El poder del lenguaje simbólico y la intuición visual.

Un recorrido por el mundo según John Ford.

Un recorrido a través de un paisaje inexplorado.

Aunque jamás se consideró a sí mismo un creador, sin duda era uno que además, albergaba aspiraciones de empresario y a la vez un investigador profundamente interesado en la estética. Lo que comenzó como una aventura en el set de filmación, que incluía mover rieles de un lado a otro, guardar cables y sostener decorados, rápidamente se transformó en una cuidada reinvención del mundo del celuloide. Ford se dedicó a experimentar no solamente con las cámaras, sino con la posibilidad de las tomas que podía captar. Naturalista por nacimiento, el futuro director tenía un ojo infalible para encontrar los escenarios más extraordinarios y crear una atmósfera lo suficientemente creíble como para en una sola toma, elaborar una idea compleja. Ford comprendía las imágenes a nivel intuitivo y también el discurso argumental que podría producir la combinación de una historia narrada a través de imágenes. Desde pequeños cortos en lo que ya demostró su maestría para emocionar, desconcertar, asombrar la audiencia hasta sus primeros largometrajes, Ford asumió el hecho del cine como un tránsito entre los que la sociedad y la cultura concebía como real y lo que podría llegar a ser.

Pionero y rostro de una historia.

1939 fue un año extraordinario para el cine en el naciente Hollywood. La industria todavía no se perfilaba como la monumental estructura que sería después, pero aún así ya se cimentaba sobre el gusto popular y se había convertido en sin duda una forma de entretenimiento tan poderosa, como para influir sobre el humor de un país preocupado por los aires de guerra que llegaban desde Europa. Por supuesto, Ford fue protagonista de una evolución de considerable importancia que incluyó la asombrosa tarea de dirigir varios de los films emblemáticos de la historia cinematográfica estadounidense, casi en simultáneo. Desde la espléndida Stagecoach, Young Mr. Lincoln, Drums along the Mohawk y The Grapes of Wrath (filmada en 1939 pero estrenada al año siguiente), Ford creo una colección de obras maestras que además revolucionaron el cine de la época, por tocar todo tipo de percepciones sobre la identidad norteamericana, su espíritu imbatible y también cierto aire pesimista que comienza a definir sus historias. Y aunque nunca sería del todo un director interesado en las oscuridad del espíritu humano, sí fue notoria la forma en que comenzó a reflexionar con dureza sobre los matices de una cultura cada vez más ambiciosa. Ford, que construyó una versión sobre el buen americano, lentamente evolucionó hacia los trastornos más elementales del ánimo colectivo, para meditar sobre el reverso oscuro de la cultura en que nació. Las desigualdades, las angustias colectivas y pesares existencialistas antes habían estado presentes en su obra, se acentuaron luego de su explosión de creatividad durante el año más insigne de su carrera.

De regreso a la placidez:

En la posguerra, Ford regreso de nuevo a sus acostumbradas historias. No obstante, algo habá cambiado: en todos los films de Ford posteriores al conflicto bélico, hay extraña tensión pero también de una pulcra y milimétrica concepción sobre la atmósfera por completo novedosa. Obsesionado con los Westerns, Ford reflexión sobre el pasado norteamericano desde una nueva perspectiva. La película My Darling Clementine (1946), la historia de Tombstone y Wyatt Earp, demostró que el Ford juvenil capaz de trasladar la cámara en un recorrido intenso y vital para mostrar las aventuras y las desventuras de sus personajes, se había hecho durante la época de los documentales, un hombre sagaz con capas del lenguaje mucho más elaborado e incluso, levemente siniestro. En They Were Expendable (1945) — en la que compartió créditos como director con Robert Montgomery — ya es notoria la sensación de una lucha real con algo mitológico, a partir de cierto aire lóbrego que macaría el resto de su obra. Aún así, su cine sigue conservando su aspiración al heroísmo y sobre todo, una rara visión sobre la bondad intrínseca que forma parte de un lenguaje que pocas veces, el cine explota. Ford continuaba herido por la guerra, pero a la vez renacido en su convicción que el arte era capaz de sublimar el dolor en algo mucho más imperecedero, extraordinario y por extraño que parezca íntimo. El director logró convertir el cine en un vehículo para narrar lo que ocurre detrás de las puertas cerradas de un país que admira y reflexiona sobre su propia historia y símbolos en cada oportunidad posible. Pero además Ford, tenía la visión creativa de un artista en pleno tránsito hasta la madurez y durante los últimos años de la década de los cuarenta, eso fue más evidente que nunca.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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