Entre hojas y anaqueles: Los favoritos del año 2019.

No podría decir qué hace a un libro mejor que otro. Por supuesto, no me refiero sólo a lo que puede brindarle mayor o menor valor literario a un libro, sino al peso de su historia. A esa cualidad que no sólo lo hace más cercano, comprensible y sobre todo preciado, por encima de cualquier otro. Esa Capacidad misteriosa y significativa de cautivar al posible lector. Sí, se trata de una visión elemental y quizás muy simple, pero es la más sencilla sobre la que puedo ponderar. Y la razón para esa visión tan ingenua, con toda seguridad es una sola: Soy una lectora devota.

Soy de los lectores que siempre desean leer. Por cualquier excusa, motivo y en todos los momentos posibles. De los que siempre se encuentran en compañía de sus libros favoritos y los que aún debe descubrir. De los que lleva siempre un par de libros en el morral, o los deja en el escritorio de trabajo, para hojearlos a la menor oportunidad. De las que tienen una mesa de noche rodeada de libros a medio leer, llenos de anotaciones y hojas medio arrugadas con sus párrafos favoritos copiados a manos. De las que considera a las librerías un hogar. De las que despierta a mitad de la noche para continuar leyendo un libro que dejó a la mitad. O de las que sencillamente no van a dormir para poder terminarlo. De las que atesora los libros como pequeños fragmentos de historia personal.

De manera que hablar sobre “libros favoritos” siempre me parecerá una temeridad, sobre todo todo, porque estoy convencida que cada libro brinda un mensaje, una idea nueva, una dimensión del mundo inolvidable. Incluso los más sencillos, los aparentemente tópicos, siempre abrirán puertas desconocidas en nuestra imaginación. Así que al momento de redactar una pequeña lista sobre mis historias favoritas durante el año 2019, me encontré que no sólo se trata de escoger sobre la calidad narrativa, semántica e incluso de un libro sobre otro, sino de una visión sorprendió — quizás fascinó — mucho más que otras. ¿Qué tan válido resulta escoger un libro sólo por la capacidad que tuvo para cautivar mi imaginación? No lo sé. Pero es quizás la manera más sincera que tengo que hacerlo, la más cercana a la manera como percibo los libros y lo que pueden brindarme: Una lugar por descubrir en mi mente. Un paisaje por completo desconocido que descubro — y paladeo — gracias a las palabras.

Siendo así, ¿Cuáles podrían ser mis historias favoritas en un año lleno de extraordinarias propuestas? Quizás los siguientes:

Y ¿Cuales serían mis libros favoritos de un año especialmente fecundo en historia y profundidad literaria? Los siguientes:

El libro “Wild” de la escritora Cheryl Strayed retrató un tipo de mujer muy poco común en la literatura: confusa, con una vida sexual desordenada y en busca de la redención. Además, Strayed combinó con sabiduría el desencanto por la noción sobre la sociedad y la cultura, con un extraño recorrido por la búsqueda de paz de un espíritu inquieto. Una y otra vez, el libro parece recorrer un camino poco transitado o mejor dicho, hacerlo de forma mucho más emblemática y poderosa de lo que se había hecho antes: la noción de la mujer rota de Strayed tiene algo de una dignidad afligida, angustiada y pesarosa. A pesar de la percepción del dolor emocional latente, también hay un extenso análisis acerca de la conmoción de la pérdida de la identidad de la primera juventud, la caída en el dolor privado y las heridas emocionales abiertas. Todo un interesante manifiesto sobre la concepción de la identidad femenina — la compleja y dura de comprender a primera vista — que tuvo como resultado una narración de inusual belleza.

Algo semejante sucede con el libro “Maid” de Stephanie Land, aunque la acción de su novela debut y autobiografía, transita por caminos por completo distintos. Mientras Strayed recorre los parajes más solitarios de norteamérica en busca de consuelo al permanente dolor que le agobia, Land evoluciona desde el sufrimiento desde los lugares más oscuros de una durísima experiencia personal. Su historia comienza con un embarazo no deseado y transita las frágiles connotaciones de lo que consideramos la vida común: de mujer soltera en busca de la estabilidad emocional y económica, Land se encuentra en medio de una situación que le supera con creces. Para entonces, tiene veintinueve años y tiene algunos trabajos esporádicos: la llegada del bebé no es una buena noticia. Tampoco lo es para su novio, para quien la perspectiva de convertirse en padre es cuando menos incómoda: al final, Land termina víctima de abuso verbal, desempleada y sola, con un bebé recién nacido a quien incapaz de mantener. Es entonces, cuando esta mujer de clase media, hija de padres divorciados, se enfrenta con la pobreza pero sobre todo, a la desesperanza en un país que batalla con sus diferencias sociales desde lo legal, pero pocas veces a través de lo cultural. O esa es la visión de Land, luego de pasar algunos meses en un refugio para personas del hogar y luego comenzar a trabajar como empleada en un servicio de limpieza. Devastada por el miedo, el abandono y la sensación que perdió por completo el control de su vida, Land debe enfrentar la disyuntiva de sobrevivir y conservar la dignidad, una noción borrosa y poco estructurada sobre lo que aspira para el futuro.

El testimonio de Land es conmovedor y también, profundamente sentido. No se trata de una larga descripción sobre la desgracia (que podría serlo), sino de un recorrido pesimista y bien elaborado sobre la caída del sueño moderno de la prosperidad. Es esa idea la que Land desarrolla desde una periferia que pocas veces se analiza en la literatura: la futura escritora se enfrenta al hecho de la precariedad de su situación económica desde la necesidad de confrontar su propia vida y experiencias. Como si de una trampa voraz se tratara, Land debe lidiar con las exigencias de la vida diaria — la manutención de una niña pequeña, cubrir los gastos básicos — con el hecho que el trabajo doméstico, le resulta humillante, en ocasiones insoportable y siempre duro de sobrellevar. Land lidia además, con la percepción de quienes le rodean de la derrota social: En más de una ocasión, el libro muestra el filo del prejuicio desde una contención abrumadora de su peso. Land se mira a sí misma desde la perpetua sensación de degradación, como si el ciclo de obtener dinero sólo para gastarlo casi de inmediato, le arroja a una sensación de orfandad social. Land no encuentra recursos ni medios para superar su situación. De hecho, se hace cada vez más dura de asimilar.

Durante la última década la ficción, ciencia ficción y fantasía africana ha disfrutado de un merecido y tardío reconocimiento. Desde el éxito de la recopilación “Afrofuturism: Black Sci Fi and Fantasy Culture o AfroSF: Science Fiction by African Writers” del 2015, la literatura de género del continente ha encontrado un lugar apropiado para desarrollarse a profundidad. Tal vez por eso, el anuncio de la trilogía “Dark Star” de Marlon James sorprendió a público y crítica literaria: después de todo, el escritor se encontraba en un año sabático luego de ganar el premio Man Booker en el 2015. Lo anunció como una mezcla de fantasía y la mitología africana, pero la expectación que suscitó el anunció no se debió precisamente a esa descripción. Después de todo, no es la primera vez que ocurren tales combinaciones: buena parte de la literatura Fantástica occidental está emparentada directamente con la percepción de lo fantástico y lo maravilloso de antiguas tradiciones, creencias y por supuesto, leyendas. La diferencia radica en que la obra de James avanza a través de los caminos poco transitados de la superstición en combinación con una audaz concepción del héroe y la correlación del valor, con su forma de expresar la acción y la aventura. Lo curioso es que “Black Leopard, Red Wolf”, el primer libro de la futura trilogía, comienza con un tránsito entre la vida y muerte, construido a través de lo literal: “El niño está muerto. No hay nada que más saber al respecto”. La frase parece englobar la sensación de lo funesto y lo inevitable, pero a la vez, abrir una puerta que pocas veces se toca en la literatura: La capacidad de la historia para asumir la carga simbólica de sus personajes, incluso antes que sean parte de su propia historia. ¿Quién es el niño? ¿Por qué murió? ¿Hacia dónde se dirige el miedo y la desolación que se percibe en esa única frase?

Seiscientas veinte páginas después, el lector encuentra la respuesta a todas las preguntas, pero para entonces, ya no importan demasiado. La novela avanza con pie ligero por África, pero también, a través del subtexto de la violencia, lo metafórico y un tipo de compresión de lo absurdo, que evita cualquier intento de brindar sentido a la narración completa sin el auspicio de la fantasía. se lee como un trepidante cuento de Hadas, pero también como una épica extraordinaria con raíces en las creencias más antiguas de una África intocada, voluptuosa y por completo redescubierta por el escritor, que se esfuerza por alejarse de la colonización, el dolor negro y la versión sobre el continente sufriente. Los personajes y el África de James son de una potencia asombrosa, una reflexión poderosa sobre los entresijos de la historia y la herencia como parte de una concepción dual sobre lo moral, lo trágico y lo portentoso. Claro está, el nivel experimental de James brinda a la novela un ritmo alucinante que deslumbra: todos los capítulos cierran con un Cliffhanger y de hecho, tal pareciera que cada página es una trepidante carrera de obstáculos hacia el objetivo final de la trilogía, que aún permanece oculto y además, se encuentra ligado estrechamente a la visión del autor sobre la narración como telón de fondo de una historia poderosa. Por ese motivo, “Black Leopard, Red Wolf” no sólo es la conclusión de una historia en extremo compleja, sino también la catarsis del lector que ha seguido con fidelidad las aventuras de los personajes de James. Entre ambas cosas, la percepción sobre la aventura, las tierras imaginadas por el autor y la síntesis de la mitología como telón de fondo, encuentran el lugar ideal para apuntalar la historia.

En esta ocasión, James renuncia a sus guiños habituales de sus obras anteriores (personajes controvertidos e imposibles de definir, tan cerca del bien como del mal), para crear un rostro nuclear que sostenga la historia: Tracker, un cazador con el extraño don de encontrar “lo que debería quedarse perdido”, es el centro de la trama y también, el hilo que atraviesa toda la narración de un extremo a otro. Como héroe de la novela (y también, sostén principal de la acción que se desarrolla) Tracker pasea por el continente Africano, con la sobria convicción de un depredador en busca de su presa. Como mercenario, su privilegiado sentido del olfato, está al servicio del mejor postor y a la vez, es una posesión valiosa y personalísima del personaje, que perdió apellido e identidad familiar al abandonar la casa de su niñez. “Mi nombre le pertenecía a mi padre, así que lo dejé en su puerta al partir” cuenta en su tono seco y casi desabrido al hablar sobre su niñez. Tracker es un vagabundo pero también un nómada con una culpa insoportable a cuestas. Por única vez, el olfato de Tracker falló y esa falla es la que desencadena la acción completa del libro que comienza.

Ma Jian lleva escribiendo desde hace más de treinta años y todas han sido prohibidas en su país. Especialista en un tipo de distopía retorcida que lleva al poder al debate sobre la mera necesidad de su existencia — y el inevitable cuestionamiento sobre su objetivo — Ma Jian medita sobre los límites del absurdo de una sociedad educada para obedecer. Lo hace además con un deje de leve disgusto que hace de sus novelas un recorrido satírico y en ocasiones cruel, sobre los síntomas del caos perenne bajo sociedades profundamente controladas por las armas, la ideología o la presión social. El escritor cuenta la vida en China como pudiera ser, como teme será pero a la vez, encuentra la grieta en el argumento para asumir el peso de lo desconocido. Los países y mundos homogéneos del escritos son grandes extensiones anónimas en los que los personajes deambulan de un lugar a otro entre el cansancio y el miedo. Aturdidos por la incapacidad para escapar de la mirada tenaz del Estado pero a la vez, parte de un organismo social interminable del que no saben — o no pueden — escapar. Para bien o para mal, esa combinación entre lo terrorífico y la crítica política, convierte a las novelas de Ma Jian en una búsqueda de objetivo perenne y ese es su mayor triunfo: esa renuncia a resultar sencilla, accesible, de mostrar el mapa de ruta a través de la historia — y su propósito — con facilidad.

Para su libro más reciente China Dream (2019), Ma Jian toma el testigo de la distopía relacionada con hechos de envergadura orgánica o física, que Margaret Atwood llevó a una dimensión totalmente nueva con The Handmaid’s Tale (1985) y le brinda un retorcido sentido del humor, que convierte al lavado de cerebro en una especie de chiste malintencionado del que ninguno de sus personajes sale bien parado. ¿Algo muy singular y extravagante para imaginarlo? Quizás lo es, pero Ma Jian logra encontrar un equilibrio entre la sugerencia de la sátira y el profundo horror que oculta. China Dream elabora una percepción sobre el control basado en las relaciones de poder — algo que su escritor ya había analizado con éxito en “Pekín en coma” (2008) y El Camino oscuro (2013) — y crea además, una intrigante colección de personajes que habitan bajo la red del dominio ideológico, que se sostienen con precariedad sobre el humor. Un ejercicio de estilo arriesgado que pudiera haber resultado en una combinación caótica de extremos, pero que en manos de Ma Jian es una es una mirada interesada y casi cruda sobre la forma en que el régimen chino presiona y estructura los estamentos de presión, persecución y violencia como una forma de mantener su integridad.
Para la ocasión, el escritor hurgó en una de las cientos de inexplicables actuaciones del sistema ideológico chino para crear el China Dream Bureau, una especie de ministerio encargado del subconsciente y de la capacidad para soñar del ciudadano común. Por extraño que parezca, el delirante organismo literario tiene un origen real: en el 2012, el presidente chino Xi Jinping lo creó para “promover los ideales del país a todo nivel” y encargó a más de cien funcionarios trabajar para “lograr que los chinos pudieran soñar con un mejor porvenir para China”. En la novela China Dream, la oficina tiene la misma función pero de manera literal: su director Ma Daode, tiene por única función estandarizar los sueños de sus compatriotas y crear un ejército de ciudadanos que puedan soñar “con el progreso, incluso al ir a la cama. La Revolución está en todas partes”, cuenta Ma Daode con un entusiasmo enfermizo y extravagante. De hecho, Ma Daode trabaja en desarrollar un implante neural para que lograr “que la revolución llegue a ese lugar inaccesible de la mente de los chinos”, un argumento que Ma Jian relata desde el acartonado tono de la propaganda pero que resulta ser escalofriante por sus implicaciones perversas. El dispositivo es el elemento primordial en esta nueva visión del orden y una supuesta justicia social: está programado para borrar los recuerdos y sueños que El Partido considere “sediciosos, contrarrevolucionarios o directamente sospechosos”. Incluso, el aditamento permitirá el acceso a la mente de cada ciudadano hasta encontrar “cualquier resistencia a la obediencia”. Para Ma Daode se trata de la panacea para lograr la felicidad absoluta. “¿Lo imaginas? No habrá desesperanza, ni terror ni tampoco asombro. Seremos tal y como la revolución lo requiere” dice a su silenciosa secretaria mientras observa el prodigio técnico bajo el microscopio. Toda una obra temible sobre el poder, sus excesos y sus consecuencias.

En la actualidad, hay una tendencia hacia un tipo de refinado pesimismo que abarca buena parte del ánimo colectivo. O eso parece sugerir la proliferación de libros, series y películas que analizan los dilemas existenciales desde la melancolía dolorosa. Por supuesto, no es un tema reciente ni mucho menos novedoso: ya Gustave Flaubert comentaba en 1851 que “la tristeza es mejor compañera que la alegría forzada”. Pero en la actualidad, esa notoria reflexión sobre el sufrimiento privado alcanza una nueva dimensión y quizás, un lustre artístico desconocido. La tristeza se celebra, no se esconde. Y eso tiene sus implicaciones.

Algo semejante debió pensar el escritor y showrunner Raphael Bob-Waksberg (creador del ya icónico BoJack Horseman), cuando comenzó a recopilar los relatos que incluye su libro Someone Will Love You in All Your Damaged Glory. Cada uno de las historias es un recorrido el dolor emocional moderno, al que además Bob-Waksberg mezcla con una dosis de humor sardónico. El resultado es una compilación rica y variada de cuentos que abarcan lo que es sin duda, un tránsito entre la juventud y la adultez, las grietas de la sensibilidad artística y también, el agobio de la individualidad contemporánea. Todo bajo la notoria concepción del bien y el mal como hechos volubles de la naturaleza humana.

Bob-Waksberg no es filósofo ni pretende serlo. De hecho Someone Will Love You in All Your Damaged Glory tiene toda el ritmo singular de un experimento narrativo que en ocasiones tiene puntos muy bajos y otros, de extraordinaria belleza. Entre ambas cosas, esta mezcla de poemas, cuentos y fragmentos de ensayos que el escritor recopiló durante años — y que hace una década atrás, casi fueron el imprevisible obsequio a una mujer — es algo más que una mirada al mundo intelectual de un hombre con cientos de referencias distintas. Es un desgarrador diálogo interno pero también, una gran reflexión burlona sobre una época obsesionada con la visibilidad pero que intenta evitar mirar sus propio sufrimiento demasiado de cerca. Con la misma ternura rota y afligida de la maravillosa serie animada de Netflix, Someone Will Love You in All Your Damaged Glory es un recorrido por todo tipo de lugares imaginarios que el escritor une bajo un único cariz: “Busco en el dolor algo más profundo que la belleza. También el dolor tiene sus matices de pura rebeldía” escribe y es esa línea, la que traza una hoja de ruta a través de todos los escenarios que Bob — Waksberg imagina para elaborar una percepción profunda sobre la vida, el futuro y su propia mente caótica.

En el año 2014, un grupo de estudiantes de arqueología, encontraron un amasijo de huesos humanos en medio de una excavación. Se trataban de los restos de docenas de víctimas torturadas y asesinadas en la escuela estatal para niños Dozier en el Panhandle de Marianna (Florida). Hasta entonces, la magnitud de los crímenes cometidos contra las víctimas había sido desconocida — uno de los tantos rumores sobre maltratados en una institución estatal — pero el hallazgo, mostró con inusitada crueldad las pruebas sobre lo que los niños confinados a la escuela habían sufrido por más de cinco décadas. A pesar de las pruebas, aún restaban unos cuantos meses más, para que los horrores del del reformatorio de Florida llega a su fin.

Los crímenes de odio son el secreto vergonzoso de la cultura occidental. Uno que además, se oculta bajo todo tipo de justificaciones que buscan atenuar su gravedad bajo una alarmante indiferencia. Una interpretación de la forma en que la sociedad interpreta el prejuicio y lo normaliza bajo una pátina injustificable de vicios dolorosos. La historia que el escritor Colson Whitehead narra en The Nickel Boys, no es sólo un recorrido a través de los horrores ocultos bajo la superficie de una norteamérica indiferente, sino también, una reflexión sobre el peso que aplasta la tentativa inmediata de dar voz y rostro a las víctimas. La novela de Whitehead narra uno de los capítulos más retorcidos del sistema educativo y de justicia de norteamérica, pero también es un reflejo del poder de los secretos, de la tentativa colectiva de mantenerlos ocultos y el terror aparejado que historias semejantes llevan a cuestas.

Durante décadas, los horrores que los niños y adolescentes recluidos en el Reformatorio Dozier de Florida, estuvieron a la vista de todos. Niños con marcas de golpizas, traumatizados, aterrorizados y otros que desaparecían de los registros públicos sin que hubiera la más mínima explicación sobre su paradero. Para cuando las tumbas fueron descubiertas y el escándalo estalló, el número de víctimas era imposible de cuantificar: más de once generaciones de niños en situación de abandono, violencia o bajo el cuidado del estado habían pasado por sus instalaciones y algunos, habían sido asesinados bajo métodos de horror y tortura que sólo recién se analizan bajo la luz de nuevas evidencias. Luego de casi tres años de excavaciones, un exhaustivo informe de 168 páginas dio cuenta de la recuperación de 51 cuerpos, pero también, de un largo recorrido escalofriante sobre las terroríficas condiciones que sufrieron las víctimas antes de morir. La mayoría de los restos mostraban rastros de torturas y todos habían muerto luego de recibir varios disparos a quema ropa.

Colson Whitehead no pretende escribir una crónica sobre los sucesos ocurridos en el reformatorio o tampoco, una reconstrucción de los terrores ocultos en sus paredes. En lugar de eso, el escritor se decide por un camino intermedio y sin duda, más doloroso: el de tratar de comprender a través de la ficción como una tragedia de semejante magnitud se mantuvo oculta a la vista de las autoridades y los vecinos localidad rural de Marianna. ¿Había sido el reformatorio un lugar inexpugnable que mantenía a buen resguardo sus secretos? ¿O se trató de una fría y despiadada indiferencia para con los niños recluidos en el lugar? Cualquiera de las dos posibilidades resulta inquietante y es esa brumosa línea entre ambas cosas, lo que obsesiona a la voz narrativa del escritor y la que brinda una extraña profundidad a su relato. The Nickel Boys no es un relato sencillo y no pretende serlo: Hay una dureza corrosiva en la forma en que Whitehead analiza el dolor y el sufrimiento racial que conlleva al olvido de docenas de víctimas sin dolientes. “La muerte era un espacio silencio, una no existencia en la que incluso, estaba negada la mera posibilidad del recuerdo”.

En una época en que la información es moneda de cambio y la forma en cómo se difunde una mirada a los males culturales modernos, la novela Lady in the Lake de Laura Lippman, parece más oportuna que nunca. Con su extraña combinación de búsqueda de la verdad, suspenso y un contexto marcado por la violencia, se trata de una historia en la que se mezclan la ficción y el mundo de la crónica en una dolorosa versión acerca del periodismo contemporáneo, el riesgo que se asume inevitable al ejercerlo, pero sobre todo, lo que se esconde bajo la posibilidad de la censura y la violencia. Todo con la elegante superficie de una prosa precisa y por momentos poética, que resulta desconcertante para la dureza de la historia que Lippman desea narrar.

Pero el libro es algo más que una mirada articulada respecto al poder de la prensa. Para la escritora, la historia en The Lady in the Lake tienen connotaciones personales. En la primera hoja, puede leerse una corta dedicatoria que se trata de “extraña carta de amor a los periódicos de Baltimore de los años 60”. No es de algo casual: unos días después que Lippman acabara de escribir el borrador final de la historia y lo entregara al editor, un hombre armado entró al periódico The Capital, publicado en Annapolis (Maryland, EEUU) y mató a tiros a cinco periodistas: Rob Hiaasen, Gerald Fischman, John McNamara, Rebecca Smith y Wendi Winters. Lippman era amiga cercana de Hiassen y quizás, es ese contexto lo que haga que esa versión de la pasión por la investigación y la verdad, sea más significativa que nunca. Una mirada dura de cómo el periodismo puede comprenderse y la mirada incisiva que abarca.

El libro The Lady in the Lake se basa de manera tangencial en el asesinato aún no resuelto de la camarera y secretaria de Baltimore Shirley Parker, cuyo cadáver fue encontrado en un parque de la ciudad en el mes de junio de 1969. La novela abarca desde la ficción las conjeturas de su muerte, los posibles culpables y también, la percepción acerca de la forma en que el caso se volvió un confuso amasijo de datos incompletos, censurados, ocultos o tergiversados. Para Lippman — ex reportera el Baltimore Sun — la percepción del caso es una amplia red de subterfugios que se unen en su intención de crear una versión creíble sobre lo que pudo — o no — haber sucedido a Parker, pero también es una búsqueda casi obsesiva del poder de la verdad. Entre ambas cosas, la novela tiene un ritmo impecable y una concisa mirada a los diferentes puntos de vista sobre el asesinato de Parker — o su versión ficcional — y la manera en que las piezas de la verdad aparente que configuran su muerte, se unen en un extraño mapa de ruta hacia un misterio incierto.

Lippman utiliza dos narradores paralelos al contar la historia: Cleo Sherwood, quien como Parker, es asesinada y su cuerpo abandonado a la intemperie sin que nadie sepa el motivo y Maddie Schwartz, un ama de casa que decide que la muerte de la mujer — a quien no conoce — es un motivo suficiente para comenzar una nueva forma de comprender su vida. Tanto una como la otra, son extremos de la misma idea de cierto tipo de estereotipo claustrofóbico sobre lo femenino y también, una controlada mirada del miedo y el absurdo, construido a través de un asesinato violento y la incapacidad de la ley para brindar respuestas. “¿Quién mejor que una mujer para devolver el nombre a otra?” insiste Maddie, para quien el crimen de Cleo es una línea que separa su vida entre un antes y un después paradigmático.

Se suele creer que el realismo mágico es un patrimonio en esencia latinoamericano y de hecho, la percepción sobre el género tiene algo de la exuberancia caribeña de Cien años de Soledad de Gabriel García Márquez o la triste belleza de Pedro Páramo de Juan Rulfo. No obstante, la primera novela de la escritora serbia Téa Obreht The Tiger’s Wife demostró hace seis años, que la belleza surrealista del arte de narrar desde la magia florece también fuera del continente con que se le identifica. La historia — surrealista, frutal y extravagante — es una combinación de cuentos populares y relatos de fantasmas que envuelven a varias generaciones de una familia. Un largo y hermoso recorrido a través de décadas de secretos domésticos y que entremezcla lo esotérico con lo emocional. Al final, el libro es toda una lección de estilo y bella, que demostró que Téa Obreht era una escritora con toda la convicción — y el talento — de crear una particular concepción de lo extraño a través de una prosa limpia y mordaz.

Para su segunda aventura literaria, hay algo de esa extraña reminiscencia sobre lo misterioso y el poder de los enigmas, pero bajo un cariz por completo nuevo. Inland es una novela que se construye desde la hipótesis de la rudeza: Obreht decidió transformar la ternura frutal y salvaje de su versión de lo surreal, en una mirada áspera sobre el entorno de sus personajes. Además, el escenario es por completo distinto y sin duda inesperado: el salvaje oeste, pero desde una perspectiva tan asombrosa que por momentos parece un lugar al extrarradio y atemporal imposible de identificar. Una característica que comparte el personaje principal de Obreht, un huérfano solitario que debe valerse por sí mismo. Bautizada con el inverosímil nombre de Lurie Mattie, viaja por un mundo árido y violento, enfrentando no sólo su condición de marginado sino una capacidad extravagante que de pronto, es el hilo conductor de la novela debut de Obreht e Inland, Lurie puede ver a los muertos. La escritora detalla la peculiar capacidad de su personaje desde las primeras páginas y lo hace con una sinceridad sencilla. De la misma forma que Kafka habló sobre un hombre cualquiera que despertó convertido en un insecto, Obreht cuenta sobre la sensibilidad de Lurie, que cabalga bajo el sol rodeado de las almas de los difuntos.

Pero Lurie no es un héroe trágico ni mucho menos. Primero ladrón y después asesino, escapa de un comisario que al mejor estilo de un personaje de Víctor Hugo, le persigue sin tregua ni pausa a través de las estepas rocosas y los valles desérticos. El personaje en realidad, es un buscavidas violento que también se sobrevive a sí mismo y lo hace con una premura angustiosa muy cercana a un primitivo instinto de supervivencia. Además, su historia está enlazada a Nora Lark, una viuda que a principios de 1890 debe enfrentar el asedio de los hombres que le rodean, la soledad de su vida austera y por supuesto, el misterio de la desaparición de su marido. Los tres personajes no sólo confluyen en una rara paradoja que se enlaza tiempo, espacio y una serie de situaciones enfermizas en un argumento cada vez más complicado que tiene un parecido inquietante con un peligroso laberinto. Cualquiera de ellos, está al borde mismo de la realidad, del miedo y lo angustioso. Y sobre ellos, pende la posibilidad del desastre. La combinación — que Obreht hila con una prosa seca, directa y que recuerda a ese gran maestro de la sencillez como lo es Cormac MCcarthy — crea un atmósfera enrarecida y pendenciera, a mitad de camino entre un relato paranormal — que lo es por momentos — y algo más elaborado y seductor.

oda distopía está sucediendo en algún lugar o está a punto de suceder. Una sentencia dura que sin embargo, Margaret Atwood ha insistido en más de una oportunidad es su inspiración al momento de imaginar buena parte de sus historias. Porque más allá de su labor como escritora, también es una militante convencida de todo tipo de ideas complejas, basadas en un humanismo profundo y con una estrecha relación con la necesidad de comprender lo hórrido desde una perspectiva novedosa. Todas sus obras, analizan la libertad de expresión, el feminismo, los procesos de identidad regional e incluso la poesía desde un ángulo fresco y renovado que le permite teorizar sobre lo esencial de la idea del hombre por el hombre. Atwood además, observa la realidad desde una sabiduría sin pretensiones eruditas que tiene una directa relación con una sensitiva capacidad para desmenuzar la realidad en sus piezas básicas. El resultado, es una percepción sobre la identidad colectiva entre la ternura, la ironía y la crítica que asombra por su agudeza pero también, por su cualidad conmovedora. Aficionada a los límites y lo marginal, Atwood encontró en la palabra un refugio para sus obsesiones y pesares. Más allá de eso, la escritora parece muy consciente de la labor de la escritura como reflejo de la realidad e incluso, un anuncio pesimista sobre el futuro cercano y distante.

Hace más de treinta años, esta mujer inquieta, cínica y enigmática comenzó a escribir la novela The Handmaid’s Tale. Era una primavera cálida y tranquila en Berlín Occidental y Atwood acababa de regresar de un recorrido más allá del telón de acero. La inspiración para su distopía totalitaria es obvia, aunque no tan sencilla. La perversa noción del poder convertido en herramienta de manipulación de masas es obviamente parte de lo que encontró en su recorrido por Europa del este, pero en la inquietante historia de la novela, hay mucho más que represión e intereses políticos. Se trata de un recorrido crudo por la posibilidad del completo dominio de lo racional, la despersonalización del individuo en favor del estado y lo que resulta más inquietante, una percepción clara sobre la posibilidad del poder como una maquinaria que devora y consume la individualidad.

Por supuesto, no se trata de un tema novedoso: dos décadas antes, Orwell meditó sobre la devastación de la personalidad y la alegoría del Gran Observador en 1984 la que es quizás, la distopía más famosa de todas y también, una de las más duras. No obstante, para Atwood el horror de la sujeción al poder tiene una clara raíz emocional y sensorial. Mientras que la en la novela de Orwell la información, la historia y la propaganda reconstruyen el paisaje de la realidad, en la de Atwood se trata de una mirada a un horror vívido basado en la manipulación moral. Y es entonces, cuando la historia de esta Teocracia convertida en una especie de infierno de la identidad — la muerte de la capacidad para el pensamiento libre y sobre todo, la posibilidad de la libertad individual — alcanza su punto más álgido, electrizante y realista.

A la escritora se le ha considerado siempre una mujer rebelde pero no por las razones habituales que alimentan la imagen del subversivo. Al contrario, la sedición intelectual de Atwood se basa en una enorme capacidad para incomodar y cuestionar lo que creemos absoluto, verídico y concreto. Quizás por ese motivo, The Handmaid’s Tale es más que un distopía, un presagio inquietante sobre un futuro posible. En uno de los pasajes más inquietantes del libro, Atwood plantea un concepto rarísimo y duro de asimilar al que llama “capacidad para la incredulidad”. En la novela, la lenta transformación de la sociedad en un violento totalitarismo teocrático ocurre frente a los ojos desconcertados de los protagonistas, que asimilan los cambios desde la óptica de la sorpresa y la resignación. Paso a paso, el poder subvierte y distorsiona derechos inalienables y los convierte en otra cosa, en un trayecto progresivo que termina convirtiéndose en una rápida caída al abismo. Y es la incredulidad — la noción sobre la destrucción de lo que creemos inamovible e irremplazable — lo que sostiene esa lento proceso temible, realista y lo que resulta aún más atemorizante, posible. Atwood se explaya en esa percepción del horror mínimo, infranqueable que se transforma en otra cosa en noción de la poca resistencia que ofrece la sociedad futura de devastación que intenta asimilar. “Fueron más pequeñas de lo que cabría esperar” escribe“No nos despertamos cuando masacraron el Congreso. Tampoco cuando culparon a los terroristas y suspendieron la Constitución”, dice la narradora, describiendo con una durísima melancolía fatalista los prolegómenos de la tragedia. Al final, la escritora logra darle sentido a lo que es una morbosa ruta hacia el núcleo de los temores generacionales y colectivos. La definitiva caída de todo lo que asumimos brinda forma a la época que conocemos.

El anonimato le protegió. O al menos, esa fue la primera intención de buena parte de los medios de comunicación estadounidenses que ocultaron su identidad. Hasta hace poco menos de dos meses, nadie conocía el nombre de Chanel Miller, pero sí, la espantosa historia a la que había sobrevivido. Violada por Brock Turner en el 2015, detrás de una casa de fraternidad en la Universidad de Stanford. Por entonces, el seudónimo Emily Doe intentó brindar a Chanel la oportunidad de contar su historia sin tener que sufrir la inevitable revictimización de los medios, los señalamientos y la culpabilización que cualquier víctima de agresión sufre de una forma u otra una vez que admite la tragedía que vivió. Emily Doe se convirtió en una voz que reflejó a una nueva dimensión el dolor de las mujeres violadas y silenciadas por un sistema que acentúa la violencia casi de manera sistemática.

Pero mucho más que eso, la historia de Emily Doe debía ser contada en toda su crudeza: Publicada originalmente por la página Buzfeed, la carta en la que contaba no sólo la agresión, sino todo que ocurrió después, fue compartida al menos quince millones de veces, leída en el Congreso estadounidense y finalmente, el detonante de una revolución casi invisible que permitió un cambio de legislación en el estado de California, que se asegura de proteger a la víctima en lugar de violentarla de nuevo a través de toda una estructura legal carente de empatía, compasión y respeto hacia las heridas psicológicas que la víctima soporta y sobre todo, a la carga emocional que deberá lidiar luego de sufrir una agresión como una violación. Fue Emily Doe quién puso en palabras el miedo, el terror, la impotencia, la absoluta tristeza y rabia, de haber sido violentada y además herida en formas inimaginables, sólo para que después, su atacante fuera considerado un “muchacho prometedor” y condenado a una pena mínima. La decepción y dolor de Emily Doe fue la de todas las mujeres y hombres en situaciones parecidas, las de todas las víctimas de agresiones que han sido golpeadas y posteriormente estigmatizadas por el sistema legal. Un símbolo en mitad de un tipo de brutalidad y la violencia de las que pocas veces se habla.

Transcurridos casi cinco años luego de la tragedia que le tocó enfrentar, la historia de Emily Doe alcanzó algo parecido a la justicia, en un sistema que con frecuencia evita que las víctimas la obtengan del todo. Y quizás por ese motivo, la mujer oculta detrás del seudónimo decidió que era el momento preciso no sólo para revelar su nombre — toda una declaración de intenciones — sino además, crear la posibilidad certera de mostrar los horrores y dolores detrás de agresiones semejantes a la suya desde una óptica humanizada y sin duda, personal. De modo que Emily Doe dio pasó a Chanel Miller, autora del libro autobiográfico Know my Name, en el que no sólo recorre la durísima experiencia que debió soportar sino también, reivindica la posibilidad que la víctima pueda recuperar su voz luego de atravesar la peor de las experiencias.

Por supuesto Know my Name es un alegato público y directo sobre la justicia: Chanel Miller tuvo que enfrentar la misma burocracia que tantas otras víctimas alrededor del mundo, sólo que en su caso, la onda expansiva de su caso fue mucho más allá del mero análisis de la agresión desde la concepción de lo anónimo. Atravesó las largas horas de interrogatorios, invasivos exámenes médicos, la concepción de la violación como un delito en que se pone en tela de juicio la moralidad de la víctima. Para la autora, lo más inquietante fue comprobar que la agresión tenía además una dimensión oscura y perniciosa, relacionada de manera directa con la manera en que la sociedad comprende una agresión sexual. Como tantas otras víctimas, soportó preguntas sobre la ropa que llevaba, la relación que tenía con su novio y al final, sobre su comportamiento la noche del ataque. “Revivir el miedo a través de la desconfianza ajena” explica Chanel, que despertó sin saber qué le había ocurrido en la sala de un hospital.

La atención mediática que Chanel Miller recibió luego de contar al mundo la agresión que padeció, no hizo las cosas más sencillas. Quizás, todo lo contrario: Know my Name no sólo reconstruye los días aterradores en que tuvo que ocultarse detrás de un seudónimo y a la vez, batallar por ser escuchada, una combinación que llegó a aplastarle en medio de un sufrimiento inaudito, sino que además los contextualiza en un mundo hipercomunicado. La combinación entre ambas cosas, transforma al testimonio de la escritora en una curiosa mezcla entre dolor y humanidad, entre esperanza y un temor subyacente que hace de la narración un vívido reflejo de una circunstancia casi imposible de narrar de cualquier otra manera. Chanel fue violada pero también, tuvo que exponer los detalles de la tragedia para lograr que el mundo pudiera comprender los alcances de una percepción semejante, de una comunión entre las heridas del trauma y la posibilidad de sobrellevarlo que al final, es toda una mirada durísima sobre la identidad rota de quién sufre violencia.

Crear vida es quizás una de las obsesiones más antiguas del hombre. Se trata de una visión ancestral sobre el hecho trascendente de la vida como centro de las grandes preguntas existenciales, pero más allá de eso, una demostración absoluta de la capacidad de nuestra especie para construir el mundo según la medida de su imaginación. Porque no se trata sólo de la capacidad para procrear sino del don misterioso de insuflar inteligencia y poder, a la manera de la Divinidad. Crear vida de la nada. Equiparar el poder creativo humano con lo desconocido. Un matiz que simboliza quizás un primitivo — poderoso — anhelo de la humanidad y la forma más depurada de vanidad cultural.
Para la escritora Jeanette Winterson, la noción de la vida como epicentro de algo más intelectual, peligroso y profundo es incluso más intrigante: se trata de una evolución en la forma en que analizamos el poder científico y sus implicaciones. Su libro Frankissstein, una extrañísima reinvención del clásico de 1818 de Mary Shelley, une el asombro de la época por las fronteras de lo científico por las posibilidades de la ciencia moderna. El resultado es una historia a mitad de lo satírico, lo extraño y sobre todo, un recorrido intrigante sobre los motivos e inquietudes de nuestra época sobre las colosales empresas que se debaten entre lo moral y lo posible. Pero a diferencia de Shelley, Winterson no le teme a la posibilidad de la transgresión. Frankissstein no es un libro que medite sobre los terrores monstruosos de la imaginación de la época, sino por el contrario, es un recorrido sobre el asombro que de todas las posibilidades invisibles de lo científico, la transformación espiritual que conlleva y la transcendencia del bien y el mal, como meros conceptos morales sin real importancia al momento de reflexionar sobre las posibilidades de la mente humana. Para Winterson, la ciencia es una puerta abierta hacia algo más singular y poderoso. Una mirada elocuente hacia la versión de una criatura creada por el hombre a la medida del hombre, que se sostiene sobre sus inquietudes y una fría curiosidad.
Por supuesto, Winterson tiene más de tres décadas meditando en ensayos y cuentos sobre temas parecidos: la ciencia, la voluntad de la creación a pesar de lo moral, pero también, de las pequeñas grandes tragedias de la humanidad. En Frankissstein se reencuentra con sus tópicos favoritos y además añade al amor, el deseo, la fluidez del género y los significados del cuerpo convertido en un templo intelectual que analiza y sostiene una concepción casi infantil sobre la incertidumbre. El monstruo que Winterson imagina, no está atormentado por el miedo, la angustia o los designios de su existencia malograda, sino se conecta con algo más profundo acerca de la naturaleza humana en estado puro.
“La inteligencia artificial no es sentimental, está sesgada hacia los mejores resultados posibles. La raza humana no es el mejor resultado posible” insiste en cada oportunidad posible el profesor Victor Stein, el visionario personaje principal de Winterson, que en esta oportunidad, elucubra a través de la soberbia de Stein sobre la forma franca, fría y directa como la ciencia debate sobre temas en los que las emociones no tienen cabida inmediata. Victor, está en la frontera de la vejez — “Soy un hombre agradable, que podría ser sexy en las debidas condiciones” dice con cierta alegría malsana — y que trabaja con obsesiva energía, por llevar a “la raza humana a una dimensión de perfección física, que no tengan por qué ser analizada desde la simplicidad de lo moral. Ser perfecto no debería ser un debate sentimental” escribe Stein, enfurecido contra las críticas que reciben sus experimentos y charlas TED, pero sobre todo, por la noción que lucha contra una pared de conservadurismo que tiene pequeñas grietas de hipocresía. “Ya lo sabes y lo has vivido: creer que el cuerpo humano es perfecto es tan dolorosamente triste como ingenuo. Somos masa amorfa producto de un accidente biológico” explica ante una asombrada multitud, que le observa sin saber sin burlarse o aterrorizarse por su osadía.

La vida de los escritores está llena de pequeñas grandes anécdotas. La mayoría, trascendentales en la forma en que analizan el mundo a través de las palabras. Una de las de Susan Sontag ocurrió a los doce año en el patio del colegio en el que estudiaba. La niña delgaducha, con mucho cabello oscuro y ojos grandes, atravesó el pequeño rectángulo de concreto hasta acercarse a un niño que leía, sentado en una de las esquinas. “¿Perteneces a la clase de niños superdotados?” le preguntó. El muchacho, dos años mayor que ella, la miró de arriba abajo y después diría que le hizo gracia su arrogancia triste, la manera en que se quedaba de pie muy rígida, la expresión seria. Cuando por último, el desconocido respondió que sí, la Susan de doce años se sentó a su lado y se preguntó si podían conversar un rato. “En mi salón, todos son tontos” le contó “y necesito conversar con alguien que pueda entenderme”. Para la niña que después se convertiría en una de las escritoras más reconocidas de su generación, la noción de la pertenencia tenía un vinculo inmediato con lo intelectual. Y lo era desde esa infancia borrosa, de la que Sontag hablaba poco pero que de alguna u otra forma, definió a la mujer adulta en que se convirtió.

La anterior anécdota forma parte de la precisa, inteligente y meticulosa biografía Sontag: Her Life and Work de Benjamin Moser, en la que el escritor intenta analizar a Sontag más allá de los lugares comunes sobre ella. Por supuesto, la muestra como lo que fue: una mente inquieta, profunda y extraordinaria que anudó y creó vínculos críticos para asumir el arte como un fenómeno cultural específico. También, como lo que no fue: un fenómeno fruto de la presión por la búsqueda de lo femenino intelectualmente audaz o una figura creada a golpes de pequeñas casualidades anécdoticas. En realidad, para Moser parece mucho más importante, analizar a Sontag como una criatura casi mitológica en la escena de un país que aún debatía el talento de las mujeres creadoras desde cierta periferia inquieta. El escritor no deja de recordar la precocidad de Sontag, que a los tres años leía y a los seis escribía, que a los quince acabó la escuela secundaria y a los 17 años, ya había contraído matrimonio con un hombre que sería “una impronta dolorosa, pero necesaria” para comprenderse a sí misma. Pero además de esos, Moser está interesado en el misterio de Susan Sontag como una colección de relatos que se entrecruzan entre sí para crear algo más duro, amargo y singular. La Sontag del escritor, es una criatura escindida por el miedo a la derrota pero también, una ávida luchadora por un lugar en la escena literaria e intelectual estadounidense. Una versión de la nueva mujer liberal e independiente, que además, era considerada brillante en su rareza.

Porque para Sontag, la necesidad de reflexionar sobre la relevancia cultural de los símbolos esenciales de la época que le tocó vivir, era una forma de reinterpertar la abstracción, quizás su mayor obsesión en sus largos años como escritora y crítica. La Sontag de Moser no sólo es una libre pensadora, sino una investigadora tenaz y una individuo sin género en búsqueda de una definición concreta de la igualdad, quizás el concepto que más se repite en esta monumental obra de análisis sobre el trabajo de la escritora. Sontag deseaba ser comprendida y a la vez, amaba la contradicción de ser enigmática en su cualidad excepcional. En mantenerse a la suficiente distancia de lo que escudriñaba con ojo crítico como para ser una ferviente versión de su propia necesidad de expresión. Sontag escribía pero también, elaboraba una hipótesis sobre lo que podría convertirla en un individuo en medio de la masa de intelectuales de la cual se sostenía el mundo académico norteamericano. Una rara dualidad que Moser analiza con ojo crítico pero también, con una generosidad amable, devota y sin duda, una profunda admiración.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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