Hijas de Afrodita.

El poder de la magia más antigua de todas. (parte III)

(Puedes leer la parte III aquí)

El dolor en toda su exquisita belleza.

Fue el gótico con profundos ingredientes femeninos creado por Ann Radcliffe, lo que permitió al Marqués de Sade convertir a su Justine, en un vehículo narrativo en el que podía combinar lo erótico con lo político. Sade, reaccionario, anarquico y además obsesionado con el discurso alegórico, hizo que su protagonista se mostrara ambivalente — e incluso sintiera amor en algunos momentos — por el monstruo aristocrático que la mantenía cautiva.

Para el Marques de Sade, el poder del sexo residía justamente en la provocación. Sus encendidas historias eran de hecho una metáfora sobre su rechazo al dogma y a la moral, a la búsqueda de lo natural, lo esencialmente humano a través de los excesos. Y es por ello que insiste cada vez que puede que “sólo los hombres de alma vigorosa, las mujeres de imaginación podrán comprender su sentido, aprender sus lecciones y estimular el terreno de esa libertad por medio de la cual alcanzan su complacencia”.

El Marques atacó siempre que pudo los principios y costumbres de una sociedad hipócrita que censuraba lo que consideraba sórdido, pero que a la vez, se sentía irremediablemente atraída por lo prohibido, en una dualidad que recuerda sin duda a Radcliffe y su matizada versión del mundo. Era una época que caricaturizaba y dogmatizaba la sexualidad en una fórmula simple de convenciones sociales agobiantes: la Francia del escritor, justo antes de las revueltas que dieron paso a la Revolución, fueron tiempos ambiguos, de subterfugios y reflexiones incompletas. La mujer y el hombre cumplían un rol social rígido, carente de verdadera dimensión y parecían formar parte de una concepción cultural tan severa como insustancial. No asombra por tanto, el asombro y después genuino horror que despertaron las obras del Marques de Sade, escritas desde su celda de la Bastilla.

El Marques escribía para escandalizar, pero aún más, para sacudir esos elementos que se consideraban incontestables dentro de la sociedad que rechazaba y que a su vez, le atraía. Su prosa egoísta, directa, violenta y transgresora, sorprendió a sus contemporáneos pero también, sentó las bases de una reinvención del mito de escritor maldito, del que escribe como liberación, del que se enfrenta a la sociedad a la que pertenece. Para entonces, Francia ya era célebre por ser la cuna de los llamados écrivains maudits: Villon, Baudelaire, Verlaine; Y no obstante, el mérito de Sade es la de ser revolucionario y apóstata era una época de ruptura. Con su reaccionaria necesidad de enfrentarse a lo establecido, a lo normal y lo aceptable, el Marques creó un nuevo tipo de expresión formal de la literatura. O mejor dicho la reinventó, para un nueva época que había olvidado a los Cirenaicos de la Antigua Grecia y su interpretación del mundo como “El cultivo del placer”. Los libros del Marques, con sus trepidantes escenas sexuales, sus marcada y evidente necesidad de destruir lo meramente simbólico y sustituirlo con opinión, le hicieron una figura que trascendió lo puramente anecdótico para convertirse en icono de la revolución de las ideas.

No obstante, Sade no asumió jamás su visión como estrictamente revisionista: siempre dejó claro que escribía por el mero placer de utilizar las palabras como armas contra una cultura obsoleta. A diferencia de obras como Fanny Hill de John Cleland (1750) donde aún hay evidencias de esa necesidad de respetar lo socialmente aceptable como limite para la disgregación moral, Sade va más allá: redescubre la sociedad moralista desde la óptica del que sufre sus rigores, del que teme y le preocupa su visión incidental con respecto a lo cultural. Sade simplemente ataca la moral y las leyes que censura, que reprimen y limitan. Lo hace comprobando sus grietas, lo desigual de esa percepción de la justicia, el orden, la estructura misma de la sociedad. Lo hace a través de la oposición frontal a ese aparato de lo que la cultura considera indispensable. Y lo hace a través del sexo, esa visión del hombre carente de todo refinamiento. La carnalidad como expresión del yo, esa extravagante visión del sexo como filosofía y destrucción de todo valor.

Una puerta que se abre al viento.

Thomas De Quincey llamó a Ann Radcliffe bruja y esa definición pasó a la historia, como una medida de su talento e influjo sobre escritores futuros. Y de hecho, es esa versión sobre su personalidad en apariencia seductora y por completo irresistible, uno de los pocos puntos que resaltar en una biografía de la que hay muy pocos datos ciertos.

En realidad, Radcliffe es un enigma. Uno muy parecido a los ingeniosos juegos de espacio, tiempo y seducción que creó para cualquiera de sus libros. Más allá de su matrimonio, su renuncia a tener hijos en una época en que era una obligación, su tenacidad al escribir, su inmensa fama y codiciosa necesidad de ser famosa, la escritora parece sepultada bajo la concepción inquietante de un silencio histórico inevitable. Uno que además, sepulta su influencia en algo más elaborado y doloroso.

Durante su vida, surgieron rumores que las aterradoras historias que imaginaban, la habían conducido al manicomio. Los rumores se hicieron tan insistentes, que en una ocasión envío una carta abierta al periódico de su marido, sólo para recordar a los preocupados lectores que la esposa de su editor “pasaba buena parte del tiempo leyendo, en labores de costura y con menos frecuencia de la que desearía, sumergida en la escritora”. Es quizás una de las pocas frases de puño de la autora que han transcendido y puede constatarse como suya. Sus escasos datos reales, se pierden en la enormidad de su obra, en esa vasta descripción interminable de castillos, cementerios, mansiones y bosques habitados por mujeres extraordinarias.

En la actualidad, sólo se conserva una carta suya. Una que además, es reflejo de una frugalidad y un sentido del humor que hace desear conocer a la mujer más allá del mito sobre su influencia en la edad de oro del gótico. Está dirigida a su suegra — a la que consideraba “insufrible y petulante” — y es una larga narración sobre un día cualquiera. Fechada el 31 de agosto de 1797, es una mirada elocuente sobre su don para la observación pero también para su ingenio. “Pienso, mamá, que podrías venir y quedar en nuestra casa por varios días, aunque eso no suponga un gran placer para ninguna de las partes involucradas. Oh, pero sabes que el amor entre ambas es enorme, amable y siempre consecuente, a pesar de las puntadas agrias que nos separan” escribe a la Marchesa di Vivaldi.

En dos párrafos, describe su vida doméstica, la relación con su esposo William y por último, una línea que quizás, es la más cercana a la escritora que se tiene en la actualidad. “Hoy escribí el día entero. Tengo los dedos hinchados, tanto el índice como el pulgar. Pero sonrío. Su hijo sabe que mi felicidad reside en esta casa, a su lado y en la hoja en blanco. Hay misterios que no necesitan palabras y el nuestro, es uno” dice para culminar lo que parece ser una simple esquela entre otras tantas. Un día perdido, espléndido, como cualquier otro. El único que Ann Radcliffe preservó para la historia, para sí misma y la posteridad.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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