El poder personal, la violencia y el símbolo: La sexualidad de Arya Stark y lo que significa en la poderosa evolución del personaje.

En los libros, se le describe como una niña “con cara de caballo, larga y poco agraciada” en contraposición de la elegancia natural y belleza de su hermana mayor Sansa. Pero en los libros, también se añadía algo más: Arya deseaba una espada en lugar de un vestido hermoso y también deseaba luchar, a la manera de sus hermanos, sobre todo Jon, su favorito. No obstante, George R.R Martin evitó por todos los medios posibles, mostrar a Arya sólo como una niña caprichosa, masculinizada o confusa. Con su rostro pálido y tenso, su profunda inteligencia pero sobre todo capacidad de sobrevivir, la más pequeña de las hijas de Ned Stark se convirtió en la memoria combinada de una familia devastada por el poder, cuyos miembros morían uno a otro, en medio de una batalla a ciegas por alcanzar el Trono de hierro o escapar de él. Mientras sus hermanos eran asesinados, confinados en matrimonios arreglados y maltratados, o simplemente alejados de cualquier posibilidad de recuperar lo perdido por el despojo violento de los Lannister, Arya se acercaba a un tipo de ideal perverso que además, le brindaba la oportunidad de la venganza total. Arya, aterrorizada y después sólo enfurecida, logró desafiar la violencia hasta encontrar una forma de sostenerse en mitad de la debacle familiar y la Guerra de los cinco reyes. Todo una proeza que muchos adultos y personajes más poderosos — en apariencia — de Westeros no lograron alcanzar.

Para Arya, “Valar Morghulis” (todos los hombres deben morir) es mucho más que el recuerdo de un pasado extraño y mágico que no conoció. La frase en alto valyrio, la acompaña a todas partes, sobre todo por el hecho que buena parte de su evolución ha tenido una relación directa con la muerte. La más joven de los Stark ha estado a punto de morir varias veces pero en lugar de sucumbir al miedo, la desesperanza o la crueldad del continente imaginario de Westeros, Arya se ha hecho más poderosa por el mero hecho de convertir su capacidad para sobrevivir alrededor del riesgo de la derrota. Arya perdió la inocencia — y rompió con el paradigma de la mujer frágil o la niña perdida — para convertirse en una metáfora de la juventud en medio de condiciones imposibles. Masculinizada y después, perdido el rostro y el nombre, el personaje llevó a cabo un camino del héroe que elabora una mirada tangencial hacia algo más elocuente. Nadie “salvó” a Arya de sus dolores, terrores o del abandono, sino que por el contrario, lo hizo por sus propios medios. De pronto, la independencia natural de Arya, se convirtió en algo más perverso, extravagante y duro de comprender.

Por supuesto, su historia está directamente emparentada con la muerte. Desde sus limpios y crueles actos de justicia hasta su larga travesía para convertirse en un asesino despiadado, la evolución del personaje se refleja a través de la muerte, la tragedia y la angustia. Desde los primeros capítulos del libro “Juego de Trono” (y escenas de su versión homónima televisiva) Arya supo que el riesgo de morir, ser asesinada o matar, eran las pocas opciones que tenía en medio del clima enrarecido de Westeros, primero bajo el puño torpe de Robert Baratheon y después, de la ambición dorada de los Lannister. Entre una y otra cosa, la tragedia de Arya — su angustia y dolor — se han transformado en un arma tan afilada como su querida espada “Aguja”, la única herencia que lleva a cuestas cuando todo lo que conocía quedó arrasado tras la decapitación de Ned Stark a manos de Joffrey Baratheon. Una y otra vez, Arya ha debido encontrar un rostro a su medida para sobrellevar el horror y el miedo. Con toda su espectral capacidad para la batalla y convertida por último en una sombra de la mujer que estaba destinada a ser, Arya Stark perdió todo vestigio de su historia. La niña que corría por las calles de King’s Landing, se transformó en una versión endurecida de los pesares de su familia y por último, en una criatura letal y sin rostro, no sólo capaz de matar sino de hacerlo con singular eficiencia.

Por ese motivo, sorprende las variadas críticas que recibió el segundo capítulo de la última temporada de la Serie basada en la Saga de George R.R Martin, que muestra a Arya tomando la decisión de tener sexo con Gendry, bastardo Baratheon y quizás, la única persona del pasado (además de su familia) de la que Arya conservó un recuerdo más o menos bondadoso durante su larga travesía hacia la refinada crueldad que le sostiene en mitad de guerras, batallas, enfrentamientos y disputas de poder. En la escena, Arya toma el control y también, las decisiones sobre su cuerpo y lo ocurrirá en el lecho y al final, se le ve tendida, remota y por una vez humana. De pronto Arya — el asesino letal, la discípula del Dios de Muchos Rostros — es sólo una adolescente, que acaba de vivir quizás la experiencia más humana y conmovedora de todas. Una mujer muy joven que asumió su humanidad y también, su vinculo con el tiempo y su historia de una manera saludable y natural. ¿Por qué desconcierta tanto el hecho que Arya haya perdido la virginidad? A la escena se le acusó de manipuladora, machista, violenta e incluso de perversa, pero al contraste, la Arya que perdió por un momento todos los atributos del asesino, del miedo — que puede provocar e infringir — y que fue vulnerable por una vez, demostró la multiplicidad de rostros de un personaje que ha batallado por recuperar su identidad en más ocasiones y por numerosas razones. Arya es Arya, la adolescente que creció en medio de la violencia, pero también, la mujer que en la búsqueda de su nombre, rostro e historia.

Por supuesto, que el personaje haya encontrado un vínculo directo con el aspecto más vulnerable de sí misma, la aleja por completo de la mujer poderosa, hosca y distante que buscó por tantos años vengar los asesinatos de los miembros de su familia. Arya es un rostro más de esa visión retorcida de la infancia, que Martin crea a través de las carencias y la ambición, convertidas ambas cosas en una herramienta de poder. Para el escritor y su historia, los niños son víctimas inmediatas pero también, sobrevivientes por naturaleza. No sólo los de la familia Stark, sino en general, la mayoría de los personajes muy jóvenes que han debido enfrentar el miedo, la violencia — sexual y de otro tipo — y los estragos de una guerra desigual durante buena parte de la historia. La infancia en Westeros es una ilusión de tranquilidad que se rompe pronto: Daenerys fue obligada a casarse con Khal Drogo a los trece años — y fue violada por él durante la noche de bodas — mientras que Bran cayó por la ventana de la torre con apenas 7 años, mientras Jamie Lannister le miraba precipitarse hacia el suelo con cierta curiosidad fría y perversa. Jon, con quince años, mató a su mentor y tuvo sexo con Ygritte. Por supuesto, la fantasía épica de Martin está inspirada en el medievo, cuando la media de vida alcanzaba apenas los cuarenta años y que marcaba la veintena, como la adultez, de modo que la juventud de los personajes es una necesidad histórica más que cualquier otra cosa. Aún así, la percepción de la juventud de Arya y su súbito despertar sexual continúa provocando desconcierto, cuando no incomodidad. ¿Por qué se interpreta de manera distinta?

Quizás se deba al hecho que el personaje creció en pantalla y que su sexualización — el hecho de admitir que Arya tiene una dimensión sexual, por encima de su necesidad de venganza o su aislamiento personal — haya tomado por sorpresa a buena parte de los televidentes. Arya ha recorrido un largo camino en ocho temporadas, aunque incluso así, mucho más acelerado que en los libros, en los que todavía madura y debe enfrentarse a las posibilidades y derrotas de una vida destruida bajo el signo de la violencia. No obstante, a mediados de la temporada televisiva número cinco, la Arya literaria pareció quedar rezagada de su parte televisivo. Los tiempos en ambos medios son distintos — una preocupación que suele afligir al autor de la saga — pero además, la Arya de la trama televisiva es el reflejo de la forma en que se concibe la historia de Westeros para la pantalla chica: Maisie Williams tenía doce años cuando comenzó la serie. En la actualidad cuenta con veintitrés años y el cambio físico es notorio, lo que hace quizás necesarios giros argumentales que habría llevado mucho más tiempo en los libros. Mientras la Arya literaria puede atravesar la adolescencia desde una mirada filosófica, su par en el rostro de la actriz, debe acometer el reto de saltar el puente de cristal entre la adolescencia y la adultez.

La noción de la edad (y sus decisiones) en la Saga “Juego de Tronos” ha sido motivo de debate por un buen tiempo y la diferencia entre ambos aspectos de la historia que se cuenta, se hizo evidente en situaciones que parecieron inexplicables en la serie pero que en los libros, tienen un peso de enorme importancia. Mientras el Robb Stark televisivo pareció un estratega torpe al contraer matrimonio de manera imprudente y llevar a cabo un asedio militar sin mucho tino, en los libros, un Robb de quince años explica de manera suficiente su inexperiencia militar, su descontrolada avidez sexual y su final derrota, en medio de errores de juicio de considerable envergadura. De modo que mientras en la televisión, los actores y actrices encarnan una serie de personajes que dependen de su edad para explicar sus acciones — y no siempre lo logran — , la versión literaria tiene un piso contexto que permite la permanencia de la memoria y la connotación intelectual que permite comprender sus acciones.

Claro está, la saga literaria aún se encuentra incompleta y la televisiva está a punto de culminar. Esa percepción del tiempo entre ambas nociones de la historia pesa y subvierte la forma en cómo comprendemos los personajes. Ellaria Sand y Yara Greyjoy tienen un notorio apetito sexual (tanto en la serie como en los libros), mientras que la sexualidad de Cersei y Jamie Lannister está supeditada al amor caníbal del incesto y la concepción de la familia en medio de una ideal roto. Entre una y otra cosa, la concepción del bien y del mal (que incluye el amor y el sexo) se transforman de manera paulatina hasta encontrar un sentido vivencial y potente que profundiza la dimensión real de los personajes.

De la niña que vio morir a su padre a la que Jaqen aceptó en la orden de los Hombres Sin Rostro, Arya Stark ha evolucionado en temple, inteligencia y astucia ¿Por que no en lo sexual? Tal vez se deba al hecho que Arya, asexuada, neutra y distante fuera imposible de definir como una mujer o en dado caso, no pudiera comprenderse desde el ámbito de la sexualización — para bien o para mal — que sufrieron otros personajes femeninos de la serie. Cersei llevó su larga melena dorada hasta que fue obligada a caminar desnuda y a sufrir las humillaciones infligidas por la Fe de los Siete. Luego lo cortó y convirtió su aspecto en una austera mirada del poder: El vestuario de Cersei Lannister al momento de su coronación asombró y confundió a buena parte de la audiencia, que lanzó todo tipo de teorías conspirativas sobre el posible significado de su austero atuendo de aire militar. Inspirado en la interpretación de Greta Garbo como Christina de Suecia, una de las mujeres más polémicas de su época por su enorme inteligencia y carácter férreo, el atuendo negro y plata de la nueva Reina, también dejó claro su poder sobre su cuerpo y su destino, algo que en la siguiente temporada fue más claro que nunca.

Lo mismo ocurrió con Sansa Stark, que de llevar primorosos vestidos de muselina y brillantes sedas de colores, en la última temporada encarna una regia versión del poder adquirido, con una semi armadura de cuero cerrada por apliques de metal. El cabello recogido y el rostro casi andrógino transformado en una máscara, dejan claro que para la Dama de Winterfeld, el aspecto sexual de su personalidad quedó atrás, cuando no del todo extirpado de su visión sobre sí misma y la forma en que ejerce el poder. Tanto Cersei como Sansa, fueron mujeres cuya sexualidad fue puesta entredicho, violentada o en el mejor de los casos, subvertida en algo más perverso y doloroso. Ambas pasaron por una evolución acelerada sobre la pertenencia de sus cuerpos y lo sexual. Su aspecto actual es muy semejante y de hecho, ambos personajes transmiten la misma dureza frente a la posibilidad del poder y el dominio de su entorno. Un detalle que brinda una singular mirada sobre la ambición, el control personal y el poder como atributo de la personalidad.

Daenerys por su parte — que comenzó el show como la esposa a regañadientes de un líder militar misterioso y ahora es la Reina de un continente que la reconoce a medias — ha evolucionado hasta encontrar un equilibrio entre su apetito sexual y su necesidad de sostener el poder. Entre ambas cosas, amó a Khal Drogo, ignoró la devoción trágica de Jorah Mormont y tuvo a Daario Naharis como juguete sexual y lugarteniente, por buena parte de la trama que le llevó a convertirse en la Reina que deberá disputar el poder con Cersei Lannister. La evolución de Daenerys también le permitió comprenderse como una versión de la necesidad sexual insatisfecha y después, en una búsqueda de igualdad y sostén emocional. Con Jon Snow a su lado, la Reina Dragón encontró una relación en que el poder parecía sostenido a través de la completa indiferencia de Jon hacia el tema y su apoyo desinteresado a las aspiraciones de Daenerys sobre el trono de Hierro. Descubierta la identidad de Jon, quizás el precario equilibrio termine por crear una mirada desapasionada de Daenerys sobre sí misma o la perpetua ambición al otro.

Así que el recorrido de Arya ha sido tan natural como el del resto de los personajes. Además de ser la mejor asesina de Westeros, vengadora del legado Stark y uno de los personajes más simbólicos de la saga de novelas Río de George R.R Martin, es también una adolescente. Una mujer muy joven que creció y maduró con enorme y despiadada rapidez, pero que a la vez tiene una ilimitada, desordenada y con toda seguridad, caótica curiosidad con el mundo. A pesar de las dimensiones del trauma que Arya sufrió por la muerte de su familia y la forma en que ha debido enfrentarse a la crudeza de Westeros, es también en muchos aspectos, la metáfora de la juventud en medio de un atmósfera violenta, multidimensional y excepcionalmente cruda para una mujer. Pero de alguna u otra forma, Arya ha logrado evitar la agresión sexual (manipulación, coerción, presión o directamente el maltrato) que buena parte de los personas de uno u otro género han sufrido dentro de la historia. Por ese motivo, que haya perdido la virginidad bajo sus términos (escogiendo el lugar, momento, por sus privados motivos y con un hombre que despierta su interés) no sólo una evolución coherente con el tipo de mujer que Arya representa (la encarnación de la ferocidad del miedo transformado en una herramienta eficaz y violenta contra el ataque de fuerzas que le sobrepasan) sino también con el hecho, que Arya se ha construido a sí misma desde la concepción del poder. Arya es poderosa y por tanto, el consenso dentro de su primera relación sexual, es un acto de voluntad adquirida y dominio.

En el caso de Arya, el sexo es una manifestación de su identidad. Para bien o para mal, esta criatura creada bajo el fuego de la persistente violencia de Westeros es también humana y esa cualidad esencial, definitiva y espiritual saludable se refleja a través del deseo, la lujuria o sólo la curiosidad. Una nueva dimensión para un personaje lleno de numerosas capas metafóricas sobre lo humano, la violencia o simplemente, la versión de la esperanza de la juventud en medio de las condiciones monstruosas.

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