan y mueren en medio de la tragedia. Hay que sobrevivir a eso. Hay que sobrevivir a temer que una noche, algo ocurra. Un asalto, un disparo, un desconocido que decidió probar suerte en los pasillos del edificio en el que vives. Es miedo, además de carencias, además de la oscuridad que no sabes cuándo volverá. Es la sensación que, en todas partes, se derrumba el país a pedazos, que los escombros pueden aplastarte de un momento a otro. Que la vida es tan enorme como violenta, tan dolorosa como inabarcable en medio de una tragedia que es puro silencio inexplicable.

— Solo trato de no volverme loca — le explico — de…seguir de alguna manera.
— Todos lo hacemos — dice mi mamá con su habitual tono un tanto duro — todos tenemos que hacerlo, lo contrario es dejarse vencer.

Una vez pensé que, en las guerras, el enemigo les otorga rostro a los terrores. Los modula, los sostiene, le brinda sentido. Es mucho más fácil luchar y pelear contra lo que puedes mirar y tocar, señalar y aborrecer. En nuestro caso se llama dictadura, una férrea dictadura militar que ejerce control hasta en los mínimos estratos de este proyecto fallido que llamaron “revolución”. Pero también es algo más: uno lucha contra uno mismo. Contra la resistencia al miedo, al hábito de la oscuridad, a la supervivencia diaria. “¿No era lo que tanta gente había deseado?” me dijo hace unos días uno de mis vecinos “¿Pulverizar la vida corriente por completo, hasta que no quede nada? Eso es lo que tenemos. Ya la crisis no puede ignorarse, ya no se puede mirar a otra parte. Se acabó las saliditas al cine, se acabaron los partidos de Béisbol. Se acabaron los restaurantes. Si la gente no entiende así que es lo que pasa, es que se merece esta mierda”.

¿Nos lo merecemos? Esa es una idea dura. Yo soy de las que creen que se mantiene la moral en alto enfrentándose a la violencia del despojo con ¿qué? ¿Con lecturas? ¿Con películas? ¿Con espectáculo? ¿Con conversaciones frívolas? Los ojos se llenan de lágrimas y trato que mi mamá no las vea. Pongo las latas en orden en el anaquel, con los dedos rígidos de angustia. ¿La solución a la tragedia es esta crisis perpetua? ¿Esta radical violencia que nos arrebató hasta la última forma de sostenernos y atravesar el medio? No lo sé. Siento tanto miedo. Y también cólera. Eso último es bueno. Es mejor estar disgustado que triste, me dijo una vez una amiga que atravesaba el cáncer con la cabeza en alta. Es mejor enfurecerse que languidecer. No quisiera tener que escoger entre ambas cosas, pienso. Pero debo hacerlo. Necesito hacerlo, si es que quiero sobrevivir — o permanecer cuerda — en medio de todo esto.

Otro apagón. Son las tres de la mañana. En algún punto de la madrugada el servicio de internet se restituyó y me apresuré a enviar correos, escribir artículos y cumplir entregas. El mundo fuera del muro de oscuridad no se detiene, de modo que yo tampoco debo hacerlo. Hay todo un mundo afuera, me digo y ahora si estoy furiosa, escribiendo a golpes de dedo rabiosos contra las teclas. Debo recordar que esto no es vida, ni tampoco la guerra. Es algo entre ambas cosas. Es un temor profundo, insustancial, perverso. Pero aquí está la furia, me digo mientras escribo a toda velocidad. Aquí está la cólera para sostenerme.

Oscuridad otra vez. Tan profunda que tomo una bocanada de aire para no gritar. Pero no es de miedo, sino de furia. Y eso es bueno.
Hay que continuar con el impulso de contar, sobrevivir, creer en la posibilidad que la guerra que se libra — que jamás existió, que sólo existe en la frontera de un país desigual — sólo se ganará con esta cólera brillante, personal. Casi purificadora. En la oscuridad, eso es suficiente. O eso quiero creer.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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