Crónicas de los hijos de Hermes:

Según el libro El Marqués de Sade (Su vida) de Otto Flake publicado en 1831, la relación entre el noble y su esposa Renee-Pelagie de Sade, era una especie de “visión experimental sobre el amor”. Una frase curiosa para describir a un matrimonio noble, que además sufrió los embates de varias transformaciones históricas y como si eso no fuera suficiente, se vio envuelto en constantes y cada vez más peligrosos escándalos. Pero en realidad, para Donatien-Alphonse-François Sade y su esposa, la vida en pareja era un coto privado en el que podían aislarse por completo de lo que ocurría más allá de lo doméstico. La pareja no hablaba de amor — “nunca podré decir que te amé como quisiste” escribiría Donatien a Pelagie desde la Bastilla — pero sí, de una complicidad desconcertante que desde antes que el marqués fuera considerado un hombre polémico, ya daba que hablar en la París de la época.

Después de todo, era una pareja de recién casados que a pesar de haber aceptado un convenio familiar, compartían afecto físico en público, conversaban por horas y eran, en la medida de los parámetros de la época, felices. “¿Lo fuimos? ¿Lo somos?” se preguntó Donatien en una carta privada en octubre de 1763, cuando apenas llevaban algunos meses juntos. Ya el jovencísimo marido de apenas veintidós años había protagonizado un par de escándalos por su conducta libertina y Palegie, horrorizada, había abandonado la habitación matrimonial. “¿Me odias ahora? hemos sido felices, incluso sin saber quién venía de cual camino o a dónde nos conducía” insistió el marqués en una extraña correspondencia doméstica que era llevada de un lado a otro por los sirvientes. Pelagie se negó a contestar pero al final, escribió una escueta nota. “¿Me dirás toda la verdad sobre ti?” pidió. “Pero debes saber aceptarla” insistió Donatien.

Era una promesa dura de cumplir. En particular porque Donatien había tenido una vida compleja desde su niñez. Hijo único de una pareja problemática, era además una figura que protagonizó varios escándalos familiares, por el mero hecho de ser hijo de Jean-Baptiste François Joseph de Sade, conde de Sadey y Marie Éléonore de Maillé. Ya había habladurías sobre el hecho que el miembro de un casa noble hubiese contraído matrimonio con una mujer, que a pesar de llevar sangre de la casa de borbón, no pertenecía a la aristocracia. De hecho, los chismes de salón incluían un debate incómodo sobre un arreglo de poder entre el padre de la novia (dama de compañía de la princesa Luisa Isabel de Francia) y los padres del conde, como parte de un elaborado plan de tráfico de influencias e información desde la corte. Además, Jean — Baptiste estaba enamorado de una cortesana de París y se había negado a contraer matrimonio, de una forma tan pública y escandalosa que corrieron ríos de tinta en las cartas entre familiares y cercanos, para comentar la situación.

Por su parte Marie Éléonore, estaba enfurecida por el rechazo temprano, por los comentarios mal intencionados que levantaba su futuro marido y el hecho que fuera indudable, que su matrimonio fuera un convenio que todos daban por sentado. “Podría solo huir, hacer caer en el ridículo a mi familia. Huir y sólo abandonar los salones, las delicadezas. Huir” escribió a la princesa, que no sólo le prohibió hacerlo, sino que además accedió a intervenir para hacer menos notoria “la inconformidad” del conde. Unos días después, Jean — Baptiste fue invitado de manera discreta a una entrevista privada en Versailles de la que nadie tuvo noticias, pero que detuvo el comportamiento provocador del noble. Unos días después, Marie Éléonore escribiría a su madre para describir el ánimo de su futuro marido, la siguiente ocasión en que encontrarona después del misterioso encuentro real. “Parecía angustiado, aturdido pero sobre todo, ofendido. Aun así, besó mis manos y supe que finalmente, todo iría en paz”. Y aunque no hay constancia escrita o rumor acerca de lo que sea conversó el joven noble con la princesa, fue evidente que fue suficiente para garantizar la paz doméstica de Éléonore, al menos por unos años. “La felicidad no es fruto del azar y sí, un bien caro” diría décadas después Donatine, en una de las cartas que escribió a Pelagie en un intento de recuperar su amor. O al menos, su complicidad. “Lo supe desde muy niño y quizás, es conveniente, lo recuerde otra vez”.

Un heredero en tierras ajenas

Dos años después, el matrimonio era un modelo de paz doméstica, aunque Jean — Baptiste volvió pronto a sus correrías por los prostíbulos de París y Éléonore, a sus lujosa vida junto a la corte de la Princesa. “La vida, por tanto, era soportable” escribió a su madre en diciembre de 1739, aunque llegó a confesar que jamás tuvo sentimientos “especialmente apasionados” por Jean — Baptiste. El joven esposo usó los vínculos de su esposa con la corona para ascender socialmente y de hecho, lograr una de sus ambiciones: un cargo diplomático representando a la Casa Real. Las influencias de Éléonore debieron ser lo suficientemente poderosas, como para que el noble, que hasta entonces, no había mostrado el menor interés por las artes diplomáticas, terminara por convertirse en uno de los candidatos notorios en las habituales batallas de influencias que ocurrían detrás del trono.

Algo en los esfuerzos de Éléonore por ayudar a cristalizar las ambiciones de su marido debieron además, conmover al jovencísimo conde, porque para el fin de año de 1739, escribía a su padre “La vida matrimonial puede ser en realidad satisfactoria”. Se habló que “el amor” había “dulcificado” el carácter de Jean — Baptiste y al menos, había algún nuevo entendimiento entre la notoria pareja. La princesa invitó a ambos a un viaje a través de Francia. “Se les vio embelesados, entre sonrisas y susurros” contaría uno de los cronistas de la corte.

No obstante, también había rumores que el Conde de Sade mantenía al menos dos amantes y que sin duda, utilizaba la posición de su Éléonore en la corte, para lograr tratos ventajosos y en la medida de sus posibilidades, reconocimientos. Pero ni una ni otra eran conductas del todo reprochables en una época en que la escala social dependía de la intriga, la manipulación y la estrategia política. De modo que el jovencísimo matrimonio, se convirtió en fuentes de habladurías y también, ternura para buena parte de la multitud de nobles que seguían a la familia real de un lado a otro. “Somos un buen ejemplo” se atrevería a decir el deslenguado Conde Sade.

Cual fuera la situación real de la pareja, los Sade hicieron lo que se esperaba de ellos. El 2 de junio de 1740 nacía Donatien-Alphonse-François Sade, el único hijo de la pareja y quizás, el momento de mayor brillo social para ambos. No sólo el niño fue considerado “uno de los más hermosos nacidos en París en muchos años” sino que además, tuvo el privilegio de nacer en el Hôtel de Condé, palacio de los príncipes de Condé, parientes lejanos de su madre y amigos cercanos de la princesa. La confluencia de ventajas convirtieron al pequeño Louis Donatien Alphonse François, en una especie de curiosidad palaciega.

Su padre hizo traer para él una cuna “con chapas de oro, en la que podía verse grabado el escudo familiar, de un rojo brillante” y su madre, confeccionar sus primeras ropas con los mismos encajes reales de los nietos del Rey. “Era rubio, de ojos enormes, claros y tranquilos, un niño que apenas lloraba y cuando lo hacía, incluso así era encantador” escribió la princesa de Condé a una de sus conocidos. Para la corte, el bebé fruto de una relación que había dado tanto de qué hablar se convirtió en una especie de diversión bienvenida, en medio de las cada vez más crecientes tensiones de la corte y en todo el país.

Para el año en que nació el que sería considerado uno de los más peligrosos de Francia, Luis XV estaba en medio de un reinado marcado por la traición, el miedo y la violencia entre rivales políticos. El Rey, que tenía poco o ningún contacto con la vida común de París, no tenía conocimiento de lo que ocurría en las calles, de la pobreza y el hambre que amenazaba la estabilidad social de su reinado. De hecho, Luis XV logró crear una importante ruptura entre sus ministros y el círculo íntimo que le rodeaba. “Gobierna a ciegas” llegó a decir el embajador de España, preocupado por la insistencia del Rey en no escuchar “consejo alguno, incluso lo más sensatos”.

A diferencia de sus predecesores, Luis XV tomó la consciente decisión de reconstruir el poder y su influencia a través de una red de espías y mercenarios, encargados de recopilar información, crear un régimen de desconfianza y temor, además de beneficiar a los favoritos de la corona como embajadores y mensajeros reales, sin importar su conocimiento o experiencia.

Con el correr de las décadas, Luis XV se volvió cada vez más impopular y la corte se llenó de debates públicos sobre su salud mental e incluso, sobre su capacidad para reinar. La situación se hizo cada vez más dura e insostenible, en especial para sus principales consejeros y los intelectuales que hacían vida pública en París. El progresivo debilitamiento del poder sentaría los elementos fundamentales de la total ruptura que representaría La Revolución francesa.

Pero aún faltaban décadas para un estallido impensable durante los años del nacimiento de Donatien. Por entonces, la corte estaba más interesada en comprender la extraña y compleja red de interconexiones de información que sostenían al poder. Hacerlo además, desde una distancia prudencial. De modo que figuras como las Éléonore y Jean — Baptiste, eran de considerable interés. La dama de compañía se convirtió en imprescindible para la Princesa — en especial, por su capacidad para hilvanar y construir un complicado tapiz de conexiones — y en especial, para las intenciones del Rey de sostener a la casa real sobre una percepción basado en el conocimiento de quienes le rodeaban. Y Éléonore tenía un especial talento para no sólo jugar con la información, sino para “encontrarse en los lugares adecuados”, como bromeo la princesa de Condé en una carta a uno de sus parientes. “Es beneficioso traerla aquí, porque puede de hecho, tener más conocimiento de la corona que quienes duermen bajo los techos dorados del palacio”.

Para Donatien, la creciente influencia de sus padres fue providencial. Tanto, como para sus primeros años, compartir como un hermano la vida — y los lujos — del príncipe Luis José de Borbón-Condé. El futuro marqués recordaría su niñez como un lugar de “lujuriosa belleza” y de un lujo “arrebatador”. El pequeño disfrutaba de la inmensa fortuna de la casa familiar, sino también de la oportunidad de codearse incluso desde la primera infancia, con lo más selecto de la corona francesa.

Algo que después, le permitiría librarse de varios de sus más sonoros escándalos. “Crecer entre reyes te impregna de su brillo, de una forma u otra” escribió a Pelagie en una de sus insistentes cartas de reconciliación. “Tener el mundo a tus pies hace que creas que todo es posible. Que de hecho, lo es”. El pequeño Donatien, apenas sabía caminar y hablar, cuando visitaba la corte de Luis XV y según fanfarroneó de adulto, bebió “de la copa del gran Rey” más de una vez. No había límites, en los lujos absurdos y extravagantes de los que disfrutaba. “Mi primera manta tenía broches de oro y mi primera almohada, mi nombre bordado en plata” recordaría después para su esposa. “Era imposible pudiera creer que el mundo fuera de las puertas del castillo, era menos perfecto del que disfrutaba”.

Donatien tenía cuatro años cuando su madre y su padre, comenzaron a recorrer Europa, gracias al cargo de diplomático al servicio del príncipe-elector de Colonia que Jean- Baptiste había obtenido. El pequeño fue enviado al castillo de Saumane, al cuidado de su abuela y de sus tías paternas. Además, por orden de su padre, su tío paterno Jacques François Paul Aldonce de Sade, sería el tutor y el encargado de la educación del pequeño. El futuro hombre polémico diría que “quizás, todos sus problemas comenzaron en realidad en ese lugar y por esa decisión” y no le faltaba razón. El entonces abad de Saint-Léger d’Ebreuil, era un hombre temible y no sólo por su célebre mal carácter sino también, por la curiosa fama que le precedía. Era uno de los analistas más cuidadosos de Petrarca, al que atribuía además de una profunda mirada sobre el humanismo, también “las primeras miradas sobre lo erótico, desde cierto disfrute del conocimiento como un acto carnal” escribió un asombrado Donatien de 14 años sobre la forma en que su tío le educó.

Jacques además, era un connotado y celebrado libertino, que ofrecía cenas opíparas “y no del todo inocentes” en el monasterio benedictino de Saint-Léger d’Ebreuil, en el cual llevó a su sobrino para educarle “ de manera bondadosa”. En realidad, el marqués reconocería en más de una ocasión, que fue Jacques el que le brindó una “versión de la vida que jamás podría obtener en otro lugar” y que de hecho, le inició en todo tipo “de deliciosas perversiones”. Como en otras tantas cosas de su vida, quizás Donatien pudo exagerar o mentir, pero lo que es evidente es que Jacques tenía todo el conocimiento, el poder y los recursos para brindar a su sobrino una esmerada y poco usual educación. “La carne va a la carne, el conocimiento le revela su poder” escribió una vez el poco convencional Abad.

Además, su jovencísimo sobrino fue su responsabilidad plena muy pronto. En algún punto entre 1747, su madre termina encerrada en un convento de París, sin que nadie sepa el motivo, más allá de una posible infidelidad a Jean — Baptiste, que no sólo no le perdonó sino que además, castigo con la infamia pública. Para entonces, el diplomático tenía el poder suficiente para actuar incluso en contra de la influencia de la corte de la Princesa y de hecho, el Rey autorizó la reclusión de Éléonore por motivos poco claros. Más tarde, hubo rumores que el monarca sospechaba de ella y de su poca fidelidad a la corona. Cual fuera el motivo, la madre del futuro marqués de Sade fue encerrada. Se le autorizó una única carta y la dedicó a su hijo. “Vive” escribió. Mucho años más tarde, el Donatien de 22 años escribiría a Pelagie. “Debo obedecer a mi madre, que hace tanto ya, salió de mi vida para pedir que disfrutar a plenitud lo que esperaba por mí”. Pelagie, inconmovible, siguió sin abrir la puerta.

En la búsqueda del pecado

Con once años, Donatien fue considerado el mejor alumno del colegio jesuita Louis-le-Grand. Ya por entonces, era un lector ordenado, disciplinado y apasionado. De hecho, la imagen del marqués adolescente, desmiente la noción sobre la vida disipada y extravagante desde su juventud que le adjudica el mito a su alrededor. Durante buena parte de sus años de estudio, Donatien se distinguió por su dedicación al estudio, además de su predilección por música, danza, esgrima y escultura, disciplinas en las que además, tenía considerables cualidades. También aprendió dramaturgia, actuó en obras de teatro y varios idiomas (hablaba con fluidez italiano, provenzal y alemán). Era de hecho, el “máximo ejemplo de lo que la educación francesa y religiosa podía lograr” escribió Jacques a Jean Baptiste. “Tiene un talento natural para casi cualquier cosa”.

Quizás por ese motivo, el Rey le llamó a filas del ejército el El 24 de mayo de 1754. Todavía no había cumplido los 14 años pero aún así, ingresó en la academia militar porque lo consideró un “deber honorable”. De nuevo, se esforzó por destacar y El 17 de diciembre de 1755 logra el grado de subteniente honorario, gracias al cual se une a la Caballería Ligera de la Guardia del Rey (École des Chevaux-légers) y pasa a formar parte de la élite del ejército francés. “De pronto, encontré un lugar con un orden basado en la disciplina, algo por completo desconocido para mí” explicó Donatien a Jacques. “¿La libertad para pensar no forma parte de la supervivencia?”. A pesar de sus quejas, trece meses después, le nombran segundo teniente en el Regimiento Real de Infantería.

“Probablemente, pasaré los mejores años de mi vida, en plena admiración de la estupidez humana” escribió Donatien a Jacques, en diciembre de 1755. Por entonces y a pesar de su flamante cargo, la vida en el ejército era una colección de historias aburridas que el futuro escritor, escribía a su tío con puntual disciplina. “Mis primeras cartas obscenas fue para burlarme del ejército” contaría años después. Luego de ser el alumno más aventajado en un colegio en que se le retaba intelectualmente, la abulia de la vida militar le provocó un extraño arrebato de rebeldía. Hubo algunas peleas, escapadas y por último, un superior le encontró “en una situación escandalosa con una prostituta de París”, algo penado con cárcel para alguien de una familia menos noble que la suya. Pero ya por entonces, Donatien, comenzaba en una vertiginosa espiral de rebeldía basada en un sentido del desenfreno que “descubrí, era nato” escribiría a Jacques. No sólo se trataba del sexo — “aunque el placer guiaba mis pasos” — sino también una curiosidad voraz difícil de explicar. “Apenas puedo dormir haciéndome preguntas”. Y por supuesto, en un espacio incómodo como lo era el ejército, semejante “codicia, resultaba del todo impropia”. Con apenas quince años cumplidos, el que sería llamado el divino marqués comenzó a hacerse preguntas existenciales y más complicadas de las que podía suponerse en un adolescente. “Deseo tantas cosas a la vez y de manera atropellada. ¡El mundo es pequeño para tanta urgencia!” escribió a su tío el 4 de enero de 1756. “Quiero saber lo que es en realidad la vida y la muerte!”.

Unos meses más tarde, sus deseos parecieron cumplirse: El 19 de mayo de 1756 se declara la Guerra de los Siete Años. Y Donatien, aun sin cumplir los dieciseis, sin haber disparado un arma real jamás, se unió a los batallones. Fue una decisión osada, delirante y sin sentido, que su tío intentó detener de todas las formas en que fue capaz e incluso, hizo lo impensable, escribir al ausente Jean Baptiste, para que convenciera a su hijo de evitarse una muerte gloriosa y prematura en el campo de batalla. Pero el diplomático no sólo ignoró la misiva sino que cuando respondió (seis meses después), pidió a Jacques no pedir bajo ningún concepto “su consejo o protección” para su hijo. Para el Conde, Donatien era un nombre desconocido, una presencia angustiosa que le recordaba a la malograda Éléonore, cuyo destino se había convertido en un misterio luego de su reclusión en un convento no identificado. “Sea lo que sea que haya hecho la madre, es tu hijo” le reclamó Jacques. Su hermano jamás le contestó.

No obstante, mientras los hermanos se pelean a través de misivas elegantes y epítetos llenos de rencor, Donatien había logrado una súbita gloria en el mundo militar. Según una crónica de La Gaceta de París, el jovencísimo noble no sólo había logrado demostrar “su valor y hombría”, sino además, demostrar que tenía “todas las actitudes para ser admirable”. De pronto, el futuro marqués se convirtió en una pequeña celebridad. “El marqués de Briqueville y el señor de Sade atacaron con energía la fortaleza y tras un acalorado y mortífero intercambio de fuego, consiguieron, mediante ataques frontales, tomar el objetivo y establecer una cabeza de puente”, contó la publicación, en medio de las aterradoras noticias que hablaban sobre más de cuatrocientos franceses y la necesidad de cubrir las fronteras. Ebrio de ambición, Donatien pidió ser enviado al frente de Prusia, en donde le nombran portaestandarte en el Regimiento de Carabineros del Rey y después, abril a capitán de la caballería de Borgoña. Era el más joven del regimiento, el hombre más valiente y también el más libertino. “Pero me perdonan las putas, mientras pueda disparar” contó a su tío en una carta.

Donatien se convirtió en epítome de un noble ideal. Era considerado el hombre más “hermoso y poderoso” de su época, un soltero dorado que era capaz de combatir y también de declamar poesía. Para cuando en 1763 se firma el Tratado de París, que puso fin a la guerra, Donatien era uno de los grandes hombres de un período convulso. Ya tenía algunos escándalos de faldas a cuestas, pero en general, esos “excesos” (que incluían la paliza a una prostituta, una relación más o menos ambigua con un teniente y una pelea a cuchillo con un desconocido), eran parte del mito que se tejía alrededor. Su regreso a París fue apoteósico. Se le consideraba uno de los hombres de mayor valor en el ejército, con un futuro prometedor. Su tío Jacques le envió cartas de encomio e incluso el Rey, tuvo palabras para el muchacho, al que recordaba como un niño y encontró convertido en un hombre. Pero en la ciudad, también le esperaba su padre, un desconocido que al verle entrar por la puerta, le extendió una carta. “He conseguido para ti el mejor matrimonio que puedes aspirar” dijo. Donatien no supo que responder. “Comprendí que mis días de libertad, estaban contados” contó a Jacques. También, ocurría algo más: para entonces Donatien, se había enamorado una joven noble de Lacoste, la señorita de Laurais, de Vacqueyras. “No deseo el bosque tenebroso de un matrimonio arreglado” dijo a Jacques. “A veces, la oscuridad es un recorrido inevitable”.

“Y escogí recorrerlo” escribió a Pelagie en las interminables cartas que intentaban convencerla de su arrepentimiento. “Renuncié al amor, pero te encontré a ti”. El castillo de Échaffars (Normandía), en el que residía la pareja, se quedó en silencio. Donatien seguía tendido en el suelo, medio borracho y aturdido, cuando finalmente, su joven esposa abrió la puerta. “Tenía el rostro radiante de una ninfa y pensé, que bien valía la pena este amor malogrado que otro que no recordaré” escribiría después a Jacques sobre el momento. Pelagie se arrodillo a su lado. “Cuenta lo que deseabas decir” dijo. “Y sólo te escucharé una vez”.

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Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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