Entre hojas y anaqueles: Los favoritos del año 2019 (Segunda parte)

Este año leí mucho más libros de terror que de cualquier otro género. No sólo porque son mis favoritos, sino también, porque encontré en muchas de las historias una mirada simbólica sobre los cambios y transformaciones que definen a nuestra época. La fantasía, el miedo y sobre todo, las especulaciones científicas, siempre parecen tener la capacidad de reflexionar con muchísima más claridad que cualquier otra propuesta sobre los dolores y temores de la cultura que nos tocó vivir y sobre todo, la época incompleta y en ocasiones caótica que atravesamos. En mi recopilación anterior (que puedes leer aquí) me preguntaba sobre lo que hace a un libro extraordinario, inolvidable o simplemente imprescindible por encima de otro. Y llegué a la conclusión que no hay una respuesta para eso: después de todo, lo que leemos es un reflejo de nuestro mundo personal, el recorrido intelectual que llevamos a cabo y sobre todo, esa expectativa espiritual que nos hace encontrar nuestro un lugar — emocional, privado — entre las páginas de un libro. Con todo, creo que estas pequeñas retrospectivas nos permiten comprender nuestro trayecto como lectores y sobre todo, la manera como asumimos nuestra relación con la literatura. Un hábito — espejo que nos muestra lo mejor — y quizás, lo más privado — de nuestra forma de mirar al mundo.

De manera que estas pequeñas listas recopilan esa mirada asombrada de la literatura sobre el mundo y sus vicisitudes. Ese complejo devenir entre lo que somos y lo que la imaginación puede construir a partir de esa identidad difusa que consideramos nuestra. No están todos los que son y mucho menos, todos los que me gustaría incluir, pero siempre me será complicado llevar a cabo una recopilación de mis lecturas favoritas. Para mí, la lectura siempre ha sido el viaje, el renacimiento, el poder de evocación, la compañía, la alegría, la sabiduría, la ignorancia, el poder de creer. De manera que recopilar mis libros favoritos — y sobre todo, de mis géneros favoritos — siempre resulta en listas incompletas, en amigos injustamente olvidados, en pequeños silencios de libros perdidos en la memoria. Igualmente, quise llevar a cabo esta pequeña selección, para celebrar no solo el hábito — la pasión — por la fantasía, el miedo, lo grotesco y lo sublime, sino también mirarme a través de todos los rostros que nacen en las páginas, comprender quién soy y a donde voy a través de ellas.

Así que sin orden particular y por supuesto terriblemente incompleta, estas son un par de lista pequeñitas y muy sucintas de lo mejor del Género de terror que leí durante el año 2019:

Una aterradora mirada a lo inconfesable. ¿Por qué guardamos secretos? ¿Qué es lo sobrenatural? ¿Cual es el verdadero origen de la maldad? Lo que parece una mirada sencilla sobre una idea general acerca de la intimidad y la angustia existencial sobre lo que queremos mantener oculto, se convierte en una mirada a la oscuridad interior de enorme precisión argumental. Pero más allá de eso, Tremblay logra crear una atmósfera malsana, inaudita e inquietante que convierte al libro en un recorrido por el origen del miedo y lo que se esconde en los espacios inexplorados de nuestra mente.

En The Cabin at the End of the World, Tremblay medita además, sobre el temor a la incertidumbre y lo inexplicable que forma parte de sus anteriores novelas, sólo que en esta ocasión, confronta directamente la particular connotación del bien y del mal como un conjunto de matices intelectuales que lleva esfuerzo comprender en toda su extraña profundidad. ¿Quienes somos en medio de situaciones extremas? ¿Que se esconde en la connotación profunda y dolorosa de nuestros temores convertidos en puertas abiertas hacia lo más retorcido de nuestra mente? Para Tremblay, lo terrorífico no radica en el hecho de la raíz del origen de lo sobrenatural: podrían ser fuerzas inexplicables o personas cometiendo actos de suprema crueldad. Lo que en realidad importa para el escritor es la noción sobre lo maligno convertida en panacea para asumir el tiempo interior de sus personajes, la envergadura de sus decisiones y la percepción sobre lo temible, como una forma de expresión formal sobre la conciencia humana.

Para la ocasión, Tremblay crea una extraña atmósfera en la que la realidad y lo onírico se mezclan en escenas de extraordinaria dureza: cuando un grupo de desconocidos secuestra a una familia y les exige decidir cual de sus miembros deberá ser sacrificados para evitar un apocalipsis en puertas, el escritor logra encontrar una percepción sobre lo terrorífico ligado a las supersticiones y los dolores misteriosos, el odio y lo inquietante convertido en una pieza angustiosa sobre la individualidad y como se relaciona con el miedo como una forma de expresión cultural. Los personajes deberán luchar contra su incredulidad pero también, con la mera posibilidad de lo inimaginable. Con una prosa rápida, precisa y un ritmo vertiginoso, la novela no sólo es una reflexión sobre lo sagrado y lo profano de nuestra época, sino lo que consideramos de real valor en medio de la incredulidad cínica contemporánea.

Una mirada a lo terrorífico y a los apetitos primigenios, que bien podría resultar tópica a no ser por la inteligente capacidad de Katsu para crear una atmósfera malsana, inquietante y profundamente dolorosa. Basada en la historia real de un grupo de pioneros estadounidenses que atravesaron California en 1846 y terminaron aislados en un pasaje de montaña, la novela profundiza en el horror de lo que terminó por convertirse en una tragedia grotesca que todavía aterroriza a la psiquis colectiva norteamericana: aislados en medio de un valle rocoso y en medio de una de las peores nevadas de la temporada, el grupo de treinta y cinco hombres y mujeres terminaron por recurrir al canibalismo.

Norteamérica tiene sus leyendas privadas, la mayoría tan famosas y tan arraigadas en la cultura popular que el origen se hace difuso o en ocasiones, tan dudoso como la mera idea de su existencia. De modo que escribir ficción histórica sobre estas grandes historias periféricas, anónimas y la mayoría de las veces inverosímiles, lleva un doble esfuerzo: el de la reconstrucción de la verdad — cualquiera que sean los elementos que puedan sostener una versión única — y a la vez, dotar de su propio cuerpo narrativo a la historia bajo los datos, las comprobaciones y los hechos reales que lo conforman. Una labor ímproba que Alma Katsu lleva a cabo con mano precisa en su novela The Hunger.

La novela de Katsu, es una historia de horror que no pretende serlo. La escritora no se concentra en el clima de lo que podría aterrorizar, sino que elabora una versión de la historia basada en los detalles reales, crudos y violentos. El resultado es una novela con cierto parecido a las obras de Cormac McCarthy pero a la vez, una percepción sobre lo terrorífico emparentado con la violencia inevitable, más propia de Dean Koontz. Katsu además plantea la situación desde lo inevitable: la expedición está plagada desde el inicio de errores de juicios, accidentes, dolores y temores que al final, concluyen en una tragedia progresiva de consecuencias inimaginables. La prosa seca y directa de Katsu tiene algo de crónica, pero también, de mirada objetiva y fría sobre una situación cada vez más caótica, agresiva y al final, devastadora. Pero además, Katsu incorpora el ingrediente sobrenatural como un ingrediente fatídico que eleva a la historia a un nivel por completo nuevo. De pronto, la drástica mirada de la escritora sobre la tragedia se hace menos ecuánime y más misteriosa, lo que hace que la novela tome un giro inesperado hacia una percepción del horror impecable. Katsu sabe qué necesita mostrar — y que ocultar — para elaborar un durísimo manifiesto sobre la naturaleza humana y el dolor.

La madre aprieta a sus dos pequeños hijos contra el pecho. Escucha los pasos del desconocido que camina en la oscuridad. El miedo lo es todo, pero cierto alivio también. “¿Estará cerca el final?” piensa la madre y cuando besa la cabeza del bebé que contiene el llanto con el rostro apretado contra su hombro, sonríe. No se trata de un acto de crueldad, maldad o furia. O al menos, no lo es en el mundo que Helen Phillips creó en su magnífica novela The Need.

Molly es la madre abnegada de dos niños pequeños, a los que dedica buena parte de su vida y energía. Tanto, que mientras les despierta, baña, alimenta, se asegura que estén cómodos y felices, tiene la sensación que no hace otra cosa que seguir los deseos de ambos, a pesar de sus aspiraciones y su vida. “¿Cuando se convirtió Molly en esta mujer que desaparece entre biberones, toallitas y miedo?” y es entonces, cuando Phillips se asegura de tener la respuesta correcta. “Puedes dejar de serlo, si lo deseas” murmura una voz insidiosa en la mente de Molly. “¿Lo deseas?”. Es entonces cuando la novela se convierte en algo más atroz, amargo y fascinante de lo que parecía hasta entonces.

Las madres en la literatura suelen ser metáforas sobre lo femenino o en todo caso, idealizaciones de cierto tipo de entrega amorosa. Desde las coraje — capaces de todo esfuerzo imaginable — hasta las destructoras — desterradas del reconocimiento cultural, como la Patsy de Nicole Dennis-Benn — , la maternidad tiene una rara e indudable conexión con las virtudes que se le suele endilgar a la abnegación. En su versión más benigna, las madres son criaturas singulares, reflejos de la época a la que pertenecen. Cual sea el caso, se trata de una figura que se analiza con cuidado y siempre bajo ópticas semejantes.

Phillips recorre la dirección y encuentra la forma de enlazar a la maternidad con ideas complejas sobre el miedo, el desarraigo y la soledad moderna. Desde la apariencia de una ingeniosa historia de suspenso, deconstruye la percepción sobre la madre tradicional, para transformar la historia en un vehículo de reflexión acerca de las exigencias culturales sobre la mujer. Pero además, añade un elemento desquiciado, que transforma a The Need en una narración con tintes irracionales difícil de definir con facilidad. Phillip tiene una notoria habilidad para entrelazar la percepción surreal desde cierta realidad escindida — Molly es una madre abnegada al mismo tiempo que sueña con asesinatos en masa — y lo hace con la suficiente inteligencia como para que ambos estratos se confundan entre sí, como dimensiones alternativas que colindan entre sí en el restringuido espacio de lo doméstico. Con sus capítulos cortos y bien plateados, The Need atraviesa un espacio incómodo entre la irrealidad y el absurdo, sin perder su capacidad para conmover.

El centro de todo el argumento es Molly, una mujer que hasta hace menos de una década “era feliz” como paleobotánico a tiempo completo, según su propia confesión entre dientes. Se trata de una madre moderna, que intenta seguir el parámetro de la madre ideal y se esfuerza por lograrlo hasta la extenuación. Para Molly, todo se trata de un conjunto de malas decisiones: desde el momento en que decide dedicar unos cuantos años de “retiro involuntario y necesario” a los niños hasta años después, cuando se pregunta cómo pudo hacer algo semejante “y destruir mi vida por completo”. Con poco tiempo para reflexionar, Molly ordena las ideas en medio de la frenética rutina diaria. “Fue inevitable tomar la decisión más sencilla y amorosa. Molly se pregunta con frecuencia si pudo haberlo evitado. No le resulta sencillo asumir que su vida se mueve en las necesidades de dos personas que apenas pueden balbucear su nombre” el largo monólogo interior se extiende agotador y por momentos, sofocante. La vida de Molly transcurre entre llantos, vómitos, exigencias y de pronto los niños — y el mundo que les rodea — se transforman en un ángulo perverso de la vida cotidiana. “La normalidad engendra monstruos” susurra. Lo hace, mientras contempla a sus hijos dormir.

El estado de Florida (EEUU) es la combinación de muchas cosas distintas: Un resumen sobre la norteamérica profunda en un conjunto de contrastes. Desde playas solitarias, ciudades luminosas, museos escondidos en medio de calles estrechas, zonas radiantes de lujos muy cercanas a otras muy pobres, grandes y pequeñas construcciones que recuerdan una opulencia perdida, las multitudes cosmopolitan que atraviesan Miami entre conversaciones en todos los idiomas de la Orbe, dejan muy claro que la región tiene la capacidad de reflejar lo multiétnico de una forma única en norteamérica. Un espacio atemporal con sus propias reglas y límites, que no se parece a ningún otro lugar de la unión. ¿Que tan bueno o tan malo puede ser eso para una cultura local en crecimiento? Según la escritora Kristen Arnette, se trata de una búsqueda constante de identidad, que en su libro Mostly Dead Things, tiene algo de satírico pero también, de levemente perverso. Una combinación tan insólita como los lugares más inesperados de la Florida que la novela trata de reflejar.

Para Arnett, la cosa es bastante simple: En el estado en el que se encuentra la mayor cantidad de emigrantes de toda Norteamérica, la noción del individuo atraviesa todo tipo de condiciones y posibilidades para tener un concepto único. Un “edén de las cosas peligrosas” dice la escritora en la primera página del libro y deja claro, que detrás de las sensuales descripciones de las tiernas hojas de plátano, el sonido del mar y la ternura de las largas parrafadas en varios idiomas, existe el peligro. O mejor dicho, existe la posibilidad de su existencia. La novela de Arnett comienza con una amplia descripción de las calles bulliciosas, del sol radiante, pero también las pequeñas sombras que se esconden de un lado a otro, como trozos inevitables de algo más duro de comprender que el paisaje radiante que evoca. La prosa de Arnett es ruidosa — en la medida que que sus evocaciones sobre lo sensorial son precisas y radiantes — pero tiene algunos puntos de silencio que anuncia que no todo es tan sencillo. A la manera de Laura Van Den Berg, Mostly Dead Things tiene una mínima dosis de acritud que se enlaza con sus momentos más brillantes. El resultado es un recorrido vertiginoso a través de una promesa ambigua: no todo estará bien en este Edén recién nacido de hojas jugosas. Y está bien que no lo esté.

Arnett entonces deja claro que su novela es algo más que una instantánea diáfana sobre Florida y sus contrastes: La vida y la muerte afloran en medio de la luz del sol matinal, de la playa dorada que se extiende hacia el horizonte y la bóveda celeste muy azul. Hay cosas muertas que pululan en esta historia que no se prodiga con facilidad y se esconden, bajo la irresistible belleza de un lugar que Arnett imagina como una pesadilla muy vívida, llena de detalles sin aparente importancia que toman sentido con la tranquila y apacible mirada de algo más profundo. La vida está en todas partes, pero la muerte se sostiene sobre la familia de taxidermistas que son el centro de la narración, con sus horrores medios ocultos. Mostly Dead Things es una novela que asume el hecho de lo trágico desde lo inevitable y por ese motivo, sus personajes recorren el paraje de la muerte en todos sus matices: hay suicidios — algunos lo bastante grotescos como para sobresaltar — , asesinatos sin explicación pero sobre todo, una relación emocional con el hecho de la muerte y el luto. Todo, mientras Florida se hace más y más brillante como escenario, mientras el mar golpea con fuerza la playa y el sonido del viento lo invade todo. “Vivimos para morir entre las pequeñas cosas” dice la autora para describir este pequeño caos existencial de rutilante belleza, una joya rota que flota en medio de lo cotidiano. “Pero la muerte tiene su propio lenguaje, sin duda”.

Arnett se ocupa de traducir el luto, el dolor y el miedo en imágenes sugerentes que tienen un lustre grotesco y sofisticado. Jessa-Lynn Morton, su protagonista, es una mujer traumatizada: luego que su padre se suicidara y que Jessa Lynn le encontrara — “La sangre era un hilo rojo y negro, que se derramaba entre la frescura de la primera luz de la mañana — , hereda el negocio de taxidermia familiar, una rareza en medio de las tiendas de accesorios playeros, restaurantes de mesas repletas de bebidas exóticas y discotecas. Puertas adentro, la herencia tiene su propia belleza, aderezada por el olor a formol y los ojos radiantes de los animales congelados en su propia piel para siempre. “Siempre piensas en la muerte cuando se parece tanto a la vida” comenta Jessa — Lynn, resignada no sólo a su destino como custodia accidental del legado familiar sino también, como aprendiz de un oficio que le resulta repugnante, aunque no del todo desconocido. Buena parte de su infancia transcurrió en la sala en la que su padre transformaba la muerte en vida. “¿No era inevitable que esto ocurriera? mis primeros recuerdos de niña son las de montones de ojos de cristal amontonados sobre una cesta frente a la ventana más pequeña” cuenta y lo hace con tranquilo desparpajo. Para Jessa — Lynn la muerte es un tránsito de un estado a otro de lo material. “Un día te miras al espejo, al otro día te miran como un objeto”.

Mostly Dead Things comienza en los meses posteriores al suicidio del padre, mientras Jessa — Lynn intenta recuperar la cordura y también, un cierto control de su vida. Entre borracheras de cerveza barata, no logra encontrar un punto real para comprender qué ocurrirá en adelante. “Puede que la vida sea un temor pero también, es una pérdida de pequeñas esperanzas. Temes perder y cuando ocurre, el temor se convierte en amargura” reflexiona, mientras deambula en mitad de la herencia familiar. “¿Qué necesito encontrar?” se pregunta y se tacha de cursi, de melodramática. Hay una percepción del dolor como una anestesia a los sucesos más dolorosos a los que Jessa — Lynn ha debido enfrentar: la imagen de su padre muerto, el miedo que aún le provoca esa sensación de la macabra coincidencia que le llevó a la puerta de la tienda justo el día de su muerte. Para ella, destrozada por el dolor en formas que le lleva esfuerzos admitir, la taxidermia será una forma de recomponer su vida, de reconstruir lo que necesita entender de su mente, la respuesta dura a la búsqueda de sentido al horror.

El miedo es parte del pensamiento humano y lo es, porque es quizás una de las pocas emociones que además, refleja un sentido profundo acerca del pensamiento del hombre como parte de la sociedad y la cultura que crea a partir de sus límites. Por esa razón, es probable que en más de una ocasión se ha insistido que Stephen King reinventó el género del terror literario, o lo que puede ser lo mismo, le dotó de un rostro moderno. Después de todo, es uno de los pocos escritores de género de la actualidad, firmemente decidido a crear una noción sobre el miedo limitada al efectismo, la comprensión del monstruo elemental o incluso, de lo terrorífico como algo ajeno a lo cotidiano.

Sin duda ese es el motivo por cual su más reciente novela El instituto es una mezcla de crítica social y cultural con una versión del terror construida a la medida de nuestra época. Con su olfato infalible para analizar el tiempo y el contexto, es uno de los pocos autores que utiliza la cultura pop como telón de fondo para meditar de manera inquietante sobre nuestra sociedad a la manera de un misterioso caldo de cultivo de lo que nos aterroriza. Y en la novela, esta percepción sobre la realidad escindida es mucho más clara que nunca: con mirada sobre los terrores conspirativos actuales, también se trata de un análisis burlón sobre los dolores sociales que King ha venido analizando en público y en que la narración, adquiere un nuevo matiz. Lo sobrenatural está presente, pero también, una visión sinuosa y casi invisible sobre la realidad que sustenta un terror aún mayor: el que puede provocar el hombre y que de hecho provoca, como el monstruo más peligroso y violento de todos.

En El Instituto la normalidad es una gran simulación. El escritor es capaz de describir el ocio y detalles en apariencia insustanciales, para elaborar algo mucho más complejo y violento. El largo prólogo de la novela (que avanza a través de la vida de un policía caído en desgracia y su periplo por la norteamérica profunda) es la oportunidad ideal para que el escritor reflexione sobre sus temas favoritos. Tim, aplastado bajo el peso de la culpa y la soledad del desarraigo moderno, es el símbolo de esa percepción de la realidad escindida que el autor considera de considerable importancia. Y es quizás, ese lento trayecto hacia la nada — el olvido, metaforizado otra vez por un pueblo a la periferia, desconocido y atemporal — lo que brinda a la narración su aire de inquietante y doloroso pesimismo.

Pero El Instituto es algo más que eso. Como en todas las novelas de King, el suspense es una criatura extraña, ambivalente y casi corriente, sostenido sobre esa pasividad insistente que convierte la incertidumbre en algo por completo nuevo. Una irrupción en la irrealidad que se manifiesta como un gran estallido sensorial. Lo anormal que crea y medita sobre lo fundamental de lo consideramos real. Y en esta ocasión, la anomalía la encarna Luke, un muchacho de doce años de formidable inteligencia pero también, con un secreto que guardar. Tanto Tim como Luke crean extremos exactos de la misma idea y cuando las historias de ambos comienzan a fluir en paralelo, el libro encuentra su mejor ritmo y sentido. Como escritor King intenta reelaborar las reglas del miedo y lo hace con una precisa construcción de ideas: Ninguno de los libros de King carece de un poderoso, profundo e incluso conmovedor elemento humano. Todos sus monstruos se miran al espejo y se sobresaltan con la imagen que les devuelve el espejo — como ese tétrico vecino de Salem’s Lot encerrado en un ático, incapaz de afrontar la raíz de su nueva naturaleza — o Christine, convertida en vehículo de venganza y nuevos vicios. En El Instituto los monstruos son hombres y mujeres de aspecto ordinario, que llevan ropas médicas y que llevan a cabo experimentos científicos en avanzadas y anónimas instalaciones del gobierno norteamericano. Lo sobrenatural está allí pero a la vez, la tendenciosa percepción del miedo iniciático que nace de lo más profundo del alma humana.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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