El mal y la tentación:

Todo lo que deberías saber sobre el asesino en serie en la cultura popular y nadie te ha contado. (Parte I)

La figura del asesino en serie se ha convertido en en un elemento recurrente de la cultura pop, que analiza la violencia desde el reflejo del asesino como una curiosidad a la que puede mirar a la distancia (o analizar desde cierta frialdad) y que proporciona pistas, sobre ese controvertido lado oscuro de la psiquis humana. Ya sea desde la visión posmoderna y levemente cínica que se popularizó en el cine durante la década de los ’80 y ’90 del siglo pasado hasta la actual, mucho más enfocada en la rareza y la disonancia del asesino en relación con el mundo que le rodea, el asesinato y quien lo comete suele formar parte de la imagen colectiva sobre el horror transmutado en algo más: el asesino en serie, en toda su gloria fatídica, representa al depredador silencioso del hombre, una reinvención para la sensibilidad moderna del mítico vampiro. No obstante, el asesino en serie, es la contradicción de su par literario: es una máquina de matar y no lo hace por instintos o una condena eterna, sino por la mera voluntad de convertir el asesinato en un símbolo. De modo que el asesino en serie, deja atrás la mirada sobre el asesinato como un hecho que sólo puede ser cometido por una criatura inclasificable y lo anuda, con la concepción del bien y del mal iniciático. El resultado es una mirada a la naturaleza humana que perturba por su carga de significados y lo que muestra sobre ella.

No obstante, para comprender en toda su amplitud las connotaciones del asesino en serie, hay que analizar su origen histórico. Porque más allá del rostro sonriente de Bundy en las portadas de los periódicos o los rumores sobre los horrores perpetrados por Berkowitz, hay un antecedente histórico que crea la percepción más exacta sobre el horror y el miedo que un tipo de violencia medular y secreta puede provocar. A finales del siglo XIX, un hombre medró en las calles de Londres y redefinió los límites de la cultura de la violencia. Se trata del asesino más notorio de la historia de la criminología y cuya identidad continúa siendo un misterio: Los asesinatos de “Jack, El Destripador” cambiaron la forma como nuestra cultura percibe el crimen y sobre todos sus alcances. Con los asesinatos perpetrados por el Destripador, la cultura del miedo adquirió un nuevo matiz y fuerza, para convertirse en una expresión de la oscuridad de la conciencia colectiva. El mismo asesino pareció imaginar el alcance que en el futuro tendrían sus asesinatos. En una de últimas cartas a la policía, afirmó que sus crímenes “parirían el siglo XX”, una frase que se atribuye a la leyenda alrededor de su figura pero que describe mejor que cualquier otra la conmoción cultural y social que Jack el Destripador — sus crímenes, la incapacidad de la polícia de su época y la década anteriores por descubrir su identidad — provocó en la Londres de finales del siglo XIX. Una estela que aún es perceptible y poderosa en la actualidad.

Claro está, Jack el destripador — y su historia — es sólo el punto de partida para analizar la forma en que concebimos la violencia en el mundo contemporáneo. Después de todo, durante buena parte de la historia occidental, matar era un acto amparado — y convalidado — por la religión, la política e incluso, la moral. Por siglos, matar no sólo un acto que se analizaba desde la periferia de lo intelectual y lo reprobable — la Iglesia Católica otorgaba bulas papales y favores de indulgencia por matar Moros, pero condenaba lo mismo en guerras en Europa — sino también, lleno de todo tipo de connotaciones distintas. El asesinato es parte de la naturaleza humana, una manifestación de violencia y dominación que se encuentra anudado a la psiquis colectiva desde los primeros pasos del hombre erguido. Cuando el mítico Caín levantó una piedra para asesinar a su hermano Abel — la alegoría más clara del poder que elimina al contrincante en beneficio de la ambición — , el asesinato ha aterrorizado, cautivado y obsesionado a la humanidad. No sólo porque se trata de un acto de puro instinto — tan cercano a lo primitivo que resulta casi indiferenciable — sino también, quizás el único que tiene tanto poder como el que se le atribuye cualquier deidad amada o temida. Matar — como acto de justicia, odio, miedo e incluso vanidad — parece brindar al hombre un tipo de control sobre la incertidumbre de su propia naturaleza que resulta desconcertante. De la misma manera que la capacidad para concebir, el hecho del asesinato parece rozar esa tentación por la Divinidad — y su poder absoluto — que todo ser humano a experimentado alguna vez.

La obsesión forma parte de la cultura popular. Luego de Jack el Destripador, hubo una ola de imitadores que asesinaron prostitutas a lo largo y ancho del Londres victoriano pero sin la repercusión morbosa del ya icónico Destripador. De hecho, para finales del siglo XIX, la repercusión de la idea del asesinato como método era tan evidente que saltó a los cuentos y narraciones más populares — con Poe a la cabeza — y se convirtió, en tópico habitual en las penny dreadful y fanzines semejantes. Para comienzos de nuestro siglo, ya se hablaba sobre “asesinos recurrentes” pero además de eso, se analizaba la compulsión de matar en condiciones y a víctimas semejantes, aunque sin que tuviera un nombre que pudiera englobar el fenómeno. Hubo casos semejantes en España — Enriqueta Martí, ‘la Vampira de Barcelona’ mató a ocho niños, a los que además torturó — y también en Alemania, cuna de Peter Kürten, el conocido vampiro de Düsseldorf​. Una y otra vez, el esquema parecía repetirse, aunque sin nombre: la colección de sucesos tenían una escalofriante semejanza entre sí pero continuaban siendo anomalías. El asesino en serie sólo daría su gran salto al escenario público — y a la imaginación colectiva — en pleno siglo XX, tal como Jack el Destripador, lo había predicho un siglo antes con su célebre frase: “Yo daré a luz el futuro”.

El método de matar y el morbo colectivo:

El término asesino en serie entró en la cultura popular en la década de los ’70, a raíz de la cobertura mediática de los asesinatos cometidos por Ted Bundy y David Berkowitz. Para buena parte de la cultura norteamericana, los crímenes cometidos por ambos hombres mostraron otro rostro del norteamericano pero sobre todo, el terror ciego y la mayoría de las veces invisible que se esconde en lo cotidiano. Para los criminalistas y criminólogos estadounidenses, ambos asesinos demostraban la hasta entonces abstracta teoría del asesinato con método: Una obsesión psicópata que convertía cada muerte en una declaración de intenciones. De pronto, la sociedad norteamericana se encontró al borde de una visión sobre la violencia por completo insólita que condiciona su comprensión sobre el miedo colectivo incluso en la actualidad. La denominación parecía no sólo mostrar un nuevo rostro — temible e inquietante — de la sociedad sino también, de sus terrores y dolores.

Tal vez por ese motivo, la primera escena de la serie “Mindhunter “ (2107) — David Fincher para Netflix — ocurre en un galpón enorme, en medio de una toma de rehenes. Las altísimas paredes negras se extienden hacia lo alto como muros de una fortaleza inexpugnable. La calle oscura y sucia se abre hacia una pequeña construcción en la que un hombre semidesnudo, apunta con un arma a la cabeza a una mujer que grita y gime de miedo. Un grupo de policias le observa y finalmente, el negociador avanza con paso lento y torpe “Calma” dice en voz baja y un poco desigual. Toda el ambiente tiene una cualidad Noir que acentúa la idea de la naturaleza de la violencia en el hombre, en la expresión de la noción sobre el bien y el mal pero sobre todo, la capacidad de la ciencia — lo científico — para comprender esa percepción primitiva sobre la agresión. La escena transcurre con lentitud y en los cortos diálogos, hay un claro reflejo sobre lo que ocurrirá: No se trata sólo sobre la oscuridad interior del asesino acorralado, sino algo más ambiguo. La atracción por la posibilidad del mal — sea una fantasía colectiva o algo relacionado con la esfera psiquiátrica — que gravita sobre la atmósfera cargada de la escena. Y aunque el asesino acorralado que abre la serie de capítulos no volverá a aparecer, la tensión, el miedo y esa necesidad comprender el mal — o el sentido último del asesinato, en todo caso — será el objetivo principal del argumento de la serie, que cuenta la historia de la fundación de la primera oficina para el estudio del comportamiento del asesino en serie. Toda una revolución al momento de analizar no sólo el crimen, sino sus implicaciones como conducta marginal.

Claro está, el lado oscuro de la naturaleza humana siempre parecerá una fuente inagotable de argumento cinematográfica y televisiva. Ya sea por sus infinitas posibilidades para el análisis y la recreación de esa compleja visión del espíritu del hombre o el hecho que todos sentimos una cierta atracción por lo peligroso, lo cierto es que el cine siente una especial fascinación por las historias de asesinos y villanos. Por la imagen de la maldad en estado puro. O eso parece sugerir, el hecho que el género de la violencia y de asesinos en serie siempre parezca encontrarse en constante revisión, en una evolución hacia un discurso cada vez más directo e inquietante y más allá, una visión más exacta de lo que motiva el hombre a matar y a disfrutar de la violencia. Una mirada hacia esa región de sombras de la mente del hombre, que parece tanto seducir como escandalizar.

La década de los ochenta fue prolífica en la producción del subgénero — si así puede llamarse — de asesinos en serie. La precedió algunos de los clásicos cinematográficos que crearon todo un nuevo lenguaje visual con respecto a lo que a la violencia se refiere ( La célebre “Matanza en Texas de Tobe Hooper se estrenó en 1973 y La noche de Halloween de John Carpenter en 1978) y gracias a eso, comenzó a experimentarse con toda una nueva propuesta argumental sobre el tema. Del asesino con el hacha, exagerado y dramatizado, se comenzó a explorar esa otra visión del mal: mucho más sencilla y menos efectista, confundida en lo cotidiano, envuelta en el anonimato del hombre común. La transición entre el Asesino evidente, el monstruo sangriento temible a ese otro rostro entre sombras, creó toda una nueva interpretación sobre el origen de la maldad, más allá del tema moral y ético. La violencia en estado puro. La crueldad por la crueldad, sin cortapisas espirituales, más allá de lo que la razón puede interpretar como comprensible. No obstante, pasarían algunos años más hasta que ese asesino de rostro normal, escondido entre los pliegues de lo corriente, formara parte del imaginario más popular del cine.

“Seven” (1995) de David Fincher, llegó para crear un nuevo tipo de percepción sobre esa noción sobre la agresión, el crimen y la violencia, en medio de tintes dramáticos y una sólida comprensión sobre los pequeños horrores de la naturaleza humana. Pero además, Fincher analizó la naturaleza criminal — el asesino a la sombra — desde una mirada novedosa que cambió los códigos visuales y semánticos que hasta entonces se había manejado sobre el tema. Dura, estéticamente innovadora a mitad de camino entre un thriller de suspenso y algo más ambiguo, “Seven” analiza la naturaleza del mal emparentando por primera vez con la mirada del asesino como método y percepción de una idea más transgresora y macabra. Fincher prueba todo tipo de códigos visuales y se permite múltiples concesiones argumentales, logrando que esa insistencia en la autodestrucción y la desesperación sean un elemento visual más dentro de su propuesta. En “Seven” todo se encuentra más o menos descolocado, desenfocado, mal herido por un pesimismo craso y existencialista que se extiende como una visión de lo maligno que atañe a cada elemento de la película. La capacidad de Fincher para crear atmósferas malsanas, logra que aún en sus momentos crueles y duros, “Seven” sea una minuciosa mirada al temor, a lo consideramos humano, irracional. La raíz del miedo. Un enfrentamiento directo, sin concesiones y con absoluta audacia, contra lo establecido, lo emocional de la noción del asesinato. El asesino de “Seven” mata porque lo desea, lo disfruta y sin motivos aparentes, más allá del asesinato en sí. Un sacudón argumental contra lo establecido y esa línea desdibujada que consideramos normalidad.

El antecedente más inmediato al tono y a la forma de “Seven” sea “Henry, el retrato de un asesino” del director John McNaughton sea considerada una de las precursoras del género. Inquietante, cruda y sangrienta como pocas, no sólo recreó todo ese temor sustancial del asesino silente y sin nombre, sino que además definió lo que sería una constante en el cine sobre asesinos en serie: la ferocidad impersonal, la frialdad del asesinato como expresión de una identidad concisa y desconcertante. Como propuesta, reconstruyó un lenguaje concreto sobre el horror de lo cotidiano y le brindó una nueva percepción a la violencia: La historia ya no se cuenta desde la perspectiva de la victima, sino desde la visión del asesino, sin disimulo alguno. La violencia como expresión de la identidad, la crueldad como una de las múltiples dimensiones del hombre.

La película recorrió un largo camino para llegar a las salas de proyección. Producida en 1986 “Henry, el retrato de un asesino” no llegó a comercializarse en EEUU hasta el año 1990 e incluso, unos años después la polémica sobre su contenido continuó retrasando su visionado en varios Estados norteamericanos. ¿La razón? La censura consideró que su argumento, descarnado y durísimo, no formaba parte de lo moralmente aceptable. Y es que John McNaughton no tuvo empacho en construir un discurso visual que mostraba la violencia, el dolor y el asesinato de una manera que hasta entonces había sido desconocida en el lenguaje cinematográfico: sucia e hiperrealista, la propuesta del director roza en muchas ocasiones un limite entre lo tolerable y lo inquietante. Desde escenas de asesinatos filmadas con un sentido de la estética grotesco hasta giros de guión directamente insoportables, la película parece tocar todos los puntos álgidos de una visión del hombre y la violencia descarnada. Victima de la censura, la película fue replanteada en docenas de versiones, de las cuales solo muy pocas incluyen una de las secuencias más desconcertantes del cine de género: la del asesinato de una familia — con una abrumadora escena de violación necrófila incluida -grabada con una cámara de video por los protagonistas. Y no obstante, no es la directa crudeza de las escenas, ni tampoco la manera como el argumento plantea la violencia y el terror como parte de lo cotidiano, sino su simplicidad, su presentación sin juicios lo que produce una inmediata incomodidad.

Por supuesto, McNaughton debió influenciar de manera definitiva al Fincher que dirigió esa obra maestra subvalorada, como lo es ‘Zodiac’ (2007) que sigue paso a paso la investigación a lo largo de dos décadas, del asesino que aterrorizó a San Francisco a finales de la década de los ’60 y principios de los años ’70. David Fincher elabora una meditada comprensión de las entrañas del monstruo del mal y fusiona, con un pulso firme y de enorme poder narrativo, la forma y el fondo de su magnífica adaptación de la historia. El Guión de James Vanderbilt — basado en el libro de Robert Graysmith — no sólo desborda interés, detalles y buen hacer narrativo sino que además, crea una atmósfera específica que sostiene la percepción del asesinato no sólo como un hecho humano, sino como parte de un método específico de enorme valor argumental. La película es una mirada hacia el interior del crimen. Hacia la perspicaz necesidad de Fincher de demostrar el horror a profundidad y delinear su rostro oculto como una huella de lo más hórrido de la naturaleza humana. De ritmo perfecto e impecable combinación entre la narración objetiva y al reflexión subjetiva, crea un mosaico sobre la naturaleza humana que asombra por su efectividad.

Tal vez por esa mirada introspectiva, procedimental y pausada de Fincher, sorprendió su decisión de crear una serie como Mindhunter, que depende por completo de su ritmo interno y esa elaborada concepción sobre el crimen — el mal interior — como un suceso medible y cuantificable. Eso en una época en la que las series de televisión muestran una actividad muy poco convincente y comprensible sobre lo que es en realidad, la búsqueda y captura de un asesino, “MindHunter” destaca justo por combinar lo mejor de “Seven” y lo más intrincado y perspicaz de “Zodiac” para crear un híbrido curioso y desconcertante en formato televisivo. Desde la noción de la recolección de datos hasta la construcción del perfil criminal, pero sobre todo esa perspectiva íntima de lo que el crimen puede ser como hecho de violencia, “MindHunter” logra un equilibrio ideal entre la idea y la concepción del crimen como hecho humano. Fincher más mucho más allá que la obsesión por la captura del criminal de tantas series modernas y alcanza una propuesta sólida, muy parecida a propuestas corales y extrañamente ambiguas como ‘Todos los Hombres del Presidente’ ( Alan J. Pakula — 1976) ‘J.F.K.’ (Oliver Stone — 1991) y filma prácticamente toda la serie, buscando que el espectador comprenda el hecho básico de toda cacería criminal: la comprensión de los entresijos de la naturaleza humana y sobre todo, los dolores y terrores que se esconden en ella.

“MindHunter” como propuesta, va más allá del debate sobre la violencia como parte del comportamiento humano individual y colectivo, por lo que se plantea las mismas preguntas que el director John McNaughton en “Retrato de un Asesino”: ¿Qué hace a un asesino serlo? ¿Qué provoca la reacción criminal? ¿Hasta que punto somos capaces de predecir el comportamiento anómalo? ¿Existe una percepción del crimen como un elemento coyuntural de la mente humana? La serie, que avanza con frialdad y un exquisito ritmo pausado, pondera sobre todas esas cuestiones a través de la idea de la búsqueda de un núcleo conceptual que pueda analizarlas a la vez como una propuesta amplia: Concibe la noción sobre lo psicológico y la identidad del criminal como una una huella codificada y plenamente reconocible. Un patrón mental que se entrecruza con el comportamiento y se convierte en una mapa de ruta hacia todo tipo de distorsiones de la conducta. “MindHunter” no sólo parece recrear ese clima tenso y abrumador del crimen como hecho personalísimo y cultural, sino también, como expresión de nuestra sociedad como una visión social.

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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