En el bosque salvaje:

El hada siniestra y la búsqueda del deseo (Parte III)

Fotografía de Rupert Hill y Phoebe Marshall en la “Lady Chatterley’s Lover”

Poco después del juicio que permitió la publicación íntegra de El Amante de Lady Chatterley de D.H Lawrence en Inglaterra, se publicó los argumentos de la defensa y también, la forma en que había reaccionado el jurado. La mayoría del debate, se basaba en las opiniones de la lectura de Lady Dorothy Byrne, esposa del juez a cargo, y lo escandalizada que se encontraba por el uso del escritor de palabras “grotescas”. Durante el juicio se leyó una y otra vez pasajes que narran situaciones “terribles” según la acusación, ante el rostro desconcertado del público y el jurado. Más tarde, uno de ellos diría a un periodista “no podía creer que un adulto jamás hubiera pensado en lo que ocurría entre las mujeres y los hombres, tal y como lo describe el libro”.

Al final, la decisión fue rápida y certera: el libro podía — y debía — publicarse de manera íntegra. Pero también, hubo un curioso añadido en la sentencia, que analizaba el libro de una manera nueva. Una adenda casi inocente sobre lo que ocurría después del final feliz — realista, matizó alguien — de la historia. “Antes de que aceptara como válida, valiosa o incluso excusable la relación entre Lady Chatterley y Oliver Mellors, me hubiera gustado saber en qué clase de padres se convirtieron. El niño … Me hubiera gustado ver el tipo de casa que se proponían montar juntos; me hubiera gustado saber cómo habría sobrevivido Mellors con los ingresos de alquiler de Connie de 600 libras. Saber si adquirieron un círculo de amigos o, de no ser así, cómo sobrevivió su relación al aislamiento social”. Nunca se supo la identidad del autor del curioso párrafo, pero fue evidente que se trató de un reflejo genuino de las preocupaciones que habían inspirado tanto al fiscal acusador como al juez, para insistir en una causa perdida de origen.

Mucho después, se aseguraría que ningún juicio fue tan importante para la moral británica como el del libro de D.H Lawrence. Pero mucho más importante aún, nunca fue tan importante y trascendental una decisión que dejó claro el interés y también el recorrido, de la cuestión de lo intelectual sobre la versión de la identidad colectiva, como un libro que mostraba a una pareja teniendo sexo ilícito. “Al final, todo se trató del vello púbico” ironizaría un periodista sobre el litigio, al referirse a todas las veces en que se mencionó la frase en el juicio, ya fuera para acusar o defender. “Todos dejamos de ser inocentes gracias a D.H Lawrence. Y eso es algo de agradecer” finalizaba el editorial.

Publicada en 1928, la novela El Amante de Lady Chatterley de D.H Lawrence fue una sacudida total a lo que entonces había sido la mujer como parte de narraciones mayores. Con un poderoso contexto rupturista, fue una percepción una historia que transformó por completo la ilusión del poder en una toma de conciencia colectiva, sobre el hecho de la mujer individuo.Para Lawrence era de considerable importancia que sus personajes pudieran definir su identidad a través de la sexualidad, de modo que tanto hombres como mujeres, debían enfrentarse a construcciones sociales como la clase y el matrimonio, a través de su aceptación o renuncia a sus deseos sexuales.

Lady Chatterley era el símbolo de la mujer voraz y peligrosa, del espíritu intrépido que atraviesa sus propios temores para encontrar el placer, pero incluso, de algo más elaborado. Es una diosa sin nombre, con reminiscencia en ciclos mitológicos, que Lawrence reelaboró y sostuvo sobre una premisa en apariencia simple: ¿Qué estarías dispuesto a perder por el placer? ¿Qué estarías dispuesto a ganar por lo esencialmente erótico? El debate en El Amante de Lady Chatterley no es de naturaleza intelectual, sino es una interpelación a los temas favoritos de Lawrence, esa búsqueda primigenia, insistente y definitiva sobre la cualidad de la carne y lo primitivo como parte de la otredad comprendida a través tiempo y la pérdida del individuo.

Por supuesto, el liberal y controvertido Lawrence analizó la concepción de lo sensual también desde el trasfondo de lo viril. Su Clifford Chatterley, es un hombre cuya capacidad para el placer está relacionada con el hecho que la mujer que lleva su apellido, pueda ser libre, a la vez de preservar una cierta procacidad. Paralizado, convertido en una especie de espectador de su propia desgracia, el personaje intenta asumir el hecho que su mujer es el vehículo a través del cual, puede expresar los lugares más oscuros de su mente. La moral rota y precaria de un país en declive. Para Lawrence, que intentaba traducir las angustias y terrores del país asediado por la pobreza, en medio del debate sobre el poder monárquico, que asumía el peso consciente de lo que estaba ocurriendo en la literatura — esa frontera invisible entre el futuro y el presente — la novela fue una forma de expresar una percepción consciente sobre la decadencia.

“ Hay preservar algo de la vieja Inglaterra” dice Clifford y lo hace, mientras su esposa rompe cualquier regla social para sostener su cordura sobre el placer sexual. El caballero que analiza las grietas de la antigua aristocracia, irónicamente, romantiza su comprensión defectuosa de la “vieja Inglaterra” y que evade reinterpretar el papel de los géneros como algo más poderoso y culturalmente pertinente de lo que jamás sospechó. Por supuesto, Clifford refleja el pensamiento de Lawrence de la castración inevitable de un hombre que debe sostener un matrimonio con una mujer. Ella es salvaje, no tiene medida, pierde el pudor y pronto, ambos como pareja deben insistir en la existencia del otro, en la condición de la cualidad del placer roto como un punto de unión. El marido permite la infidelidad, en la medida que la esposa busca una forma de romper con el trasfondo consciente de la pérdida y la destrucción de su virilidad. Un escenario inquietante que se resquebraja a medida que la novela se hace más dura, cruda y explícita.

En el El Amante de Lady Chatterley, la identidad masculina está trastocada y convertida en la anuencia intelectual. De hecho, Lawrence lleva la impresión sobre la masculinidad en plena transformación cuando es anfitrión de caballeros — de la misma alcurnia y linaje — y debaten en voz alta sobre la comprensión de la identidad a través de las posesiones materiales, que en este caso también incluye el vínculo matrimonial. Clifford escucha a su colega Tommy Dukes, que se dirige a su amigo Arnold Hammond para ensalzar la idea de la propiedad, pero más allá de eso, de lo que se posee como un tránsito entre lo que forma parte del “mundo de lo real” y algo más elaborado, relacionado con abstracción de los vínculos. Dukes insiste que Hammond asume el hecho que el amor y otros sentimientos, son de hecho, manifestaciones de la propiedad, por lo que crea un “fuerte instinto de propiedad” lo que hace que su esposa Julia, sea un medio para su propio éxito que una persona autónoma. Se trata claro, de una idea común en la época, pero que resume la forma en que Lawrence analiza y pondera sobre los motivos de Clifford para permitir que su mujer tenga sexo con el guardabosques de la propiedad. En la medida que su mujer es libre y es objeto del deseo, el mismo puede asumir los trozos de su masculinidad rota, como algo en disputa, objeto del deseo y la aseveración posible de una cualidad verídica sobre lo masculino, más allá de los requerimientos de la sociedad. Un tema que pocas veces se pondera en la literatura — o lo hacía en esa época — y que Lawrence presupone como algo más potente y elegante de lo que podría suponerse.

Por supuesto, Lawrence reflexionó en temas que ya Madame Bovary de Gustave Flaubert, publicada un siglo antes, había elaborado desde la concepción de la metáfora y el dolor intelectual. La novela de Flaubert fue una de las primeras en abordar lo femenino más allá de la idealización y sobre todo, a través de un análisis simbólico de las desigualdades sociales de una época culturalmente represiva. Flaubert reconstruye el tópico sobre la mujer elemental y lo transforma en algo mucho más complejo, a través de un personaje que no se atiene a los habituales estereotipos edificantes sobre la mujer tan populares en la literatura hasta entonces.

La frustración cultural de Emma Bovary supone una evidente evolución en el oscuro y ambiguo subgénero literario de la historia del matrimonio y lo hace a través de la exaltación del yo y la identidad. A diferencia de los personajes de las novelas al uso, Emma Bovary batalla con los intríngulis de su personalidad y los dolores emocionales y morales a los que debe enfrentarse, lo que rompe con las antiguas fórmulas de representación de la mujer como sujeto literario. Hay un cierto fatalismo en la forma de Flaubert al momento de analizar a su personaje y quizás esa es la mayor fortaleza de la novela.

Lawrence intenta algo semejante y lo hace, a través de su necesidad de definir la identidad femenina a través de la masculina, en la que la especulación se sostiene sobre la forma en el escritor concibe a la mujer. La objetiviza, la libera y al final, la reconstruye como una forma de manifestar su frustración. El escritor toma el hecho que lo femenino sea necesario para facilitar la legitimidad social y lo lleva al peso de las concepciones sociales sobre la clase y la decadencia tardía, algo de lo que Clifford como Constance son conscientes y es de hecho, el punto más complejo de la relación entre ambos.

El escritor juega con la percepción sobre la aristocracia, la necesidad de sostener el orden intimo de los valores sociales, pero a la vez, su ruptura inminente. El trío amoroso entre los Chatterley y Mellors, crea un dialogo extravagante entre la mirada de lo moral y lo sexual, que a la vez que reflexiona sobre la pérdida de un elemento esencial: para Clifford, la infidelidad de su esposa es permisible siempre y cuando satisfaga cierta noción morbosa sobre la posibilidad de algo más doloroso. No obstante, la infidelidad de Constance se analiza a través de las condiciones sociales y trae una vergüenza adicional por el hecho de ser Mellons el objeto del deseo de una mujer, que a su vez, representa la sexualidad castrada de su marido. De una u otra forma, Clifford se encuentra vinculado con un hombre que considera inferior a través del sexo, de la necesidad insistente de lo sexual como algo más real que una simple versión de lo doméstico y lo matrimonial.

La novela de Lawrence está llena de imágenes elaboradas y contenidas desde la idea de lo simbólico. Constance es el arquetipo de lo femenino voraz, destructor y violento que ya Lawrence había esbozado en otros de sus relatos, mientras que tanto su marido como su amante, son la encarnación del Príncipe roto o frustrado — un Apollo en busca del amor anónimo — y un sátiro, envuelto en el misterio de su ignorancia y poder físico. La identidad masculina de Clifford está vinculada a la feminidad significativa de Constance, lo que le brinda poder a la figura de la mujer y sostiene una convicción, elemental y poderosa sobre la Tierra y la concepción de la bondad y el mal, como elementos representados a través del sexo. Aunque el trabajo de Lawrence es una pieza modernista, es también, una reflexión sobre la mitología cultural asociada a la feminidad, que deja claro el poder en el que se sostiene sobre el sexo, la libertad, la individualidad y la búsqueda de un espacio vital e intelectual de enorme importancia para la mujer. Una nueva forma de heroína que sostiene la cualidad de lo desconcertante como una idea que sobrepasa la construcción social y se convierte en un escenario por completo nuevo.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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