Entre hojas y anaqueles: Los favoritos del año 2019.

Maid: Hard Work, Low Pay, and a Mother’s Will to Survive de Stephanie Land

El libro “Wild” de la escritora Cheryl Strayed retrató un tipo de mujer muy poco común en la literatura: confusa, con una vida sexual desordenada y en busca de la redención. Además, Strayed combinó con sabiduría el desencanto por la noción sobre la sociedad y la cultura, con un extraño recorrido por la búsqueda de paz de un espíritu inquieto. Una y otra vez, el libro parece recorrer un camino poco transitado o mejor dicho, hacerlo de forma mucho más emblemática y poderosa de lo que se había hecho antes: la noción de la mujer rota de Strayed tiene algo de una dignidad afligida, angustiada y pesarosa. A pesar de la percepción del dolor emocional latente, también hay un extenso análisis acerca de la conmoción de la pérdida de la identidad de la primera juventud, la caída en el dolor privado y las heridas emocionales abiertas. Todo un interesante manifiesto sobre la concepción de la identidad femenina — la compleja y dura de comprender a primera vista — que tuvo como resultado una narración de inusual belleza.

“Black Leopard, Red Wolf” de Marlon James:

Durante la última década la ficción, ciencia ficción y fantasía africana ha disfrutado de un merecido y tardío reconocimiento. Desde el éxito de la recopilación “Afrofuturism: Black Sci Fi and Fantasy Culture o AfroSF: Science Fiction by African Writers” del 2015, la literatura de género del continente ha encontrado un lugar apropiado para desarrollarse a profundidad. Tal vez por eso, el anuncio de la trilogía “Dark Star” de Marlon James sorprendió a público y crítica literaria: después de todo, el escritor se encontraba en un año sabático luego de ganar el premio Man Booker en el 2015. Lo anunció como una mezcla de fantasía y la mitología africana, pero la expectación que suscitó el anunció no se debió precisamente a esa descripción. Después de todo, no es la primera vez que ocurren tales combinaciones: buena parte de la literatura Fantástica occidental está emparentada directamente con la percepción de lo fantástico y lo maravilloso de antiguas tradiciones, creencias y por supuesto, leyendas. La diferencia radica en que la obra de James avanza a través de los caminos poco transitados de la superstición en combinación con una audaz concepción del héroe y la correlación del valor, con su forma de expresar la acción y la aventura. Lo curioso es que “Black Leopard, Red Wolf”, el primer libro de la futura trilogía, comienza con un tránsito entre la vida y muerte, construido a través de lo literal: “El niño está muerto. No hay nada que más saber al respecto”. La frase parece englobar la sensación de lo funesto y lo inevitable, pero a la vez, abrir una puerta que pocas veces se toca en la literatura: La capacidad de la historia para asumir la carga simbólica de sus personajes, incluso antes que sean parte de su propia historia. ¿Quién es el niño? ¿Por qué murió? ¿Hacia dónde se dirige el miedo y la desolación que se percibe en esa única frase?

“China Dream” de Ma Jian.

Ma Jian lleva escribiendo desde hace más de treinta años y todas han sido prohibidas en su país. Especialista en un tipo de distopía retorcida que lleva al poder al debate sobre la mera necesidad de su existencia — y el inevitable cuestionamiento sobre su objetivo — Ma Jian medita sobre los límites del absurdo de una sociedad educada para obedecer. Lo hace además con un deje de leve disgusto que hace de sus novelas un recorrido satírico y en ocasiones cruel, sobre los síntomas del caos perenne bajo sociedades profundamente controladas por las armas, la ideología o la presión social. El escritor cuenta la vida en China como pudiera ser, como teme será pero a la vez, encuentra la grieta en el argumento para asumir el peso de lo desconocido. Los países y mundos homogéneos del escritos son grandes extensiones anónimas en los que los personajes deambulan de un lugar a otro entre el cansancio y el miedo. Aturdidos por la incapacidad para escapar de la mirada tenaz del Estado pero a la vez, parte de un organismo social interminable del que no saben — o no pueden — escapar. Para bien o para mal, esa combinación entre lo terrorífico y la crítica política, convierte a las novelas de Ma Jian en una búsqueda de objetivo perenne y ese es su mayor triunfo: esa renuncia a resultar sencilla, accesible, de mostrar el mapa de ruta a través de la historia — y su propósito — con facilidad.

Someone Will Love You in All Your Damaged Glory de Raphael Bob-Waksberg

En la actualidad, hay una tendencia hacia un tipo de refinado pesimismo que abarca buena parte del ánimo colectivo. O eso parece sugerir la proliferación de libros, series y películas que analizan los dilemas existenciales desde la melancolía dolorosa. Por supuesto, no es un tema reciente ni mucho menos novedoso: ya Gustave Flaubert comentaba en 1851 que “la tristeza es mejor compañera que la alegría forzada”. Pero en la actualidad, esa notoria reflexión sobre el sufrimiento privado alcanza una nueva dimensión y quizás, un lustre artístico desconocido. La tristeza se celebra, no se esconde. Y eso tiene sus implicaciones.

“The Nickel Boys” por Colson Whitehead.

En el año 2014, un grupo de estudiantes de arqueología, encontraron un amasijo de huesos humanos en medio de una excavación. Se trataban de los restos de docenas de víctimas torturadas y asesinadas en la escuela estatal para niños Dozier en el Panhandle de Marianna (Florida). Hasta entonces, la magnitud de los crímenes cometidos contra las víctimas había sido desconocida — uno de los tantos rumores sobre maltratados en una institución estatal — pero el hallazgo, mostró con inusitada crueldad las pruebas sobre lo que los niños confinados a la escuela habían sufrido por más de cinco décadas. A pesar de las pruebas, aún restaban unos cuantos meses más, para que los horrores del del reformatorio de Florida llega a su fin.

“The Lady in the Lake” de Laura Lippman.

En una época en que la información es moneda de cambio y la forma en cómo se difunde una mirada a los males culturales modernos, la novela Lady in the Lake de Laura Lippman, parece más oportuna que nunca. Con su extraña combinación de búsqueda de la verdad, suspenso y un contexto marcado por la violencia, se trata de una historia en la que se mezclan la ficción y el mundo de la crónica en una dolorosa versión acerca del periodismo contemporáneo, el riesgo que se asume inevitable al ejercerlo, pero sobre todo, lo que se esconde bajo la posibilidad de la censura y la violencia. Todo con la elegante superficie de una prosa precisa y por momentos poética, que resulta desconcertante para la dureza de la historia que Lippman desea narrar.

“Inland” de Téa Obreht

Se suele creer que el realismo mágico es un patrimonio en esencia latinoamericano y de hecho, la percepción sobre el género tiene algo de la exuberancia caribeña de Cien años de Soledad de Gabriel García Márquez o la triste belleza de Pedro Páramo de Juan Rulfo. No obstante, la primera novela de la escritora serbia Téa Obreht The Tiger’s Wife demostró hace seis años, que la belleza surrealista del arte de narrar desde la magia florece también fuera del continente con que se le identifica. La historia — surrealista, frutal y extravagante — es una combinación de cuentos populares y relatos de fantasmas que envuelven a varias generaciones de una familia. Un largo y hermoso recorrido a través de décadas de secretos domésticos y que entremezcla lo esotérico con lo emocional. Al final, el libro es toda una lección de estilo y bella, que demostró que Téa Obreht era una escritora con toda la convicción — y el talento — de crear una particular concepción de lo extraño a través de una prosa limpia y mordaz.

The Testaments de Margaret Atwood.

oda distopía está sucediendo en algún lugar o está a punto de suceder. Una sentencia dura que sin embargo, Margaret Atwood ha insistido en más de una oportunidad es su inspiración al momento de imaginar buena parte de sus historias. Porque más allá de su labor como escritora, también es una militante convencida de todo tipo de ideas complejas, basadas en un humanismo profundo y con una estrecha relación con la necesidad de comprender lo hórrido desde una perspectiva novedosa. Todas sus obras, analizan la libertad de expresión, el feminismo, los procesos de identidad regional e incluso la poesía desde un ángulo fresco y renovado que le permite teorizar sobre lo esencial de la idea del hombre por el hombre. Atwood además, observa la realidad desde una sabiduría sin pretensiones eruditas que tiene una directa relación con una sensitiva capacidad para desmenuzar la realidad en sus piezas básicas. El resultado, es una percepción sobre la identidad colectiva entre la ternura, la ironía y la crítica que asombra por su agudeza pero también, por su cualidad conmovedora. Aficionada a los límites y lo marginal, Atwood encontró en la palabra un refugio para sus obsesiones y pesares. Más allá de eso, la escritora parece muy consciente de la labor de la escritura como reflejo de la realidad e incluso, un anuncio pesimista sobre el futuro cercano y distante.

Know my Name de Chanel Miller.

El anonimato le protegió. O al menos, esa fue la primera intención de buena parte de los medios de comunicación estadounidenses que ocultaron su identidad. Hasta hace poco menos de dos meses, nadie conocía el nombre de Chanel Miller, pero sí, la espantosa historia a la que había sobrevivido. Violada por Brock Turner en el 2015, detrás de una casa de fraternidad en la Universidad de Stanford. Por entonces, el seudónimo Emily Doe intentó brindar a Chanel la oportunidad de contar su historia sin tener que sufrir la inevitable revictimización de los medios, los señalamientos y la culpabilización que cualquier víctima de agresión sufre de una forma u otra una vez que admite la tragedía que vivió. Emily Doe se convirtió en una voz que reflejó a una nueva dimensión el dolor de las mujeres violadas y silenciadas por un sistema que acentúa la violencia casi de manera sistemática.

Frankissstein de Jeanette Winterson:

Crear vida es quizás una de las obsesiones más antiguas del hombre. Se trata de una visión ancestral sobre el hecho trascendente de la vida como centro de las grandes preguntas existenciales, pero más allá de eso, una demostración absoluta de la capacidad de nuestra especie para construir el mundo según la medida de su imaginación. Porque no se trata sólo de la capacidad para procrear sino del don misterioso de insuflar inteligencia y poder, a la manera de la Divinidad. Crear vida de la nada. Equiparar el poder creativo humano con lo desconocido. Un matiz que simboliza quizás un primitivo — poderoso — anhelo de la humanidad y la forma más depurada de vanidad cultural.
Para la escritora Jeanette Winterson, la noción de la vida como epicentro de algo más intelectual, peligroso y profundo es incluso más intrigante: se trata de una evolución en la forma en que analizamos el poder científico y sus implicaciones. Su libro Frankissstein, una extrañísima reinvención del clásico de 1818 de Mary Shelley, une el asombro de la época por las fronteras de lo científico por las posibilidades de la ciencia moderna. El resultado es una historia a mitad de lo satírico, lo extraño y sobre todo, un recorrido intrigante sobre los motivos e inquietudes de nuestra época sobre las colosales empresas que se debaten entre lo moral y lo posible. Pero a diferencia de Shelley, Winterson no le teme a la posibilidad de la transgresión. Frankissstein no es un libro que medite sobre los terrores monstruosos de la imaginación de la época, sino por el contrario, es un recorrido sobre el asombro que de todas las posibilidades invisibles de lo científico, la transformación espiritual que conlleva y la transcendencia del bien y el mal, como meros conceptos morales sin real importancia al momento de reflexionar sobre las posibilidades de la mente humana. Para Winterson, la ciencia es una puerta abierta hacia algo más singular y poderoso. Una mirada elocuente hacia la versión de una criatura creada por el hombre a la medida del hombre, que se sostiene sobre sus inquietudes y una fría curiosidad.
Por supuesto, Winterson tiene más de tres décadas meditando en ensayos y cuentos sobre temas parecidos: la ciencia, la voluntad de la creación a pesar de lo moral, pero también, de las pequeñas grandes tragedias de la humanidad. En Frankissstein se reencuentra con sus tópicos favoritos y además añade al amor, el deseo, la fluidez del género y los significados del cuerpo convertido en un templo intelectual que analiza y sostiene una concepción casi infantil sobre la incertidumbre. El monstruo que Winterson imagina, no está atormentado por el miedo, la angustia o los designios de su existencia malograda, sino se conecta con algo más profundo acerca de la naturaleza humana en estado puro.
“La inteligencia artificial no es sentimental, está sesgada hacia los mejores resultados posibles. La raza humana no es el mejor resultado posible” insiste en cada oportunidad posible el profesor Victor Stein, el visionario personaje principal de Winterson, que en esta oportunidad, elucubra a través de la soberbia de Stein sobre la forma franca, fría y directa como la ciencia debate sobre temas en los que las emociones no tienen cabida inmediata. Victor, está en la frontera de la vejez — “Soy un hombre agradable, que podría ser sexy en las debidas condiciones” dice con cierta alegría malsana — y que trabaja con obsesiva energía, por llevar a “la raza humana a una dimensión de perfección física, que no tengan por qué ser analizada desde la simplicidad de lo moral. Ser perfecto no debería ser un debate sentimental” escribe Stein, enfurecido contra las críticas que reciben sus experimentos y charlas TED, pero sobre todo, por la noción que lucha contra una pared de conservadurismo que tiene pequeñas grietas de hipocresía. “Ya lo sabes y lo has vivido: creer que el cuerpo humano es perfecto es tan dolorosamente triste como ingenuo. Somos masa amorfa producto de un accidente biológico” explica ante una asombrada multitud, que le observa sin saber sin burlarse o aterrorizarse por su osadía.

Sontag: Her Life and Work de Benjamin Moser

La vida de los escritores está llena de pequeñas grandes anécdotas. La mayoría, trascendentales en la forma en que analizan el mundo a través de las palabras. Una de las de Susan Sontag ocurrió a los doce año en el patio del colegio en el que estudiaba. La niña delgaducha, con mucho cabello oscuro y ojos grandes, atravesó el pequeño rectángulo de concreto hasta acercarse a un niño que leía, sentado en una de las esquinas. “¿Perteneces a la clase de niños superdotados?” le preguntó. El muchacho, dos años mayor que ella, la miró de arriba abajo y después diría que le hizo gracia su arrogancia triste, la manera en que se quedaba de pie muy rígida, la expresión seria. Cuando por último, el desconocido respondió que sí, la Susan de doce años se sentó a su lado y se preguntó si podían conversar un rato. “En mi salón, todos son tontos” le contó “y necesito conversar con alguien que pueda entenderme”. Para la niña que después se convertiría en una de las escritoras más reconocidas de su generación, la noción de la pertenencia tenía un vinculo inmediato con lo intelectual. Y lo era desde esa infancia borrosa, de la que Sontag hablaba poco pero que de alguna u otra forma, definió a la mujer adulta en que se convirtió.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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