Crónicas de la lectora devota:

Durante las últimas décadas, narrar las diferencias culturales y sociales se ha vuelto una obsesión colectiva en el mundo literario. En especial, porque la noción sobre la evolución (transformación) del tejido social parece ocurrir en tiempo real y además, estar relacionada de forma directa en cómo se interpreta el valor del individuo y la identidad. El análisis y la reflexión sobre la orientación sexual, la raza, la connotación de lo étnico y los grandes debates acerca de temas álgidos, se hacen cada vez más elaborados y profundos. Y el mundo de la literatura no sólo recorre el mismo trayecto, sino que además, intentar servir como telón de fondo para comprender el verdadero alcance a futuro de lo que puede ser — o no — esa mirada renovada sobre lo que somos, el presente y en especial, la forma en que la noción sobre el espíritu contemporáneo, otorga forma y sentido a la nueva estructura sobre la realidad.

El escritor estadounidense Brandon Taylor pertenece a una nueva generación de autores, profundamente obsesionados con las diferentes versiones sobre el mundo que se enfrenta a profundos cambios culturales. En su libro Real Life preseleccionado para el premio Booker, Taylor relató no sólo la convicción del hombre moderno sobre una sociedad que cambia con tal rapidez como para resultar inexplicable. También creó un interesante concepto sobre la percepción de las diferentes líneas que separan a la cultura en épocas de transición. Las “membranas” que fragmentan el tiempo y la noción sobre el individuo en medio de la búsqueda de una definición, son estratos acerca de las sutiles diferencias que nos separan o directamente, nos confrontan.

En Real Life, Taylor sostiene su premisa sobre la vida moderna que se desploma a trozos — “no hay nadie que pueda mantenerse en pie en mitad de las tormentas interiores” insiste el libro en tono poético — a través del dolor. Cada uno de sus personajes padece la presión del mundo sobre sus hombros. El hilo de relaciones familiares o románticas rotas, destruidas o tan abrumadoras como para destrozar en lo que Taylor llama “un lento baile de sombras” se hace cada vez más complejo y delicado. De hecho, toda la novela es un homenaje al tránsito entre el hombre en busca de respuestas y la resignación de no encontrarlas. Taylor logra que el libro sea un recorrido por “la fauna de las ciudades tristes” que termina en una conclusión inquietante sobre el reflejo de la vida contemporánea. “No somos otra cosa que conclusiones inexactas, tristes y cortas sobre lo que no podemos comprender del todo” escribe luego de la muerte de uno de sus personajes.

Tal vez por la potencia de la propuesta o por el hecho que es mucho más amplia que una narración única, Taylor regresó al mismo universo y personajes en su colección de cuentos Filthy Animals, que además, reflexiona de forma cuidadosa sobre el tiempo personal, el miedo, la esperanza y la alegría a través de narraciones interconectadas entre sí. Pero si Real Life era un despliegue de pequeños altibajos de emoción y la azarosa necesidad de construir un vínculo en una historia más amplia, Filthy Animals se concentra en un detallado recorrido por la vida interna de sus personajes. Taylor despliega una asombrosa habilidad para entablar un diálogo profundo con cada pequeño universo sensible que esbozo en Real Life.

Pero ahora, libre de las ataduras de una narración central, se permite llegar a nuevas dimensiones acerca del recorrido del bien y del mal, el amor y la soledad que comenzó en su novela. Lo hace además con un estilo amable, rápido y limpio que permite que las múltiples historias se completen entre sí. La unión se hace algo más elaborado, a medida que los personajes interactúan en lo que parece una amplia conversación con pequeñas bifurcaciones invisibles. Taylor, que tiene la osadía de crear un mundo y sostener la pertinencia (la búsqueda, los laberínticos recovecos de sus personajes) a través de la simplicidad de sus conversaciones, placeres y obsesiones, logra crear en Filthy Animals algo semejante a un cuarto de reflejos infinitos.

Ninguno de sus personajes es sencillo. De hecho, son tan complejos como para ser en ocasiones por completo incompresibles. Pero es ese desconcierto general lo que permite que Filthy Animals sea una obra inteligente que explora la capacidad del relato propio para tener vida propia, además de atravesar la connotación de lo cotidiano como un contexto en tela de juicio. Nada en los cuentos de Taylor pasa por azar ni mucho menos, deja de estar vinculado con un propósito mayor que supera la sutileza con que Taylor relata la vida, dolores y pesares de sus personajes. Con su capacidad de crear capas duales de emociones y reflexiones racionales, Taylor logra que cada uno de sus relatos sea una una percepción doble acerca de cada una de las historias. Por un lado, está la visión de lo aparente.

Desde un estudiante esforzado a una mujer desengañada y endurecida, hasta un niño que intenta comprender el divorcio de sus padres, un tesista atormentado por la culpa de un pasado que no recuerda del todo. Cada relato de Taylor es un tránsito de la vida interior de sus personajes, rotos a pedazos en contraposición de algo más elaborado y consistente. Para el escritor la versión sobre lo corriente se enlaza con algo más simbólico. De modo que el azar en cada una de sus historias es en realidad un giro hacia una dimensión de significado. Taylor apuesta al relato circular que se extiende hasta rodear una historia central que no se vislumbra de inmediato, sino que de hecho, se completa a medida que cada pieza encaja en algo más sustancioso, completo y doloroso.

Por supuesto, el escenario de Real Life sigue siendo el centro de toda la estructura, de modo que los conocidos personajes — el estudiante sin nombre, su novio que intenta comprenderlo, la madre afligida — reaparecen para enlazar un tránsito hacia un mundo más amplio pero que coincide en un mismo punto. Se trata de una decisión arriesgada que pudo convertir la novela de Taylor en un recorrido por lugares familiares sin ningún aliciente o reconstruir la trama de la que procede desde cierta versión no del todo creíble. Pero Taylor tiene la habilidad suficiente para evitarlo y sus cuentos — esas pequeñas y elaboradas visiones sobre la búsqueda del yo y el temor — se hacen más dolorosas a medida que se completan entre sí.

Filthy Animals es un gran rompecabezas con piezas muy parecidas entre sí, pero que logran tener su propio peso y sustancia gracias al hecho que Taylor, no desea disculpar o exaltar a sus personajes. Poco a poco, la oscuridad que bordeó con éxito en Real Life, se hace más críptica, pero sin duda, con mucho más acento en la angustia existencial moderna. “Estamos perdidos en medio de un mundo en el que todo ya está despedazado” dice el personaje central, narrador de Real Life y que regresa para Filthy Animals en calidad de un observador objetivo, que aparece en ocasiones como apunte brillante para la continuidad de las tramas. “No hay nadie a quien mirar, ni manos que estrechar. La soledad que se vive en esta época, depende de las pequeñas regiones sin procedencia. No venimos de ninguna parte, tampoco vamos a ninguna. Solo caemos en el anuncio de algo más doloroso y circunstancial”.

Tal vez por su necesidad de conectar con su primera novela — o porque de otra manera, las historias de Filthy Animals perderían cierta corporeidad — Taylor regresa en sus cuentos a los lugares más conocidos de su libro anterior. También, vuelve a la idea de la juventud como a una época prolongada y profundamente significativa, que a su vez, se sostiene sobre algo más temible. Y de nuevo, Taylor utiliza a sus “membranas” para separar — o unir, según se le mire — a sus personajes. De pronto la orientación sexual es una promesa, una puerta cerrada o una invitación. O el dolor de la separación una forma de madurez o simplemente una ventana hacia otro mundo interno. Los límites que separan un sentimiento de otro se hacen imprecisos, más complicados de distinguir.

Pero Taylor mantiene el punto firme y deja que sea el lector el que decida la diferencia, de existir o que sea la propia tensión interna del conjunto de relatos, lo que elaboren un recorrido por personajes en apariencia banales que terminan desplomándose en medio del dolor o sublimados en el amor. Para el escritor no hay términos medios, no hay espacios vacíos. Filthy Animals avanza con rapidez en todo tipo de situaciones que esbozan a la sociedad y la cultura de nuestra época desde la exclusión. Desde el estudiante gay que es rechazado por sus padres, hasta la mujer que rechaza la mera idea del amor por no encontrar sentido al futuro — “la incertidumbre también es un espejismo” insiste con tristeza — Filthy Animals logra que cada relato funcione en independencia del otro.

Sin embargo, a la vez se vinculan entre sí por géneros e incluso por hilos borrosos de una idea central. “¿La vida es sólo esta colección de anécdotas?” se pregunta un personaje en el relato “Como si ese fuera amor” que finaliza el libro en una apoteosis emocional de cuidadosa belleza. “¿La vida es algo más que esta serie de líneas que se entrecruzan entre sí o podemos esperar, que en la muerte haya silencio?” insiste. Pero Taylor, que no está interesado en respuestas místicas o incluso, reconfortantes, guarda lo más duro para una de las últimas frases. “Quizás sólo somos silencio” insiste uno de sus personajes. “Perdidos y rotos unos en otros. Sin esperanza de consuelo” añade. Para cuando el libro termina, Filthy Animals brilla con una ironía amable y sensible, pero sin duda cruel. Quizás su mayor y más extraño logro.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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Aglaia Berlutti

Aglaia Berlutti

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