Crónicas de la lectora devota:

Por décadas, la llamada Final Girl fue el emblema más reconocible del subgénero de las denominadas películas Slashers. La fórmula trillada de mujeres muy jóvenes, hermosas y castas que luchaban a ciegas contra el asesino de turno, creó toda una percepción sobre la sobreviviente final a la masacre típica y también, un subtexto más o menos apreciable sobre la crítica social que suele llevar aparejada — incluso de forma involuntaria — cualquier película de terror. Porque la última chica en morir — la víctima propiciatoria, la sobreviviente, la que lograba escapar del cuchillo asesino — casi siempre era la más guapa, pero también la más inocente de todo un grupo de jóvenes destinados a morir como chivos expiatorios de la furia asesina serial del personaje central.

No se trata de una idea reciente, pero aun así, la Final girl se convirtió en el hilo conductor de la fórmula de terror que incluía salvajes asesinatos y extravagantes muertes. Era la última chica la que probablemente descubría la identidad del asesino, la que sorteaba todas sus trampas, la que sacaba fortaleza en el último tramo del argumento para levantar el hacha que podría vengar la carnicería de la que probablemente había sido testigo. La víctima propiciatoria, era una forma de comprender el tiempo y el trasfondo de los argumentos sencillos de las películas de terror y sobre todo, su capacidad para elaborar algo más complejo que una simple matanza espontánea.

El escritor Grady Hendrix explora la idea de una forma por completo original en el libro The Final Girl Support Group, una extrañísima visión sobre la figura de la mujer que se enfrenta a los asesinatos estereotipados que imagina la cultura popular, pero en específico a la violencia como estructura reconstruida para simbolizar ideas muy concretas de lo contemporáneo. Por supuesto, la chica virginal y sobreviviente a todo tipo de penurias, no es una imagen nueva ni mucho menos novedosa. Hendrix toma todas las versiones sobre la mujer que sobrevive a un asesino y lo transforma en una narración brillante, sobre la idea del terror como algo más profundo que la posibilidad de morir. De hecho, uno de las grandes virtudes de The Final Girl Support Group, es reinventar la concepción sobre el peligro. Y lo hace al meditar sobre la amenaza y el riesgo como una construcción relacionada con la forma en que la víctima — o superviviente — asume sus posibilidades de superar los obstáculos. Hendrix, conocido por sus novelas frenéticas y con un peculiar énfasis en la necesidad de reconstruir el lenguaje del cine y la literatura de terror, encuentra en su nueva novela un vehículo perfecto para una hipótesis desconcertante. ¿Qué ocurre si el peligro y la amenaza son también los que propugnan un pensamiento más elaborado en la víctima? ¿Existe la posibilidad que una víctima pueda recorrer un camino de temible desconstrucción a través de un trauma que le supera?

Claro está, Hendrix no hace lo anterior a través de un tratado teórico sobre el trauma, sino que crea un personaje sorprendente que le permite analizar no sólo las secuelas físicas y mentales de un hecho de naturaleza violenta, sino además, plantearse inquietudes muy definidas sobre el tema. Lynette Tarkington es una sobreviviente de un asesino que durante veinte años ha lidiado de la mejor manera posible con el miedo y el estrés postraumático de haber sobrevivido a un asesinato. Como cualquier otra víctima, Lynette sufre de paranoia, problemas de intimidad, pero a diferencia de otras tantas, tomó la extraña decisión de reflexionar sobre el miedo desde la posibilidad que sea parte de su vida. “Siempre tengo miedo” dice el personaje durante los primeros capítulos, mientras asiste al grupo de terapia que brinda título al libro . “No recuerdo un momento en dos décadas en que no haya estado completamente aterrorizada, a punto de huir o temblando de náuseas de puro nerviosismo. Pero eso no es malo para mí. Me ha hecho consciente de qué ocurre en mi vida debido a lo que sufrí”. Cuando la terapista cuestiona el hecho del miedo como un medio de aprendizaje, Lynette estalla en risas. “Nada te enseña mejor tu fortaleza que el hecho que ser más fuerte de lo que temes”.

Hendrix no deja claro (no de inmediato), si la postura de su personaje es una forma de mantenerse en pie, un método de defensa o algo más retorcido. De hecho, el personaje que relata su historia en primera persona, no deja de preguntarselo. “Cuando el miedo ya no es problema, te permite entender que cada cosa que has hecho, es parte del temor a perder algo o el miedo profundo a no obtenerlo. Pero yo estuve a punto de morir. ¿Qué puede preocuparme una vez rebasada esa línea?” Para Hendrix es de enorme importancia dejar claro que más allá del daño psicológico que Lynette sufre, hay un hecho concreto. El personaje es más fuerte, capaz y en algunos momentos, desafiante por el hecho de temer. “No puedo evitar arriesgar mi vida, sacrificar pequeñas y grandes cosas. No puedo evitar estar convencida que puedo disfrutar el borde de todas las cosas. No puedo evitar sospechar de todos. Y no poder evitar nada de eso, es un tipo de poder”.

Hendrix utiliza todo tipo de recursos para contextualizar un estado anímico semejante y The Final Girl Support Group se sostiene sobre la forma en que el autor, profundiza la historia en docenas de ángulos distintos. Desde el relato de Arianna — que logró descubrir la manera de sobrevivir al tétrico laberinto de su pueblo -, las víctimas propiciatorias de Tracio hasta las Amazonas, las mujeres que logran sobrevivir a partir de su astucia y fuerza, es un motivo recurrente en el arte y la literatura de todo el mundo. Sherezade, logró salvar la vida gracias a su inteligencia y talento para las historias. Lucrecia de Roma, sobrevivió a su violador, sólo para someterlo al escarnio público y salvar del deshonor a su familia. La Mandrágora de Hanns Heinz Ewers, que no sólo es hija del horror sino, además, la sobreviviente esencial, con toda su carga simbólica de nacer del pecado y prosperar gracias al terror. Todo lo anterior y más, es analizado por Hendrix una y otra vez, el arquetipo de la mujer víctima que toma el poder del que fue despojada, se repite hasta crear una idea más convincente — y sin duda poderosa — de lo que podría ser por el mero hecho de enfrentarse al peligro. Y sin duda, es esa reencarnación de la mujer que batalla para sobrevivir y sortea todo de dificultades hasta triunfar, la versión más primitiva de un mito que parece repetirse en la actualidad con más frecuencia del que suponemos. Una historia primitiva con raíces profundas en el subconsciente colectivo.

Con su carácter revisionista, Hendrix no sólo encontró en la víctima una forma de mostrar los límites de lo que puede aterrorizar, sino de tocar un sutil vínculo con un tipo de idea pseudo mitológica que pondera sobre el poder de la muerte sobre la vida. Una y otra vez, el género creó la percepción de la fragilidad como un elemento ineludible del terror y también, una tentación insoportable y la mayoría de las veces, peligrosa. Para Hendrix, la combinación entre fragilidad, rabia y miedo crean un tipo de personaje que no es sencillo de comprender y que de hecho, enarbola una cierta concepción del tiempo a través de algo más profundo. El Drácula de Bram Stoker no sólo se siente atraído por Lucy Westenra por su belleza, sino también su pureza. Otro tanto ocurre con los vampiros de Anne Rice, cuya mayor aspiración es la “sangre inocente”. Incluso en la ya icónica El alma del vampiro de Poppy Z. Brite, la figura de la inocencia es el reclamo inmediato para la sed de sangre y la necesidad de posesión. Algunos paralelismos parecidos usa Hendrix al hablar sobre Lynette, que fue escogida por su agresor por “ser bonita” como apunta el policía quien llevó su caso y con el que aún comparte algunos correos electrónicos. “Era bonita, era virginal, tenía aspecto inofensivo. Eso me convirtió en carroña, en un cebo apetitoso”. Como si del mero impulso sexual se tratase, Hendrix deja claro la correlación entre el furor asesino y la virginidad — o lujuria — de la víctima parece ser parte de una serie de planteamientos que se remontan a la literatura medieval e incluso, a textos muchos más antiguos. La muerte convertida en amor — a la usanza de Perséfone y Hades — y la vida — en toda su fragilidad y pureza — en un límite entre el bien y el mal.

The Final Girl Support Group lleva a una nueva dimensión el concepto desarrollado por la escritora Carol J. Clover en su libro Men, Women, And Chainsaws, en el cual profundiza la concepción del mal contemporáneo que se emparenta con una concepción muy específica sobre la mujer y la forma en que la cultura comprender el sufrimiento de la víctima y el trauma colateral. Hendrix utiliza varias de las partes más interesantes del trabajo de Clover para analizar el fenómeno de cómo la cultura pop contempla a la mujer violentada y agredida, pero, en lugar de profundizar sobre el tema, toma la audaz decisión de convertir la novela en algo por completo nuevo y audaz. Hendrix reflexiona sobre la idea freudiana de equiparar el furor asesino con la gratificación sexual para brindar a Lynette una concepción sobre sí misma que roza el temor a ser objeto del deseo no de otro asesino, sino de otro depredador sexual o simplemente, el maltrato psicológico. De modo que permanece sola y lo hace de manera consciente, como otra de las tantas armas de defensa que le permite sobrevivir en medio del terror que considera parte integral de su vida.

De hecho, Hendrix toma la mayor parte de la premisa que profundiza el escritor Robert Ressler en su libro Asesinos en serie sobre la mujer víctima y lo traslada a Lynette para explorar la extraña postura de su personaje. Mucho más, cuando el libro avanza hacia su segunda mitad y comienza a describir lo que parece ser una serie de asesinatos que para Lynette son tan reconocibles como el rostro que ve en el espejo. “¿Qué ocurre cuando lo que temes regresa y se muestra? ¿cuando sabes que está al otro lado de la puerta?”. Con una sorprendente habilidad, lo que comienza como una serie de reuniones de terapia de mujeres traumatizadas, se transforma en una novela de suspenso en la que un asesino sin rostro ataca y va por las víctimas que ya han sufrido situaciones semejantes. Para Hendrix, la pulsión asesina tiene un inmediato componente de frustración sexual. De forma que no resulta del todo osado suponer que el asesinato — en su forma más salvaje y despiadada — es una expiación al deseo, una forma de expresar la noción sobre el amor y la necesidad insatisfecha. “No es casual, que la mayoría de los asesinos de la pantalla grande maten a parejas que disfrutan del sexo o incluso, a las víctimas sexualmente atractivas” explica Lynette, mientras comienza, con un lentitud de pesadilla, a prepararse para enfrentarse al monstruo que está convencida le espera al otro lado de la puerta. La correlación es obvia y elocuente: Hay una percepción conceptual muy profunda sobre la noción de la vanidad del asesinato, entremezclado con el deseo como elemento de la personalidad y lo esencial del ser humano. Al combinar ambas cosas (al crear una idea perenne y solemne sobre el deseo y la violencia) las películas de terror parecen crear un puente de cristal entre la comprensión del asesinato como parte de algo más enrevesado que el mero hecho de matar y algo más profundo. Una disyuntiva en la que la capacidad del hombre para asimilar su propia naturaleza resulta algo más poderoso y salvaje. Una mirada a un tipo de instinto — matar y morir, el deseo y la insatisfacción — que resulta casi un mapa de ruta a través de las incontables capas de simbología de la cultura popular. El asesinato como el horror máximo y el sexo — su posibilidad, la representación carnal de la lujuria — una versión de lo moral que escapa a cualquier interpretación sencilla.

Hendrix dedica su atención a las relaciones de poder y al miedo subvertido en una forma de dominación. Lynette y el asesino que comienza a perseguirla no son sólo personajes, sino también símbolos de algo más terrorífico. “Desde los primeros monstruos que atravesaban poblados para matar con las garras extendidas hasta los asesinos escondidos entre las sombras, la figura del mal subvertido en impulsos y deseos llevó a la pantalla grande un viejo tópico de la literatura: el de la tentación y el impulso homicida, rodeado por algo más duro de asimilar” cuenta Lynette, mientras afila cuchillos y cubre las ventanas de su vieja casa con tablones de madera. “Sólo que ahora la víctima está dispuesta a defenderse”. Quizás para brindar contexto, Hendrix contextualiza su novela en toda la industria basada en las viejas historias reconvertidas para un público ávido de emociones intensas y que encontraba placer en el miedo. “El cine quiere que sepas puedes ser asesinado y lo hará con enorme entusiasmo” dice Lynette, aficionada a la factoría Hammer y que de hecho, pasa sus noches solitarias mirando películas “con monstruos que le fascinan”. No es casual, que Hendrix utilice el símbolo para sostener algo más enrevesado. De nuevo, la víctima propiciatoria era una mujer joven y físicamente atractiva, mientras que la sobreviviente, era el rostro vivo de la inocencia. Entre ambas cosas — y sus infinitas graduaciones — una moralidad atípica subvierte el orden de los cánones de terror en algo más esquemático. En una versión de la realidad convertida en una idea más elaborada y compleja. Y Hendrix lo sabe, lo construye, lo sustenta, lo expresa, lo mira y lo recorre como un tránsito concienzudo de una premisa inquietante.

Pero más allá de eso, Hendrix moderniza la figura de la Final Girl. Después de todo, la figura femenina atravesó una reinvención inédita a partir de la década de 1960, que culminó en una ruptura de paradigma que tuvo todo tipo de implicaciones y la novela lo refleja. Aunque Lynette no es un personaje cinematográfico, las implicaciones de su trauma si son visibles pero sobre todo, se sustentan sobre algo más pernicioso que el miedo a ser atacada. La víctima — pasiva, aterrorizada y la mayoría de las veces sujeta al brazo de su salvador — evolucionó hacia una mujer que podía salvar su vida gracias a su astucia y también, el suficiente valor para luchar contra el riesgo. Pero de nuevo, lo arquetípico pareció imponerse: The Final Girl continuaba encarnando a las virtudes de la virgen canóniga de mitologías mucho más antiguas. La inocencia triunfando sobre la violencia. La castidad sobre la impunidad sexual. Para Hendrix, que dota a su Lynette de fortaleza asexuada y neutra, hay una cierta implicación entre ambos términos. De pronto, la figura femenina podía enfrentarse al asesino — y lo hacía — pero sólo mientras pudiera conservar cierto acento virtuoso. La chica final — la sobreviviente — se transformó en emblema de todo tipo de prejuicios y también, de cierto mirada paternalista y condescendiente sobre la mujer.

Con el correr de décadas, la mujer víctima en las películas de terror se ha vuelto más aguerrida y mucho cercana a una concepción de los procesos internos de los personajes que convierten a la habitual sobreviviente en algo más profundo y pesaroso. Y Lynette, que atraviesa el libro para demostrar que el miedo es algo más que una mirada a la propia fragilidad, es uno de sus exponentes más interesantes. Hendrix logra que el personaje no sólo sea el nudo conductor de la trama, sino además del centro moral y espiritual del argumento. En medio del argumento, lo femenino se vuelve una idea predominante y poderosa. Con su tono frenético, extraño y por momentos doloroso, The Final Girl Support Group es el último escaño de un recorrido singular hacia una nueva percepción sobre la mujer como base y centro del terror nominal.

Para el último tramo del libro, el verdadero núcleo de la novela queda revelado: Lynette se preparó durante casi dos décadas para el extraordinario giro que la historia tomará. Lynette lleva a cuestas la furia como una cicatriz que no llega a sanar y su vida parece resumirse en una colección de pequeñas derrotas en busca de una conclusión al evento central de su vida: esa capacidad para sobrevivir que nunca supo muy bien como sobrellevar y que ahora convierte en un arma. Tal vez la conclusión de una larga travesía de la figura femenina en el cine de género mucho más poderosa y, sobre todo, valiosa de lo que hasta ha sido. Por supuesto, es inevitable preguntarse si el auge de movimiento cómo #MeToo y otros no son la causa de esta reinvención de la chica que grita en algo más profundo y temerario. Pero cualquiera sea la causa, las consecuencias son claras. La víctima ha recuperado su poder y al hacerlo, también su capacidad para batallar. Una forma de sostener una visión renovada sobre la supervivencia. Y The Final Girl Support Group es la mejor demostración de eso.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

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