La belleza de lo odioso, lo feo, lo antinatural.

El secreto dentro del secreto de Diane Arbus.

Diane, en la búsqueda de la mirada profunda.

Diane Arbus abandonó el mundo de la moda con treinta y tres años, en busca de un lenguaje fotográfico menos banal y artificial. Por entonces, su matrimonio con el actor Allan Arbus se resquebrajaba y la vida personal de la fotógrafa se desdibujó en un conflicto emocional que logró sobrellevar gracias a la fotografía. Lo hizo además en la calle, un lugar que complacía su obsesión por los secretos. De pronto, esta mujer acaudalada y privilegiada — ella misma se define como una “típica niña bien” — se encontró sumergida en la vida real, con toda su potencia, dolores y angustias. Para Arbus, el descubrimiento significó una visión por completo nueva no sólo sobre sí misma sino del concepto que hasta entonces había tenido sobre el arte. Desdeñó todo lo que había fotografiado hasta entonces — “fue una delicia quemar los negativos del trabajo que jamás me importó” — y en 1956, marcó con el número 1 el rollo que marcaría el comienzo de una vida artística que jamás pensó disfrutar y que creó todo un nuevo de estilo de fotografía que le sobreviviría.

Diane, la temible y la caída hacia la oscuridad.

Como fotógrafa, Arbus había sido parte del mundo de la moda, pero siempre supo que podía encontrar algo más que el brillo irreal de la belleza prefabricada. Solía decir que desde niña, era muy inconsciente que más allá de la “normalidad” en que vivía había un mundo por descubrir que percibía como una serie de símbolos a la periferia. “¿Qué era animal y qué humano?, ¿qué era verdadero y qué fruto de la imaginación?” se preguntaba en sus diarios, llenos de anotaciones sobre la soledad, el alineamiento y el temor a la diferencia. Para Arbus la belleza residía en lo grotesco y fue la cámara el medio que le permitió analizar el concepto a placer. El pintor Mark Rothko, uno de sus amigos, le insistió en una ocasión que “Sin monstruos, sin dioses, el arte no puede interpretar nuestro drama”. Arbus escribió la frase en todas sus libretas, como un recordatorio constante de su visión fotográfica.

En el silencio de las puertas cerradas.

Diane Arbus fue encontrada muerta en la bañera de su casa en Nueva York. Había tomado una dosis de barbitúricos y después, se cortó las venas. En el baño, se encontró un trípode y una cámara y aunque no llevaba rollo, corrió el rumor que la fotógrafa había intentado tomar una última fotografía antes de morir. Tenía 48 años, buena salud y su trabajo fotográfico atravesaba un momento de enorme resonancia pública. Nadie comprendió los motivos que llevaron a Diane Arbus al suicidio: la noche anterior a su muerte había cenado con dos de sus amigas y ambas aseguraron que había reído y comido con buen apetito. Una de ellas comentó que quizás el único vestigio de la oscuridad interior de Diane fue un comentario pasajero sobre el miedo “Siempre hay un momento en que creo me sofocaré de puro terror” le había dicho, en medio de las copas y las conversaciones ruidosas. Quizás se trató del preludio de lo que ocurriría después.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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