En la oscuridad, nacen los monstruos.

Mary Shelley y la Era de los milagros oscuros.

Los diarios de los artistas, suelen ser pequeños espacios inquietantes en la que los que se esconden, quizás los fragmentos más insólitos y duros que el autor no se atreve a mostrar de otro modo. O eso parece sugerir la evidencia: El diario de Jackson Pollock cuenta sus horrendas pesadillas con monstruos que le arrancaban la piel a dentelladas. Sylvia Plath narraba de forma sencilla y casi amable, sus obsesiones con la muerte. Lewis Carroll, que no se atrevía a mostrar su verdadera — y extraña — naturaleza incluso en la privacidad de las hojas que nadie leería, describía con obsesivo detalle cada pequeña cosa de su vida, cada mínimo detalle. Cientos y cientos de hojas, en letra pequeña y dolorosamente ordenada, como para ocultar el caos interior.

Mary Shelley encontró en sus diarios una forma de expiación. Una, que además, unía a la mujer escritora — o que intentaba serlo — con la tradicional, la que era madre y esposa, que luchaba con todas las fuerzas de su imaginación para evitar naufragar en la vida cotidiana. Por esos densos, singulares e interminables diarios, sabemos qué ocurrió luego que comenzara a escribir “Frankenstein o el moderno Prometeo”, luego de una experiencia trágica que marcó su vida para siempre. Mary quedó embarazada de su primer hijo a los dieciséis, una experiencia que por supuesto, le unía a otras tantas mujeres de su época. “Tener un hijo es perderte en la oscuridad” escribió un día, seguramente agotada y afligida. Al día siguiente, dejó constancia que había pasado el día con el recién nacido en brazos y que le había amamantado varias veces, una experiencia nueva y singular que describió como “un silencio que llenaba el mundo”. Esa noche, anotó que “lo amanté de nuevo y leí unas horas, mirándole dormir”. Al día siguiente, Mary escribió una sola línea de un cuaderno que no llegaría a completar “Encontré al bebé muerto”.

Después de semanas, comenzaría un nuevo diario, en el que apenas dejaba constancia del durísimo proceso de duelo. El dolor en los pechos rellenos de leche, la sensación de vaga culpabilidad que no sabía a qué atribuir “el bebé murió pero no tengo idea qué ha provocado su muerte” insistió en líneas que se entrecruzaban con recriminaciones, pesares y la descripción del cielo plomizo de un invierno atroz. “Sueño que despierto y el bebé esta vivo. Incluso allí, en la felicidad del alivio, sé que nada es cierto. El dolor está muy vivo para eso”.

Lo más doloroso, es que Mary volvió a quedar embarazada apenas unas semanas después. Un hecho que la golpeó y la desconcertó por completo. “Pierdes una vida y después, creas otra. Un ciclo interminable” cuenta, mientras además, narra que lleva al bebé de un lugar a otro “jamás le pierdo de vista”. Y también, en este nuevo diario de pequeños aconteceres diarios, hay una línea potente y enorme, que se confunde entre las descripciones triviales sobre lo cotidiano. “Volví a escribir” dice Mary, en su diario sin fecha. Lo comenta en medio de las quejas sobre el sufrimiento del niño muerto, la ansiedad que le provoca el recién nacido. Pero escribir es una isla en medio de todas esas cosas. “Escribir salva lo que queda de mí” dice, mientras además, habla de la casa plomiza, de las puertas cerradas. De los árboles retorcidos por el frío, de marido ausente. Pero escribe, Mary escribe. El niño deja de necesitarla — no a toda hora, al menos — y ella puede dedicar muchas más horas a escribir, enfurecida, maravillada y asustada por el don luminoso que la sostiene y la construye como un rayo de luz en mitad de la nada. Escribe, cuando cuando vuelve a quedar embarazada “Es la tercera ocasión, pero sólo dos vidas” dice y luego menciona “que el libro crece rápido, robusto”, como si se tratara de otro hijo. Como si el libro, el niño que se le cuelga de las faldas y el bebé por nacer fuera la misma cosa.

Mary publicó publicó de forma anónima “Frankenstein” en 1818, quizás por la presión social, quizás por ser la esposa de Percy Shelley, quizás porque se encontraba aterrada por la enormidad de un logro extraño que no pensó en conseguir. Tampoco puso nombre al monstruo, que es el personaje central de la obra aunque no lo parezca. Ese doble anonimato desagradó a críticos y lectores, que de hecho, insistieron en que el monstruo, aturdido por su nacimiento inexplicable, su carencia de vínculos emocionales y al final, derrotado por el peso del odio del mundo que le rodeaba, era una “crueldad baladí e incómoda”. Se dice que un editor sugirió a Mary que para una segunda revisión, bautizara a la creatura con algún apelativo, un nombre que pudiera brindarle cierto peso en el mundo. Pero ella se negó. Una y otra vez, trató de explicar que la vida y la muerte son espacios carentes de nombres, escindidos y llanos a los que no podía calificar de ninguna manera. “El niño muerto no tuvo nombre, no lo tendrá el que sobrevivió porque lo he rescatado del silencio” escribió de forma muy poética en 1819. “Este modo anónimo de nombrar lo innombrable es bastante bueno” añadió “El hombre te recuerda la existencia y a veces, ese peso invisible no es suficiente”.

Unos años después y a propósito de la versión teatral, un dramaturgo volvió a insistir a Mary en la posibilidad — casi necesidad — de llamar al monstruo de alguna manera. “Me señala que es inevitable, que debe tener un nombre para que el público pueda mirarle e intentar comprenderle” escribió. “Pero volví a explicarle que el monstruo es parte de muchas personas, que es el producto del trabajo de un hombre y lleva a cuestas todas sus historias”. Unas hojas más allá, Mary anotaría. “¿Hablo de mi misma?”, en una línea suelta que podría encajar en cualquier parte o tener todos los significados. Porque Mary, que era la hija de la feminista Mary Wollstonecraft y el filósofo William Godwin, había pasado buena parte de su vida, siento una especie de sombra en medio de una incómoda disputa familiar sobre su nombre — Wollstonecraft la había engendrado siendo soltera — y después, por la mera idea de existir, como hija de una pareja de personajes reconocidos que al final, fueron sepultados por el trajin de la historia. Después llegaría el marido: Percy Bysshe Shelley, que la eclipsaría y de hecho, aplastaría con la envergadura de su trabajo en una época en la que escribir, era un arte y negocio de hombres. De modo que Mary no tenía un nombre propio, sino fragmentos de ideas dispares.

“Como el monstruo que nace de lo insepulto” escribió esa noche, antes de amantar al cuarto niño, en marzo de 1823. Unos meses después, su obra sería un extraño éxito en Londres y el primer paso de la escritora para formar parte de la historia.

Un engendro lleno de dolor.

Mary Wollstonecraft murió once días después de dar a luz a su hija, entre grandes dolores y sin reconocer a nadie, en medio de lo que solía llamarse “la locura de las parturientas”. Con toda seguridad, se trataba de una de las frecuentes infecciones puerperales que solían ser fulminantes para las parturientas. De modo que Mary jamás conoció a su madre ni tampoco: una extraña paradoja que no debió pasarle desapercibida al ella misma perder un bebé recién nacido. “Un día desperté sin madre. Otro, desperté sin un hijo” escribió en sus notas. “Ella no me puso nombre, mi bebé tampoco lo tenía” razonó más adelante. De modo que el anonimato era parte de su vida. Uno doloroso además.

Mary había mostrado aptitudes para la escritura desde que era muy joven. No sólo llevaba un diario, sino que para los quince, tenía un pequeño grupo de cuentos que no mostró a nadie pero los que menciona con frecuencia en sus escritos posteriores. “El génesis de muchas cosas” escribió en enero de 1818. Ya por entonces “Frankenstein o el moderno Prometeo” era un texto robusto, definitivo y profundo, lo suficientemente interesante como para que la escritora se atreviera a considerar la idea de publicarlo. No obstante, debió enfrentar todo tipo de críticas y obstáculos, en especial por la naturaleza desconcertante de la historia y por el hecho simple, que no se trataba de una novela que podría esperarse de una mujer. “Un editor me ha comentado que soy madre y escribo sobre monstruos. ¿Qué clase de engendro ha convocado la hoja?” escribió en los duros meses en que debió luchar contra la indiferencia editorial. “Me hace reír la idea que esperen comprender a quien escribe de manera sencilla ¿sólo por los secretos que guarda?”.

En realidad “Frankenstein” es todo un prodigio de la experimentación, en una época en que la novela tenía firmes parámetros y se comprendía de una manera muy rígida. Analizada desde la formalidad literaria, podría decirse que son cuatro historias en una, entremezcladas y entrecruzadas para sostener una idea sobre la naturaleza humana: lo fortuito, fugaz e inexplicable del misterio de la vida. Es una alegoría — sobre los peligros de la ciencia, los terrores inauditos que se esconden en ella — , una fábula — un monstruo que busca sus orígenes en medio de la ignorancia — , una novela epistolar — la forma en que Shelley estructuró la memoria y los dolores del misterioso Victor Frankenstein recuerda lo mejor del género — y al final, una autobiografía, en la que Mary Shelley no sólo analiza su vida, las restricciones y límites con la debió vivir sin el monstruo que toda mujer creativa en su época, estuvo condenada a ser. Entre semejante combinación, Mary Shelley tuvo verdaderas dificultades para explicar de manera comprensible el centro de su obra, mientras los críticos le atacaban y se preguntaban en voz alta como el alma femenina había sido capaz de crear semejante y “horrible progenie”.

La presión para Mary llegó a ser tan insoportable, que en una edición revisada en 1831, llegó a inventar una historia casi mística sobre cómo imaginó la obra y narró un supuesto “sueño”, en que “Vi, con los ojos cerrados, pero en una visión mental aguda a pálido estudiante de artes misteriosas y secretas, arrodillado junto a lo que había reunido. Un monstruo”) y se aseguró de dejar muy claro que la novela, había sido una especie de enigmática inspiración para la que no tenía explicación. No obstante, sus puntillosos diarios le traicionaron y después de su muerte, fue obvio que la escritora dedicó tiempo, esfuerzo y una buena dosis de imaginación en crear la doble lectura de una novela extraordinaria que se eleva más allá de cualquier convención social. “Escribo a toda hora, el monstruo nace con una rapidez de pesadilla” comentó en 1817. Después aseguró “La primera versión necesita profundizarse, pero ya encontré la puerta abierta a los horrores”. Una y otra vez, Mary Shelley dejó claro que el monstruo sin nombre era una obra que le pertenecía a todo nivel, desde todos los ángulos. “Puebla mis pensamientos día y noche, como si se tratara de una nota de amor” escribió a finales de ese mismo año.

Claro está, en una época en que la creación femenina estaba supeditada a su personalidad, a la forma en que se le concebía y a la manera en que se le restringía, una mujer capaz de crear monstruos no podía confesar el real magma que había dado origen no sólo a su obra, sino a visión del mundo. Hubo sospechas que Mary Shelley había “adaptado” textos de su marido — una idea ridícula, siento que Percy odiaba los temas morbosos — o de su padre, aunque Godwin jamás analizó ni ponderó sobre la naturaleza humana del bien y del mal desde sus símbolos ancestrales. “Indudablemente, la hija de Godwin no podía evitar filosofar”, escribió alrededor de 1890, tratando de explicar la doble lectura y múltiples dimensiones de la obra, “la esposa de Shelley también conocía los misteriosos encantos de lo mórbido, lo oculto, lo científicamente extraño”. Como si fuera impensable que Mary, madre de cuatro, esposa y escritora discreta, pudiera construir una expresión sobre lo maligno, la bondad ilusoria y los dolores del cinismo sin necesidad de recurrir al consejo de los hombres de su vida.

Pero por supuesto, Mary no sólo creó a una criatura sin nombre que es ella misma — y la representa a ella misma — sino que se enlaza con la forma en que el futuro, se concebiría el riesgo de la arrogancia cultural, un planteamiento que en la actualidad sigue pareciendo desconcertante y de hecho, lo es a un nivel tan asombroso, que cada año, la novela de Shelley parece encontrar una nueva interpretación, siempre desconcertante. Además, Mary Shelley era una escritora que rompió las limitaciones de su época en más de una forma. Mientras la mayoría de las escritoras de su época solían ser consideradas “solteronas y alejadas del secreto de la maternidad” (una crítica que afectaba, de hecho, la forma en que se percibía su obra), Mary era madre y esposa. Y había escrito una novela de asombrosa originalidad y fuerza mientras se encontraba embarazada, luego de la muerte de un bebé y amamantado a uno. La creadora de monstruos conocía los secretos entre la vida y la muerte, los enlazaba con un poder extraordinario y entre ellos, elaboró un poderoso manifiesto sobre el poder y la capacidad de crear.

“Soy madre de lo inconfesable” escribiría en su diario en 1825.

El amor, la muerte, la vida.

Mary Wollstonecraft Godwin tenía quince años cuando conoció y se enamoró de Percy Bysshe Shelley, que ya estaba casado y de hecho, tenía una turbulenta vida privada que se comentaba en los círculos literarios de Londres en tono burlón. Pero Shelley era un buen poeta, además de libertino, por lo que una vez que su padre le expulsó de su casa, terminó siendo una especie de hijo adoptivo de Godwin, el padre de Mary.

La atracción fue inmediata e insensata. O con esas palabras, describió la adolescente Mary su interés por el veinteañero Percy. Fue un romance macabro, que incluyó largas cartas en la que ambos debatían sobre filosofía “Mi mente y la suya, se enlazan en algo más inquietante” y daban largos paseos por el cementerio para “reclinarse” en la tumba de Wollstonecraft, en el cementerio de St. Pancras, en recorridos largos y solitarios en la que la joven pareja construyó un extraño vínculo mórbido. “Visitamos su tumba y leemos sobre ella”, escribió en su diario. Aunque obviamente, hacía algo más que leer y debatir los tratados filosóficos de Godwin, porque seis meses después de conocer a Shelley, Mary estaba embarazada y huyó con él de la casa paterna, en compañía de su hermanastra, Claire Clairmont.

La historia se volvió una extraña mezcla entre un apasionado y clandestino romance y algo más semejante a una profunda complicidad intelectual: Percy siguió escribiendo, peleándose de manera muy pública con la familia de su mujer y con el padre de Mary y además, escribiendo brillantes sonetos sobre el dolor de “la oscuridad moral” y otros tópicos directamente relacionados con el miedo y la opresión moral. Se trataba de un trío extraño: Mary y Claire vivían juntas y Percy las visitaba con frecuencia, en un intento de mantener las formas, pero el escándalo era lo suficientemente notorio como para que decidieran huir de Londres. “Nadie nos comprende, ni querrá hacerlo” escribió con un inusual buen humor Mary a finales de 1815.

Fue ese viaje (apresurado y desordenado) el que la llevaría a entrar en la historia. “Percy desea visitar a uno de sus héroes” escribió Mary, para describir el providencial encuentro con Lord Byron, que por entonces también escandalizaba a la sociedad inglesa con sus excesos, deslumbrantes textos y su romance muy público — jamás se molestó en ocultarlo — con su media hermana Augusta Leigh. El escritor era además, el epítome del pensador del siglo, dispuesto a atravesar y destruir los límites, enfrentarse a las ideas fronterizas y crear otras nuevas. “Es aterrador en su libertad” diría Mary sobre él.

En la primavera de 1816, Byron intentó huir de los señalamientos de indecencia que amenazaban con convertirse en acusaciones legales y viajó a Ginebra, para encontrarse con Percy Shelley, Mary Godwin y Claire Clairmont. “Viviremos juntos en un retiro que seguramente, asustará a mucha gente” se burló Mary, que comenzaba a llenar sus diarios de un humor profano y extravagante, sin duda influenciada por Byron. La Villa Diodati se convirtió entonces en un retiro, una forma de mirar el futuro incierto y un lugar atemporal y más allá de los convencionalismos. Para el Verano, el clima se volvió violento y tempestuoso, Claronmont estaba embarazada de Byron y el ambiente se había vuelto tenso. “Ofuscado, un poco inquietante” describiría Mary.

Una noche de tormenta — y luego que Byron discutiera a gritos con Claire durante horas — Byron intentó retomar el ánimo de los primeros días con un reto: “Cada uno escribiremos una historia de fantasmas”. Mary comenzó a escribir de inmediato y de hecho, no dejó de hacerlo en los días siguientes, para sorpresa del resto de los invitados, que abandonaron el reto muy pronto o lo tomaron como una distracción intrascendente. Pero para Mary, la inspiración la hizo continuar, seguir, insistir y para el otoño, ya tenía el primer borrador “Creo que es un libro maravilloso para una niña de diecinueve años” escribiría después Byron, que también confesaría le asombró la rareza de la historia. “La oscuridad que se adivina entre la agonía de un personaje sin nombre”.

Por extraño que parezca, mientras Mary escribía (y gestaba su primer hijo), la esposa de Percy, también embarazada, se suicidó. Una extraña sincronía que no pasó desapercibida para Mary. “La muerte y la vida es un recorrido extraño que no tiene una verdadera dirección”. Una noche, en medio de una borrachera, Percy le preguntó sobre qué escribía con tanto ahínco. Hacía meses que habían abandonado la Villa y la aventura de la noche tormenta, había quedado atrás, como la vida simple en la aislada propiedad. “Le he mentido, no entendería que su dolor le hace padre de un monstruo”.

Nace un monstruo en las sombras:

“Fue en una triste noche de noviembre que contemplé el logro de mis esfuerzos” narra Victor Frankenstein en una de las escenas más inquietantes del libro de Shelley. Hasta entonces, todos sus intentos por crear vida del caos habían resultados infructuosos, pero ahora, todo parecía ser distinto. De pie, con una vela en la mano, asiste al nacimiento de algo abominable, un milagro aciago que le dejaría atormentado, aturdido y desconcertado “Vi el ojo amarillo apagado de la criatura abrirse; respiraba con dificultad, y un movimiento convulsivo agitó sus extremidades “. Víctor había trabajado por meses y años para lograr aquel portento, pero ahora, sentía verdadero terror, un terror inexpresable. Al borde de la locura retrocedió, sin saber si huir o permanecer allí, como único testigo de un momento de horrendas implicaciones “Era incapaz de soportar el aspecto del ser que yo había creado” declara al final el padre del monstruo que deja tendido en el suelo del laboratorio entre temblores, la vida y la muerte creándose en la oscuridad.

Víctor Frankenstein nunca bautizó a su monstruo y de hecho, la escena final del libro reproduce la extraña tragedia de su orfandad “Yo, el miserable y el abandonado, soy un aborto”, dice la criatura, mientras se desliza hacia la oscuridad en una balsa de hielo. De nuevo, Mary juega con los símbolos y las pequeñas piezas de la oscuridad: la obra está llena de subterfugios, capas y una metáfora inquietante sobre el miedo y lo sobrenatural que se mezclan en una viva defensa al poder creativo. Pero más allá de todo, lo que rodea a la novela, es un aire de fascinación por la belleza de lo siniestro, por el poder inevitable del tiempo que se entrecruza para sostener algo más profundo que la mera posibilidad de la identidad humana. “Soy la muerte, puesto que la muerte no vendrá nunca por mí” dice el monstruo, aturdido por la vida que recibió casi por accidente, perdido entre las sombras del terror que despierta a su creador y el oscuro milagro que representa.

Al final, el silencio.

Mary Shelley sobrevivió a todos sus amigos y familia, incluyendo a Percy, que murió ahogado en 1822 y la convirtió en una viuda muy joven. “Llevo su corazón a todas partes” escribió en su diario, pero no se trataba de una declaración romántica. En realidad, hizo diseccionar el corazón de Percy, momificarlo y lo llevaba a todas partes, como una reliquia amorosa que aterrorizó por años a quienes le rodeaban. Al final, con la muerte de Lord Byron en 1826, no hubo nadie que se horrorizara y comenzó a sostener largos monólogos con el corazón muerto de su marido. “Nadie nos ha entendido nunca” escribió entre lágrimas. “La última reliquia de una raza querida. Mis compañeros se extinguieron antes que yo”.

La escritora sólo volvió a escribir una novela después de “Frankenstein”. Publicado en 1826, “El último hombre” se desarrolla en el siglo XXI y es quizás la primera novela distópica de la historia, en la que la escritora narra la vida del único sobreviviente a una plaga que mató a todo hombre y mujer sobre la tierra. “Al final, todos estamos solos, como la cuna vacía de un bebé muerto” se lee en una de las escalofriantes líneas de la historia. Mary, extraordinaria, implacable y potente, jamás olvidó ese primer gran trauma, el primer monstruo sin nombre en su vida.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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