Hijas de Afrodita.

Cada laberinto tiene su minotauro. (Parte I)

En una ocasión, Marie Curie llegó con prisas y más tarde de lo habitual, al viejo almacén convertido en laboratorio que compartía con su marido. Un hombre uniformado le salió al paso y le preguntó a dónde se dirigía. “Debo trabajar” explicó. El guardia la miró consternado y luego, le pidió salir. “Vaya a su casa” le recomendó el desconocido, que apenas unos días antes comenzaba a trabajar en la zona. Marie se enfureció, tomó su viejo maletín repleto de hojas de papel y se negó a retroceder. “Soy científica” le espetó “trabajo aquí”. El guardia le tomó del brazo y la intentó llevar de nuevo a la calle. Ella se sacudió la mano de encima. Le gritó a la cara, le empujó y siguió su camino, sin mirar sobre el hombro otra vez. Mucho después, el antiguo agente diría que le sorprendió la energía, pero sobre todo, la furia lenta y firme de la desconocida. “Era toda temple” narró para una pequeña nota que publicaría el New York Times años después de la muerte de Curie. “Estaba despeinada, llevaba un traje viejo. Pero era digna. Había poder en ella”.

Pudo tratarse de un juego de palabras o una casualidad, desconcertante que deslumbró al público que leía sobre su muerte. Con frecuencia se ha dicho que la anécdota (y otras tantas parecidas), son por completo falsas y que forman parte, de una manera u otra, del mito alrededor de una de las figuras científicas más conocidas de la historia. De la mujer que no sólo se atrevió a transgredir el imaginario colectivo sobre el conocimiento de las ciencias exactas — y la forma en que excluían a la mujer — sino que además, luchó hasta el último día de su vida contra el estigma de ser considerada una personalidad pública, en una época en que serlo para una mujer, era indecente.

De hecho, Curie llevaba a cuestas un prejuicio antiguo al que Ada Lovelace (otra mujer de inteligencia prodigiosa) dio sentido y que dos siglos después, Hedy Lamarr también tendría que soportar. “Una mujer inteligente suele ser incomprendida, peligrosa y provocar temor”. Ada, que tenía un humor retorcido como su padre, hizo grabar la frase en una de las cajas en que conservaba la mayor parte de sus apuntes sobre sus inquietudes científicas. Se dice que Marie Curie conoció la frase por casualidad y la repetía con frecuencia. Lamarr la comentó cuando en la década de los ochenta, su talento como inventora fue reconocido de manera tardía. Una y otra vez, la versión sobre el poder intelectual femenino pareció atravesar un espacio doloroso, un lugar en sombras imposible de clasificar. Un lugar sin nombre que la condenaba a cierto ostracismo discrecional.

Y Marie Curie lo sufrió la mayor parte de su vida. Brillante desde la niñez, una científico de renombre como adulta y una mujer que causaba estupor (y en algunos casos malestar) la mayor parte de su vida, también fue un enigma para su contemporáneos, a quienes su avidez por el conocimiento les resultaba inexplicable. Un defecto tan escandaloso como uno moral y también, una incógnita que era casi imposible de analizar. Era una mujer que detestaba hablar sobre sí misma, que rehuía a la visibilidad pública y que incluso, cuando se volvió una singular celebridad luego que en 1906 ganara un premio Nobel, siguió sin afrontar el hecho que era reconocida y admirada.

Por algún extraño motivo, Curie se forjó una imagen de humildad de cara al público que evadió cualquier explicación sencilla. Se negó siempre que pudo a recibir periodistas, incluso escritores que viajaban desde docenas de lugares distintos y que deseaban narrar su historia. Investigó junto a su marido en un almacén que además, era un taller de máquinas en el que se apilaban todo tipo de trastos y objetos curiosos. “No es un laboratorio” dijo en una ocasión, aunque por supuesto, sí lo era. Uno construido a la medida de las necesidades del matrimonio. Uno levantado durante años de esfuerzos, de experimentación y al final pequeños triunfos que le condujeron a uno mayor. Todo por el bien “del futuro”, afirmaron ambos. Y de hecho, hacia 1906, la científica escribió una frase que se haría famosa después de su muerte: “nunca hemos trabajado para sacar provecho material de nuestro descubrimiento. Solo para mirar al futuro”.

No es sencillo imaginar tal grado de altruismo en una mujer que de hecho, no se consideraba en absoluto bondadosa. Marie Curie era práctica, estaba decidida a comprender las ciencias y saciar su curiosidad intelectual, pero además, tenía la capacidad de comprender el conocimiento como un vinculo con su identidad. “Soy científica, me lo repito para recordar el rumbo” escribió en una oportunidad. Curie no llevaba diario detallados, sino anotaciones abiertas. Los pequeños párrafos no llevaban fecha ni tampoco, alguna explicación acerca de la importancia del hecho que describía. Pero juntos, los trozos de cotidianidad que apuntó, permiten comprender la mente inquieta detrás de la pluma, de los largos días de trabajo, de la empecinada necesidad de seguir adelante.

“Tan agotada que estar despierta es un suplicio. Pero mi mente no descansa” escribió unas semanas antes de su muerte. Diez años antes, anotó algo similar. “Agotada hasta el punto de poder solo dormir en cualquier postura y posición. Pero el trabajo es imperioso”. Curie, que ya por entonces sufría los estragos de sus investigaciones en laboratorio, con toda seguridad necesitaba el descanso. Pero jamás lo tomó. O creyó que lo que necesitaba. Trabajaba largas jornadas en las que dormía apenas un par de horas y en sus momentos de mayor productividad, llegó a pasar días entero de pie en el laboratorio. Estaba obsesionada con el valor de sus descubrimientos, del valor que podían tener para sostener un aporte a futuro a las ciencias. “Un peso real en el futuro” anotó en algún punto de 1920, mientras luchaba por encontrar la forma que el radio tuviera un uso médico. “Si paro ¿cual es el sentido de todo esto?” ¿Y que era “todo”? “En ocasiones, creo que la ciencia abarca cada pregunta, pero no ofrece las respuestas sencillas” escribió como respuesta a esa imaginaria pregunta. Todo, que simbolizaba para Curie, el recorrido de su vida hacia la mesa de investigación. A los duros días austeros de crear las condiciones apropiadas para una investigación a gran escala, que cambiaría la ciencia para siempre.

Curie hizo mucho más que ser una figura poderosa en un mundo en que las mujeres no tenían un lugar. Creó la posibilidad que el mundo científico pudiera comprender el poder de sus aportes, más allá del género o los prejuicios. Más tarde, la misma Curie se preguntaría si el balance de sus descubrimientos había sido positivo. Y lo hizo mucho antes que pudiera comprender el alcance de la puerta que abrió hacia un tiempo de poder que todavía resulta imposible de definir. Pero lo que sí estuvo claro para la científica desde sus primeros años en el laboratorio, fue la pertinencia del esfuerzo. La necesidad de continuar y al final, triunfar en un ámbito hostil por necesidad. “El trabajo me hace fuerte, aunque no sepa cómo” escribió cuando aun era una joven, apenas consciente del camino que comenzaba a recorrer.

El tiempo y la mirada memorable.

Curie era tímida y reservada. Tanto, como para ser misteriosa. De hecho, la timidez casi patológica de la científica, solía asombrar. En su primer viaje a EEUU en 1924, ya era una celebridad mundial. Había ganado el Nobel en dos ocasiones. También, ya había acuñado el término “radiactivo”, destinado a cambiar las ciencias de forma total. Era una figura que desconcertaba por el enigma que representaba. Pero además, despertaba el furor allí a dónde fuere. De modo que resultó desconcertante, la manera en que se sorprendió por el recibimiento de Norteamérica, que le consideraba una heroína y así le trató. Hubo celebraciones, cenas en su honor. Incluso un debate público sobre su “estatura mítica”. Para Marie, todo aquello carecía de sentido. “Hablan de una mujer que no soy yo” escribió con sencillez. “Si alguien desea conocerme, no debería estrechar mi mano, sino más bien, ir a mis notas” se burló.

La científica tenía un sentido del humor extraño. Incluso cruel. Pero en la muy publicitada visita al continente americano, encontró que aun ese pequeño recurso inocente, se miraba con extrañeza. Acostumbrada a pasar buena parte del tiempo en el laboratorio dedicada por completo a la investigación, el reconocimiento le aterró en formas jamás esperó. “¿Quién quiere saber sobre mí, si puede saber lo que hago” se preguntó en un enigmático juego de palabras que un periodista incluyó en una polémica nota años después.

Pero en realidad, Marie era parte de un fenómeno que no podía comprender en toda su extensión. No sólo era una mujer dedicada a las ciencias. También era una, a la que la ciencia había dado un lugar en la historia. La conjunción de ambas cosas creó un mito inmediato a su alrededor. Una versión poderosa sobre su imagen y figura, que rebasaba con creces a la mujer modesta, pragmática pero sobre todo, eficiente que se había creado así misma. Norteamérica entera estaba desconcertado y fascinado por la idea de de la rareza excéntrica de una mujer que estaba destinada — quizás — a cambiar el mundo, pero que no parecía saberlo.

Los periódicos mencionaban su aspecto adusto — algún indiscreto le llamó “descuidada” — su cuidadosa forma de hablar, su renuencia a levantar la voz, lo que obligó a docenas de elegantes invitados a guardar un tenso silencio para escucharle hablar. Curie, de pie, con el cabello apretado a la nuca y vestida de riguroso negro, parecía fuera de lugar. Empeñecida y abrumada por la enormidad de la otra mujer que la historia había modelado a partir de sus logros.

En su primer día en el país, asistió a un almuerzo en la casa del industrial Andrew Carnegie en Nueva York. La concurrencia — conformada en su mayor parte por embajadores y figuras políticas de renombre — se asombró por la Marie Curie real, que caminó con timidez entre las mesas, comió poco y dirigió unas escogidas palabras de agradecimiento. No se extendió en hablar sobre sí, el trabajo que le precedía, la fama universal que la había convertido en un mito viviente del mundo de las ciencias. En lugar de eso, la esposa del potentado, Louise Whitfield Carnegie, comentó la forma en que “inclinaba la cabeza, sin mirar a nadie” y hubo quien llegó a preguntarse, “cómo una mujer tan poco amable” podía haber ganado dos premios de relevancia universal.

Por supuesto, Marie Curie estaba acostumbrada al asombro que causaba, a las miradas indiscretas, a los comentarios fuera de lugar. Desde la adolescente apasionada por la ciencia, hasta la mujer convertida en un símbolo de un tipo de poder que cambiaría el mundo, sabía que era parte de un margen de las cosas que nadie se explicaba del todo. La científica lidiaba con la incredulidad ajena, pero también, con la connotación sobre el hecho que su trabajo, era de hecho único. Los descubrimientos de Curie sobrepasaban los análisis inmediatos y dependían, en su mayor parte de aportes a un futuro que todavía parecía distante. Pero lo que sí era muy claro, es que Curie había logrado combinar dos ideas que por lo general, no se concebían juntas: la cualidad intelectual de una mujer — por encima del promedio, mucho más amplia que la de sus pares masculinos — y el miedo a los misterios.

Porque los Curie habían descubierto la puerta a un nuevo tipo de ciencia. No una que pudiera calcularse o percibirse como una continuación al conocimiento del que se disponía por entonces, sino algo inédito. Desde el mismo hecho de la radiación algo que suponía una reacción de elementos desconocidos sobre la materia, hasta la forma en que esa cualidad podía comprenderse como un impacto autónomo, el trabajo de los Curie pero en especial el de Marie, marcó un hito en la historia. Uno de tal magnitud, que transcurrirían décadas para ser comprendido en su totalidad.

Pero en 1924 y a diez años de su muerte, Marie era una rareza solo por su género. Había logrado lo que ningún investigador antes y además, tenía el peso histórico para imponer su impronta en el modo de comprender lo científico. Unidas, ambas cosas creaban una rara condición de heroína. Antes de su llegada a Norteamérica, se escribieron semblanzas sobre su duro trabajo, sobre la forma en que incluso cuando perdió a su marido, “pudo continuar su legado y lograr el propio”. Las largas diatribas sobre la inteligencia de Curie, su tenacidad y capacidad para llevar adelante un tipo de esfuerzo intelectual desconocido para las mujeres de la época, era debatido con una dureza desconcertante. En algún momento, Curie había dejado de ser sólo una mujer viuda que llevaba a cuestas el nombre de su marido, para convertirse en una investigadora, un nombre con peso único e individual en un mundo en que las mujeres ocupaban un lugar secundario.

De modo que no pertenecía a ninguna parte. Los hombres no podían asumir la real relevancia de su trabajo sin compararla con Pierre Curie — y asumir que sus éxitos dependían de una forma u otra de su herencia — y las mujeres, le rechazaban por inexplicable. Por no coincidir con nada de lo que suponía era lo femenino en la época, por subvertir el orden de las cosas. “Una mujer que duerme en un laboratorio ¿qué puedes esperar de ella?” se cuenta que escribió Carnegie poco después de la visita de Curie. “Despeinada, el vestido arrugado. No miro a nadie al comer, respondió las preguntas con desagrado” explicó a varios de sus íntimos. La experiencia no podía ser más decepcionante para el industrial, pero mucho más para su esposa, que esperaba encontrar en una mujer “a la medida de las expectativas”. Para ella, el hecho que Marie Curie no causara asombro, era una contradicción. “¿Es capaz de hacer tales cosas y no vestir como debe?” se quejó.

Pero Marie estaba lejos de esas discusiones y debates. El apoteosico recibimiento la hizo comprender su legado un nivel por completo nuevo. Y fue en ese particular, en el que se concentró “Me celebran, en lugar de concentrarse en lo importante” escribió con su proverbial frugalidad. El mismo día del almuerzo en la casa de los Carnegie, terminó en una recepción en Waldorf Astoria, al que llevó la misma ropa que durante la visita a la casa del potentado. Para los invitados, se trató de un hecho desconcertante y algunos incluso, se lo tomaron como una grosería. “¿Es posible que la más grande mujer de las ciencias no sepa nada sobre cortesía?” escribió un comentarista anónimo para el New York Times. Por su lado, Curie anotó en uno de sus cuadernos que le impresionaba “la fastuosidad de la reverencia, pero que nadie tuviera el menor conocimiento sobre su trabajo” La contradicción le permitió entender hasta que punto, su fama y su valor como científica, era también la repercusión de su absoluta soledad en el panteón de la historia. En la recepción del Waldorf Astoria, intentó explicar los años de investigación, la muerte de Pierre, el laboratorio repleto de objetos, los largos días de trabajo. Pero nadie quería escuchar nada sobre eso. “Todos querían saber qué me parecía la ciudad a la que apenas había llegado y de la que sólo había visto calles lujosas”.

Pero quizás, Marie entendió el formidable alcance de su trabajo, al llegar a la exhibición en el Museo Americano de Historia Natural, en la que se conmemoraba sus logros. Los asistentes contaron después que la científica permaneció de pie, sólo para contemplar los paneles de gigantografias con las fotografías de su laboratorio, de Pierre, de la explicación minuciosa de sus descubrimientos sobre el radio. Para la científica fue un golpe de impacto del que le llevó algunas horas recuperarse. “Parecía tener dificultades para entender lo que sucedía” comentó un periodista. Pero Marie Curie escribiría en su singular diario de a bordo, que sólo se trató de estupor. “Décadas de esfuerzos resumidos en dos habitaciones. ¿Cuantas personas vendrán para entender qué es lo que hemos hecho?” Aturdida aun, preguntó a uno de los encargados si podía decir algo sobre lo colgado en la pared, a lo que de inmediato el director del museo se apresuró a buscar una forma que la voz de la científica llegara a toda la concurrencia. Frente al enorme micrófono de metal, la científica tembló, intentó sonreír y mencionó que había al menos dos errores en la hoja que la que se detallaban sus descubrimientos. “Una descortesía absoluta” declararía después el director en privado. Curie escribiría para sí misma “Me asombró todas las molestias, pero en especial, que nadie me preguntara acerca de todo lo que se mostraba en la exhibición”.

Pero a pesar de todo, la visita a EEUU fue un recorrido trepidante por un mundo nuevo, pero en especial, por su propia historia. De pronto y quizás por primera vez en su vida, Marie no era la sombra de la mujer en el laboratorio. Era la protagonista de todo el largo y arduo recorrido que la había conducido a un reconocimiento colosal que aun no comprendía en todas sus implicaciones. Curie, que se enfrentó con frecuencia al prejuicio, rechazo, habladurías y que de hecho, tuvo que lidiar con la discriminación en una época en que no había forma de evitarlo, encontró en la serie de homenajes un reflejo de hasta entonces impensable. “Lo que he hecho, no sólo me pertenece a mí, sino al mundo. Se celebran a sí mismos” escribió en su diario.

Esa convicción la acompañó en el evento que se llevó a cabo en su honor en la American Chemical Society y también, la más pequeña pero en esencia mucho más significativa para Curie, que recibió en el New York Mineralogical Club. Allí, un grupo de obreros le obsequiaron con una escultura sobre el poder de su trabajo. La imagen de una mujer desconocida que sostenía en las manos lo que parecía un globo terráqueo de forma irregular. “Era bello y extraño al mismo tiempo. También, por completo sincero”. Fue quizás el más discreto de los homenajes que recibió y quizás, el que mayor disfrutó. “Pude conversar sobre temas como el clima y la tierra, las piedras y la minería. Pensé que nadie podía encontrar temas más privados” se narró a sí misma después.

El viaje ya casi culminaba cuando 2,000 estudiantes del Smith College cantaron alabanzas a Curie, que sintió “se quedaba reducida y paralizada” mientras el concierto coral se volvía una ovación de aplausos de casi veinte minutos. Marie Curie, la mujer que se había enfrentado a compañeros que denigraban su inteligencia, a la muerte de su marido, a todo tipo de dificultades y dolores, estuvo al borde de las lágrimas, aunque no se permitió semejante lujo. “Tan cerca de llorar, pero me contuve. Tan privado”. El concierto terminó con el público de pie y dedicándole una reverencia multitudinaria, que la científica agradeció con un breve movimiento de cabeza. “Quisiera tener la facultad de entender el corazón humano con la misma facilidad que un átomo”.

El recorrido a lo largo y ancho del país se prolongó durante una semana más. Para entonces, Marie estaba exhausta, aturdida, avergonzada pero llena de nuevas ideas sobre su vida, su figura y su importancia, aunque jamás utilizaría esa palabra. “Al parecer es tan importante quien está detrás de las notas del laboratorio como el resultado que se obtiene” bromeó en su diario privado. Para cuando finalmente fue recibida en la Casa Blanca por el presidente Warren Harding, tenía algunas ideas claras sobre lo que EEUU deseaba de ella y jamás obtendrían. “Desean homenajearme, pero en realidad, comprender como he llegado hasta aquí, pero ni yo misma lo sé” escribió. En la gala, el primer mandatario habló elogió a Marie, mientras hablaba de los “grandes logros en los ámbitos de la ciencia y el intelecto” para luego añadir, en la sorpresa que causaba la nueva “representación de la feminidad que encarnaba” A Marie eso pareció causarle verdadera gracia y después confesaría que hizo verdaderos esfuerzos para no soltar una carcajada amarga. “Soy un científico que hace su trabajo” escribió. “¿Por qué sorprenderse tanto de eso?”.

Pero Harding, grandilocuente y pomposo, continuó “Ponemos a tus pies el testimonio de ese amor que todas las generaciones de hombres han estado acostumbrados a conferir a la mujer noble, la esposa desinteresada, la madre devota”. Era una forma por completo desconcertante de describir a una mujer formidable que dedicó su vida y esfuerzos a la innovación, que reconstruyó el sentido de la ciencia y además, teorizó sobre temas que aun resultan novedosos; el mero hecho de la síntesis de conocimientos que se requerían para la comprensión del trabajo de Marie la convertía en un tipo de científico por completo nuevo. Pero para Harding, fue mucho más importante recalcar el hecho que era una mujer en un mundo de hombres, una mujer que había logrado ser admitida en el selecto círculo de la historia. El presidente se inclinó y ovacionó a la invitada con ademanes de padre. Marie escribiría después que “de estar en condiciones más amables, probablemente le habría insultado o me habría reído de él”. En lugar de eso, asintió sin sonreír “e incliné la cabeza en mi plato, para comer, antes de decir lo que tuve que apretar los dientes para contener”.

De vuelta a París, Marie sólo deseaba volver a su laboratorio. Pero incluso en su tierra natal, en dónde ya le conocían y sabían de su irascible carácter, tuvo que responder algunas preguntas incómodas. “¿Ha sido un buen viaje? ¿se ha sentido querida?” preguntó un periodista. Ella sonrió, esa mueca torcida y sin alegría que solía incomodar a sus colegas y mucho más a los desconocidos. “Me sentí una mujer apreciada” dijo. Con toda seguridad, ni el periodista asombrado, los lectores de la nota pequeña que apareció después o incluso, quienes leyeron el comentario años después, comprendieron en realidad su verdadero significado y el dolor oculto en una frase tan pequeña, incómoda y dolorosa.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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