Hijas de Afrodita.

La hija de la mariposa muerta. (Parte II)

(Puedes leer la parte I aquí)

Pequeñas casualidades asombrosas.

Agatha Christie jamás se planteó la idea de ser escritora y fue la primera en reconocerlo. No tenía la educación, ni el conocimiento del “mundo de los libros”. Tampoco sabía de qué deseaba escribir, aunque ya a los diecisiete lo hacia con frecuencia. Escribía de amor, de dolor, de miedo, de pequeñas angustias adolescentes. “Nada realmente asombroso” diría después, en otro de sus intentos por restar importancia a su temprano amor por la escritura. La verdad es que en mejores condiciones y quizás en un momento económico más propicio, la joven Agatha con toda probabilidad habría llegado a aspirar a un lugar en algún campus universitario o quizás, un tutor literario privado. Pero era pobre, vivía de la amabilidad de los parientes de su madre y el futuro tenía una disposición para ella: contraer matrimonio.

El cuchillo, la pluma, la liberación.

Archie regresó como un piloto reconocido y también como un hombre distinto. Uno que Agatha resintió desde el primer día en que le recibió de nuevo en la casa familiar. “No era el mismo joven que sonreía, tampoco el hombre que me enviaba cartas. No sé quien era”, escribiría la escritora. La pareja comenzó a vivir en Londres y el matrimonio, en suspenso durante los largos años del conflicto bélico, siguió su tránsito hacia la simplicidad de lo cotidiano. Agatha se embarazó y se convirtió en madre. Rosalind se hizo el centro de todos sus deseos, de todo su asombro, de todo lo que aspiraba. O al menos eso fue lo que insistió una y otra vez.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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