El ojo que todo lo mira: 1917 de Sam Mendes.

La guerra ha sido retratada en docenas de maneras distintas durante los últimos cincuenta años del cine, interesado en indagar los motivos por los cuales el hombre escoge la muerte como una forma de triunfo cultural. Desde la sobrecogedora dureza de Paths of Glory (1957) de Stanley Kubrick hasta la dolorosa, poética y maniquea Platoon (1986) de Oliver Stone, la muerte por un ideal o algo semejante a un propósito mucho más amplio que el mero sonido de la metralla pobló la imaginación de Hollywood de formas diametralmente distintas. Una y otra vez, el séptimo arte se preguntó en voz alta sobre los motivos de la crueldad, la desolación y los terrores que asolan los campos de batalla y lo hizo con la intención de crear una supraconciencia cultural sobre el hecho de la confrontación como parte de la historia o mejor dicho, de algo mucho más elaborado, complicado de mostrar y sobre todo, a la manera de un recorrido angustioso por la identidad del hombre como su propio depredador.

Tal vez por eso, el rostro de la guerra cambia a medida que sus connotaciones filosóficas se hacen más ambivalentes y difíciles de definir. En 1998, Steven Spielberg creó los que se siguen considerando los veinte minutos más angustiosos en cualquier película bélica: Saving Private Ryan mostró durante sus primeras secuencias lo que es quizás la visión más fidedigna y estremecedora de una batalla, prácticamente en tiempo real. La mirada subjetiva de la cámara no sólo observa con atención la batalla, sino que además crea una versión del horror tan cercana y realista que se convierte en una imagen casi insoportable del sufrimiento humano, en medio de condiciones de asombrosa crueldad. Spielberg, obsesionado desde sus inicios de su prolífica carrera con observar, analizar y profundizar en la naturaleza del hombre en situaciones de considerable horror, logró crear también un mensaje subyacente que palpita bajo las vívidas imágenes de los cadáveres y los gritos desgarradores de los heridos: la Guerra es un horror sin nombre ni confín. No hay nada poético, hermoso o rescatable en mitad de una tragedia semejante.

Al otro lado del espectro, se encuentra Francis Ford Coppola, cuya perspectiva de cine tiene una relación directa con una forma de expresión cultural que medita sobre la oscuridad de los hombres. Para el director, nada es casual, mucho menos ordinario. Todos los elementos en sus películas funcionan como un cuidadoso engranaje que brinda sustento no sólo a la historia que se cuenta — imprescindible — sino algo mucho más profundo: esa visión íntima que define el modo de ver su autor. Muy probablemente por ese motivo Apocalypse Now sea su obra más poderosa: se trata de un manifiesto profundamente duro sobre la futilidad de la existencia humana en medio de la violencia. La abstracción de la incertidumbre y la finitud del hombre, se funden en un paisaje de pesadilla, en una aproximación casi primitiva al fenómeno de la crueldad humana y de la capacidad del hombre para infringir dolor. Una combinación que Coppola logra sin perder el vista el objetivo de su personalísima épica: esa furiosa concepción de la guerra como una ruidosa caída a los infiernos del mundo del hombre.

Con un tono más frío pero también, lleno de una profunda elocuencia Christopher Nolan retrata de manera magistral en Dunkerque (2017) –Dunkirk, su versión anglosajona– el acto de titánico heroísmo que permitió el 26 de mayo al 4 de junio de 1940, la defensa y evacuación de las fuerzas británicas y aliadas en Europa, utilizando una flota compuesta por casi todo bote o barco, que pudiera hallarse a su disposición en las costas francesas. Con su aire mesurado, denso y su argumento que combina líneas de tiempo y una versión sobre el conflicto bélico más relacionado con cierto tipo de heroísmo individual, Nolan logró una reflexión sobre el bien, el mal, el sufrimiento y el valor en condiciones extremas. A mitad de camino entre una película de guerra y un drama de enorme valor emocional y alegórico, Nolan crea con ella una visión sobre la guerra alejada de los clichés con una fuerza argumental que supera el mero homenaje histórico.

Nolan logra crear a través de un pulso narrativo prodigioso, una obra de enorme coherencia visual y argumental que asombra por su capacidad para emocionar. No se trata de un homenaje a la guerra ni tampoco una visión completamente descarnada sobre sus implicaciones, sino un reflejo poderoso sobre el dolor del combate y la crueldad de sus consecuencias. Con un pulso delicado y precioso, Nolan elabora una versión artesanal de la guerra, sin recurrir a imágenes obvias y superando la tentación de utilizar la sangre y la crudeza visual para sostener el tono dramático de su historia. Dunkerque avanza con lentitud y una elegancia asombrosa hacia una percepción sobre la batalla moral y espiritual que desborda cualquier otro maniqueísmo. Nolan cuenta una historia en la que la guerra es el telón de fondo, pero la batalla es sólo un elemento circunstancial en medio de la noción sobre la identidad y la percepción sobre la naturaleza humana que el director profundiza a base de dolorosas alegorías. En sus momentos más altos, la belleza de las imágenes se hace poética y el guion un homenaje no sólo al valor de los combatientes sino a la percepción de la lucha como una forma de justicia.

Para Sam Mendes (American Beauty, Road to Perdition, Revolutionary Road, Skyfall), la guerra tiene un sentido anecdótico y el poder simbólico de mostrar algo mucho más personal y subjetivo que una simple mirada a la crueldad del campo de batalla. Su extraordinaria 1917, no es sólo un recorrido por las trincheras de la Primera Guerra Mundial, sino también, lo más semejante a una experiencia de primera mano del miedo, el horror y la desesperanza en medio de un conflicto bélico que en la película, se muestra como un enorme valle desolado carente de valor o sentido. Mendes, especialista en crear atmósferas portentosas y sobre todo, en construir historias mínimas a partir de relatos inverosímiles — para la historia, la danza de la bolsa de plástico que metaforizó la belleza intangible con asombrosa delicadeza — convierte a 1917 en un escenario asombroso en el que se extiende una mirada sobre el horror y la futilidad de la guerra a una nueva dimensión. Mientras que Kubrick intentó explorar el deshonor y el sin sentido, Spielberg el honor y la humanidad incluso en las situaciones más deplorables y Nolan, el heroísmo privado, Mendes asume la improbable labor de narrar la guerra desde la guerra, con sus códigos, espacios y escenas escondidas. La travesía que construye Mendes en realidad no busca explotar el morbo inevitable del miedo, la muerte y la violencia — que están presentes en el metraje como sombras implacables — sino algo más intuitivo y profundo, que elabora a través de una historia simple, sincera y extrañamente imperfecta. La obra del director — interesado en la belleza y también, en los pliegues misteriosos de la oscuridad cotidiana — es un recorrido sobre la percepción de los horrores que metaforiza a través de una singular percepción del tiempo y la forma en que transcurre. A diferencia de otras obras parecidas, 1917 es un alegato sobre la tragedia bélica pero narrada a través del cristal de lo mínimo y lo íntimo. Un acto de heroísmo convertido en un recorrido asombroso que logra enlazar la percepción de la crudeza del mal del hombre contra el hombre, con actos de heroísmo de una asombrosa belleza.

Por supuesto, para Mendes el valor y el propósito individual lo es todo en su película y quizás por ese motivo, el prodigio técnico del en apariencia único plano secuencia que asombra a críticos y público, sea una herramienta que permite a la historia construir un diálogo esencial sobre el centro de la narración. La cámara fluye con ligereza en un deslumbrante logro técnico que logra captar lo esencial de un guión construido para celebrar algo más intuitivo que una excusa para mostrar la habilidad del director en la puesta en escena, o la cualidad de la hazaña tecnológica que pareciera sostiene al film. Pero 1917 es mucho más que eso: desde su primera escena hasta el cierre espejo, la acción transcurre frenética, sentida y humana, sin que la posibilidad del ojo que todo lo mira y la omnipresente sensación de realidad que transmite la única toma que se desliza en mitad del argumento, pueda opacar la profunda sensibilidad de un acto único de valor, amor o impulsividad, que el guion retrata casi con ingenuidad.

El film de Mendes es sin duda heredero de las grandes épicas recientes sobre escenarios de guerra, pero en lugar de apostar por el asombro y el despliegue de recursos para recordar los horrores sangrientos, el director se decanta por algo mucho más ambiguo. La misión suicida de dos soldados que deben detener una trampa colosal, es un homenaje no sólo a la identidad anónima de los combatientes en conflictos de envergadura, sino una reflexión sobre la devastación de las pequeñas cosas que forman y sostienen lo cotidiano. De forma que la cámara de Mendes — que jamás se detiene y convierte al espectador en un testigo asombrado y cercano a la épica invisible de sus personajes — se detiene en todo tipo de detalles que podrían pasar desapercibidos para un narrador menos meticuloso y perspicaz. Desde los cambios de luz mínimos que delimitan los escenarios hasta las historias en la periferia que la cámara roza sin profundizar, la película es una colección de vivencias a medio narrar pero también, una aproximación verídica a la guerra como suceso humano. El laberinto claustrofóbico de las trincheras se transforma en un recorrido lento y pausado hacia el miedo y después, cuando el guion toma un renovado vigor y se convierte el frenético impulso de completar una misión imposible en el rasgo más reconocible de los personajes, convierte a la historia en una reflexión poderosa sobre la naturaleza humana y su necesidad de supervivencia. Mendes utiliza su puesta en escena asombrosa y el milagro de la tecnología para recordar, de una manera u otra, la fragilidad de los hombres en mitad de los terrores aciagos a los que no pueden evitar enfrentarse.

Mendes tiene la habilidad suficiente como para no permitir que el publicitado plano secuencia único que ha convertido a la película en objeto de curiosidad colectiva, consuma el poder de la narración para cautivar, conmover y aterrorizar. El miedo y la incertidumbre se mezclan en asombrosos paisajes en los que la luz y las sombras cambian para mostrar la debacle de la muerte, a la vez que los horrores se transforman a medida que el guión toma riesgos precisos para subvertir la posible monotonía de una narración única. El ejercicio estilístico no es gratuito y Mendes deja claro desde los primeros minutos que lo que se dispone a contar es una historia que se sostiene a sí misma, no obstante la espectacularidad de la forma en que se muestra. Con una maestría pulcra, precisa y por momentos por completos inexplicable, la cámara va de escenario en escenario, mientras los dos únicos personajes recorren la dimensión de la Guerra que apenas se muestra en dramas semejantes. Las cercas enormes y rudimentarias, los hoyos en el suelo repletos de pestilencia, la silueta de los cadáveres petrificados en la tierra, crean un escenario inquietante que Mendes observa y muestra, sin dejar detalle por analizar.

1917 es una película en la que los pequeños momentos lo son todo y se hilvana a través de las experiencias de enorme carga emocional, matizadas bajo el reborde de lo cotidiano en medio de la antinatural y dolorosa corriente de sucesos que acompaña a cualquier guerra. La incertidumbre está allí, el miedo también, pero a la vez, Mendes muestra la fragilidad de quienes visten uniforme y llevan armas como una metáfora de algo más poderoso, como si el único hilo conductor de la historia fuera algo más que una medida percepción de las desgracias sin nombre que un conflicto de semejantes proporciones trae consigo. Mendes hace al espectador cómplice y también, un testigo impotente del paisaje de sobrenatural belleza rota que muestra para narrar las viscitudes de la incertidumbre amparada bajo la violencia.

Los jovencísimos actores George MacKay y Dean-Charles Chapman encarnan el poder esencial de un guion concebido para resaltar la heroicidad desde un panorama surreal, tan cerca de la pesadilla que algunas de las tomas tienen la connotación de lo sobrenatural. Por supuesto, la película también se plantea la crítica, la imposibilidad de explicar el motivo de la mera existencia de una salvaje mortandad como la que el ojo del guión muestra con semejante crudeza. Una y otra vez, el dúo de protagonistas se cuestiona en privado el motivo de esta o cualquier guerra y al final, la conclusión supera la mera incredulidad en cualquier causa justa. Tanto uno como el otro se encuentran en la encrucijada de batallar por la posibilidad de una redención sin valor — Schofield, el personaje de MacKay recuerda una y otra vez que cualquier acto heroico carece de valor en medio de la tragedia — o permitir lo que parece una última trampa incidental. Al final, la decisión es obvia y ambos soldados emprenden un recorrido desesperado por completar una misión con todos los ribetes de resultar imposible y prácticamente suicida. Y termina siéndolo en cierta forma: nadie puede sobrevivir indemne a la desolación infinita, en la que incluso la esperanza se considera peligrosa.

Claro está, no se trata de un argumento original y Mendes no pretende que lo sea. Lo que si resulta por completo asombroso es la forma como la tecnología se mezcla con el lenguaje simbólico añadido para crear algo más extraño y desconcertante. Desde los recorridos por los amplios parajes lunares hasta el miedo convertido en sombras monstruosas en mitad de una noche iluminada por el fuego, 1917 es una búsqueda intuitiva del sentido de la identidad, del recorrido por el bien y el mal escindido pero sobre todo, a través de la connotación del espíritu humano en una lucha plena y brutal contra su propia naturaleza barbárica.

Se ha criticado a la película por usar de manera intencionada la espectacularidad para disimular una narración blanda y que por momento, atraviesa el terreno de lo tedioso. No obstante, en lugar de eso, Mendes ha logrado crear un escenario imposible a través de una historia corriente. El resultado entre ambas cosas, es una convicción casi humilde sobre la noción de la amenaza, el peligro, los espacios en blanco del tiempo y al final, los milagros escondidos en el inevitable devenir del tiempo. De la misma forma que la bolsa de plástico blanca que Mendes utilizó para metaforizar toda la belleza secreta del mundo, este recorrido por los horrores infernales de la guerra y una redención tan simple que casi puede pasar desapercibida, es un tributo al espíritu humano y también, a la condición inevitable de la búsqueda de cada hombre por un propósito que le sostenga. Quizás el mayor mérito de la película.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta