El más insólito fenómeno pop:

La princesa muerta, la Rusia Imperial y la noción sobre la historia.

Con frecuencia, la cultura pop analiza sus símbolos desde la distancia de una cierta simplicidad consumible o en el mejor de los casos, una forma integral de abarcar el símbolo desde lo colectivo. Un complicado juego de espejos que reflexiona sobre la naturaleza de lo que asumimos parte de la psiquis cultural o lo que es incluso más profundo — y en ocasiones, complejo —, la conexión entre la percepción de la identidad y algo mucho más simbólico de lo que puede interpretarse a primera vista.

Tal vez por ese motivo, la historia de como la zarina rusa Anastasia Nikoláyevna Románova — asesinada en 17 de julio de 1918 junto a su familia — se convirtió en un improbable icono pop, sea una curiosa paradoja. De la figura real — una adolescente que fue tomada como rehén y posteriormente, convertida en símbolo mártir de la revolución Rusa — la jovencísima princesa se convirtió en un icono de la cultura popular no sólo en su país sino en el resto de Europa. Lo más desconcertante, es que la línea que divide la percepción de la trascendencia de su figura y la interpretación que se tiene sobre ella, es lo suficientemente curiosa para crear una historia alternativa que con dificultad, engloba ambas cosas. Por un lado, se encuentra la versión de su corta vida en la corte rusa y su trágico final y por otro lado, la concepción sobre la identidad de Anastasia como un misterio. Uno además, relacionado y emparentado con todo tipo de situaciones estrafalarias que someten a su identidad a capas de significado y todo tipo de interpretaciones erróneas. Pero en realidad ¿quién fue Anastasia? ¿Por qué en la actualidad se le recuerda más como un curioso enigma histórico como la víctima que fue?

Quizás para responder lo anterior, habría que remontarse a su asesinato, cometido a sangre fría por los Bolcheviques en 1918. Hasta entonces, Anastasia había sido una figura gris en medio de la brillante, opulenta y frágil corte de Nicolás II, el último zar de la Rusia Imperial y su esposa Alejandra Fiódorovna. La más pequeña de los Romanov nació en medio de una época turbulenta que no hizo más que recrudecerse a medida que la Gran Duquesa se hizo una adolescente bulliciosa e incluso traviesa. O al menos, así la describen las crónica de la época. Quizás se trataba del hecho que Anastasia debía competir con una gran cantidad de atención en medio de una aristocracia más interesada en la sucesión monárquica, el lujo y la ostentación que en lo que ocurría más allá de las paredes del Palacio Peterhof, residencia de los Zares. De hecho, para Anastasia las cosas fueron complicadas desde el mismo momento de su nacimiento y parte de la percepción sobre el hecho que padeció una vida dura y azarosa proviene de una serie de circunstancias por completo aleatorias que parecen definir su breve existencia más que cualquier otra cosa.

El día en que Anastasia nació, hubo una gran tormenta. Una tan violenta que sacudió a la ciudad de San Petersburgo y provocó algunas inundaciones de considerable envergadura en la ciudad. Por si eso no fuera suficiente, Nicolás II tuvo que afrontar el hecho que el nuevo miembro de la familia real era una niña, lo que seguía ocasionando problemas entre las facciones más duras y rígidas de la casa real. Al Zar se le exigía un varón como heredero, que seguía sin nacer. Anastasia era la cuarta hija — después de Olga, Tatiana y María — lo que complicaba la ya muy tensa situación no sólo en la casa real sino entre quienes le apoyaban. “El nacimiento no le ha traído felicidad alguna, sino más bien, todo lo contrario” escribió un cronista contemporáneo, según cuenta Edvard Radzinsky, en su libro The Last Tsar de 1992 y en el que describe las reacciones de buena parte de la corte luego del nacimiento de otra niña en la familia Romanov. No sólo se trató del hecho que el cuarto intento por concebir un heredero terminara en una situación incómoda para el Imperio, sino además, que alrededor del Zar, ya existían todo tipo de presiones de diversa índole en un país muy cerca de un colosal estallido social y cultural.

De hecho, Nicolas II ignoró a su hija la mayor parte de su infancia. En un comportamiento que asombró a los más cercano a la corte, el Zar no fue de inmediato a conocer a su hija, sino que tomó un “un largo paseo” antes de decidirse a entrar en la habitación en la que descansaba la Zarina y tomar a su hija en brazos, como demandaba la tradición. Debió ser un momento en especial complejo para Nicolás II, que ya sufría acusaciones de ser un soberano blando, débil y cuyas torpes decisiones políticas, parecían conducir al Imperio a un encrucijada de considerable peligro. Por supuesto, que el nacimiento de la gran Duquesa — después de meses de expectativa y la certeza de la familia real que en esta ocasión, se trataba del esperado hijo varón — no sólo decepcionó al padre: la rígida nobleza Rusa comenzó a hacerse preguntas en voz alta sobre si Nicolás II, que no era capaz de traer al mundo un heredero, era capaz de sostener sobre sus hombros al “Imperio más grande del mundo”.

Se dice que para Nicolás II, sus hijas eran motivo de “vergüenza”, aunque en público siempre les trató con deferencia y respeto. Las hijas del Zar fueron criadas de manera muy austera, a pesar que la Corte rebosaba en lujos y era conocida en Europa por sus colecciones de arte. Las princesas en cambio, dormían en catres plegables sin almohadas y pasaban buena parte de la jornada diaria aprendiendo a coser y a bordar, recibiendo una estricta educación de manos de maestros que tenían ordenes de corregirles “severamente” en caso de desobediencia. Al final, la frustración de Nicolas II por no tener un heredero varón pareció convertirse en un controvertido tema familiar y privado.

Con todo, Anastasia era una niña feliz o al menos, una animada y traviesa, a pesar de tener esporádicos problemas de salud, todos ellos relatados con detalle en las crónicas de la Corte, que seguían de cerca la herencia de la Zarina, conocida y temida por las diferentes familias reales europeas. De hecho, las cuatro hermana sufrían exactos problemas de coagulación y hay abundantes testimonios que describen como las princesas tenían recaídas en cuadros médicos más o menos leves, debido justamente a lo que por entonces, era un mal desconocido y preocupante. Así que lo más probable, era que Nicolas II, además de sentir se encontraba en falta con su linaje por carecer de heredero varón, también sintiera que sus hijas no estaban a la altura de lo que se suponía debía representar la familia real. “El Zar a menudo lamenta la mala salud de las princesas y culpa a la Zarina por transmitirle su debilidad de carácter” cuenta Hugo Mager en su libro de 1998 “Elizabeth: Grand Duchess of Russia”, en la incluye detallados testimonios de la familia real Rusa antes de la gran revolución Rusa.

Para bien o para mal, la percepción sobre Anastasia era la de una niña indistinguible de sus hermanas. Sus contemporáneos solían confundirla con Tatiana o Maria, lo que ha hecho más complicado recorrer su historia hasta el origen. La gran Duquesa Anastasia era de hecho, una hija a la que nadie prestaba mucha atención ni tampoco, especialmente notoria en la Corte. Y por extraño que parezca, fue esta figura confusa, abstracta y de la que se sabía muy poco, la que pasaría a la posteridad como una extraña leyenda en medio de los convulsos años siguientes a los grandes cambios que desmoronaron al Imperio Ruso.

Finalmente, el 12 de Junio de 1904 nació el tan anhelado heredero al trono: Alekséi Nikoláyevich Románov, destinado a suceder a su padre en el Trono y mantener en teoría, lo que sería un Imperio asediado por los peligros de una confrontación cada vez más dura en Rusia y una situación volátil en el resto de Europa. No obstante, a pesar del considerable alivio que provocó su nacimiento, el hecho que no sólo fuera un niño enfermizo y aquejado de hemofilia, sino que además, la situación política se hiciera cada vez más cruenta, opacaron la posibilidad del futuro del joven Zarevich incluso antes que cumpliera el primer año de vida.

Mientras tanto, las princesas fueron relegadas a figuras decorativas dentro de la Corte e incluso, hubo algunas discusiones sobre la posibilidad de enviarlas fuera del país, una vez que su hermano se convirtió en centro de atención política, dinástica y cultural. No obstante, con el transcurrir de los años — y a medida que era más evidente que las posibilidades de supervivencia del Gran Duque eran escasas — la situación en el seno de la familia imperial se hizo más dura y complicada.

De hecho, la situación en Rusia no hizo más recrudecerse. La infancia del joven Duque Romanov estuvo signada por todo tipo de enfrentamientos locales y mundiales. Para el año 1917, la situación se hizo insostenible en toda dimensión posible: Europa entera se sacudía por los horrores de la primera Guerra Mundial, mientras que en Rusia, la Revolución hacia tambalear los cimientos mismos del Imperio, después de estallar el 9 de marzo de 1917, lo que estableció un gobierno provisional encabezado por Gueorgui Lvov y después Aleksandr Kerenski. Luego de su abdicación, el Zar y su familia fueron recluidos en el palacio de Tsarskoye Selo, cerca de Petrogrado. El 6 de Noviembre del mismo año, los bolcheviques darían el golpe de estado que destruiría todo vestigio de democracia en Rusia, lo que sólo aceleraría el destino de los Romanov.

Para Marzo de ese año, Nicolás II abdicó en favor de su hijo pero después decidió que la decisión ponía en riesgo la sucesión de la corte, último bastión histórico de la Rusia que intentaba sobrevivir a la presión social y cultural de la Revolución. A Alexei no se le daban más que seis años de vida, por lo que para el Zar, la opción natural fue confiar el trono a su hermano Miguel IV de Rusia. Pero ya era demasiado tarde: Rusia entera bullía en descontento, protestas y la destrucción de todo vestigio de la Monarquía que hasta entonces, había gobernado el país. Desalojados del poder, los Romanov se convirtieron en rehenes incómodos de un territorio sometido a la presión de una democracia que no tardó en desplomarse y un posterior régimen totalitario, cada vez más agresivo y represivo.

La noche del 17 de julio de 1918, durante su cautiverio en la ciudad de Ekaterimburgo, los zares de Rusia, sus hijos y varios de sus sirvientes, fueron asesinados a balazos en lo que los Bolcheviques calificaron como “un acto de justicia para el pueblo Ruso”. Se trató de una circunstancia especialmente violenta, que documentos desclasificados durante la primera mitad del año 2007, narran a detalle: La familia fue balaceada en un juicio sumarial sin testigos, en una escena sangrienta y de considerable violencia. El Zarevich recibió disparos en la cabeza y fue acuchillado en el pecho, mientras que sus hermanas fueron rematados con un disparo en la cabeza. En cuanto a la gran Duquesa Anastasia como una de sirvientas, aun agonizantes, fueron rematadas a bayonetazos en una cruenta escena que la descripción de los presentes describe como “obscena”. Poco después, los cadáveres fueron enterrados en el bosque de Koptyaki.

Menos de un año después, toda Europa se sobrecogió no sólo por los rumores de la espantosa ejecución de los Romanov, sino por la insistencia de un puñado de testigos que Anastasia, había sobrevivido. Nunca hubo un origen claro, sobre los numerosas versiones que aseguraban que la gran Duquesa había sobrevivido, ayudada por un soldado compasivo o incluso, que había logrado huir al bosque durante la ejecución de su familia. Con el transcurrir del tiempo, las habladurías se convirtieron en una especie de secreto a voces, avivados por quienes insistían en que a pesar de la violencia bolchevique, la familia Imperial rusa había logrado sobrevivir. Hubo redadas, testimonios e incluso, mujeres jóvenes detenidas en Rusia y otros lugares de Europa, pero jamás pudo comprobarse que se tratara de la hija más joven de la familia Romanov.

Una de los casos más extraños sobre la supuesta supervivencia de Anastasia al asesinato de su familia, fue el protagonizado por Anna Anderson, quien luego de ser recluida en un hospital de Berlín al intentar suicidarse, insistió en que en realidad, era la gran Duquesa Anastasia. La historia de Anderson resultó tan convincente — se llegó a rumorear que sabía detalles sobre la familia real rusa, que sólo podía conocer uno de sus miembros — que sostuvo el juicio más largo en la historia de Alemania. La causa — en la que Anna reclamaba ser reconocida por sus parientes sobrevivientes o al menos, recuperar su identidad legal como Anastasia Romanov — se inició en 1938 y finalizó en 1970, cuando el veredicto estableció que si bien Anna no podía demostrar que era la Gran Duquesa, tampoco había suficientes indicios para probar la muerte de la hija menor del Zar Nicolas II. Por aquel entonces, los cadáveres de Alexei y Anastasia permanecían perdidos — después se descubriría habían sido enterrados en lugares distintos al resto de su familia — por lo que el proceso legal, se había basado en específico en esa ausencia y sobre todo, en el puñado de testimonios que aseguraban que Anna “tenía un cierto parecido con princesa”. Por supuesto, el gran debate incluyó a buena parte de las grandes familias reales europeas — con las que el Zar y la Zarina estaban emparentadas — y en especial, con la posibilidad que algunos de los parientes directos de la familia Imperial Rusa, pudiera reconocer a Anna, cosa que nunca llegó a ocurrir. No obstante que Anderson fue recibida por varias casas reales, parientes cercanos a los Romanov, que aunque no llegaron a afirmar se trataba de la joven hija del Zar, tampoco pudieron desmentir la serie de rumores alrededor de la misteriosa mujer. En 1984, Anna moría sin desmentir su extraordinaria historia y sin dejar de insistir, era la última sobreviviente de la familia Real Rusa.

No obstante, en 2007 y luego del hallazgo de los huesos del zarévich y de lo que en su momento se anunció como “otra de sus hermanas”, la historia llegó a su fin. Una prueba ADN mitocondrial de una muestra de tejido de Anna Anderson, se comparó con el de los Románov y sus familiares (incluyendo el Duque de Edimburgo, uno de los pocos parientes lejanos de la familia aún con vida) y el resultado fue inequívoco: Anna Anderson no tenía ningún parentesco con la familia Romanov. Aun así y a pesar de lo contundente del resultado, jamás hubo una explicación plausible a los conocimientos de Anna sobre la familia Romanov — que incluían detalles específicos de las residencias reales e incluso, confidencias de sus hermanos — lo que no hizo más que acrecentar el misterio alrededor de Anna, que sigue sin resolverse del todo incluso en la actualidad.

Por supuesto, una historia semejante no podía pasar desapercibida para Hollywood. En 1956, una jovencísima Ingrid Bergman encarnó a una Anastasia sobreviviente en la película “Anastasia” del director Anatole Litvak. La película juega con la posibilidad de la supervivencia de Anastasia Romanov y de hecho, la da como un hecho que debe comprobarse, echando mano a buena parte de los rumores que todavía corrían por Europa sobre la supervivencia de la princesa. En 1986, el director Marvin J. Chomsky llevó a la pantalla chica una serie en que también resumía los principales rumores alrededor de Anastasia, aunque en realidad, reflejaba el extraño periplo de Anna Anderson en busca de lo que parecía ser su verdadera identidad. La serie levantó cierto revuelo cuando un grupo de periodistas de la BBC intentó llevar una investigación independiente en paralelo con la transmisión del programa, que como otras tantas, no pudo demostrar otra cosa que Anna tenía un pasado misterioso y que nadie podía desmentir de forma tajante — o definitiva — sus afirmaciones.

No obstante, el experimento más curioso y extravagante para llevar la historia de Anastasia (real o no) a las grandes audiencias, fue la película animada estrenada por 20th Century Fox en 1997 y que como no, intentó contar la historia de la princesa rusa a toda una nueva generación. “Anastasia” de Don Bluth y Gary Goldman, no sólo fue la enésima reinvención sobre la vida y supuesto misterio alrededor de Anastasia Romanov, sino que además, llevó el intento por comprender la raíz del enigma a una nueva dimensión. En esta ocasión Anastasia — con la voz de Meg Ryan — no era sólo una mujer atormentada en busca de su pasado, sino la versión de FOX de las princesas Disney, lo que convirtió a la trágica historia Romanov en una curiosa — y por momentos incómoda — combinación de símbolos y arcos narrativos. La historia muestra a Rasputín (considerado uno de los causantes de la caída en desgracia de la familia Romanov) como un ser malvado que lanza una maldición sobre la familia Imperial. Pero además, transforma el sangriento final de la historia en el génesis de una historia de amor, una aventura a través de Rusia y como si eso no fuera suficiente, a la princesa Anastasia en una encantadora joven más parecida a los personajes tradicionales de la factoría de dibujos animados hollywoodenses que en el personaje trágico que en realidad fue.

Por supuesto, no se trata de algo por completo reprobable: la película se convirtió en el vehículo ideal para debatir de nuevo la pertinencia en la Rusia post soviética de la figura de la familia real Imperial — considerada mártir y después, beatificada por la Iglesia Ortodoxa — y además, una forma de mostrar a una nueva generación de Rusos parte de su historia. O al menos, esa fue la intención — repetida en cada oportunidad posible — de FOX, en medio de la controversia que suscitó el hecho de mostrar a un personaje asesinado de una manera especialmente cruel, bailando en palacios que recuerda a medias, rodeada de animales animados — un murciélago albino llamado Bartok, que claro está, canta y un perro llamado Pooka — y en busca del amor. ¿Qué tan lejos puede llevarse la intención de crear una realidad alternativa sobre una de las historias más crueles de la agitada vida política y social rusa?

Por supuesto, Anastasia fue recibida con curiosidad por los rusos, que se encontraron en la insólita situación de ver a un miembro de la familia Imperial rusa asesinada de manera cruenta, en anaqueles y pósters, en la que se le ve bailando con una gran sonrisa feliz. No obstante, para la fecha de su estreno, FOX decidió reducir la publicidad directa en el país, lo que no dejó de ser un reconocimiento tácito que la Anastasia en pantalla suponía una rara paradoja para buena parte de los niños rusos, quienes sin duda, habían aprendido sobre la vida — y la cruel muerte — de los Romanov antes de intentar asimilar, que Anastasia era una princesa de dibujos animados con todos los habituales atributos de los personajes de su categoría.

La película se convirtió en un éxito taquillero y la diatriba aumentó un poco en su complejidad. La escritora e historiadora Suzanne Massie, declaró al NYT que le resultó “perturbador” ver a la Anastasia de FOX, llena de detalles históricos más o menos correctos, pero encarnando un tipo de leyenda que resta importancia a la verdadera tragedia histórica que rodea a los Romanov. “Creo que es terriblemente importante que la historia rusa esté representada, al menos, espiritualmente de la forma correcta”, declaró en una entrevista “porque ha estado tan falsificada durante tantos años. Y mi experiencia de 30 años de tratar de lidiar con esto es que estamos absolutamente llenos de estereotipos en Occidente sobre la historia rusa”.

Resulta paradójico que luego que la historia real de lo ocurrido con los Romanov permaneciera oculta durante buena parte de la primera mitad del siglo XX como un secreto aterrador, el primer gran vehículo para analizar su trascendencia — y que se convirtió casi de manera instantánea en un icono pop — sea una visión errónea de una de las princesas Romanov asesinadas. Para Bob Atchison, un diseñador de páginas web y entusiasta de la historia rusa que fue parte de un discreto boicot contra la película en su oportunidad, analizó el problema desde una dimensión nueva: el hecho de la contradicción histórica que supone sólo reinventar lo obvio a través de ideas más o menos elaboradas. Mientras que Anastasia obvia el pasado de su personaje principal — o lo transforma en una bonita justificación para escenas sentimentales o románticas — la idea sobre lo que la princesa simboliza se hizo más vez más compleja. “Aunque el fantasear con futuros alternativos es una opción, reescribir la historia de una mujer que sufrió una muerte terrible para beneficio de una historia, tiene cierta crueldad” escribió Atchinson en su página web unos meses antes del estreno de la película.

Por extraño que parezca, la familia Romanov — o sus descendientes — parecieron tener una opinión menos dura sobre el tema. De hecho, en un comunicado público Marina Beadleston, cuyo tío abuelo fue el zar asesinado Nicholas II, aceptó con ecuanimidad y tranquilidad el uso de Anastasia — y su historia — como parte de la cultura pop. “Simplemente se usó el nombre y convirtió la historia en una fantasía total. La cuestión es que está bien siempre que en algún lugar haya un libro de historia y los padres corrijan lo que se ve en pantalla para contar cómo sucedió realmente”.

¿Es suficiente? Para los rusos de la época post perestroika resultó una situación insólita el hecho que uno de sus personajes históricos se convirtiera en un icono pop, a tal velocidad que ese mismo año, la película formó parte de varias listas de nominadas en la temporada de premios y después, se convirtió en un fenómeno taquillero cuyo récord, veinte años después, sigue recordándose. Por entonces, Rusia apenas comprendía las reglas del capitalismo y el hecho que Anastasia Romanov — muerta y en circunstancias lo bastante cruentas para aterrorizar a varios historiadores — se convirtiera en una forma de entretenimiento dejó muy claro, que Rusia había abandonado la gran burbuja cultural en la que había vivido hasta entonces.

“Para los Rusos, se trató de asimilar que en realidad, hay muy pocas cosas sagradas para el entretenimiento moderno” comentó Suzanne Massie, cuando se le preguntó su opinión sobre la supervivencia del fenómeno Anastasia, veinte años después de su estreno “Un dibujo animado les llevó al siglo XX y les recordó que por setenta años habían vivido aislados del mundo. Eso es doloroso, extraño e inevitable”.

¿Lo es? Quizás la Anastasia de FOX, pelirroja y con la voz de una de las actrices norteamericanas más querida de la década de los noventa, fue todo un anuncio sobre la forma en comprendemos la historia y sus implicaciones en la actualidad. Todo se trata de la forma en que se relacionan los símbolos, los eventos y la forma en que se asume la identidad Universal. Con su salto de la historia al pop, Anastasia mostró otro rostro de la cultura rusa o quizás, sólo una nueva dimensión de esa incesante búsqueda de significado del entretenimiento. ¿Quién podría saberlo?

Bruja por nacimiento. Escritora por obsesión. Fotógrafa por pasión. Desobediente por afición. Escribo en @Hipertextual @ElEstimulo @ElNacionalweb @NotasSinPauta

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